¿Perdón para el castrismo?, Luis Cino

Soy un resentido. Tengo que admitir que al menos en eso, han estado en  lo cierto los oficiales de la Seguridad del Estado que me lo han reprochado en múltiples interrogatorios, más o menos amenazantes, en los últimos casi 20 años.
Estoy lleno de resentimiento contra esa abominación calamitosa que todavía algunos llaman “la revolución”. ¿Cómo no había de estarlo? Tendría que ser masoquista o emular a brazo partido con la Madre Teresa de Calcuta para amar a los ejecutores del sistema que me ha triturado la vida desde que tengo uso de razón.
Tendría que ser muy hipócrita para decir que estoy dispuesto a reconciliarme y a  perdonar a los que nunca, ni por asomo, tan soberbios como son,  han  pedido  perdón.
No soy un tipo de odios ni revanchismos, pero las dobleces y la hipocresía no van conmigo, así que déjenme con el resentimiento, que en dosis razonables, como  lo administro, no me va a hacer más daño  del que ya ha hecho, sino todo lo contrario: me ayuda a tenerme en pie, a no darme por vencido.
No puedo perdonar a los que se creyeron infalibles, con el monopolio de la patria, dueños de las llaves del paraíso, con derecho a decretar la felicidad colectiva  obligatoria, al precio de convertirnos en piezas de un engranaje, sin libertades ni esperanza, uncidos al carro de una historia equivocada.
No puedo evitar el rencor contra los que hicieron que nuestros sueños y aspiraciones individuales,   grandes o sencillas, pero válidas y legítimas como las que más, fueran indefinidamente aplazadas, anuladas en nombre de la revolución, la patria y el socialismo, que según nos dijeron, eran una sola y la misma cosa, a pesar de que nunca rimaron, no podían rimar.
No puedo estar en paz con los que al son de consignas que invariablemente daban la muerte como alternativa, dividieron nuestras familias y pulverizaron nuestros valores, convirtiéndonos en esta chusma misérrima, cínica y descreída,  en perenne marcha por el desierto…
Mi amor al prójimo, para qué negarlo,  no alcanza para prodigarlo a los que me jodieron la existencia, los maestros que con los castigos indicados por el camarada Makarenko pretendieron forjar el hombre nuevo,  los sargentos del servicio militar obligatorio, los siquiatras-carceleros, los calaboceros de las unidades policiales, los chivatos, los que redactaron exhaustivos informes contra mí, los que me expulsaban de todas partes por problemas ideológicos, los oficiales de la policía política que me “atienden”, es decir, me vigilan hasta cuando duermo…
De nada han valido las muchas veces que han tratado de convencerme de que todo lo malo que pasó  no fue culpa de la revolución, no hombre, no, que va, sino de extremistas, de esos que hablaba Lenin, que decía que eran oportunistas y no sé cuantas mierdas más. ¡Como si esos no fueran los tipos idóneos para mantener en pie  un sistema como este!
Que no  digan más que fueron errores, porque en ellos se nos ha ido la vida y ya no hay arreglo…
No me resigno a haber sido uno más de los cobayos del laboratorio castrista. Los daños han sido irreversibles y no se me ocurre que a estas alturas haya modo alguno de indemnizarnos.
Entonces, solo nos queda la memoria  de lo que fue y de lo que no pudo ser, porque  a trancas nos lo impidieron.
Tenía razón el poeta José Mario -uno que sufrió los rigores de las UMAP- cuando decía que  esas explicaciones de que “las cosas no fueron tan malas como fueron, que se trató de errores de algunos extremistas”, son peores que el olvido.
Que no cuenten conmigo para el baboseo. Soy de los que no olvida. No puedo ni quiero. Por eso soy un resentido. Y a mucha honra.
luicino2012@gmail.com
(Publicado en Cubanet)

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