Nelson, Luis Cino

Últimamente varias personas, , luego de leer  la  reedición que hizo la editorial Betania del libro de cuentos “El Regalo” de Nelson Rodríguez Leyva,  me han preguntado si yo fui amigo del escritor, fusilado en 1971 por intentar secuestrar un avión.
Las preguntas se deben a un cuento que hace años le dediqué,  “Volver a hablar con Nelson” (originalmente se llamó “Algunas noches converso con Nelson”), y que aparece en mi libro “Los tigres de Dire Dawa” (Neo Club Ediciones, 2014).
En varias ocasiones he explicado que no fui amigo suyo, pero lo conocí, coincidimos dos o tres veces  y tuvimos  amigos en común.
En aquellos primeros años 70, en La Habana, casi toda “la gente de la onda” se conocía, al menos, de vista o de oídas . Y más aun si se compartían intereses comunes, que en nuestro caso, además del  rock, era el afán por la escritura y los libros, con las  peripecias derivadas de ello  en aquellos  tiempos y circunstancias.
Cuando conocí a Nelson  era más de diez años mayor que yo, que   pero  delgado, bajito y melenudo como era, se veía casi igual de adolescente. La principal diferencia entre nosotros no era la edad, sino que Nelson tenía publicado un libro de cuentos que se llamaba “El regalo” y que había salido siete años antes en Ediciones R. ¡Se imaginaran cuán importante vería a Nelson el mocoso de 16 años aspirante a escritor que era yo!
Sin embargo, Nelson apenas hablaba de aquel libro, del que no conservaba ningún ejemplar, porque el único que tuvo se lo quitó la policía. Le interesaba más el libro que decía estar escribiendo sobre sus vivencias en un campamento de “rehabilitación de lacras sociales” de las UMAP adonde lo habían enviado apenas un par de años después de la publicación de “El Regalo”, sin que su padre, que era oficial del Ministerio del Interior, hiciera algo para impedirlo.
Nos conocimos en la casa del pintor Waldo y su musa,Barbarita, una de las muchachas más bellas del underground habanero de la época. Allí confluían aspirantes a pintores y escritores –recuerdo a Carlos Victoria y David Lago- y hasta algún futuro alto personaje de la Nomenclatura que en aquella época era sólo un melenudo hijito de papá que estudiaba en la Escuela de Letras y se desvivía por las canciones de los Beatles y  Janis Joplin.
Pese a que éramos muy jóvenes, todos teníamos amargas experiencias que narrar. Lo que escribíamos inevitablemente  reflejaba el ambiente de prohibiciones, carencias y desesperanza en que vivíamos. Y el desenfreno hippie, que era nuestra rebelión contra “la triste monotonía de las dictaduras” que decía Borges.
Nuestros sueños, obsesiones, desencantos, angustias y calamidades, se convertían en poemas y cuentos escritos en hojas de  libretas escolares que  se ocultaban celosamente  entre una improvisada tertulia  semi-clandestina y la próxima, porque  desconfiábamos de los vecinos, los amigos, las novias y la familia. De todos.  Nunca se sabía quién podía delatarnos a la policía política. Y  las historias con “esta gente” siempre terminaban mal. Sabíamos de muchos que habían acababado en la cárcel, o en Mazorra, con el cerebro achicharrado por los eectroshocks (porque había que estar locos para no ser felices con la revolución).

1971 fue un año terrible. Los 10 Millones no fueron. En lugar de las bonanzas prometidas, lo que hubo fue más penurias y represión. Fue el año del Caso Padilla, el Primer Congreso de Educación y Cultura, el parametraje, el Pavonato,  la ley seca. Y fue el año en que fusilaron a Nelson.
Con él, fusilaron también a su cómplice en el secuestro del avión, que tenía solo 16 años, igual que yo,  y que escribía poemas, posiblemente tan malos como los mios. No sé si lo conocí,  pero es probable que hayamos coincidido alguna vez.
Aquella noticia, que no recuerdo si supimos antes o después de que apareciera en el periódico Granma, con aquella historia tenebrosa e insultante que pretendían fuera escarmentante para otros desesperados por escapar del paraíso revolucionario, cayó entre nosotros como un rayo.
Luego, el grupo de aspirantes a escritores no se reunió más. Waldo fue muerto a puñaladas, en una parada de ómnibus, por un borracho que lo confundió con otro. Y a Bárbarita, un tiempo después, luego del acoso a que la sometió la Seguridad del Estado  por tener un romance  con un diplomático extranjero, la condenaron a cinco años en la cárcel de mujeres Nuevo Amanecer.
No fue hasta treinta y tantos años después que gracias a una colega que me lo prestó, pude leer “El Regalo”. Solo entonces comprendí, con aquella imaginación y tanta influencia de Kafka, Piñera y Cortázar, cuán lejos hubiese podido llegar Nelson Rodríguez como escritor si no hubiese terminado en el paredón.  Por eso le dediqué aquel cuento. Para que no se olvide su historia, que pudo ser la de cualquiera de nosotros.
luicino2012@gmail.com

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s