De la sociedad civil y otras batallas, Luis Cino

 

Muy divertido, leí hace unos días en La Joven Cuba -un blog que pretende presentarse como practicante del oficialismo por cuenta propia- el relato que hace Harold Cárdenas  de su encuentro con “el enemigo”. El enemigo a que se refería eran los congresistas norteamericanos que visitaron La Habana y con los que Harold Cárdenas tuvo la ocasión de compartir cuando fue invitado a una conferencia de prensa y un almuerzo con ellos.

Los tales enemigos no eran precisamente los aborrecibles monstruos imperialistas que imaginaba. Refiere que conversó y hasta se hizo el mambí, ideológicamente puro y alerta a cualquier celada -¡pobrecito, qué papelacero!- con una congresista amable, simpática comprensiva y hasta maternal, lo que lo hizo llegar a una sabia conclusión: que la vida es más rica que los esquemas. ¡Vaya noticia, eh?

Lamentablemente, Harold Cárdenas  no es tan comprensivo y filosófico respecto a sus compatriotas disidentes, con varios de los cuales ha coincidido en sus recientes encuentros con el enemigo. Refiere que tiene graves reservas con los que califica como “los sospechosos habituales que generalmente se presentan como sociedad civil pero acostumbran dibujarnos como el infierno en la tierra”.

En alguien como Harold Cárdenas, un joven adoctrinado, idealista e ingenuo, cuyo padre murió en Angola, destrozado por una mina de la UNITA, son comprensibles los prejuicios  sobre los opositores y la sociedad civil, que considera “convenientemente estrecha para los estadounidenses”.  

Pero esas incomprensiones y prejuicios  resultan imperdonables en  personas que se suponen con mayor nivel de información, y lo que es peor, de alcance e influencia, al menos entre sus lectores.

Digo esto a propósito de las polémicas en curso sobre la definición de la sociedad civil.  

Tiene toda la razón el escritor Antonio José Ponte cuando afirma en un trabajo en Diario de Cuba que “ahora la pelea es por la sociedad civil”.

“Estados Unidos se propone interactuar con la sociedad civil cubana, mientras que Raúl Castro intenta secuestrarla y algunos teóricos justifican ese secuestro”, explicaba Ponte.

 Por estos días hay quienes, echando mano lo mismo a Jurgen Habermas y Nancy Fraser que a Teté Comité o Chicho El Cojo, teorizan a favor de los secuestradores del término, es decir, los que mantienen la ficción de que la sociedad civil son las llamadas “organizaciones de masas” del régimen, y algún que otro  piquete de sicofantes, chivatos jaraneros y con disfraz, beatos complacientes  e individuos absolutamente  inocuos, apocados y manipulables.  

El régimen  pretende sacar  a los disidentes de la sociedad civil, como mismo  antes los expulsó de las escuelas y de sus centros de trabajo.

Para evitarse incomodidades en la Cumbre de las Américas que se celebrará en Panamá,  el general Raúl Castro ha insistido en que no quiere que se confunda a  las ONG –las del gobierno- con la disidencia.

Hay un nutrido corito que sigue la rima  con entusiasmo.  Lo hacen por encargo oficial, por conveniencia, por carambola o por estúpidos. Pero estos últimos son los menos.

Arnaldo M. Fernández, que desde Broward no pierde oportunidad de mofarse y poner en solfa a la oposición, a la que parece considerar una fábrica de trapacerías que él llama “cubicherías”, escribió un artículo en Cuba Encuentro (“La sociedad civil y sus enemigos”, febrero 23) para rebatir a Ponte. Con su habitual leguleyismo cínico, mordaz  y malintencionado,   cuestiona la pertinencia de la presencia de representantes opositores de la sociedad civil en la Cumbre de Panamá. Sentencia, cual si fuera, no Salomón, sino el tremendo juez de la Tremenda Corte,  que “la pelea de verdad no es por la definición de la sociedad civil, sino la misma pelea de siempre por cambiar el marco legal”. Qué pena que no esté en Cuba, para que lo consiga dándole el frente a los cotorrones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, a ver si acaba así con los alardes, las chusmerías, las bambollas y las cubicherías. Porque desde Broward es muy fácil criticar y burlarse de los que le ponen el pecho a los palos.

Las palmas en el corito por la apropiación del término “sociedad civil”, en reñida competencia con Arturo López Levy –no me canso de decir que es lo más parecido que hay a un agente de influencia del castrismo- se lo llevan Orlando Veiga y Leiner González, los paradigmas de la “oposición leal”.

En su sitio Cuba Posible, Orlando Veiga acepta la pertenencia a la sociedad civil de proyectos autónomos en la periferia o fuera de lo oficial o incluso en contradicción directa con lo oficial, “siempre que respondan a los intereses de la nación”. Pero si recordamos que para Veiga y el resto de los leales, esos intereses coinciden con los de Fidel Castro, la revolución y el Partido, todo lo dicho fue por gusto y para nada…

De todos modos, para que no digan que es tan excluyente como su carnal  Leiner,   Veiga, osado que es,  se atreve a hablar de admitir el pluripartidismo.  Solo que con su manía de la lealtad, puso a dichos eventuales partidos la condición de que sean leales a “las entrañas de la cubanidad”.

Y uno que no dispone de los cánones de lo cubano que parece poseer Veiga, no sabe si esa lealtad entrañable, que suponemos  con retorcijones y flatulencias, pasa porque los militantes de esos partidos bailen danzón, tomen café como Mamá Inés, se les apriete el corazón cuando escuchen Damisela Encantadora,  usen guayabera y sombrero de yarey y sepan cómo camina la mujer de Antonio, a qué hora mataron a Lola y por qué cogió candela el cuarto de Tula.                     
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La triste circunstancia de un pueblo en fuga, Luis Cino

Desde el primero de octubre hay en Internet un nuevo sorteo de visas norteamericanas, el Programa de Visas por Diversidad (DV-2016),   y  un grupo de parientes, amigos y vecinos, incluso algunos  que dicen ser “revolucionarios” y que habitualmente se cuidan de que no los vean hablando conmigo para “no señalarse”, me tienen agobiado para que entre a la página http://www.dvlottery.state.gov y les llene sus planillas de solicitud.

Saben sobre el sorteo solo lo que les han contado. Nada oficial. Apenas han averiguado los requisitos. Prefieren no hacer mucho caso al hecho de que las visas de la lotería son 55 000 para varias decenas de países del mundo (solo 18 países están excluidos del sorteo).  Todos están convencidos de que la suerte, Dios o los santos, los van a  ayudar y que serán de los elegidos para emprender “el sueño americano”.

No hace falta que me expliquen sus motivos para querer emigrar y que me digan que no tienen dinero para acudir a llenar las planillas a las salas de navegación de ETECSA, donde el costo de una hora de conexión  equivale a más de la quinta parte de lo que cobran al mes.   Y tampoco pueden  pagar, sin garantía alguna, los 10 CUC y más que piden algunos aprovechados por llenar las planillas en la red.

Les explico que veré qué puedo hacer, porque dispongo de poco más de dos horas a la semana de conexión a Internet en una embajada extranjera y que ese tiempo apenas me alcanza para enviar al exterior mis trabajos y  los de otros periodistas independientes y si acaso leer y contestar algunos correos, casi todos también relacionados con mi trabajo.

Pero a ellos no les importan mis explicaciones. Del periodismo independiente y de cualquier cosa que huela a oposición al régimen y que temen que les pueda traer problemas con “el Aparato”, prefieren ni saber que existen, pero consideran que es mi deber, ya que estoy “metido en eso  de los derechos humanos”,  ayudarlos a irse del país. Como si yo fuera un funcionario consular. Y luego, cuando estén en Miami, muchos de ellos dirán que se fueron por problemas económicos, porque a ellos “no les interesa la política”.

Todos están muy apurados, porque el plazo vence el próximo 3 de noviembre y les han dicho que este puede ser el último sorteo que haya.

Según ha explicado el Departamento de Estado, el sorteo es para aspirantes de países cuya tasa de inmigración es relativamente baja (menos de 50 000 inmigrantes en los últimos 5 años), y la entrada de inmigrantes cubanos por vías legales e ilegales a los Estados Unidos se calcula anualmente en unas 40 000 personas.

Según datos del Departamento de Estado, cada año en estos sorteos participan entre 20 000 y 23 000 cubanos.

En el sorteo del año pasado, 1 480 cubanos resultaron ganadores de visas.

Por estos días también se me han acercado algunas personas para indagar acerca de una convocatoria para inmigrantes hecha por la embajada de Canadá en La Habana. Dicen que piden profesionales y que sepan inglés o francés.

Y los que me preguntan, como si mi opinión sirviera de algo,  se esfuerzan por convencerme de la validez de sus títulos de técnicos medios expedidos por institutos tecnológicos, o de la fluidez de su inglés de “Tom is a boy and Mary is a girl”.

Y pierdo mi tiempo, no me entienden, no me quieren entender, cuando les comento  que a Canadá ya no le basta con aprovecharse de las desgracias de los cubanos enviándonos  turistas ávidos de sexo barato,  pedófilos y empresarios tránsfugas dispuestos a hacer negocios con la dictadura, como Yacoubian y Tomakjian, sino que también pretenden llevarnos los pocos cerebros que van quedando por acá y que tanta falta nos harán mañana en la patria libre.

Y como no sé contestar a sus preguntas y no les digo lo que quieren escuchar acerca de sus intenciones de emigrar a Canadá o a dónde sea, se largan sin despedirse y me dejan rezongando, como si estuviera loco…

¿Será tan difícil entender que  duele y deprime ver como un pueblo   escapa en masa de su país en vez de hacer el menor esfuerzo por arreglarlo?
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Publicado en Cubanet

 

Sin doble fondo, Luis Cino

Siempre hablo a título personal. Definitivamente, las pertenencias y las militancias no se me dan bien. Y eso tiene sus inconvenientes. A veces me preocupa que otros disidentes puedan sentirse heridos por algo que escriba. Preferiría aguijonear solo a la dictadura, pero en esta disidencia nuestra de cada día, hay ocasiones en que hay que hablar claro.

Sé que suelo ponerme algo inadecuado en determinadas circunstancias. Nunca aprendí a posar y fingir. En todo caso, si no puedo ser totalmente sincero, lo más que puedo hacer es intentar alguna mentira piadosa. Siempre para bien. Mientras más ligera, mejor. Solo eso. Pero con gente sin doble fondo, es suficiente.

Hace unos días una vieja amiga cuyos consejos suelo tener muy en cuenta, la poetisa Tania Díaz Castro, me comentaba que percibe que me he vuelto ríspido cuando escribo, que me ha invadido el pesimismo. Y puede que tenga razón. Como quiera que sea, últimamente no hay muchos motivos, ni en Cuba ni en el mundo, para ser optimistas.

Díganme cómo se puede ser optimista en un país que se haitianiza y cae a pedazos. Cómo resignarse al inmovilismo perpetuo que simula transformaciones en las que nadie cree. Cómo aceptar este presente de mierda con la conciencia en paz. De qué sirve fingir que creemos que Cuba transita hacia otro lugar que no sea el abismo.

Con tantas naves quemadas y tanto terreno que nos han minado, que no me hablen de transiciones. ¿A qué? ¿Al peor y más salvaje de los capitalismos, el de Estado y Partido Único, sin derecho a nada que vaya mas allá de los timbiriches y las vendutas? ¿A una democracia putineska y putinera, administrada por corruptos, segurosos, chivatos, simuladores, payasos, timadores y sinvergüenzas? Porque, ustedes me perdonan, pero eso es lo que veo venir…

¿Hay que conformarse con que el infierno nos lo transformen en un purgatorio un poquito –solo un poquito- más civilizado y encima de eso mostrarse agradecidos y felices? Yo no puedo. Parafraseando a mi tocayo el poeta Camoes, cargo con “el gran dolor de las cosas que pasaron”. Sé bien todo lo que no pueden devolverme. Ya ni siquiera aspiro a ello. ¿Para qué? Pero no me pidan que sea optimista. Y discúlpenme si me pongo a veces demasiado áspero. No es esa mi intención. Y menos cuando se trata de personas que luchan por lo mismo que uno. Pero si tengo que pensar dos veces para escribir una frase y que no suene inconveniente, entonces es que he empezado a transformarme en otro tipo. Por cierto, uno que no me gusta para nada. Y me temo que a ustedes tampoco. Así que es mejor que siga como soy.
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Bolivarianas, Luis Cino

Hace varias semanas develaron en Caracas y posteriormente en La Habana el que supuestamente sería el verdadero rostro de Simón Bolívar: un mulato con cierto parecido a Hugo Chávez cuando con bastantes libras de menos era un joven oficial de paracaidistas que se aprestaba a dar un cuartelazo revolucionario. Tan curioso resultaba el aire de familia que varios suspicaces colegas de la prensa independiente comentaron que Chávez se había buscado, mediante los científicos del ALBA, un tatarabuelo virtual.

Permítanme entrometerme en el asunto. No es que me interese demasiado la pesquisa racial. No meto la mano en la candela por la profesionalidad de los científicos del ALBA ni ignoro las marrullerías de que es capaz Hugo Chávez (todavía está por ver qué prepara para las elecciones del 7 de octubre). Pero no me negarán que Bolívar es un buen tema para reiniciar Círculo Cínico luego de dos semanas sin suficiente tiempo de Internet como para actualizar un blog (ustedes saben como es eso en Cuba).

Por muy asombroso que resulte para muchos que un miembro de una familia patricia caraqueña fuese mulato, el rostro develado recientemente pudiera ser efectivamente el de Simón Bolívar. El tercer abuelo paterno de Bolívar tuvo una hija llamada María Josefa con una esclava negra. A su vez, María Josefa tuvo una hija, Petronila, que se casó con otro Bolívar y fue la abuela del Libertador.

No obstante, que Simón Bolívar tuviese algunas gotas de sangre africana no significó que se preocupara especialmente por el bienestar de los negros. En el Discurso de Angostura se pronunció contra la esclavitud, pero la abolición la dejó lista para que la firmaran otros. La aplazó tanto como la democracia, por la que también se pronunció en Angostura. En realidad, Bolívar se refirió por primera vez a la abolición de la esclavitud porque el presidente Petión, cuando lo cobijó en Haití, le hizo jurar que emanciparía a los esclavos como condición para recibir el dinero, las armas y los otros pertrechos que el gobierno haitiano entregaría a los independentistas.

Bolívar, como la mayoría de los criollos adinerados, sentía un temor enfermizo por los negros. En octubre de 1817 hizo fusilar a Manuel Piar, uno de sus más destacados generales, que era hijo de un criollo y de una mulata de Curazao. Bolívar, para asustar a los oficiales criollos que temían ser mandados por un negro, acusó a Piar de estar implicado en un complot para asesinarlo, asumir el poder supremo e instaurar “la pardocracia”. En realidad, Piar molestaba: había criticado los errores estratégicos de Bolívar, lo llamaba “Napoleón de las retiradas” y había amenazado con hacerlo juzgar por una corte marcial.

También Bolívar hizo fusilar al almirante Padilla, otro negro, en la ola de terror que siguió al atentado del que lo salvó su amante, Manolita Sáenz, mientras él permanecía toda una noche agazapado debajo de un puente.

¿Se imaginan si Páez, Mariño y Santander hubiesen sido negros? Parece que el Libertador se desembarazaba fácil de los que le estorbaban. Y no solo de los negros. ¿Acaso no entregó a los realistas a Francisco de Miranda?

No es que uno quiera opacar las luces de Bolívar, que son muchas, pero no tan fulgurantes como nos han hecho creer. La historia oficial está llena de exageraciones a su favor y en detrimento de otros como Sucre, por ejemplo.

Bolívar, el hombre real, no la estatua de bronce, tenía bastantes defectos. Era demasiado autoritario, soberbio y megalómano. Y lo peor: no se medía a la hora de derramar sangre. Todo valía en pos del imperio andino –o federación bajo su dictadura- que nunca logró.

Y no es que lo diga un tipo tan poco afecto a los héroes como soy. Hasta Carlos Marx en su momento opinó bastante mal del Libertador, por mucho que le pese, más de siglo y medio después, a Hugo Chávez y comparsa.

En “La carroza de Bolívar”, una excelente novela del escritor colombiano Evelio Rosero, su protagonista, el doctor Justo Pastor, es asesinado por aprovechar una carroza de carnaval para mostrar la verdadera catadura histórica del Libertador. Dice en la contraportada del libro (Tusquets, Barcelona, 2012): “En la Colombia de los años 60, todos prefieren vivir en falso antes que cuestionar los mitos fundacionales”. Lo más jodido es que más de 40 años después, en los tiempos del bolivariano Hugo Chávez y su indefinible socialismo del siglo XXI, en América Latina seguimos viviendo entre interesadas mentiras y manipulaciones históricas.
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La Bienal de la insinuación y la pulla, Luis Cino

El reparto San Agustín, en la Lisa, no tendrá otras cosas, pero gracias a la XI Bienal de La Habana, ya tiene un Museo de Arte Contemporáneo. El MACSA, rodeado de edificios de microbrigadas, vendutas, aceras rotas y salideros de aguas albañales, está ahí. Los vecinos del barrio pueden relacionarse con  novedosas propuestas artísticas mientras piensan cómo cogerán la guagua para ir a trabajar, cómo se buscarán unos pesos para comprar los zapatos de sus hijos, lo que comerán o cómo resolverán una balita de gas para cocinar lo poco que puedan conseguir.

Los organizadores de la XI Bienal se han propuesto llevar el arte a las calles e incorporarlo a la vida cotidiana de la gente. ¡Qué bien!

“Detrás del muro”, una muestra de más de una veintena de artistas cubanos de la plástica, ha diseminado instalaciones a lo largo de una buena parte del malecón habanero. Las instalaciones se confunden con la vida real. Uno no sabe si los puntales y la basura y los escombros, como a veces están cercados,  son también una instalación.

Un enorme banco en forma de  S, de Inti Hernández, nos invita a sentarnos a mirarnos las caras y conversar. Los de aquí y los de allá, los de arriba y los de abajo. Buena falta que nos haría…si hubiese voluntad. Un avión atraviesa una reja y un mástil exhibe 16 pares de orejas (¿nadie escucha a los artistas o hay demasiados chivatos que los vigilan?)

Un cañón Parrot, de madera, a escala natural, hecho por Duvier del Dago, de frente al mar, apunta al norte. ¿O al muro? ¿Qué pretende? ¿Defendernos de los yanquis? ¿Con un cañón de palo? ¿O tumbar el muro a cañonazos? ¿Ese muro, para que podamos escapar mejor? ¿O todos los muros que han sido y son? Pero, ¿por qué tumbar  el del Malecón? ¿Y por qué tendríamos que escapar, y cargar con la catástrofe donde quiera que uno vaya, porque está visto que hay catástrofes de las que nunca se acaba de escapar?

El Malecón, según afirma Juan Delgado, el curador de “Detrás del muro”, es el  espacio más  democrático de Cuba. Lo es más o menos,  cuando a la policía no le da por pedir los documentos de identidad a las muchachas y los muchachos negros –esos eternos sospechosos-o  hacer redadas contra los travestis –ay, Mariela, la policía sigue rabiosamente homofóbica-  las putas, sus chulos, los pingueros, los marihuaneros, los pastilleros de la ketamina y los vendedores sin licencias.

Cerca de allí, policías y custodios vigilan que no se roben la madera y los tornillos de  un inmenso caballo -¿de Troya?- en cuyo interior se exhiben cuadros. Símbolos y más símbolos. El arte encierra dentro de sí las verdades que nos harán libres. Pero está celosamente vigilado, de  ladrones y libertarios, por censores, policías y guardias de seguridad. Cada vez más, Cuba es un país de rejas, muros, alambradas, policías, custodios y guardias de Seguridad…del Estado.

Esta es la Bienal de la insinuación y la pulla. Aunque no sea mucho lo que se insinúe y las pullas  no tengan demasiada acritud. Sólo la que se supone será tolerada. Y tal vez, porque siempre hay algunos osados, un poco de forcejeo por los espacios públicos y un poco de libertad de expresión. Nada para asustarse. Y si hay susto, ahí están los segurosos para amenazar a los artistas y confiscar las obras,  como hicieron con la exposición alternativa del pintor Luis Trápaga.

Se crearon expectativas porque expondría Ai Wei-Wei, un artista disidente chino. Pero  expone bicicletas. Chinas, marca Forever, para más detalles. De las que salvaban vidas o mataban –según como se mire- durante los años del hambre, los apagones y las guaguas que no pasaban del periodo especial. Las conocimos bien, más por desgracia que por suerte. Como ya quedan pocas por acá, uno no sabe si reírse, sentir la  morbosa nostalgia de los tiempos peores  o sentirse estafado por el amago de disidencia permitida.

Por si hay peligro,  para tupir a los censores y los comisarios o darles margen para que se hagan los bobos o posen de liberales y desprejuiciados,  bienvenidas sean  a la Bienal la irreverencia, el snobismo y la extravagancia, siempre tan de buen tono en estas ocasiones.

Aunque, por mucho que se esfuercen en ser extravagantes y epatar –que digan lo que digan,  es el mejor modo de disimular la falta de  talento-, no lograrán superar la Aktion número 135 del austriaco Herman Nitsh, el padre de las performances. La tituló “Jesús contra el universo” y se escenificó en los jardines del Instituto Superior de Arte (ISA). Dos horas en que se maceraron carnes y frutas, se chuparon sus jugos y se untaron de sangre de cerdo jóvenes desnudos. Más que un performance, aquello parecía una misa negra. Un aquelarre diurno, con un sol que rajaba las piedras y vísceras y sangre a tutiplén. Totalmente repugnante.

Dicen que esta XI Bienal es la más concurrida y mejor organizada. No sé. Por mi parte, más que las insinuaciones y las pullas que bien poco dicen, me quedo con los elefantes de Jeff  de la anterior Bienal. Y si de símbolos e insinuaciones se trata, con las cucarachas de Roberto Fabelo en los muros del Palacio de Bellas Artes. Que las cucarachas sabemos siguen ahí, jodiéndonos la vida, aunque ya casi no se vean. Y uno que revienta de ganas de verlas despatarradas por el piso. Como aquellas de Fabelo.
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El blues de la claria, Luis Cino

Me costó mucho creer a mi amigo Charlie Bravo, que reside en Washington desde hace varios años, cuando me aseguró que las clarias, esos feos bichos que han roto el equilibrio biológico fluvial en Cuba, habían llegado también al río Potomac y sus afluentes en Maryland y Virginia. Y lo que es más increíble todavía: a las aguas salobres de la bahía de Chesapeake.

Como casi todos, yo estaba convencido que las clarias eran exclusivas de los ríos, presas y lagunas cubanas, donde después que las introdujeron y se pusieron a hacer irresponsables experimentos para aumentar su tamaño y acelerar su ritmo reproductivo,  casi han acabado con las demás especies. Otra de las tantas consecuencias indeseables del Periodo Especial.

Al principio pensé que Charlie confundía a la claria con alguna de las 2 200 especies de peces más o menos parecidos que están diseminadas por casi todo el mundo (la mitad de ellas en el continente americano) y que se conocen por los nombres de pez gato o bagres.

Pero mi amigo, que además de excelente guitarrista, es un tipo muy bien informado, me explica que las llamadas frankenfish (de Frankestein) y snake heads son las mismas clarias de acá y están causando los mismos problemas a las especies fluviales de allá. O sea, se las están jamando a todas.

La solución que propone John Rorapaugh, director de Pro Fish, es pescarlas, venderlas a los restaurantes –en Manhattan consideran que es un pescado delicioso- y comérselas a todas antes que acabe con  los demás peces de los ríos, lagunas y pantanos del este de los Estados Unidos. Una solución muy pragmática y capitalista, pero que no es tan fácil como parece, si se tiene en cuenta la velocidad con que las clarias se reproducen -a pesar de ser una especie monógama- y que son bichos capaces de sobrevivir hasta cinco horas fuera del agua, de reptar por el fango y nadar de lo más campantes en el agua más pútrida y contaminada. Han logrado resistir  hasta a los hambrientos cubanos que las pescan en las presas y mojoneras castristas, no porque encuentren su carne particularmente exquisita, sino porque “no hay más ná…”

Así, el enfrentamiento de las clarias a Pro Fish pudiera a la larga resultar, para tanto indignado que anda por ahí, un buen ejemplo de resistencia anti-capitalista. ¡Clarias globalizadas en la anti-globalización, uníos!

De tanto hablar de clarias -además de hablar de blues y clásicos del rock, y de lamentarnos por la sarna bugarrona que le ha caído a nuestra patria-, Charlie y yo nos hemos convertido, si no en ictiólogos, en especialistas en bagres.

Así, cuando Charlie se ha puesto a contarme de sus experimentos en los años 70 en Cuba para lograr que su guitarra sonara como la de Jimmy Page pasando un cepillo de dientes por las cuerdas y luego para conseguir el sonido pantanoso de los blues y el rock sureño a lo Duane Alman con un tubo de ensayo, me ha hecho recordar las escuelas al campo, los chapuzones en las turbinas y en el fondo de ellas, aquellos feos y prietos bichos de enorme boca redonda que llamábamos limpia-peceras. “¡Qué maneras más curiosas de recordar tiene uno!”, diría el zoquete de Silvio.

Recuerdo que de niño tuve uno en mi pecera. Me lo trajo mi padre del río de La Chorrera, un día que fue de pesca, allá por 1969. Por entonces, abundaban allí. Poco después, el Comandante se antojó de hacer una presa, y con bulldózers y dinamita descojonaron el río, el pueblo de La Chorrera y todas las fincas adyacentes que lograron sobrevivir a la absurda descojonación que significó el Cordón de La Habana. Total, para casi nada, porque igual que el café Caturra no prosperó, el agua represada no fue tanta como se esperaba, entre otras cosas, porque se filtraba por el suelo, tal y como  advirtieron los especialistas al que más meaba y sabía. Una parte del área que sobró la ocupa hoy el Parque Lenin, otro monumento a otro de los fracasos del infalible Comandante.

Tuve el limpiapecera hasta que me lo encontré un día, mudado, del cristal de la pecera, donde habitualmente estaba pegado, a la barriga de mi gold fish preferido. Como mi amigo Eduardo Bouza, el muchacho que más sabía de pececitos en el barrio, trató de convencerme de la inocencia del bicho en la muerte del gold fish, se lo regalé inmediatamente y así me evité –tanto como amo a los animales- la crueldad de despingarlo contra el piso.

No sé si todavía hay aquellos enormes limpiapeceras en la pecera de la Manzana de Gómez. En la presa en que convirtieron el río de La Chorrera ya no quedan. Seguramente los devoraron  sus parientes traídas de Asia Oriental, las clariasbatrachus, alias las clarias.  Igual acabaron con las biajacas, las tencas, las tilapias y hasta una buena parte de las ranas, que tanto les gustan.

Dicen que esa misma claria, a la que también llaman pez gato caminante, y que no es la que siempre hubo en el Missisipi y sus afluentes, apareció, mucho antes que en el Potomac, en Orlando, Florida, hace más de 40 años. O sea, llegó primero a USA que a Cuba. Aunque no acabo de estar seguro, digan lo que digan, de que es la misma claria, porque de serlo,  ya hubiese acabado en los ríos de Norteamérica y estarían pitando duro los biólogos y ecologistas yanquis.

A propósito, también a través de Charlie que me envió la información, supe que recientemente hubo un concierto de blues en la Casa Blanca, donde estuvieron entre otros Mick Jagger, B.B King y Budy Guy y en el que el mismísimo presidente Obama cantó nada más y nada menos que Cat Fish Blues. ¿Estará advertido Mr. President del peligro de que la claria se disemine por los ríos norteamericanos?

Hablando como los locos, ¡qué clase de loco ha salido este Obama! ¡Y todavía alguien duda que pueda vencer en las elecciones presidenciales  a los cavernícolas republicanos de Newt Gingrich y Mit Romney! No habrá podido acabar con la crisis económica, tendrá más buenas intenciones que resultados concretos, entre otras cosas porque los republicanos no lo dejan gobernar como Dios manda, pero envidio tener un presidente que  cante blues. O cualquier cosa que no sea un viejo himno maoísta. Me sería más fácil esforzarme en perdonarlo por aquello de que todos los humanos cometemos errores…y horrores.

¿Pueden imaginar al general-presidente cantando “El blues de la claria”? O mejor aun, ahora que está en pose de aperturista a ver si nos estamos tranquilos, se la dejamos pasar y logra meternos por la cabeza, como si tal cosa, los remiendos al socialismo verde olivo, ¿se lo imaginan, tan simpático él, micrófono en mano, a lo Al Green –da igual si es en plan de reverendo o de cantante de soul-, con el coro de gospel de la Asamblea Nacional del Poder Popular, interpretando Let¨s stay togheter?
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Las 10 Caballerías, Luis Cino

Le llaman las 10 Caballerías. Nadie sabe  por qué. No fue por su extensión. Sus casas, pequeñas y más que humildes, rodeadas por el marabú, se alzan a un lado de la carretera del Globo, cerca del poblado de Las Guásimas, en los confines del municipio Arroyo Naranjo.

Pertenece a Ciudad de La Habana sólo porque algún funcionario administrativo así lo determinó. Sus moradores afirman con orgullo que viven en La Habana. El ómnibus de la ruta 473, el único que los puede transportar a la urbe, pasa dos o tres veces al día, si no se rompe por el camino.

Hasta hace poco más de 10 años, las 10 Caballerías era una unidad de paracaidismo de las DAAFAR. Cuando se llevaron a los paracaidistas, empezaron a llegar los orientales.

Venían a buscar una vida mejor. Aprovecharon las rústicas instalaciones militares que quedaban en pie. Los vecinos los llamaron “los sin tierra”.

Primero, arrancaron el marabú. Levantaron sus precarias casas con los más disímiles materiales. La tierra no era buena, pero entre las piedras lograron sembrar maíz y plátanos. Criaron cerdos, chivos y gallinas. Pescaban tencas y tilapias, para alimentarse y para vender. Nadie dijo que sería fácil. Pero nunca se quedaron cruzados de brazos. Eran gentes acostumbradas a trabajar duro.

Tras los primeros, vinieron sus parientes, luego los amigos. Todos con penurias e ilusiones, en pos del sueño habanero.

Mientras el marabú se replegaba, el caserío crecía. Los vecinos de los alrededores vencieron la desconfianza inicial y empezaron a aceptarlos. Son muy trabajadores, admitían. Si aquí la cosa estaba mala, todos se imaginaban como sería allá en su tierra.

Vivían con las leyes que regulan la inmigración interna pendiendo sobre sus cabezas. Como si fueran extranjeros en su propio país. Cual si de veras fueran palestinos, en Gaza o Cisjordania, temerosos del brazo de Israel. Como espaldas mojadas en perenne fuga de la Migra. Pero ellos estaban en Cuba, y eso les daba confianza.

Desde el principio, el presidente del Poder Popular trató de sacarlos de las Diez Caballerías. Les dijo que quería ayudarlos. Es un ex_- pelotero y diputado, con fama de buena persona. Le llaman Pupy El Alcalde.

Les entregó a varias familias apartamentos construidos por microbrigadistas a sólo unos kilómetros de allí. Después se cansó: no pudo o no había más. Por mucho que se hable en las asambleas, uno nunca sabe como funcionan las cosas en los altos estratos.

Siguieron llegando familiares y amigos. Las Diez Caballerías siguieron creciendo.  Y entonces llegaron “ellos”:  los inspectores y los policías.

Apenas amanecía. Vinieron con camiones de la Brigada Especial, varios ómnibus, una ambulancia, una brigada de demolición y un buldózer. Traían documentos en que lo único que estaba claro era que ellos eran ilegales y tenían que irse. La Operación Escoba había llegado a las Diez Caballerías.

Desalojo. La palabra sonaba muy fea. Ni los funcionarios ni los agentes policiales la usaron. Sonaba a cosas del pasado, capitalistas, de las que se supone que no pasen en Cuba.

Decenas de policías acordonaron el caserío. No permitían entrar ni salir. El ambiente se caldeó por minutos. Se oían llantos, gritos y palabrotas. Los amenazaron con elevadas multas si no obedecían.

Cuando el buldózer inició su labor, alguien habló de llamar a la prensa extranjera y a “la gente de los derechos humanos”. Entonces les pidieron que tuvieran confianza en Fidel y la revolución.

Las familias con menos de tres años en las Diez Caballerías fueron forzadas a montar en los ómnibus. Los condujeron a la estación ferroviaria. El tren los llevaría a sus provincias de origen. Las leyes y los que las hacen cumplir no saben de sueños ni esperanzas.

Las familias con más tiempo en el lugar permanecen en sus casas. Esperan que El Alcalde regrese de su viaje a Jamaica. Entonces decidirán qué hacer con ellos. Tendrán que responder también por la desactivación de un soterrado refugio bélico. Arrancaron los bloques para fabricar sus viviendas. Nadie sabe quien fue, que mas da, total, la guerra nunca llegaba…

Los moradores de las Diez Caballerías se sienten muy disgustados y frustrados, justo ahora que volvía a parecer que todo iba a mejorar en el país. Confían en que El Alcalde los ayudará. De lo contrario, volverán la policía y los inspectores con sus papeles.

En lugar de las casas derribadas, a ras del suelo, sólo quedaron montones de escombros y las hierbas y el marabú que regresan. Un triste panorama desde la carretera.

Ocurrió el 8 de abril de 2005. En Ginebra, discutían de derechos humanos. A la hora del desalojo, en Roma,  sepultaban al Santo Padre.
luicino2004@yahoo.com
(Publicado en Cubanet, abril de 2005).

Clínica veterinaria

Estuve el domingo 4 de diciembre en la clínica veterinaria de Carlos III, en Centro Habana. Mi perra estaba muy mal y hubo que operarla de urgencia.  Había varias decenas de personas con sus mascotas. Mientras hacíamos la cola, conversábamos y compartíamos nuestras preocupaciones por los animales. Cuando hay tanta gente que ama a los animales, cuesta  aceptar el duro axioma de Juan Formell de que “nadie quiere a nadie, se acabó el querer”.

Por estos días, en pocos lugares de La Habana, que se ha vuelto un sitio tan egoísta y duro, uno halla tanta solidaridad como en esa clínica veterinaria. Y no sólo de los dueños de los pacientes, sino también de los médicos y demás empleados que allí trabajan.

Y hay que ver en qué condiciones trabajan. Los que conocen cómo están actualmente los hospitales cubanos,  pueden imaginar perfectamente la situación. Pero hay una diferencia: en el hospital veterinario puede que haya las mismas carencias o más que en los de los humanos (medicinas, equipamiento, limpieza, etc.), pero sobra amor, profesionalidad y respeto. Lamentablemente, no siempre se puede decir eso de los hospitales cubanos.

Estuve en la clínica  más de seis horas. En ese tiempo, el veterinario de guardia, el doctor Alain, un mulato muy alto, miope, de unos 40 años, mientras escuchaba música céltica (Enya, The Corrs, The Cramberries), operó más de cuatro perros, además de atender, entre una operación y otra, a decenas de perros, de todas las edades y razas, con diversos padecimientos, casi todos graves. Siempre atento, amable, dispuesto a esclarecer cualquier duda. Durante todas esas horas, sólo dejó su trabajo unos minutos para engullir, de pie y con prisa, un dulce y un vaso de refresco.

Luego que terminó de operar a mi perra y me advirtió, poco optimista, su gravedad, al despedirme, estreché fuerte su mano, con un respeto y admiración que no suelo prodigar últimamente.

Mi perra (el último perro que me quedaba) murió el lunes por la noche. Pero sé que el doctor Alain y el joven técnico que lo auxilió en la operación (no entendí su nombre con “y” en el medio y al final) hicieron todo lo posible por salvarla. Igual que hacen con todos los animales enfermos que atienden diariamente en condiciones bien difíciles. Para ellos y todos los trabajadores de la clínica de Carlos III, vaya toda mi admiración, que es bien grande. La que ellos se merecen.
luicino2004@yahoo.com

La Virgen se sabe el camino

No soy demasiado devoto de la Virgen del Cobre ni de ningún otro santo, aunque muchas veces me han dicho –no sé si por la barba o por mis perros- que soy hijo de San Lázaro.  En realidad, no soy exactamente un católico.  Sencillamente, creo.  A mi manera, que es el modo de creer de casi todos los cubanos.

Pero estuve la tarde del 21 de noviembre frente a la Virgen de la Caridad del Cobre, cuando la peregrinación, en ruta a los poblados de Las Guásimas  Managua, se detuvo en la iglesia de Parcelación Moderna,  la barriada sub-urbana de Arroyo Naranjo donde nací y donde vivo desde hace 13 años.

La iglesia de mi barrio, a la orilla de la calzada de Managua, es  pequeña y muy modesta.  Por décadas, cuando creer en Dios era muy mal visto y perjudicial, permanecía casi vacía. Ahora sólo abre las mañanas de domingos, cuando viene el cura que comparte  con el templo del vecino poblado El Calvario.

Con tantos militares, ex militares, santeros, evangélicos recién conversos y tipos que dicen que no creen ni en su madre como hay en mi barrio, nunca sospeché que la Caridad del Cobre tuviera  tantos devotos en mi barrio. ¿Será que truena duro y la necesidad aprieta?

Centenares de personas, con velas y flores, rodeaban la iglesia. Rezaban, cantaban, se empujaban para acercarse a la urna y que el sacerdote bendijera a sus niños. Muy emocionados, algunos lloraban.  La mayoría, parecían no saber qué hacer para demostrar su veneración por la Virgen. Ni falta que hacía. Sólo había que verlos.

Confieso que fui uno de los que no sabía qué hacer. Sólo recé en silencio. Como pude. Sentí algo muy raro cuando tuve frente a la Virgen. Una luz en los ojos, un nudo por dentro, las piernas flojas. Y mucha tristeza… Discúlpenme, pero no lo sé explicar mejor…

Nunca pensé que una imagen tan pequeña -que con todo lo que significa, no es la original, sino una réplica de la que está en el Santuario del Cobre-, pudiera impresionarme de tal forma. Tal vez sea por toda la carga de angustia y dolor que la virgen ha recogido en su recorrido por todo el país.

La peregrinación es “atendida” –¿suena muy feo monitoreada?- por la Seguridad del Estado, el Partido Comunista, sus llamadas organizaciones de masas y sus chivatos.  Algunos encuentran motivos para atacar a la iglesia y dicen  que la peregrinación es un modo de manipular la fe popular. Digan lo que digan, y haya las intenciones torcidas que haya por parte de algunos, la Virgen  se sabe bien los caminos de Cuba y conoce a su pueblo.

Me gusta el cartel que veo por estos días en La Habana: “La Caridad nos une”. Claro, a los buenos cubanos. De los otros, ¿para qué hablar?

Me alegra  haber podido estar a unos metros de la Virgen del Cobre. Aunque me temblaran las piernas y no supiera exactamente cómo orar. Como todos los cubanos, tengo mucho que pedir. Estoy seguro que, tanta es nuestra fe, que la Virgencita perdonará nuestros  pecados e impericia religiosa y  escuchará nuestros ruegos.
luicino2004@yahoo.com

La Dirección de Vivienda sigue ahí, Luis Cino

Quisiera creer que no todo puede ser absolutamente malo. Pero no puedo. Cuando en los Decretos Leyes raulistas, que tanto ilusionan a los cubanólogos y a cierta prensa extranjera, encontramos algo positivo, en una segunda lectura siempre  afloran, entre otras cosas, las trampas y la maraña.

Y no me refiero a las ganancias que sacará ahora el Estado -que como Jalisco nunca pierde, ni a las escupidas- de los trapicheos con las casas que escapaban a su control, y que ahora, gracias al Decreto Ley 288, en lugar de ir a parar al bolsillo de funcionarios corruptos, se convertirán en impuestos.

Tampoco hablo -porque ya hablé de eso y no me gusta ni imaginarlo-, de los conflictos casi siempre violentos  que protagonizarán los que en este reacomodo -que resultará muy incómodo si el gobierno no se decide a construir casas para complementar la Ley de la Vivienda- se queden en la calle y sin llavín.

Como ya estoy casi resignado -¡qué remedio!- a que Cuba con el timbirichero capitalismo de estado que se nos vino encima, se acerque cada vez más al lado feo de lo que llaman “la normalidad” -claro que pienso en las villas miserias latinoamericanas, Fernando Ravsberg-, tampoco hablaré demasiado de  la agudización de las diferencias sociales entre la mayoría que vive en pocilgas en equilibrio milagroso y los privilegiados proto-capitalistas que morarán los barrios de nuevos ricos o se mudarán  (venia mediante) a las zonas congeladas de la capital para hacer causa común con la elite en el vacilón proto-burguesón.

Me jode  haber creído que  nos íbamos a quitar de encima los abusos, robos y extorsiones de la mafia burocrática de la Dirección de Vivienda. De eso nada, monada. Antes de cantar victoria, debí haber sospechado que los burócratas mafiosos no iban a quedar abandonados, sin tener cómo ni a quién robar.

Resulta que para vender o comprar casas en los municipios capitalinos más densamente poblados (10 de Octubre, Centro Habana, Habana Vieja, El Cerro) se requiere el visto bueno de la Dirección de Vivienda. Todavía peor: cualquier trámite domiciliario en la capital que realicen personas del interior del país sin residencia legal en La Habana -recordemos la existencia de la discriminatoria ley 217, reminiscente del estalinismo, el apartheid y otras barbaridades- requerirá también de la autorización de la corrupta Dirección.

Y ahí mismo está el filón de los corruptos: siguen, porque nunca se acabaron,  los robos y las extorsiones de la Dirección de Vivienda. ¿Quién dijo que se acabó el abuso? Que se preparen, para el chantaje y los sobornos, los palestinos de los llega y pon y los habitantes de las cuarterías y los solares habaneros. Los funcionarios de las direcciones municipales y provinciales, tan mafiosos y chupópteros como siempre, que se cagan en la cruzada anticorrupción y se limpian con la nueva Ley de la Vivienda, ya inventarán su maquinaria para robar en las nuevas circunstancias. Y apretarán las tuercas para exprimirnos.

Como los Van Van, la Dirección de Vivienda sigue ahí. ¡Allá los bobos que nos creímos que íbamos a salir tan fácil de los mafiosos!
luicino2004@yahoo.com