El capítulo VIII, Luis Cino

Hace 50 años, en 1966, cuando fue publicada Paradiso, de José Lezama Lima, el capítulo octavo de los catorce que conforman la novela escandalizó de tal modo a los mandamases – o más bien a sus comisarios culturales, que seguramente fueron los que lo leyeron porque  los jefazos, siempre tan ocupados, no deben haber tenido tiempo, paciencia ni sesos  para aventurarse en la prosa lezamiana- que decretaron la proscripción del  libro, uno de los más grandes del siglo XX cubano. Proscripción que duraría   un cuarto de siglo.
Téngase en cuenta la época, 1966: las UMAP estaban en su apogeo, Mariela Castro era solo una bebita y a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido en la Cuba socialista de Fidel  ese lío del CENESEX…
Es de suponer como los testosterónicos y muy machos  jefes y los comisarios tartufos encargados de leer por ellos,  apretaron revolucionariamente los esfínteres,  por moralina, de indignación  y para indicar que el enemigo no pasaría ¡jamás! al chocar en aquel capítulo con la descripción de la  leptosomática verga de Farraluque –con el glande parecido a su rostro, el frenillo a su nariz, la cúpula de su membranilla a su frente abombada-, y luego con el recuento de cómo penetra, por diferentes vías y siempre en tarde de  domingo,  a una criada española, una cocinera color mamey, el miquito de su hermano y el enmascarado esposo de la señora de enfrente del colegio, ocasión esta última en que los telúricos movimientos de la cópula contra natura  ocasionan  una catástrofe en una carbonería habanera.
Aquel capítulo dio mucho de qué hablar. Aun hoy, muchos de los que presumen de haber leído Paradiso, lo más probable es que solo hayan leído el dichoso capítulo VIII, y para eso, hasta donde termina la homoerótica historia de Farraluque, perdiéndose así la parte final del capítulo -una suerte de homenaje criollo al Decamerón a lo Lezama-,   aquella donde aparecen Godofredo El Diablo, Fileba la insatisfecha y el enajenado Padre Eufrasio con  los testículos estrangulados  para eyacular agustinianamente.
En 1966,  la tirada de 5 000 ejemplares de Paradiso  se agotó en un santiamén. Muchos de los ejemplares fueron recogidos de las librerías  por las autoridades y   convertidos en pulpa de papel, como mismo lo habían sido en 1968, por ser considerados contrarrevolucionarios, el poemario “Fuera del Juego”, de Heberto Padilla, y la obra teatral “Los Siete contra Tebas”, que dicho sea de paso, fueron premiados por un jurado que se ganó la ojeriza del régimen y del que Lezama formó parte, agravando el ostracismo al que estaba condenado y en el que permaneció   hasta su muerte, ocurrida el 9 de agosto de 1976.
No habría otra reedición de Paradiso  hasta 1991. Y fue bastante reducida, por cierto. Para comprar el libro acudió una muchedumbre que se agolpó en  los portales del Palacio del Segundo Cabo, sede del Instituto Cubano del Libro, y provocó una rebatiña que se convirtió en reyerta,  lo que  impidió que la ensayista italiana Alexandra Riccio, el poeta César López y el periodista y escritor Ciiro Bianchi pudieran  hacer  la presentación de la edición de Letras Cubanas de Paradiso. El libro tuvieron que venderlo a través  de una reja y bajo vigilancia policial.
En el prólogo de aquella edición escribió Cintio Vitier: “Pocos libros entre nosotros se aquilataron tanto en la prueba de la negación”.
Sería oportuno  que en el evento internacional por el medio siglo de Paradiso, que han convocado para el Centro “Dulce María Loynaz”, con la participación de académicos de más de ocho países, hablaran, aunque sea de pasada y sin llamar por sus nombres a los culpables, de aquella muy  mediocre perreta de puritanismo machista por el capítulo VIII que hizo que la más monumental novela que se haya escrito en Cuba permaneciera proscrita durante 25 años.
luicino2012@gmail.com

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