El tigre de José Hugo Fernández, Luis Cino

Al escritor José Hugo Fernández, cuyas excelentes crónicas leía desde hace años en Cubanet y Diario de Cuba, pude conocerlo personalmente y saludarlo  el pasado diciembre en Miami, en el Festival Vista, donde presentó su novela El tigre negro, publicada por Neo Club Ediciones.
El libro, cuya presentación estuvo a cargo del poeta Ramón Fernández Larrea, por su originalidad, reflexiva y posmoderna, fue uno de los que más atrajo mi atención.
El tigre negro es, a la misma vez,  una novela negra  y el relato  de las vicisitudes de un desahuciado social  de la Cuba de ahora mismo que acaba convertido en disidente y periodista independiente.
El hombre, en sus sueños, como reportero de crónica roja en un periódico habanero de finales de  los años 40 se ve envuelto en aventuras llenas de guiños a Dashell  Hammet, Raymond Chandler  y las películas de Humphrey Bogart, pero  despierta para tropezarse con que no tiene qué comer o donde dormir y es acosado  por la policía política y sus chivatos.
En medio de toda esta trama, que pasa sin apenas transición de lo hilarante a lo deprimente, el personaje  hace disquisiciones político-filosóficas, con un derroche de citas de Valery, Orwell,  Aristóteles, Hobbes, Hegel, Flaubert, Novalis, Dostoievsky, Nietzche, y un largo  etc.
Algunas de estas disquisiciones, muy bien insertadas por cierto, resultan muy interesantes, como esta, que según refiere el protagonista, fue el  remanente de la última  conversación que sostuvo con Nelson “La Situación”, su compañero de trajines disidentes, antes de que los encerraran en celdas separadas, porque según  los  guardias, ni presos dejaban de intercambiar “mensajes contrarrevolucionarios”.
Cito: “No es un paseo huir de la chata existencia que nos ha tocado en suerte sin que estemos actuando como cobardes o apocados o nihilistas de corto aliento. Es algo que no me preocupa en lo más mínimo, pero, ¿resultará posible romper lanzas contra las convenciones de la vida común sin que al final tu actitud escape del peligro de alinear entre lo ya trillado? Debe haber sido Alan Finkelkraut, un profeta mediático sobresaliente donde los haya, quien acuñó la idea de que una verdadera revolución en nuestros tiempos debería ocuparse de salvar al mundo de la plaga de los revolucionarios. Algo así más o menos dijo. Tampoco es que comparta por entero su punto de vista (muchísimo menos que me importe salvar al mundo), pero la verdad es que estoy  ya hasta el último pelo de los herejes e iconoclastas y de los revirados de nueva generación. Se me parecen   a esos hermanitos jimaguas que se exhiben luciendo la misma indumentaria,  cada cual pendiente de los gestos del otro, si uno se da un machucón en el dedo, el otro es el que grita, pero al final crecen detestándose mutuamente por causa de la inevitable semejanza, quiero decir, por la medida en que esta semejanza les impone limitaciones a la hora de hacer lo que más les gusta, que es amarse a sí mismos en tanto seres únicos e irrepetibles.”
O esta otra, también a partir de una conversación del protagonista con el inefable Nelson La Situación: “…Si bien me siento ahíto de la dictadura que sufrimos desde hace tanto en el país (casi me atrevería a jurar que empecé a sentirme ahíto desde la primera vez que pensé, siendo aun niño), tampoco es que no dejen de resultarme ya no empalagosos o repugnantes, pero sí lastimeros, muchos de sus enemigos formales dentro y fuera de la isla. Entonces, ¿cuál, según tú, debiera ser la posición de las personas decentes en nuestro entorno?, inquirió Nelson, empezando a mostrar el ceño ligeramente fruncido. Y eso me confundiría un tanto, no solo porque yo no creo ser una persona decente, sino porque tampoco creo que las personas decentes, por el simple hecho de serlo, estén obligadas a tomar siempre una posición determinada, por lo menos en lo que a política se refiere. Pero suponiendo que ellas lo entiendan así, a las personas decentes posiblemente les baste con no asumir posiciones que la decencia desaconseja. Y ya sabrá cada cual, de acuerdo con sus reverendísimas ganas, qué posición le correspondería no asumir.”
Sobre El tigre negro, comentó Fernández Larrea, quien es amigo de José Hugo Fernández desde  los años  80, cuando juntos hacían  en Radio Ciudad de La Habana, el popular Programa de Ramón: “Utilizando dos líneas narrativas fundamentales, una hacia el pasado y otra desde el presente, José Hugo Fernández desarrolla esta gran humorada en la que confluyen muchas historias actuales y donde la principal es la de ese ser marginal que desde el mismo arranque de esta novela confiesa que sus pensamientos son cocteles molotov, tal vez porque cada noche consume unos hongos alucinantes de los que se forman sobre el estiércol de las vacas, que le ayudan a transportarse en sueños a esa Habana del pasado donde encuentra a su otro yo, que le hace vivir aventuras tan enloquecidas  como él”.
El autor tomó el título del libro de un haiku de Kaneko Tota: “En mi lago interior/en la sombra/ merodea un tigre negro”.
Nacido en La Habana en  1954, José Hugo Fernández trabajó como  guionista en la radio y la televisión cubana hasta  1992, cuando  rompió con los medios oficialistas. En 2015 marchó al exilio y se radicó en Miami. Ha publicado quince libros.
luicino2012@gmail.com

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