Una ofensa a Rafael Alcides, Luis Cino

El pasado 2 de marzo, en la embajada norteamericana en La Habana le negaron al poeta Rafael Alcides la visa para viajar a los Estados Unidos.
Alcides, invitado por Neo Club Ediciones, se proponía viajar a Miami para recibir el premio nacional de literatura (compartido con el también poeta Manuel Díaz Martínez, residente en Canarias) que le confirió en diciembre del pasado año un jurado de escritores del que tuve el honor de formar parte.
El poeta, de 82 años, no podrá viajar a recibir el premio porque la funcionaria consular que lo entrevistó consideró que era “un posible inmigrante”. A la funcionaria, para llegar a tal conclusión, le bastó con enterarse de que el anciano tiene un hijo que reside desde hace años en los Estados Unidos.
Parece que la funcionaria no concedió demasiada importancia al hecho de que Alcides tiene otro hijo, de 20 años, el hijo de la vejez, que vive con él, en su pequeño apartamento en Nuevo Vedado.
Tal vez Alcides, que está recién operado y estaba agotado luego de la larga espera para la entrevista, se puso nervioso ante la suspicacia que es habitual en estas entrevistadoras y, poeta al fin –ya sabemos cómo son-, convencido de la certeza de sus argumentos, no se esforzó demasiado en las respuestas a las preguntas que pretenden “cogerte de atrás palante”, como decimos por acá.
Sabemos de la cantidad de personas que son rechazadas en estas entrevistas y a las que no se les concede la visa porque los consideran, basados en razones indescifrables, “posibles inmigrantes”. Consideran –y puede que tengan razón- que  con lo jodido que está este país luego de más de medio siglo de desastre castrista, todos los cubanos somos potencialmente “posibles inmigrantes”.
He visto la tristeza en los ojos de los que ven frustrados sus sueños de visitar a sus padres, hijos y hermanos residentes en los Estados Unidos y a los que no ven desde hace muchos años. He visto a algunos hasta llorar en el vecino parque que llaman -como al famoso muro de Jerusalén- “de las lamentaciones”.
Sé que es pedir demasiado, pero debieran ser menos subjetivos y un poco más cuidadosos con los sentimientos de las personas estos funcionarios consulares.
Es bochornoso que le hayan negado la visa a Rafael Alcides. Es una ofensa  la sospecha de que sea “un posible inmigrante”.
¡Que pena! ¡Se ve que no conocen al poeta!
Jamás se iría Alcides de su país, de su gente, de su paisaje.  Sería como acelerar la llegada de la muerte.
No concibo a Alcides exiliado. Él,  que ha tenido oportunidades de irse, ha preferido quedarse con los suyos, a dar lecciones de dignidad y resistencia en el insilio, que es lo más difícil, lo que requiere más firmeza, aunque muchos se nieguen a entenderlo así.
El autor de “Agradecido como un perro”, quien fue uno de los más importantes poetas cubanos de la llamada Generación de los 50, sin dejarse doblegar, se ha negado a publicar en su país mientras no haya libertad y democracia. Mientras, se ha hecho a un lado, a presenciar el deprimente desfile de los mediocres y los serviles.
Laborioso y testarudo, con la paciencia terca de de los que se saben dueños absolutos del tiempo y las palabras, Alcides tiene un almacén doméstico de poemarios y novelas inéditas. Hace unos años, cuando lo entrevisté, me dijo que publicar en el exterior “no es bueno para la salud”.
El poeta de Barrancas, sobreviviente de un mundo que se deshace y se vacía,  vive y muere cada día en La Habana, “con vidrios molidos en la boca”.
Le han negado la visa para viajar  a los Estados Unidos a Rafael Alcides, que es un monumento viviente a la dignidad y al arte de los creadores libres en Cuba, y sin embargo, se la conceden a  reguetoneros disfrazados de artistas, corifeos del castrismo, pelafustanes disfrazados de reformistas, disidentes de utilería de última hora  y académicos apologistas del castrismo. ¿Es a eso a lo que llaman “intercambio cultural” y “contactos pueblo a pueblo”?
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Con casco azul y en Singapur, Luis Cino

El académico cubano-americano Jorge Domínguez  opina que debido a la  capacitación de los cubanos, que considera es extraordinaria,  “Cuba podría convertirse en una Singapur del Caribe”.

El muy imaginativo y optimista profesor Domínguez dijo eso al periodista Pablo de Llano en una entrevista que apareció en El País el pasado 29 de mayo.

Al preguntar el periodista qué podia dar protagonismo a Cuba, el inefable académico contestó: “Por ejemplo, que se convierta en uno de los principales suministradores de cascos azules para Naciones Unidas, cosa que nunca ha hecho y que sería útil por su experiencia en misiones internacionales. Es un país que en los años 70 y 80 desplegó más de 300.000 hombres por distintas partes del mundo y sigue teniendo unas Fuerzas Armadas muy profesionales.”

Uno no puede menos que lamentar que Jorge Domínguez, que se fue de Cuba  con solo 15 años, en 1960, no haya pasado el servicio militar obligatorio, para que hubiese formado parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ese ejército de fábula que tanto admira, con sus simpatiquísimos sargentos instructores, sus órdenes ladradas y sus castigos para formar el hombre nuevo. Mejor aun, si lo hubiesen enviado a pelear a Angola, aquella gesta bélica tan romántica que supone capacitó a sus compatriotas, incluso a los del futuro, para ponerse el casco azul y servirle a la ONU de apagafuegos en cuanta crisis internacional se presente. Todo con tal de que Cuba mantenga su protagonismo cuando ya no esté Fidel Castro, que es el que  puso a capricho suyo a este país en el casting, cosa que Jorge Domínguez no deja de agradecer, aunque haya visto la película de lejos y comentándola.

De los académicos, improvisadores y charlatanes que se pintan de cubanólogos –esos especialistas en  dislates y desaciertos- uno de los que más urticaria  da es Jorge Domínguez. Sus disparates y alucinaciones  envuelven sus simpatías a larga distancia, desde Harvard, inconfesas y más o menos disimuladas, por el castrismo.

Según se desprende de sus pronósticos y opiniones, el castrismo no es tan malo como parece, solo hay que tener paciencia  y no presionarlo demasiado, para que no se acompleje y atrinchere, y ver como muta y se transforma en cualquier otra cosa que no difiera demasiado de la original, por aquello de la preservación de lo que es salvable…

Para que no lo acusen de demasiado complaciente con el régimen cubano, Jorge Domínguez admite que en Cuba, para que se convierta en el equivalente antillano de Singapur, habría que cambiar una serie de cosas.  Aumentar los salarios, por ejemplo. Y según ha escrito en otras oportunidades, hacerle algunos cambios a la constitución socialista de 1976, unos retoques ligeritos a su versión de 1992, que no hay que hacer una nueva, por mucho que  institucionalice la falta de libertades políticas de los cubanos, que es lo que menos parece importarle al profesor.

Jorge Domínguez, que dice estar  impresionado por el don de gente y la habilidad diplomática mostrada por el general Raúl Castro,  considera que las reformas raulistas deben ocurrir sin pausa pero con un poquitico, solo un poquitico más de prisa.

El profesor Domínguez  ha tenido la suerte de dar con personas lo suficientemente indulgentes como para luego de escuchar sus tonterías no mandarlo a Singapur o cualquier otro lugar de nombre  parecido pero más corto…

Hay que esforzarse por no ser demasiado severo con Jorge Domínguez. Después de todo, a veces el profesor reconoce sus limitaciones.

En la introducción de su libro “Cuba hoy, analizando su pasado, imaginando su futuro” (Editorial Colibrí, 2006),  Jorge Domínguez, luego de referirse a  su primera visita a Cuba, en enero de 1979 -cuando descubrió que la casa en El Vedado de su abuela materna había sido convertida en un local de la Federación de Mujeres Cubanas, justo frente a la embajada de Corea del Norte- reconoce que hay temas interesantes y significativos en la experiencia del pueblo cubano sobre los que tiene poco que decir.  Aunque le pique la curiosidad, quizás tanto como la picazón insoportable que creyó percibir en los adolescentes que se rascaban los testículos con desesperación y que tanto le llamaron la atención en aquel primer viaje a La Habana. Pero remacha: “El estudio de los temas políticos no se limita a detalles puntuales ni a simples chismes”. A eso se reducen nuestros infortunios. Y él es politólogo, no lo olvidemos.

Jorge Domínguez le agota la paciencia y hace perder la tabla a cualquiera cuando le da por imaginar los futuros posibles de Cuba. Él, que de Cuba solo conoce lo poco que recuerda, lo que le han mostrado sus anfitriones del régimen cuando viene de paseo  y lo que imagina, en sus raros ejercicios de onanismo mental, como ese de vernos a sus maltrechos compatriotas de casco azul y viviendo como si estuviéramos en Singapur.
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Eduardo Galeano, Luis Cino

 

Pocos intelectuales de izquierda  ha habido en los últimos tiempos en Latinoamérica que tengan la honestidad, decencia y valentía que demostró  el recientemente fallecido escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano.  

 Menos de un año antes de su muerte, Galeano confesó que a esas alturas de su vida ya no era capaz de leer de nuevo su obra cumbre, Las venas abiertas de América Latina.  

“Esa prosa de izquierda tradicional es pesadísima, mi físico no aguantaría, tendrían que ingresarme”, dijo Galeano  en  una entrevista que concedió en Brasil, adonde había viajado para participar en una feria del libro.

Galeano lamentaba no solo la retórica desgastada por el uso y el abuso, sino además no haber estado dotado cuando escribió el libro de un mejor bagaje económico. Explicó muchas veces que escribió sobre historia y economía política en “Las venas abiertas de América Latina”, en  90 noches, como si se tratase de una novela de piratas.  Un modo bastante aventurado de proceder cuando se trataba de explicar a un público no especializado, pero agobiado de problemas y ávido de soluciones, por qué América Latina parecía ser una región condenada a la humillación y la pobreza.

En la búsqueda en el pasado de legitimidades históricas, Galeano incurría en manipulaciones, siempre a contracorriente de la historia oficial, con sus próceres de bronce, su bestiario, mitos, supercherías y excomuniones.

Las interpretaciones cuasi poéticas que hacía Galeano de la historia latinoamericana, aunque no carentes de  verdades y  buenas razones, eran ideológicamente muy interesadas.

El libro, escrito en 1971, cayó en el lugar y el momento preciso. Como el propio Galeano explicó alguna vez: “Lo que uno escribe puede cobrar sentido colectivo cuando de alguna manera coincide con la necesidad social de respuesta”.   

 “Las venas abiertas de América Latina”  ha sido  la Biblia de la izquierda continental en los últimos 40 y tantos  años. Junto con los informes de la CEPAL y los discursos de Fidel Castro, contribuyó a conformar la percepción de una realidad demasiado compleja y cambiante para circunscribirla a la teoría de la dependencia, el anti-imperialismo y el mesianismo revolucionario.

Y todavía los habitantes de este continente estamos pagando las consecuencias de esa percepción distorsionada de la que Eduardo Galeano fue uno de los responsables, aunque no tanto como  los interesados lectores que hallaron justo lo que necesitaban para la envoltura de sus complejos de inferioridad, y sobre todo, a quien culpar por sus incapacidades, errores y fracasos.   

Galeano consideraba que la veneración por el pasado era profundamente reaccionaria, pero fue a parar precisamente a ella: al  cultivo de la nostalgia histórica por caudillos como Rosas, el Doctor Francia o Juan Domingo Perón. Eso serviría para conferirles legitimidad histórica a autócratas mesiánicos como Fidel Castro, Hugo Chávez, su grotesco y disparatado sucesor Nicolás Maduro y el resto de la comparsa de gobernantes populistas del socialismo del siglo XXI.

Han sido incalculables las consecuencias, para bien o para mal. Quién quita  que el ejemplar de “Las venas abiertas de América Latina” que le obsequió Hugo Chávez a Barack Obama durante la V Cumbre de las Américas haya surtido efecto e influido en el buenismo aislacionista  del presidente norteamericano, remiso a verse atrapado por el pasado y la ideología, al anunciar en Panamá, dos cumbres panamericanas y varias crisis después, el cambio hasta nuevo aviso de la política de Estados Unidos hacia sus vecinos del Sur, incluida la dictadura castrista y su vicaría caraqueña.

Galeano, en estos últimos años, se mostraba razonablemente crítico con el régimen castrista y la heredad chavista mal administrada por Maduro. Pero con nadie era más crítico que consigo mismo. Especialmente por confundir los límites entre la poesía y la historia en libros como Memorias del Fuego y Las venas abiertas de América Latina.     

Al morir, sin abandonar la izquierda más sensata, Galeano  venía de vuelta de sus dislates del pasado, cuando muchos lo tomaron por un iluminado, cuando solo era –y conste que eso no es poco ni fácil- un excelente escritor. De los mejores. Por eso, más allá de su parte de responsabilidad en nuestros desastres, siempre seguirá con nosotros. En las malas y en las peores. Que en América Latina ya estamos al renunciar definitivamente a las buenas.   
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¿Irán los Rolling Stones a Cuba?, Luis Cino

 

En la prensa norteamericana acaban de enterarse de que los cubanos no solo son bailadores de salsa y reguetón, sino que también hay rockeros, muchos, y que ya no los persiguen, si es que están enterados de que alguna vez, hace varias décadas, los perseguían, acusados de diversionismo ideológico.    

 Parece que a la prensa norteamericana no le bastaron los decibeles de los conciertos hace unos años en el Protestódromo de Rick Wakeman, Audioslave y Sepultura para descubrir la existencia de los rockeros cubanos. Fue preciso que viniera a La Habana a tocar en el Maxim Rock, un cuchitril para freakies y metaleros, donde solo los pudieron ver 500 personas, apiñadas como sardinas en lata, y unos pocos cientos más en La Tropical,  una banda  de nombre bastante patético –The Dead Daisies (Las Margaritas Muertas)-, conformada por siete  músicos que alguna vez, en los años 80, tocaron en grupos famosos (The Rolling Stones, Guns and Roses, Thin Lizzy, INXS, Motley Crue, Ozzy Osbourne).

Dos de esos músicos, el bajista Daryl Jones y el cantante Bernard Fowler, que fueron presentados por la prensa  como integrantes de The Rolling Stones a pesar de no ser tales sino colaboradores, insinuaron la posibilidad de que los mismísimos Stones toquen pronto en Cuba.

Tras un ensayo de la banda en la Fábrica de Arte Cubano, a la pregunta del periodista Charlie Morales, de Prensa Latina, de si podían los cubanos soñar con un concierto de The Rolling Stones en La Habana, Bernard Fowler respondió: “Pueden soñar con ello, les puedo asegurar que los sueños se hacen realidad”. Y el periodista intuyó que Fowler y Jones harán lo posible por convencer a Jagger y compañía.

Si con The Dead Daisies ha habido tanto alboroto mediático,  ¿se imaginan cómo sería con un concierto de Mick Jagger y su tropa  en la Plaza de la Revolución? Porque no es posible  otro escenario para ellos, y máxime con el crédito que le van a dar, con sus sola presencia, al castrismo tardío en su readecuación internacional.

No  puedo creer que a los Stones los vayan a poner a tocar, con Baby Lores y la Charanga Habanera como teloneros,  en La Tropical, el Maxim Rock, la Casa de Cultura de Plaza, La Piragua o en La Plaza Roja de La Víbora como teloneros ellos de uno de los conciertos de Silvio Rodríguez por los barrios habaneros, y que a las doce de la noche la policía les ordene terminar el concierto, como le hicieron hace poco nada menos que a Los Van Van.

Si yo fuera Jagger o Richards, por si las moscas, no me decidiría por el viajecito a Cuba, porque con los mandarines verde olivo, tan reacios desde siempre al rock and roll  nunca se sabe…Y que conste que lo digo porque desgraciadamente conozco bien las mañas de esta gentuza, y no solamente porque me niego rotundamente a que me roben, para sus propósitos politiqueros y propagandísticos, a mi banda preferida de todos los tiempos.
¿Acaso no tuvieron la cara dura, luego de haber prohibido a The Beatles, de sentar a John Lennon en un parque del Vedado, cual si fuera un cederista de guardia para que no se roben las papas?

Capaz que ahora les dé a Abel Prieto y Miguel Barnet por subirse a la tarima a dar brinquitos  y hacerle el coro a Mick Jagger en los uuuh uuh de Simpathy for the Devil.
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Publicado en Cubanet

Poniéndome al día, Luis Cino

Últimamente, mis hijos, cansados de mi incorregible y enfermiza nostalgia por la música de los años 60, 70 y  80, se han propuesto ponerme al día con los intérpretes de hoy. Para ello, me han llenado la memoria-flash  de la música de ahora mismo  que ellos consideraron de forma bastante atinada -fíjense que no les pasó por la mente incluir a Eminem, Marilyn Manson o Lil’ Wayne- que me podía gustar:   Hozier, Sam Smith, Lana del Rey, James Bay, Curtis Stigers, James Craigie,  Asaf Avidan, John Legend, Liam Hayes, Pharrell Williams y Keith Urban.
Como verán, en la selección que hicieron hay de todo, como en botica.  Hay  algunos ganadores de la última edición de los Premios Grammy,  como  Hozier (Take me to church) y Sam Smith (Stay with me). Tengo que reconocer que gracias a  canciones como esas dos, y alguna que otra más, estos Grammy estuvieron  mejor que en años anteriores, cuando ha habido más fanfarria, brillito y efectos especiales que música buena, o  lo que yo entiendo por tal.
Pueden llamarme majadero, anticuado, resabioso, recalcitrante, maniático, y lo peor de todo, viejo, pero les confieso que aunque mucha de la música que me copiaron me pareció bien y hasta me gustó, ninguna me impresionó demasiado. Excepto Curtis Stigers, al que nunca había escuchado, y que me pareció rara avis en estos tiempos: un excelente cantante de jazz,   superior, no solo a Michael Buble, que no me gusta para nada por demasiado pop y convencional, sino al mismísimo Harry Conick Jr., del que no oigo algo nuevo hace más de 20 años.
Los intérpretes de hoy que me recomendaron  escuchar, casi siempre me recordaban a alguien del pasado. Incluso del pasado reciente, como Amy Winehouse o Tracy Chapman. Solo los de country no me recordaron a nadie: no hay uno que se acerque ni remotamente a los talones de monstruos como Willie Nelson o Emmylou Harris.
Estoy convencido de que  ya no queda qué inventar en la música, a no ser aparatos para abaratarla, robotizarla y joderla más de lo que está.  Ya no espero canciones como Midnight train to Georgia, Let’s get it on, Your song, It’s too late, You got a friend o You are so vain. Eso, por no hablar de clásicos del rock como los de Led Zeppelin y Pink Floyd. Por suerte, ahí siguen todavía Jagger y los Stones,  de museo, pero sonando cada vez mejor…
Escucho con agrado la música  que me copiaron. Algunas cosas me han interesado, como las de Asaf Avidan  y Lana del Rey,  que me parece, por inusual, más que interesante, desconcertante,  esa rubia con aires de película de la serie negra y sus canciones sombrías, a medio camino entre Madonna y Tom Waits, que resultarían idóneas para una película de Tarantino.
Estoy agradecido a mis chamas por el intento de ponerme al día. De seguro algo quedará. Sé que a medida que me hago viejo, tengo que esforzarme más para no quedarme atrás.  Espero no me  ocurra a mí, en el intento, lo que a los vejetes mandamases verde olivo con su  nunca bien denostada “actualización del modelo” y los puñeteros Lineamientos.
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Si no puedes robarte un caballo, atrévete a mirar la rienda, Luis Cino

Cada cierto tiempo, me veo impelido, si no a releer, a hojear minuciosamente las páginas de los dos libros de Joseph Conrad que prefiero: Lord Jim y The heart of darkness (El corazón de las tinieblas). Por el modo en que son contadas, no me aburren las dos historias que narran esos libros: la del naufragio del barco cargado de peregrinos a La Meca, y la del vapor  que remonta la corriente del río Congo, rodeado por la jungla amenazadora, en busca de un siniestro traficante de marfil en el que parece estar encarnada toda la perversidad del colonialismo.

Me atrae mucho la peculiar escritura de Joseph Conrad. Siempre he pensado que esa peculiaridad  se debe principalmente a que Conrad –cuyo verdadero nombre era Jozef Konrad Korseniowski-  pensaba sus tramas en un idioma, el polaco materno, y escribía en otro, el inglés adoptado.

A Vladimir Nabokov, otro escritor que disfruto mucho, le pasaba lo mismo: pensaba en ruso y escribía en inglés. Como resultado, salieron joyas como Lolita. O una novela como Ada, que  resulta engorrosa para los lectores, y es una prueba de fuego para los traductores. ¡Los pobres! A pesar de que leo en inglés, nunca he podido pasar de los primeros capítulos de Ada. ¡Y miren que me lo he propuesto! Mucho más que terminar el Ulises de Joyce o siquiera iniciar Dublineses (conste que no me apena confesar públicamente que con todo y sus aportes a la narrativa moderna, no soporto a Joyce).

Por estos días  releo The heart of darkness. Como Lord Jim, siempre me dice algo nuevo. Aunque no sea demasiado grato. Como este párrafo, que me llamó la atención, tal vez por mi desencanto, en estos tiempos de componendas,  con ciertos opositores o personajes que sin serlo pretenden –en desmedro de la causa que defienden los verdaderos- ser tomados como tales:

“Intrigaban, se calumniaban y se odiaban entre sí, pero eran incapaces de mover un dedo en forma efectiva para lograr un objetivo. ¡Oh, no! ¡Por Dios! Después de todo, hay algo en el mundo que permite que un hombre se robe un caballo mientras que otro ni siquiera puede mirar una rienda. Robarse un caballo abiertamente. Muy bien. Lo ha hecho. Tal vez sepa cabalgar. Pero existe una manera de mirar una rienda que exasperaría al más caritativo de los santos”.

No lo dije yo: fue Conrad. Si haces alguna asociación mental, es tu problema. Pura coincidencia.
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Malaparte que nos toca, Luis Cino

Siempre he pensado que el italiano Curzio Malaparte (1898-1957) fue uno de los escritores más sinceros que tuvo el siglo XX. Aunque ahora vuelven a estar de moda los inconformistas, no habría tenido cabida en estos tiempos de escritores “políticamente correctos”. En su mayoría son considerados así precisamente porque pasan de una pose a otra sin mostrar nunca su verdadero ser. Pero cuando alguna vez lo sugieren, causan espanto…

Aunque atacó por igual a fascistas que a comunistas, muchos insisten en  acusar a Malaparte por haber sido fascista. En realidad, apoyó al fascismo muy poco tiempo, apenas un par de años. Italia –como  toda Europa-  iba tan mal en aquellos años, que no era extraño que los intelectuales se inclinaran por el fascismo o por el comunismo. Ya en 1925, Malaparte había roto con el régimen de Mussolini y unos años después (1933) fue enviado a la cárcel. Desde entonces fue el más acérrimo antifascista.

Con ánimo de atenuar lo culposo de mi preferencia por un escritor casi olvidado y que alguna vez simpatizó con el fascismo, les recuerdo a mis lectores ultra-izquierdistas, siempre tan severos a la hora de juzgarme y de ciber-chancletear, que Curzio Malaparte fue uno de los autores preferidos de Fidel Castro. Claro que el libro que gustaba al Comandante era “La técnica del golpe de estado”, mientras que yo prefiero “Kapput” –uno de los libros que más me han impresionado- y “La piel”. Y no puedo dejar de mencionar “Dos años de Battibecco” –en español significa “batiburrillo”-, la recopilación de las columnas publicadas por el escritor pratense, entre 1953 y 1955, en la revista Tempo.

De releerlo tantas veces, el ejemplar de “Battibecco” que conservo (Editora Latinoamericana, S.A, México, 1956) está que se deshace entre las manos. Malaparte hacía un tipo de periodismo que más que fascinarme, confieso que me hace rabiar de envidia.

Estoy convencido de que  todo lo que uno ha leído y releído en cierta forma influye en lo que escribe. Así, podría culpar, o mejor, agradecer, a Malaparte, cuando escribo ciertas cosas que de tan apasionadas bordean el libelo.

Llegado a este punto, ante la agresividad de ciertos ciber-enemigos que me he buscado últimamente y que se creen más patriotas que patrioterón, no puedo resistir la tentación de citar varios párrafos de la introducción que escribió Malaparte para “Due anni di Battibecco”, en mayo de 1955:

“Hay dos maneras de amar al propio país: la de decir la verdad abiertamente, sin miedo, sobre los males, sobre la miseria, sobre la desverguenza que sufrimos, y la de esconder la realidad bajo el manto de la hipocresía, negando llagas, miserias y desvergüenzas, o bien exaltándolas como virtudes nacionales. Entre las dos maneras, prefiero la primera, no solo porque me parece la justa, sino porque la peor forma de amor patrio es la de cerrar los ojos ante la realidad y abrir de par en par la boca con himnos e hipócritas elogios que no sirven de nada, ni siquiera para esconder, a uno mismo y a los demás, los males.”

“No vale la excusa de que los trapos sucios se lavan en familia. Mísera excusa: un pueblo sano y libre, si gusta de la limpieza, los trapos sucios los lava en la plaza. Y es inútil e hipócrita invocar el amor patrio. El amor patrio se le hace cómodo  solamente a los responsables de nuestras miserias y vergüenzas, y a sus cómplices y siervos; se le hace cómodo a quien nos oprime, humilla, defrauda y corrompe…La Italia de los siervos y los amos es una Italia despreciable que no merece piedad ni respeto. No tiene nada que ver con la Italia verdadera, humillada, encadenada, hambrienta, traicionada. Y no se diga que Italia está ahora ya hasta tal punto envilecida que no puede soportar la verdad y que necesita de la mentira para vivir y para sobrevivir. Si no soporta la verdad, reviente pues. Yo no sé que hacer con una patria que no soporta la verdad.”

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La Bienal de la insinuación y la pulla, Luis Cino

El reparto San Agustín, en la Lisa, no tendrá otras cosas, pero gracias a la XI Bienal de La Habana, ya tiene un Museo de Arte Contemporáneo. El MACSA, rodeado de edificios de microbrigadas, vendutas, aceras rotas y salideros de aguas albañales, está ahí. Los vecinos del barrio pueden relacionarse con  novedosas propuestas artísticas mientras piensan cómo cogerán la guagua para ir a trabajar, cómo se buscarán unos pesos para comprar los zapatos de sus hijos, lo que comerán o cómo resolverán una balita de gas para cocinar lo poco que puedan conseguir.

Los organizadores de la XI Bienal se han propuesto llevar el arte a las calles e incorporarlo a la vida cotidiana de la gente. ¡Qué bien!

“Detrás del muro”, una muestra de más de una veintena de artistas cubanos de la plástica, ha diseminado instalaciones a lo largo de una buena parte del malecón habanero. Las instalaciones se confunden con la vida real. Uno no sabe si los puntales y la basura y los escombros, como a veces están cercados,  son también una instalación.

Un enorme banco en forma de  S, de Inti Hernández, nos invita a sentarnos a mirarnos las caras y conversar. Los de aquí y los de allá, los de arriba y los de abajo. Buena falta que nos haría…si hubiese voluntad. Un avión atraviesa una reja y un mástil exhibe 16 pares de orejas (¿nadie escucha a los artistas o hay demasiados chivatos que los vigilan?)

Un cañón Parrot, de madera, a escala natural, hecho por Duvier del Dago, de frente al mar, apunta al norte. ¿O al muro? ¿Qué pretende? ¿Defendernos de los yanquis? ¿Con un cañón de palo? ¿O tumbar el muro a cañonazos? ¿Ese muro, para que podamos escapar mejor? ¿O todos los muros que han sido y son? Pero, ¿por qué tumbar  el del Malecón? ¿Y por qué tendríamos que escapar, y cargar con la catástrofe donde quiera que uno vaya, porque está visto que hay catástrofes de las que nunca se acaba de escapar?

El Malecón, según afirma Juan Delgado, el curador de “Detrás del muro”, es el  espacio más  democrático de Cuba. Lo es más o menos,  cuando a la policía no le da por pedir los documentos de identidad a las muchachas y los muchachos negros –esos eternos sospechosos-o  hacer redadas contra los travestis –ay, Mariela, la policía sigue rabiosamente homofóbica-  las putas, sus chulos, los pingueros, los marihuaneros, los pastilleros de la ketamina y los vendedores sin licencias.

Cerca de allí, policías y custodios vigilan que no se roben la madera y los tornillos de  un inmenso caballo -¿de Troya?- en cuyo interior se exhiben cuadros. Símbolos y más símbolos. El arte encierra dentro de sí las verdades que nos harán libres. Pero está celosamente vigilado, de  ladrones y libertarios, por censores, policías y guardias de seguridad. Cada vez más, Cuba es un país de rejas, muros, alambradas, policías, custodios y guardias de Seguridad…del Estado.

Esta es la Bienal de la insinuación y la pulla. Aunque no sea mucho lo que se insinúe y las pullas  no tengan demasiada acritud. Sólo la que se supone será tolerada. Y tal vez, porque siempre hay algunos osados, un poco de forcejeo por los espacios públicos y un poco de libertad de expresión. Nada para asustarse. Y si hay susto, ahí están los segurosos para amenazar a los artistas y confiscar las obras,  como hicieron con la exposición alternativa del pintor Luis Trápaga.

Se crearon expectativas porque expondría Ai Wei-Wei, un artista disidente chino. Pero  expone bicicletas. Chinas, marca Forever, para más detalles. De las que salvaban vidas o mataban –según como se mire- durante los años del hambre, los apagones y las guaguas que no pasaban del periodo especial. Las conocimos bien, más por desgracia que por suerte. Como ya quedan pocas por acá, uno no sabe si reírse, sentir la  morbosa nostalgia de los tiempos peores  o sentirse estafado por el amago de disidencia permitida.

Por si hay peligro,  para tupir a los censores y los comisarios o darles margen para que se hagan los bobos o posen de liberales y desprejuiciados,  bienvenidas sean  a la Bienal la irreverencia, el snobismo y la extravagancia, siempre tan de buen tono en estas ocasiones.

Aunque, por mucho que se esfuercen en ser extravagantes y epatar –que digan lo que digan,  es el mejor modo de disimular la falta de  talento-, no lograrán superar la Aktion número 135 del austriaco Herman Nitsh, el padre de las performances. La tituló “Jesús contra el universo” y se escenificó en los jardines del Instituto Superior de Arte (ISA). Dos horas en que se maceraron carnes y frutas, se chuparon sus jugos y se untaron de sangre de cerdo jóvenes desnudos. Más que un performance, aquello parecía una misa negra. Un aquelarre diurno, con un sol que rajaba las piedras y vísceras y sangre a tutiplén. Totalmente repugnante.

Dicen que esta XI Bienal es la más concurrida y mejor organizada. No sé. Por mi parte, más que las insinuaciones y las pullas que bien poco dicen, me quedo con los elefantes de Jeff  de la anterior Bienal. Y si de símbolos e insinuaciones se trata, con las cucarachas de Roberto Fabelo en los muros del Palacio de Bellas Artes. Que las cucarachas sabemos siguen ahí, jodiéndonos la vida, aunque ya casi no se vean. Y uno que revienta de ganas de verlas despatarradas por el piso. Como aquellas de Fabelo.
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Escribir en los 70, Luis Cino

Nunca hablé con Reinaldo Arenas. Varias veces, lo vi por Marianao, allá por los 70. Como la Garota de Ipanema, la Tétrica Mofeta pasaba camino del mar acompañado de Petula y Troya, las damas de compañía de  su regio séquito de locas de carroza.

Recuerdo, alguna vez, haberlo oído, en la playa del Cubanaleco, dar un escándalo por unas patas de rana que le robó un efebo que creía conquistado.

Nosotros no reparábamos mucho en los gays. Su mundo, paralelo al nuestro, era parte del paisaje de la playa. Como los erizos, las rocas y las botellas vacías.

Estábamos demasiado ocupados en exhibir las melenas al compás de la WQAM que sonaba en pesados radios rusos de batería, y en competir por las  mejores pepillas para llevárnoslas a nado hacia lo hondo, “adonde nadie  nos viera”. Y estar siempre atentos a la llegada de los agentes de la corrección político- ideológica que no renunciaban a inculcarnos los valores del hombre nuevo.

Años después, me enteré que Reinaldo Arenas era un autor premiado. “Celestino antes del alba” había sido recogido de las librerías por los inquisidores. Cuando leí “Antes que anochezca”, su delirante ajuste de cuentas con el castrismo machista-leninista, ya Arenas había muerto en el exilio.

En uno de sus libros, que en Cuba pasan de mano en mano, y hay que leer de prisa porque siempre hay alguien esperando, me sorprendió leer el nombre de Nelson Rodríguez. Siete años antes de que lo mataran, había publicado un libro de relatos titulado “El Regalo”. Fue en 1964, en Ediciones R, que entonces dirigía Virgilio Piñera.

Conocí a Nelson allá por 1970. Era varios años mayor, pero parecía tan adolescente como yo. Era delgado, pequeño de estatura, melenudo y tenía granos en la cara.

Había nacido en Las Villas y participado en la alfabetización. Hablaba inglés y francés y escribía cuentos y poemas. Nunca hablaba de su libro. Su padre era un tipo de confianza del MININT, pero no impidió que en 1965, internaran a Nelson en un campamento agrícola de “rehabilitación para lacras sociales” en Camaguey. Cuando lo conocí, decía estar preparando un libro sobre sus vivencias en las UMAP.

Ambos frecuentábamos la casa del pintor Waldo y su musa,  Bárbara Fernández, una de las muchachas más bellas del underground habanero. Allí confluían aspirantes a pintores y escritores –recuerdo a Carlos Victoria- y hasta algún futuro alto personaje de la Nomenclatura –en aquella época, sólo un melenudo hijito de papá que deliraba con las canciones de Janis Joplin.

Para los atentos vigilantes del CDR, todos éramos sospechosos hippies.

A todos nos unía el entusiasmo por escribir y la desesperanza por el medio tan hostil en que lo intentábamos. Pese a nuestra juventud, todos teníamos amargas experiencias que narrar. Lo que escribíamos reflejaba nuestro mundo de prohibiciones y redadas. Era una respuesta a la disciplina paralizante de plazas y campamentos. La rebelión contra “la triste monotonía de las dictaduras”, que decía Borges.

Angustias y esperanzas calamitosas volcadas en libretas escolares se ocultaban entre una improvisada tertulia  semi-clandestina y la próxima.  Desconfiábamos de los vecinos, los amigos y hasta de la familia. Cualquiera podía delatarnos a la policía política.

Alguno de aquellos manuscritos sirvió de carta de despedida de algún suicida que no soportó el miedo y tanta mierda.
1971 fue un año terrible. Los 10 Millones no fueron. En lugar de las bonanzas prometidas, lo que hubo fue más penurias y represión.
Fue el año del Caso Padilla, el parametraje y la ley seca.

En el discurso de clausura del Primer Congreso de Educación y Cultura, el Máximo Líder retiró el derecho –si es que alguna vez lo tuvieron- a “las dos o tres ovejas descarriadas a seguir sembrando el veneno, la insidia y la intriga en la revolución”. Lo dejó “más claro que el agua”.

El futuro de la literatura cubana parecía irremediablemente condenado al realismo socialista de los escribas dóciles.

El grupo no se reunió más. Waldo fue apuñaleado en una parada de ómnibus de El Vedado por un guaposo borracho. Carlos Victoria regresó a Camaguey. Bárbara se quejaba de que la policía la chantajeaba por su relación amorosa con un diplomático extranjero. Cumplió 5 años en la prisión de mujeres Nuevo Amanecer.

Nelson corrió peor destino. Desesperado por escapar del paraíso,  con una granada trató de desviar una avioneta de fumigación de Sancti Spíritus a Miami. Un escolta murió en la refriega. Herido, Nelson saltó de la nave durante el aterrizaje. Varias decenas de guardias, armados hasta los dientes, le apuntaban en la pista del aeropuerto de Rancho Boyeros.

A Nelson Rodríguez lo fusilaron una noche de verano  en la fortaleza de La Cabaña. Tenía 27 años y soñaba con ser un escritor famoso. El paredón le ahorró el asco de vivir esclavo y el dolor del exilio. Le permitió, al fin, ser libre.
luicino2004@yahoo.com
(Publicado en Cubanet en el año 2004)

Noticias de Waldo

Hace unos días, gracias a la escritora Wendy Guerra, he tenido noticias de mi amigo el pintor Waldo Saavedra, que reside en México desde  hace más de 15 años. Y son buenas noticias, de las que no se reciben con mucha frecuencia en estos tiempos.

Conocí a Waldo a finales de los 80, cuando parecía que el mundo cambiaría definitivamente y que sería para bien. -ilusos que todavía éramos. Luego coincidimos muchas veces, casi siempre en casa de nuestro amigo Agustín Gordillo, en Alta Habana, donde siempre se escuchaba la mejor música del mundo y sobraba el ron, la amistad y las buenas vibras.

La última vez que nos vimos, no recuerdo si fue cerca del Capitolio o en la esquina de Dolores y la calzada de 10 de octubre, allá por 1992, me dijo que se preparaba para viajar a República Dominicana y supe que era otro de los amigos que se iba. Otro hueco que quedaría en el paisaje de los afectos. Ya para entonces, sabíamos que al menos en Cuba, todo cambiaba para peor.

Escribe Wendy Guerra a su prima Olga, desde Guadalajara: “Waldo cada vez más creativo, rodeado de animales en su hermoso rancho de Los Gavilanes. He vivido entre criaturas que posan para el pintor, ahora tiene un lémur, varios monos ardillas, una tortuga gigante, un cuervo que se llama Poe, un guacamayo loco y pajaritos de todas partes del mundo. La primera semana me quedé con su familia, trabajamos varias sesiones con el enorme lienzo de Anaïs Nin,  mide 3.85 metros por 2. 50. Vamos a intentar que el performance de presentación sea entretenido, que impulse la salida del libro de este lado del mundo.”

Así, me di el gusto de darme una vuelta por Los Gavilanes y ver que todo está OK. Y me voy contento, sin hacer ruido y sin despedirme (los amigos no se despiden), para no molestar a Waldo, que está absorto en la pintura mientras escucha a Jon Anderson y Vangelis (antes puso a Tory Amos).

Y ahora recuerdo que no le pregunté la dirección de Peyi (Pedro Luis Cabrera). No importa, ya que estoy en México, me daré una vuelta por el DF y seguro daré con él. Pero debo apurarme porque se me acaba el tiempo de  Internet. Ustedes saben cómo son las cosas por acá.
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