En Siria y en Cuba, Luis Cino

Desde  la invasión de Irak en el año 2003, Estados Unidos va de un tropezón en  otro en el mundo árabe-islámico. Y ante cada nuevo tropezón, improvisa  soluciones que invariablemente crean nuevos problemas.

El derrocamiento de la tiranía de Saddam Hussein  fue como revolver un avispero.  La destrucción  del estado iraquí durante la ocupación resultó desastrosa. Se produjo una fractura entre las comunidades chiitas, sunitas y kurdas, con el consiguiente saldo espeluznante de  atentados terroristas y  choques confesionales entre milicias.

Fue  de las milicias sunitas, que se nutrieron de los militares del desbandado ejército de Saddam Hussein, de donde salieron los principales oficiales y las mejores unidades del Daesh, que hoy controlan –petróleo incluido- el norte de Irak y la mayor parte de Siria.

Luego de la retirada norteamericana, los chiitas que  gobiernan Irak a duras penas  pueden controlar el avance de las fuerzas del Daesh, y cada vez tienen más vínculos con Irán.

Si se consigue expulsar al Daesh del muy rico en petróleo norte de Irak, no parece haber otra solución para ese país, si se quiere que haya paz, que dejar que se divida en tres estados: sunita,  chiita y  kurdo. Después de todo, Irak no es una nación, sino un país creado arbitrariamente por el colonialismo europeo, que ya no es funcional.

Concederle un estado al pueblo kurdo sería no solo un acto de  justicia histórica, sino de previsión: sería el mejor modo de resolver un problema que amenaza tornarse tan grave como el  palestino. Pero en lo que los peshmergas se enfrentan al Daesh y les sacan las castañas del fuego a los gobernantes chiitas de Irak, al régimen de Bashar Al-Assad y a los Estados Unidos -que así se ahorra tener que enviar tropas terrestres-, el gobierno de Turquía espera  que los islamistas se encarguen de la limpieza étnica y exterminen a los kurdos. Y ni soñar que los Estados Unidos o la OTAN se vayan a tomar el problema kurdo tan en serio como  la cuestión de los albaneses de Kosovo.

Es  inexplicable que los bombardeos norteamericanos, hasta con misiles Tomahawks,  no hayan podido frenar al Daesh.  Algunos antinorteamericanos habituales han llegado a sospechar que si los norteamericanos no han acabado con el Estado islámico es para dejarlo que derroque al régimen de Assad. Pero mucho más que a los Estados Unidos o a Israel, el Daesh le conviene también a Arabia Saudita para contrarrestar a Irán, a Turquía contra los kurdos y principalmente al propio Assad, para que al ser desplazada la oposición moderada por los extremistas islámicos, Occidente llegue a la conclusión de que su régimen es menos peligroso para sus intereses que el que impondrían  luego  de su derrocamiento.

Bachar Al Assad, cuando parecía a punto de ser derrotado, ha logrado salirse con la suya. El canciller ruso Serguei Lavrov consiguió que Estados Unidos no interviniera en Siria a cambio de que  Assad destruyera las armas químicas con las que masacraba a su pueblo.  Y ahora es Rusia quien interviene en Siria para apuntalar al régimen de Assad,  cuando prácticamente solo controlaba poco más que Damasco. Y Estados Unidos parece conforme, con tal de que sean los rusos quienes se enfrenten al Daesh. Aunque de paso también exterminen a los grupos armados de la oposición moderada que combaten a Assad, a quienes el presidente Obama había ofrecido ayuda.

Salvando las distancias, que son bastante grandes,  la actitud de los Estados Unidos con los grupos armados opositores sirios –me refiero a  los moderados, no al Frente Al-Nousra, tan asesino como el Daesh- recuerda el caso de los opositores cubanos, que no parecen importar mucho a la Casa Blanca luego del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba.

Tanto en Siria como en Cuba se ha aplicado la política de Obama de posponer los problemas,  apaciguar a los enemigos, esperar resultados a largo plazo, y si no se producen, ya se verá lo que se hace…

Se puede entender en el caso del tratado con Irán, que aunque no sea perfecto, es preferible a una guerra nuclear ahora mismo. Solo que ojala no le dé a Obama por conseguir un tratado similar con el sicópata y payaso dictador norcoreano Kim Jong Un.

Respecto a Cuba, al gobierno norteamericano, más que la transición a la democracia, le interesa la estabilidad. Que luego de los Castro no se cree un vacío de poder, que no haya una guerra civil que provoque un éxodo de millares de refugiados que vayan a parar a las costas de la Florida, que no se origine  un estado paria a solo 90 millas,  un narco-estado que los inunde de drogas y criminales.

Tal vez la apuesta  por el régimen de militares y aparatchiks castristas  para mantener el orden no  resulte, y origine precisamente algunos de los males que pretenden conjurar, pero para entonces ya los norteamericanos deben tener preparado  un plan B… Y si no, ya lo inventarán…

Mientras el gobierno norteamericano  espera que su política hacia Cuba dé los resultados que espera,  la oposición pro-democracia  será dejada de lado. Será un  daño colateral. Como los rebeldes  sirios, que ante la impasibilidad de Occidente, pronto serán barridos por la metralla y las bombas rusas.

Pero en Siria y en Cuba, para que no digan, habrá remedos de oposición.  Allá, los  que se sienten a escuchar y aplaudir  la perorata de Assad y a culpar a Occidente del terrorismo islamista y todos los demás males. Aquí, la oposición leal -ya se sabe a quién-  y los impostores complacientes que ya asoman y reptan. Lo verán.
luicino2012@gmail.com

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