La sinceridad del escritor, Luis Cino

“Tierra, tierra”, del escritor húngaro Sandor Marái (1900-1989),  es de los libros que más me han impresionado de los que he leído en los últimos 20  años.
El libro, autobiográfico en gran parte,  describe de forma desgarradora como en  Hungría se pasó de una dictadura fascista aliada a los nazis al comunismo impuesto por el ejército soviético. Fue publicado en 1989, poco después que su autor, que pasó en el exilio los últimos 39 años de su vida, se suicidara en su casa de San Diego, California.
Sandor Marái, que fue  uno de los más importantes escritores europeos de su época, se negó a ceder en sus principios ante el régimen comunista, que lo tildó de burgués y lo condenó al ostracismo.
La primera vez que logró viajar a Occidente, poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, contrario a lo que muchos le aconsejaron, decidió regresar a su país, donde sabía que se consolidaba el régimen comunista, porque no se resignaba a ser un escritor alejado de su lengua, que solo se hablaba en Hungría. Pero en 1948 ya no pudo soportar más y aprovechó una invitación a un evento literario en Suiza para exilarse e intentar, suponiendo  que eso es posible, vivir su propio destino personal.
En “Tierra, tierra”,  Sandor Marái hace interesantes y muy lúcidos comentarios  sobre el humanismo, la literatura, el arte en general, el alma magyar y la condición humana.  Permítanme citar este fragmento sobre el papel del escritor al que algunos zoquetes deberían prestar atención:
“El escritor -en medio de la muerte y la miseria, situación humana constante en tiempo de paz y de guerra- que intente disculparse y demostrar que siente sinceramente lo que describe, se olvida de las leyes de su oficio, que determinan que no existe literatura sincera. En la literatura, como en la vida misma, solo callarse es sincero. En el momento en que alguien se pone a hablar en público ya no es sincero, sino que se convierte en escritor-actor, es decir, en una persona que se pavonea. Porque la escritura, las bellas letras, siempre son una payasada; el alma, maquillada con palabras coloreadas en blanco y rojo, recuerda al payaso del circo que cuenta chismes malintencionados haciendo mil muecas…El escritor que escriba algo más aparte de hechos estrictamente estadísticos, no puede ser sincero. Sin embargo, no hay escapatoria porque el escritor es incapaz de callarse. Tiene que decir algo incluso desde el vertedero, tiene que recitar algo aun desde la fosa común. La esperanza de que un cataclismo más fuerte que cualquier otro anterior conduzca al escritor y a la humanidad al día en que puedan ser verdaderamente sinceros porque ya solo pondrán sobre el papel y pronunciarán palabras esenciales, es una esperanza infundada. En todo caso, el escritor no puede hacer otra cosa que maquillar su alma y con hermosa palabra esencial, decirlo todo. El tema del que habla, en cualquier época y en cualquier vertedero, es siempre el mismo, el Nekya, es decir, el viaje al mundo de los muertos, y después de la aventura de La Ilíada, el Nostos, o el regreso al hogar”.
luicino2012@gmail.com

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