Trump sigue dando sustos, Luis Cino

A solo días del fin de la campaña para las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, se perfila una hasta ahora insólita probabilidad: una versión yanqui de Manuel López Obrador. Sería, quién si no, el inefable candidato Donald Trump, que ya anunció que solo reconocerá los resultados de los comicios si el vencedor es él. (“only if I win”,  dijo). Lo cual resulta poco probable: luego de tanto desplante, papelazo y mierda como ha hablado, las encuestas dan ventaja a su rival, la demócrata Hilary Clinton. Así que ya podemos ir preparándonos para el show que dará Trump. Hará mucho daño a la democracia estadounidense, tanto o más del que ya ha hecho al Partido Republicano, pero será un mal menor si se compara con el que hará a su país y al mundo si llegara a ocupar la presidencia.
Por muy mal que se hable de Hilary Clinton, por muchas evidencias en su contra que aparezcan –la mayoría aportadas por los servicios de inteligencia rusos y Wikileaks-, no logro concebir como presidente de los Estados Unidos a un tipo como Donald Trump.
Ya sé que luego de Putin, Hugo Chávez y Berlusconi se han puesto de moda, en este mundo tan jodido como está, los políticos populistas, de bravatas, que presumen de no tener pelos en la lengua. Como Trump, que no puede contenerse para soltar de sopetón  lo primero que le venga a la mente.  Generalmente son balandronadas y promesas irrealizables. O peor aún: insultos, lo mismo contra los latinos, los musulmanes, las mujeres o los negros.
Pero  siempre habrá suficientes desencantados con el stablishment y los políticos tradicionales, que se dejen impresionar, les crean sus promesas y voten por ellos. Así, los peores siguen llegando al poder.
Hace unos meses, en Filipinas, ganó la presidencia uno de estos populistas, Rodrigo Duterte,  quien  ha llamado hijos de puta a Obama y al Papa Francisco y promete acabar con la delincuencia  y la corrupción en su país matando a 100 000 criminales y arrojando luego sus cadáveres a la bahía de Manila, para engordar a los peces. Lo dijo así. Les recuerda a Trump, ¿verdad?  En lugar de espantar a los votantes, Duterte ganó las elecciones. Como mismo pudiera ganarlas Trump. Solo que Filipinas ni remotamente tiene un peso similar al de los Estados Unidos, la primera potencia mundial.
En estas elecciones norteamericanas  las opciones han sido las peores, se sabe,  pero ojala no gane Trump. Por el bien de todos, incluso de los incautos que están hoy dispuestos a votar por él. Ojala pierda, aunque tengamos que soportar su atorrante show a lo López Obrador, sus piquetes  frente al Congreso y la Casa Blanca,  o cualquier otra barrabasada. Por suerte, la democracia norteamericana ha resistido cosas peores. Hasta una guerra civil. Como la que no conseguirá provocar  Trump, por mucho que apele al odio.
luicino2012@gmail.com

Anuncios

¿Una ley de prensa en Cuba?, Luis Cino

Luego que el régimen les apretó todavía más las tuercas para evitar que se salgan del plato, a algunos periodistas de la prensa oficial y blogueros de los medios oficialistas y semioficialistas -cada vez se hace más difícil diferenciarlos, de tan socialistas y dentro de la revolución como aclaran ser- les ha dado por reclamar una ley de prensa. Alegan que así tendrían un marco legal en el que desempeñar su trabajo, tendrían garantías y conocerían los derechos de que gozan, entre ellos el de tener acceso a la información pública.

¿Será ingenuidad o una movida inducida por el régimen para institucionalizar la censura y el control (des)informativo? Malpensado que soy y advertido por experiencia de que en Cuba no quedan ingenuos sino que se fingen, me inclino más por la segunda posibilidad.

Solo al régimen convendría tal ley. En cuanto a los comunicadores, los encerraría en un marco -hecho por los carpinteros del corta y clava del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista- mucho más estrecho y rígido del que hoy disponen. Y con clavijas, para estrecharlo en caso  de necesidad. Y sería perfectamente legal, inobjetable. Irreversible, como el socialismo en la Constitución.

Sería soga para su pescuezo. Pero aun así, hay periodistas que reclaman la dichosa ley de prensa. Como si con ella se fuera a acabar el secretismo y la censura y se fuera a democratizar la información, cual tocada por una varita mágica.

Si en algo ganarían los periodistas es que estarían  más protegidos. Un poco, solo un poco. ¿De qué? Va y logran evitar, gracias a dicha ley, que cualquier funcionario les cuelgue el teléfono o le cierre la puerta en sus narices, que un administrador les impida tomar fotos en una TRD o un pelotero le suene una trompada porque le molestó la forma como reflejó su modo de jugar y la derrota de su equipo.

Una periodista de uno de los medios alternativos recién aparecidos, a diferencia de la mayoría de sus ilusos compañeros, ha tenido la suficiente lucidez para oponerse a una ley de prensa porque considera que es preferible “el marasmo legal” -el término es suyo- que hoy existe,  que es en definitiva, el que ha posibilitado la supervivencia tanto de esos medios como de los periodistas independientes. Supongo que los segundos seríamos las primeras bajas -y no precisamente colaterales- de dicha ley: todos iríamos a parar a la cárcel.

¿Qué ley de prensa podríamos esperar de un régimen que limita la libertad de expresión y de prensa con el pretexto de defender la soberanía y la seguridad nacional? ¿Qué se puede esperar de una dictadura cerril que considera que Internet es un arma de subversión ideológica?

Antes de aprobar una ley de prensa habría que derogar la ley 88 y sacar del código penal cubano figuras delictivas como la propaganda enemiga, el desacato, etc, que son castigados con penas de cárcel de entre 8 y 20 años de cárcel. Y lo que es más importante: habría que  reformar la Constitución, que plantea en su artículo 53 que los medios masivos son propiedad del Estado y no pueden ir en contra de los intereses de la sociedad socialista.

Esos jóvenes comunicadores alternativos, oficialistas, paraestatales, semioficialistas, como se les llame, que cándidamente hoy reclaman desenvolverse dentro de una ley de medios, si son sinceros, si no son otra jugada con trampa del régimen, al final terminarán en las filas del periodismo independiente. No les quedará otro camino sino quieren ser meros propagandistas de una dictadura decrépita y roñosa. Hasta que ya en democracia haya un periodismo que no lleve etiquetas.
luicino2012@gmail.co

Publicado en Cubanet