El hombre nuevo en el VII Congreso, Luis Cino

El VII Congreso del Partido Comunista genera todo tipo de expectativas y especulaciones, principalmente entre ilusos y optimistas incorregibles.
De lo mucho publicado al respecto últimamente, lo que más me ha llamado la atención es lo que escribió Francisco Almagro Domínguez y que apareció el pasado 25 de febrero  en Cuba Posible (http://cubaposible.net/articulos/la-generacion-im-posible).
Almagro Domínguez  se refiere, con bastante confianza e ilusión en sus potencialidades, a las personas menores de 60 años que serán la mayoría de los delegados al congreso.
Son los hombres y mujeres de nuevo tipo  que aspiró a formar  la ingeniería social castrista.
Las vidas de  todas esas personas -muchas de las cuales  pudieran ser los nietos de la minoría geriátrica  y voluntariosa que gobierna de modo absolutista  desde hace 57 años y que es la que dirá la última palabra en ese congreso- han discurrido, mansas, aburridas y desesperanzadas,  bajo eso que se aun se conoce, más por inercia, por costumbre que por otra cosa,  como “la revolución”.
Tuvieron educación y salud gratuita, estuvieron en los círculos infantíles, fueron pioneros, pasaron 45 días al año en la escuela al campo,  estuvieron becados –en las ESBEC, los IPUEC, La Escuela Lenin, los Camilitos-, fueron reclutas de siete pesos del servicio militar obligatorio, algunos pudieron llegar a la universidad que era solo para los revolucionarios, han trabajado por salarios de miseria, alentados a cumplir metas y ganar emulaciones, han malcomido de la libreta de abstecimiento, han visto partir a familiares, amigos, amores y vecinos,  se han aburrido de escuchar hablar de un futuro que nunca llegó.
Nunca pudieron elegir a sus gobernantes, cuando más eligieron al delegado de circunscripción del Poder Popular. Como había jefes infalibles que velaban por su pureza ideológica, tampoco pudieron elegir  qué libros  leían, qué películas veían,  qué música escuchaban o qué moda les era permitida usar.  Si es que prácticamente ni siquiera pudieron elegir lo que comían, que era lo que había,  lo que venía a la bodega, lo que apareciera, aunque fuera bazofia.
Formo parte de esa generación –o degeneración en muchos casos- que ha vivido toda su vida bajo el castrismo, y  conozco bien sus características; por eso, a diferencia de Almagro, más que escéptico, soy pesimista  acerca de las potencialidades de cambio de los delegados al VII Congreso.  .
Para empezar, la mayoría de ellos habrán logrado estar allí  porque simuladores y practicantes de la doble moral,  han obedecido las órdenes sin chistar, siempre aplaudiendo y adulando a los jefes, y chivateando a quien se les ponga por delante si es preciso.  ¿Por qué han de ser distintos ahora?
En aquellos albergues de becas y escuelas, en los que se imponía la ley del más fuerte y el más astuto, en aquellos canteros germinó, al decir de Almagro, “un tipo descreído, centrado en el placer y la gratificación inmediata”, “un individuo capaz de sobrevivir en la adversidad”, “una generación de frustrados contentos”.
No creo que resulten muy beneficiosas las tácticas de supervivencia que aprendieron.   Si antes saciaban el hambre en los platanales y naranjales, o robando en la cocina, el almacén, o en la mochila del tipo de la litera de al lado, ¿qué podemos esperar que hagan ahora que todo vale en este despelote nacional?
Nada espero del hombre nuevo en el VII Congreso del Partido Ünico. No por ahora, en eventos como ese. No depende de él. Pero ojala me equivoque y tenga razón Almagro. Ojala que los hijos putativos podamos dejar atrás  a los hijos de puta que se apoderaron de nuestras vidas.  Pero dejarlos no como dejábamos a nuestros padres, los verdaderos, en los puntos de control, en aquellas tardes de domingo “de dulce tristeza”, sino para siempre, definitivamente, y que se los lleve el diablo. ¿Qué más quisiéramos por el bien de Cuba?          .
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Trump es un susto, Luis Cino

 

No recuerdo otras elecciones en los Estados Unidos en que las opciones hayan sido tan difíciles como en estas.

Si yo fuera norteamericano, no sabría por quién votar en las elecciones presidenciales de noviembre. Ninguno de los candidatos me parece idóneo para gobernar la nación más poderosa del planeta.

Ninguno de los candidatos me gusta. Pero el que menos me gusta es Donald Trump. No quiero imaginar a qué pudiera arrastrar a los Estados Unidos y al mundo, un atorrante charlatán, insensato e irresponsable como ese, chovinista y xenófobo, que no es capaz de pensar lo que dice antes de vomitarlo.

Antes que por Trump, votaría por cualquiera de los otros candidatos. Demócrata o republicano, da igual. Por cualquiera, menos por Trump. Incluso por Bernie Sanders, que es la contrapartida de Trump en el extremo opuesto del populismo, el izquierdo.

No creo que Sanders sea tan rojo como lo pintan. Más bien es rosado. Lo que pasa que algunos antisemitas inconfesos no pueden aceptar la idea de tener un judío de presidente de los Estados Unidos. Ya bastante tuvieron los WASP con tener que soportar a un negro, liberal, de nombre árabe y padre keniano, durante ocho años en la Casa Blanca. Imaginen ahora un judío y más liberal aun y que se propone redistribuir la riqueza en el país más rico del mundo.

Como Sanders no ganará -sería un milagro-, solo queda en el campo demócrata Hillary Clinton. Y no la tiene fácil la Clinton habida cuenta de la tormenta de los e-mail que ha tenido que enfrentar. Y del machismo de una sociedad conservadora y patriarcal. De nada vale el recuerdo de su actitud a lo Tammy Winnette en “Stand by your man” cuando el escándalo Lewinsky.

No olvidemos que en las antepasadas elecciones presidenciales norteamericanas, a Hilary Clinton no la venció el carismático y post-racial Obama, sino el machismo. Por muy tenaz que fue la Clinton, no consiguió la nominación demócrata a la presidencia porque los norteamericanos, aun los más liberales, digan lo que digan, estaban más preparados para ser gobernados por un afroamericano que por una mujer. Y en esta ocasión, probablemente pase lo mismo.

En el campo republicano, quedan Ted Cruz y Marco Rubio.

Ni piensen que por ser cubano votaría por Ted Cruz. Demasiado conservador para mi gusto. Y manipulador y oportunista. No lo digo yo, lo dijo Marco Rubio. Y en definitiva, lo único que tiene de cubano Ted Cruz, que ni siquiera habla bien en español, es el padre.

En cuanto a Marcos Rubio, habría que pensarlo…

Puesto a elegir entre republicanos, me parecía más coherente Jeb Bush. Pero el recuerdo de la presidencia de su hermano George W. pesó demasiado en contra suya.

Trump, con todo y las barbaridades que declara y de sus payasadas, o más bien gracias a ellas, encabeza las encuestas. Y es muy probable que sea el próximo presidente de los Estados Unidos.

Los que aseguran que el establishment no permitirá que Trump llegue a la presidencia parece que no creen en la democracia norteamericana.

Con todo y lo enrevesado que es su sistema electoral, con sus defectos, yo creo en la democracia norteamericana. Por eso, temo que Trump llegue a la Oficina Oval.

Trump encarna las frustraciones, los temores y las obsesiones del común de los norteamericanos, que generalmente suele ser no muy ilustrado y versado en política. Trump, que se burla de lo políticamente correcto, dice lo que ellos no se atreverían a decir, no los vayan a confundir con un supremacista blanco o cualquier otro tipo de enrgúmeno. Pero de lo que dirían a lo que serían capaces de hacer y de soportar, va un trecho. Y ese trecho, lo recorrería Trump sin inmutarse. O al menos, con eso amenaza…

Hace un par de meses, cuando estuve en la Florida, me asombró la cantidad de cubanos que se declaraban partidarios de Trump, a pesar de sus declaraciones anti-inmigrantes y anti-latinas. No sé qué dirán después que se declaró partidario del acercamiento con Cuba y de eliminar la Ley de Ajuste Cubano.

No concibo que alguien con dos dedos de frente vote por Trump. Pero en una época en que ser inteligente es casi un defecto, si con tanto desencanto, si de castigar al establishment se trata, cualquier cosa puede pasar. Incluso que Trump llegue a la presidencia.

Tal vez estas elecciones generen la descarga de adrenalina que necesita la sociedad norteamericana para superar sus contradicciones y ser mejor.

Por ahora, Trump es un susto. Ojala no pase de ahí.

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Más variaciones sobre una misma partitura, Luis Cino

Al paso que van las cosas, es muy probable que a pesar de la conversión de las secciones de intereses en embajadas, a los cubanos nos esperen muchos años más, si no de lo mismo, de algo parecido.  Pero con variaciones, que la partitura castrista, parece ser eterna.

Antes del anuncio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos,  el general Raúl Castro varias veces advirtió que Cuba estaba dispuesta a resistir y seguir en el papel de David frente a Goliat, otros 50 años más.

Una vez el general dijo que tan ocupado estuvo en el tiempo transcurrido desde 1959,  que pasó más de medio siglo sin apenas darse cuenta.

Al resto de los cubanos nos pasó algo similar. Tan ocupados estuvimos en sobrevivir bajo la férula de un viejo gobierno de difuntos y flores y en escabullirnos como pudimos de sus heroicidades y su disciplina de campamento, que casi ni cuenta nos dimos que estábamos vivos. Y así nos pasó la vida por encima, inexorable y aplastante.

Ahora, si los futuros presidentes norteamericanos no aceptan la rama de olivo sin apenas mover ficha de Raúl Castro y les da por retroceder lo que avanzó Obama, puede que a nuestros nietos les espere el mismo destino de zombis.

Pero no seamos tan pesimistas. De momento, como han empezado a cambiar las concepciones y hay Lineamientos y actualización del modelo económico, si no hay retranca y marcha atrás,  se puede abrir un timbiriche, tener un teléfono celular con servicio Nauta, vender o comprar una casa, alquilar habitaciones, incluso a extranjeros, viajar al exterior sin necesidad de la tarjeta blanca del MININT y visitar su país los emigrados –no los exiliados- si no se meten con el régimen y les habilitan el pasaporte.

Solo que para todo eso hace falta dinero, mucho dinero. Pero ya se sabe, nada es perfecto. Ni siquiera el socialismo castrista.

Va y hasta un día de estos todos los cubanos mayores de siete años pueden tomar leche. Primero habrá que derrotar a un enemigo que invadió nuestros campos: el marabú. Se prevé otra guerra como la que se libró –y todavía se libra- contra los mosquitos. Ojala que no recojan a los disidentes y otros antisociales para integrar las brigadas que erradiquen a machetazos el marabú.

Las maravillas vendrán algo lentas. Sin prisa y sin pausa. No serán espectaculares, han advertido los Jefes, para que nadie se cree falsas expectativas. Todo se hará sin renunciar a la planificación centralizada ni afectar la hegemonía absoluta del Estado-Gobierno-Partido Único. Sin hacer concesiones a Estados Unidos o la Unión Europea en cuanto a libertades políticas y derechos humanos.

Todo cambiará lento, para que nada cambie. Si acaso, solo lo necesario.  Y que vengan el turismo yanqui y las inversiones extranjeras. Repite y pon camarones…para la elite y los turistas.

La capacidad del castrismo para mutar y recomponerse parece ser inagotable, casi que infinita.

Para los dirigentes históricos, medio siglo y más es poco, es como un pestañazo, un cabezazo en una sesión de la siempre unánime Asamblea Nacional del Poder Popular o en una reunión para control de daños del Consejo de Ministros.

Infalibles, omniscientes, desafían, sin fatigas, las leyes de la vida, la economía y la historia, las leyes de Dios y de los hombres.

En sus ratos de ocio, en vez de pelear gallos u ocuparse de la moringa, deberían criar tortugas  polinesias. Son las mascotas idóneas para longevos émulos de Matusalén, para que los entretengan en lo que esperan que el cambio climático o una guerra nuclear acaben con la vida en el planeta.
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Publicado en Cubanet

De porristas y chivatos, Luis Cino

En 1932, durante las tres semanas que pasó en Cuba, el  norteamericano Walker Evans  logró una impresionante colección de fotos de La Habana.

En varias de esas fotos hay una presencia constante, fantasmagórica e inquietante: un negro de mediana edad, vestido de traje blanco, corbata negra y blanca y sombrero de pajilla. Parado en una céntrica esquina de la ciudad, viendo pasar a medio mundo, sus ojos parecen seguirnos desde la fotografía.

Más de 20 años después, Guillermo Cabrera Infante consideraba que el tipo de las fotos, al que Evans bautizó como “el ciudadano de La Habana”, se veía “peligroso, tal vez por estar tan bien vestido”.

El autor de “Tres tristes tigres”, que a pesar de no haber nacido en La Habana, sino en Gibara, conocía a la legua  a   los habaneros, siempre mal pensado y sagaz, opinaba que el negro vestido de blanco –que indudablemente no era un iyabó- pudo ser un porrista de Machado.

Lo más probable es que Cabrera Infante  estuviera en lo cierto, y el tipo fuera un esbirro de la Liga Patriótica.

Se me ocurre que el 12 de agosto de 1933, cuando cayó la dictadura de Machado,  pudo ser arrastrado y despedazado o ahorcado por las turbas enardecidas  que cobraron las cuentas a los esbirros. O tal vez sobrevivió y sirvió luego de apapipio al régimen de Batista. Y si es cierto eso de que hay  tradiciones familiares que perduran, va y alguno de sus hijos es chivato del régimen castrista.

En Cuba no habrá alimañas venenosas, pero además de muchos mosquitos, jejenes y cucarachas, hay chivatos y porristas a tutiplén. Peones del odio, prestos a ser azuzados por sus amos. Son nuestra maldición  nacional.

Siempre  hubo esta clase de gentuza. Desde los tiempos de los rancheadores que perseguían a los cimarrones y de los guerrilleros que combatían a los mambises con más saña que los españoles.  Pero  el castrismo ha sido la apoteosis de los chivatos y porristas.

Es algo patológico. Mientras más los maltratan y más hambre pasan,  más chivatos hay y más incondicionales son.

También están los que no pueden decir que no, porque tienen mucho que perder. Los que precisan de la sumisión para que los dejen hacer y deshacer. O sencillamente los que no pueden vencer el miedo y se dejan utilizar.

Hombres y mujeres, de todas las razas, tallas, edades y atuendos. Muchos con camiseta roja con la  consigna  “Comandante en Jefe, ordene”.

Acechando y haciéndole un infierno la vida al prójimo,  que fue convertido por los jefes de la jauría en contrarrevolucionarios, antisociales, mercenarios, gusanos. Da lo mismo como los llamen. Son sólo eso: enemigos. Con ellos no puede haber compasión, les dijeron: hay que aplastarlos.

En los años 60 gritaban “paredón”, y apedreaban a los que iban a las iglesias. A dos generaciones de cubanos les inculcaron que había que vigilar y delatar a todo el que de cualquier manera obstaculizara el sistema, en la casa, la escuela, el barrio o el centro de trabajo.

Los vi en el verano de 1980, arrear a golpes a una familia por La Víbora, empujar y golpear a una mujer en plena Rampa. No hubo escrúpulos ni contemplaciones con la escoria que expulsaron a patadas del paraíso revolucionario.

Tampoco la hay tres décadas después, cuando  acosan, insultan y golpean a las Damas de Blanco y a los opositores que las apoyan.

Gritan consignas que ofenden la dignidad y la decencia, con los rostros desfigurados por el odio, con dos o tres morales a cuesta, que es igual a no tener moral alguna -¡qué coño van a tenerla!-, con coreografía policial y merienda garantizada por el Partido Comunista y la Seguridad del Estado.

Un día estos porristas  quedarán solo en fotos detenidas en el tiempo, como las del fantasmal negro vestido de blanco que retrató Walker Evans en una céntrica esquina habanera. Solo que ellos, a diferencia del negro de Evans -que nunca se pudo saber realmente en qué carajo estaba en esa esquina-  no contarán con el beneficio de la duda. Si acaso, tendrán el de la lástima. Porque eso, en definitiva, más que asco, es lo que inspiran estos infelices.
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Publicado en Primavera Digital

Con casco azul y en Singapur, Luis Cino

El académico cubano-americano Jorge Domínguez  opina que debido a la  capacitación de los cubanos, que considera es extraordinaria,  “Cuba podría convertirse en una Singapur del Caribe”.

El muy imaginativo y optimista profesor Domínguez dijo eso al periodista Pablo de Llano en una entrevista que apareció en El País el pasado 29 de mayo.

Al preguntar el periodista qué podia dar protagonismo a Cuba, el inefable académico contestó: “Por ejemplo, que se convierta en uno de los principales suministradores de cascos azules para Naciones Unidas, cosa que nunca ha hecho y que sería útil por su experiencia en misiones internacionales. Es un país que en los años 70 y 80 desplegó más de 300.000 hombres por distintas partes del mundo y sigue teniendo unas Fuerzas Armadas muy profesionales.”

Uno no puede menos que lamentar que Jorge Domínguez, que se fue de Cuba  con solo 15 años, en 1960, no haya pasado el servicio militar obligatorio, para que hubiese formado parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ese ejército de fábula que tanto admira, con sus simpatiquísimos sargentos instructores, sus órdenes ladradas y sus castigos para formar el hombre nuevo. Mejor aun, si lo hubiesen enviado a pelear a Angola, aquella gesta bélica tan romántica que supone capacitó a sus compatriotas, incluso a los del futuro, para ponerse el casco azul y servirle a la ONU de apagafuegos en cuanta crisis internacional se presente. Todo con tal de que Cuba mantenga su protagonismo cuando ya no esté Fidel Castro, que es el que  puso a capricho suyo a este país en el casting, cosa que Jorge Domínguez no deja de agradecer, aunque haya visto la película de lejos y comentándola.

De los académicos, improvisadores y charlatanes que se pintan de cubanólogos –esos especialistas en  dislates y desaciertos- uno de los que más urticaria  da es Jorge Domínguez. Sus disparates y alucinaciones  envuelven sus simpatías a larga distancia, desde Harvard, inconfesas y más o menos disimuladas, por el castrismo.

Según se desprende de sus pronósticos y opiniones, el castrismo no es tan malo como parece, solo hay que tener paciencia  y no presionarlo demasiado, para que no se acompleje y atrinchere, y ver como muta y se transforma en cualquier otra cosa que no difiera demasiado de la original, por aquello de la preservación de lo que es salvable…

Para que no lo acusen de demasiado complaciente con el régimen cubano, Jorge Domínguez admite que en Cuba, para que se convierta en el equivalente antillano de Singapur, habría que cambiar una serie de cosas.  Aumentar los salarios, por ejemplo. Y según ha escrito en otras oportunidades, hacerle algunos cambios a la constitución socialista de 1976, unos retoques ligeritos a su versión de 1992, que no hay que hacer una nueva, por mucho que  institucionalice la falta de libertades políticas de los cubanos, que es lo que menos parece importarle al profesor.

Jorge Domínguez, que dice estar  impresionado por el don de gente y la habilidad diplomática mostrada por el general Raúl Castro,  considera que las reformas raulistas deben ocurrir sin pausa pero con un poquitico, solo un poquitico más de prisa.

El profesor Domínguez  ha tenido la suerte de dar con personas lo suficientemente indulgentes como para luego de escuchar sus tonterías no mandarlo a Singapur o cualquier otro lugar de nombre  parecido pero más corto…

Hay que esforzarse por no ser demasiado severo con Jorge Domínguez. Después de todo, a veces el profesor reconoce sus limitaciones.

En la introducción de su libro “Cuba hoy, analizando su pasado, imaginando su futuro” (Editorial Colibrí, 2006),  Jorge Domínguez, luego de referirse a  su primera visita a Cuba, en enero de 1979 -cuando descubrió que la casa en El Vedado de su abuela materna había sido convertida en un local de la Federación de Mujeres Cubanas, justo frente a la embajada de Corea del Norte- reconoce que hay temas interesantes y significativos en la experiencia del pueblo cubano sobre los que tiene poco que decir.  Aunque le pique la curiosidad, quizás tanto como la picazón insoportable que creyó percibir en los adolescentes que se rascaban los testículos con desesperación y que tanto le llamaron la atención en aquel primer viaje a La Habana. Pero remacha: “El estudio de los temas políticos no se limita a detalles puntuales ni a simples chismes”. A eso se reducen nuestros infortunios. Y él es politólogo, no lo olvidemos.

Jorge Domínguez le agota la paciencia y hace perder la tabla a cualquiera cuando le da por imaginar los futuros posibles de Cuba. Él, que de Cuba solo conoce lo poco que recuerda, lo que le han mostrado sus anfitriones del régimen cuando viene de paseo  y lo que imagina, en sus raros ejercicios de onanismo mental, como ese de vernos a sus maltrechos compatriotas de casco azul y viviendo como si estuviéramos en Singapur.
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Plattistas, Luis Cino

La mentalidad plattista ha durado más en Cuba que la Enmienda Platt que la originó. La Enmienda, legislada por el senador Orville Platt y que fue impuesta por el gobierno norteamericano a la Constitución de 1901, fue derogada en 1934. Pero el plattismo  todavía dura. Hoy está más vivo que nunca antes.

Tan vivo como cuando los políticos, durante la república, al menor síntoma de crisis, aconsejaban cordura para evitar una intervención militar de los Estados Unidos.

Como ocurrió en 1906, cuando luego que el presidente Tomás Estrada Palma con un “gabinete de combate” trató de legalizar a la brava su reelección y  los liberales se alzaron en armas, Don Tomás, impotente ante la insurrección, pidió la intervención de los marines.

Estuvo a punto de ocurrir de nuevo en 1912, cuando el levantamiento de los Independientes de Color. Todavía hay  quienes pretenden justificar  al presidente José Miguel Gómez por la masacre de miles de negros con el argumento de que evitó una intervención norteamericana.

A propósito de José Miguel Gómez, dicen que en 1917, tras recibir un maletín lleno de dólares de manos de un general norteamericano desembarcado del acorazado Missouri, el caudillo liberal dio por terminado su alzamiento contra el gobierno del conservador Mario García Menocal. Supongo que fue para evitar otra ocupación norteamericana.

Eran plattistas los que al triunfo de la revolución castrista  hicieron sus maletas y se fueron a Miami, convencidos de que, en cuestión de meses, regresarían a Cuba, tras el rastro de los marines y masticando chiclets, a recuperar las propiedades que les confiscaron.

Son plattistas los que invocaron el diferendo con Estados Unidos y dieron como inminente el ataque norteamericano que nunca llegó para posar de David frente a Goliat,  abroquelarse a conveniencia en la mentalidad de plaza sitiada y  acusar de mercenario a todo el que disienta, negar el menor espacio de libertad política  y justificar las violaciones a los derechos humanos.

Tan plattistas son quienes aún culpan a John F. Kennedy  de la supervivencia del régimen castrista por dejar abandonados a los expedicionarios de Bahía de Cochinos como ese mismo régimen al  preferir al gobierno norteamericano de interlocutor, por muy en igualdad de condiciones que sea, antes que a la oposición civilista, que es con quien debería discutir de democracia y derechos humanos.

El plattismo está vivo y pujante. Solo hay que ver las exageradas expectativas creadas luego que se anunciara  la intención de restablecer  las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Como si con el embargo y la dictadura intactos, la panacea fuera sustituir  las respectivas secciones de intereses por  embajadas.

Y así, ilusos que somos, seguimos pendientes de las sonrisas y las más que escuetas declaraciones de Roberta Jacobson y Josefina Vidal, y casi concedemos al  encuentro entre Obama y Raúl Castro en Panamá la importancia del Juicio Final.

Ahí están los zoquetes que consideran que Obama tuvo que capitular, que Estados Unidos tuvo que pedir clemencia, y que el reconocimiento yanqui ha sido  el mayor triunfo de  la revolución.

Hay que escuchar a los dueños de paladares y hostales, a los taxistas y choferes de bicitaxis que ya izaron la Old Glory,  a las jineteras, enfundados sus culitos en licras con las barras y las estrellas, y a sus chulos, como hacen planes a la espera de que llegue el aluvión de turistas “yumas” cargados de dólares y loquitos por derrocharlos en La Habana o Varadero.

Son tan optimistas como los sesudos oficiales que dan por sentadas las exportaciones de los granjeros yanquis, las inversiones, las ganancias que entrarán por el puerto del Mariel y los créditos que van a obtener de los bancos internacionales ahora que sacaron a Cuba de la lista de países promotores del terrorismo.

Se acercan  las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Es la corrida de los plattistas. Se alborotan a ambas orillas del Estrecho de la Florida. Los que quieren que gane Hillary Clinton, para que siga con las concesiones a cambio de nada de Obama, a ver qué pasa.  Los que quieren que gane Jeb Bush o Marcos Rubio, para que vuelvan a apretar el dogal, no tanto a la dictadura como a los cubano-americanos que verán limitados sus viajes a su patria y la cantidad de dinero que podrán enviar a sus hambreados familiares en Cuba.

Los plattistas del régimen jugarán con cualquiera de las dos eventualidades. Si ganan los demócratas seguirán la rima, y si no consiguen algo más, al menos ganarán tiempo. Si triunfan los republicanos, como saben que no pasarán mucho más allá del alarde y la guapería,   tendrán nuevos pretextos para hacerse las víctimas, seguir fomentando las llamas de un nacionalismo enfermizo y falso, cobijados bajo el abrigo de los camaradas chinos y del Padrecito Putin, que al imperialismo ruso es al único que no le hacen asquitos.
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De qué escribir, Luis Cino

Les confieso que por acumulación de factores adversos,  estoy en una de esas fases de las que no escapan los  escritores y periodistas: la ausencia de un tema  del que escribir. El síndrome de la cuartilla en blanco. De la e-cuartilla, como se diría en estos tiempos digitales.

Y no es que falten temas. Más bien sobran. Pero también sobran los que escriban, con más o menos acierto, sobre ellos.  Sucede que últimamente, cada vez que me propongo escribir sobre un tema, me acuerdo de lo que ya algunos escribieron sobre el asunto. Y siempre, con tantos periodistas independientes y blogueros como hay, y tantos nuevos actores políticos en la disidencia ansiosos por hacerse oír, aunque sea con naderías,   habrá más de uno que  ya haya expresado, no importa si mejor o peor, lo que hubiese yo querido expresar. Y no tengo vocación para los coros.

Solo me quedaría entonces refutar las opiniones que no comparto con ciertas personas demasiado optimistas sobre el futuro a corto plazo de Cuba. O los demasiados críticos con los opositores.  O los demasiado comprensivos con el castrismo. Y otra vez  hacer de aguafiestas, de tipo atravesado, y sumar animosidades en mi contra. Lo cual no me preocupa demasiado, siempre que sea  por una razón que valga la pena.

Pero los oportunistas y los manipulados son tan obvios últimamente que no amerita dedicarles tiempo. Así que  tampoco  encuentro hoy argumentos que valga la pena rebatir.  Lo cual no quiere decir que haya muchos que apoyar.

“Everybody needs a little time away”, decía una vieja  canción de Chicago. Sería saludable que me apartara por un tiempo, que me tomara un descanso antes de volver a escribir. Pero como mismo no puedo parar de fumar,  no puedo dejar de escribir, porque reventaría.

Como me paso por hoy del tema cubano,  me giro hacia los temas internacionales. Que uno es ciudadano del mundo, aunque la dictadura pretenda tenerte encerrado dentro de una botella, como un cocuyo.

Pudiera escribir sobre el drama de los desesperados  africanos que arriesgan sus vidas en el Mediterráneo para buscar refugio en Europa, y los políticos europeos a los que ante esa crisis humanitaria no se les ocurre mejor solución que amenazar con hundir a bombazos las barcazas que transportan a los inmigrantes ilegales.

O sobre el el genocidio turco contra los armenios, ahora que todo el mundo, hasta el Padrecito Putin, tan ocupado con sus apetitos imperiales,  se ha acordado de aquel asunto con motivo de su centenario, que coincidió con el centenario de la victoria de Turquía en la muy sangrienta batalla de Gallipolis, durante la Primera Guerra Mundial.

Ojala se acordara el mundo también de los kurdos, digamos que tanto como de los palestinos, los otros sin tierra, pero que ya están en la ONU.  Pero no, de los kurdos, masacrados y discriminados, cuyas tierras están repartidas entre Turquía, Siria e Irak, y que solían ser tildados de terroristas, no se acordaron hasta que los peshmergas empezaron a sacarles las castañas del fuego a los chiitas irakíes, a la dictadura de Assad, a los Estados Unidos,  que se ahorraron el envío de tropas,  y hasta a sus archi-enemigos, los turcos, enfrentándose con heroísmo a las hordas asesinas del Daesh.

Puedo también -¡quién lo diría!- salir en defensa del magnate  David Rockefeller, un personaje que no me simpatiza nada debido a su oscuro empeño para que la banca se adueñe de la política y la economía mundial.  Matías Rojas, un energúmeno de 17 años, anticapitalista a rabiar,  le fue encima a Rockefeller y le gritó improperios  en el aeropuerto de Santiago de Chile. No sé a ustedes, pero a mí me repugnó  la heroicidad de este mozalbete dándole un escándalo a un anciano de 95 años que iba en silla de ruedas.

¿Vieron?  Finalmente, escribí.   Lo hice como pude, por hábito, por inercia, por majadero que soy. Ya no está  en blanco la cuartilla. Solo que se me quedaron trabadas en el gaznate varias verdades. Para la próxima.
luicino2012@gmail.com

 

Sería un grave error sustituir a Berta Soler, Luis Cino

 

Parece que con el revocatorio se zanjará de una vez  la lamentable crisis que se produjo en las últimas semanas dentro de las Damas de Blanco.  Sería lo más conveniente, no solo para  ese movimiento de valientes mujeres, sino para toda  la causa pro-democracia, que Berta Soler gane en el revocatorio,  como probablemente sucederá, porque la mayoría de las integrantes del movimiento  están a favor de que continúe siendo su representante principal.

 Sustituir a Berta Soler  sería el peor error que  podrían cometer.  Luego de la muerte de  Laura Pollán, cuando muchos creían que  sería el fin de las Damas de Blanco, Berta Soler supo asumir el reto que tenían por delante las valerosas mujeres de los gladiolos al convertirse en un movimiento pro—derechos humanos.. Desde entonces,  ha dado más que suficientes pruebas de liderazgo, firmeza, tenacidad y fuerza moral. Cualidades que  desgraciadamente no coinciden en proporciones iguales  en todos los líderes opositores.

Algunos  acusan a Berta Soler de autoritaria. Tal vez porque con su indiscutible autoridad  estorba sus rejuegos y trapacerías. O simplemente porque siguen el guión que les impone la policía política.

También contra José Daniel Ferrer ha habido acusaciones similares y se le ha culpado de errores, como la separación de las Damas de Blanco de Santiago de Cuba y Palma Soriano, de la cual emergieron Ciudadanas por la Democracia. Pero a nadie se le ha ocurrido pedir su sustitución o que se someta a elecciones o a un revocatorio.  

 Ahora, nuevamente hay algunos que vinculan a Ferrer con los problemas en las Damas de Blanco.

A nada bueno conducen los careos y las pugnas estériles entre organizaciones opositoras. El adversario es la dictadura, no el otro opositor, por muchas contradicciones y diferencias que tengamos con él.

Ojala Berta Soler y las Damas de Blanco  sean más cuidadosas a partir de ahora y no den motivo para que malintencionados y cotorrones vuelvan a compararlas con la chusma que participa en los mítines de repudio.

Hay que tener mucho cuidado con las cartas y  los videos editados y sacados de contexto que no se sabe  de dónde salen, y las bolas echadas a rodar no solo por la Seguridad del Estado, sino también por los  que por carambola sirven a sus propósitos.

Está en juego es el prestigio y la credibilidad de la oposición.

Las Damas de Blanco, desde hace casi doce años, son el movimiento más activo en la lucha por la democracia. De ahí las intrigas y maquinaciones contra ellas. Quieren conseguir lo que no han logrado con la represión: dividirlas, hacerlas implosionar desde adentro. Y hacen un triste papel los que aun inconscientemente, por estrechos intereses de grupo, ayudan a atizar estas intrigas.
luicino2012@gmail.com

 

Hablar claro no es ser un comecandela, Luis Cino

Desde Suiza, en su blog, mi amiga  la veterana periodista Tania Quintero muestra su perplejidad porque mi nombre aparezca, junto al de otros colegas de la prensa independiente, en lo que llama el núcleo duro de los opuestos al proceso de normalización de las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba.

Supongo se deba a lo que he dicho en mis escritos más recientes y a que me haya sumado al Foro por las Libertades y los Derechos. Pero no creo que ello varíe mi postura habitual, la que he mantenido desde que empecé en la disidencia, y me convierta en un  come-candela o uno de esos gritones  que se tragan la azúcar prieta sin masticar.

Tania Quintero,  con la que compartí los azares del periodismo independiente en los tiempos en que en vez de laptops teníamos si acaso viejas máquinas  de escribir para las cuales era muy difícil conseguir cintas,  y no existían los blogs y las redes sociales, no se equivoca al definirme como un hombre  dialogador, centrista y tolerante.

Todo eso es cierto. Pero por muy moderado,  dialogador (que no dialoguero) y centrista -incluso con el corazón ligeramente escorado hacia la izquierda en muy puntuales asuntos- que yo sea, Tania debe recordar que siempre hablo claro, llamo las cosas por su nombre y no me  presto para payasadas, simulacros y componendas.

No se puede contar conmigo para pasarle la manito a la dictadura.  Por ello, no me oculto para decir que no me agrada este complaciente potaje que se cocina en caldero yanqui  sin tener en cuenta a la oposición real.

No  pretendemos que el gobierno norteamericano haga de ventrílocuo y hable por la oposición cubana. Tenemos voz propia y el derecho a ser escuchados. Nos lo hemos ganado a fuerza de muchos años de golpes y calabozos.

Está muy bien que  el gobierno de Raúl Castro esté en disposición de  zanjar sus diferencias con Estados Unidos,  entonces, ¿cómo no va a poder sostener un diálogo respetuoso con la oposición?

Como aspiro a la democracia y el estado de derecho para Cuba, no puedo conformarme con lo que se ve a la legua que saldrá de este cocinado: un capitalismo de estado autoritario, sin derechos ni libertades, que permita la piñata para los sucesores,  santificado por Washington a cambio de hacer negocios en la isla y la garantía de que no se produzca un caos de ingobernabilidad que inunde las costas de la Florida de inmigrantes ilegales y drogas.

El gobierno norteamericano piensa en sus intereses nacionales y geopolíticos, pero  los intereses de la oposición cubana –la de verdad, no la de utilería- son otros, y para conseguirlos, del mejor modo posible, el Foro por las Libertades y los Derechos ha trazado una hoja de ruta, de la que soy firmante.

Puede ser perfectible, pero de momento no hay algo mejor para los que aspiramos a que termine la dictadura. Espacio Abierto de la Sociedad Civil, por comedido en exceso y poco representativo, no lo es.

Este no es momento para ingenuidades, poses mediáticas y palabrería vana. Mientras más claro se hable, mejor.
luicino2012@gmail.com

 

¿Opositores o sociedad civil?, Luis Cino

 

De la ola de ingenuidades, desconciertos, expectativas desmesuradas, payasadas y novelerías que ha generado el anuncio del restablecimiento de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, una de las cosas que más llama la atención es la aparente reluctancia de muchos de los que hasta hoy se definían como opositores a actuar en nombre de la oposición. En su lugar prefieren hablar –con los que en ningún momento les han preguntado qué opinan- en nombre de la sociedad civil.

¿Por qué la timidez y los paños tibios, justo en este momento en que la oposición debe ser justamente eso, aspirar a ser gobierno y no conformarse con ser un siempre victimizado referente moral y testimonial  en pro del respeto a los derechos humanos?  

En todo caso, con esa actitud tan tímida y modosita de no reconocerse como opositores y vestirse con el mismo manto que otros actores recientemente aparecidos y que hasta hace poco negaban ser disidentes o anticastristas, en vez de dorar la píldora al régimen  con miras a ser tenidos en cuenta en futuras negociaciones, lo que se conseguirá será allanarle a los mandamases el camino de las refutaciones. Ya el general-presidente dejó claro, en su discurso en diciembre ante la Asamblea Nacional,  que no quiere confusiones respecto a lo que oficialmente se considera es la sociedad civil, es decir, las organizaciones satélites del régimen (CDR, FMC, ANAP, etc.)

Es comprensible que luego de tantas décadas de uso y abuso del metalenguaje oficialista,  muchos disidentes  nieguen ser contrarrevolucionarios.  Esa palabra la jerga oficial la convirtió en algo así como un insulto. O un deshonor. La equivalencia del más despectivo “gusano”. De ahí que sean muy pocos los opositores que se reconozcan como contrarrevolucionarios y a mucha honra.

Se ha vuelto más que una costumbre originada por la inercia, un despropósito, utilizar el término “revolución” para designar un régimen de más de 56 años que se institucionalizó en 1976, a su modo y conveniencia, con constitución y socialismo irrevocable y todo. En seguimiento de esa misma lógica ilógica, los opuestos serían –no podrían ser otra cosa-  contrarrevolucionarios. Pero la mayoría de ellos se ofenden si los llaman así. El colmo es que a estas alturas del campeonato  también vayan a evitar ser identificados como opositores.

A ese paso de bibijagua y con tanta superchería, cuando se hable de oposición,  se difuminarán los límites entre lo real y lo leal –esa engañifa-, y como nadie contará con los opositores que no temen ser llamados así, porque estarán apaleados o encerrados en los calabozos por desacato, escándalo público o peligrosidad pre-delictiva, no quedarán otros que  los de la revista Temas o Cuba Posible o tendrá –el régimen, quiero decir- que mandar a buscar a Carlos Saladrigas  y  Arturo López Levi, y entonces que Dios nos coja confesados y confesos de todos los pecados imaginables a los que aspiramos a la democracia sin apellidos ni sobrenombres.

Todavía me quedan esperanzas –pocas, para ser sincero- de que los opositores de verdad que hay en Espacio Abierto de la Sociedad Civil dejen un poco el comedimiento y la preocupación por el tipo de narrativa que usarán y reparen en las exclusiones que hicieron debido a la premura, al exceso de entusiasmo o a vaya usted a saber qué otras razones, y logren convencer y atraer a los opositores ausentes, que son muchos. Especialmente, Berta Soler y las Damas de Blanco.  Para que en la próxima reunión y consiguiente declaración,  estén todos los son y sean todos los que están. Aunque algunos, en dependencia de sus actos,  estén en veremos.

Mientras, en lo que Espacio Abierto recapacita, ya hay una declaración del Foro por las Libertades y los Derechos,  los opositores que se reconocen como tales sin sonrojarse,  en que se habla alto y claro, sin mojigatería, rubores ni medias tintas. Por eso,  a ella me adhiero.
luicino2012@gmail.com
Publicado en Primavera Digital