40 años de la Operación Carlota, Luis Cino

Pronto se cumplirá el aniversario número 40 del inicio en 1975 del despliegue militar cubano en Angola: la llamada Operación Carlota.

El 10 de noviembre de 1975, Fidel Castro, en medio del mayor secreto, despidió en el aeropuerto de Rancho Boyeros  a un primer destacamento de  82 bien entrenados efectivos de las Tropas Especiales del Ministerio del Interior, vestidos de civil, que  volaron a Luanda en un avión Britania de Cubana de Aviación.

La misión de esa tropa elite, y de los multiplicados refuerzos  que muy pronto fueron enviados,   era contener la incursión en territorio angolano de los ejércitos de Sudáfrica y Zaire, e impedir que las guerrillas de la UNITA y el FNLA tomaran Luanda, proclamaran la independencia y formaran gobierno  antes que el marxista MPLA.

La intervención cubana en la guerra angolana duró más de 13 años. En ese tiempo, más de  350 000 cubanos pasaron por Angola, 11 veces mayor que Cuba y a 11 000 kilómetros  de distancia, Océano Atlántico de por medio.

Jamás un país del Tercer Mundo había emprendido un empeño militar de tal envergadura.

Las armas y el resto de la logística fueron puestos por la Unión Soviética. Los cubanos pusieron la carne de cañón.

En pocos meses,   Cuba llegó a totalizar  alrededor de 70 000 soldados en Angola. Pasado el peligro inicial, la cifra se estabilizó en unos 40 000.

La confrontación Este-Oeste impidió que el conflicto entre  los tres movimientos guerrilleros que combatieron a los portugueses, el MPLA de Agostinho Neto, la UNITA de Jonás Savimbi y el FNLA de Holden Roberto, fuese otra guerra  civil más en el continente africano.

La URSS apoyó al MPLA. Estados Unidos, Sudáfrica y China, en una extraña concertación, favorecieron a la UNITA.

Cuba se involucró  militarmente para que los marxistas del MPLA  lograran instalar su gobierno en Luanda, pero tuvo que  permanecer allí durante más de una década para apuntalarlo. Los cubanos y las FAPLA nunca lograron  controlar  totalmente el territorio angolano.  Las guerrillas de la UNITA, dirigidas por Jonás Savimbi, se  convirtieron en la más terrible pesadilla de los generales cubanos.

En julio de 1988, luego de la costosa y prolongada batalla de Cuito Cuanavale, las tropas cubanas consiguieron la retirada sudafricana del sur de Angola.

Los acuerdos de paz se firmaron entre Cuba, Sudáfrica, Estados Unidos y la Unión Soviética en 1988.Fue uno de los últimos episodios de la Guerra Fría.

Según cifras oficiales que son consideradas bien conservadoras, dos mil cubanos murieron en Angola. Sus restos fueron repatriados  en diciembre de 1989.

Muchos de los veteranos regresaron mutilados, con los nervios destrozados y víctimas de extrañas patologías a un país que se adentraba en la peor crisis de su historia. Una dura realidad que no reflejaron los panegíricos oficiales, la bella crónica angolana de Gabriel García Márquez o la serie documental “La epopeya de Angola”, realizada hace unos años por el periodista Milton Díaz Kanter.

Hoy, Angola, a pesar del petróleo y los diamantes, sigue siendo uno de los países más pobres del mundo. La esperanza de vida de sus habitantes es una de las más bajas del continente africano.

Los acuerdos de Lusaka de 1995 no se pudieron poner en práctica hasta casi 7 años después. La guerra civil no concluyó hasta después que Jonas  Savimbi  fue muerto en combate por una patrulla gubernamental que topó casualmente con él en la selva de Moxico en febrero de 2002.

La constitución angolana ha sido modificada 5 veces. Angola abjuró del marxismo y abrazó el multipartidismo y la economía de mercado. Su gobierno, aun presidido por Dos Santos, el sustituto de Neto al frente del MPLA, es uno de los más corruptos de  África.

¿Valió la pena la muerte de miles de cubanos?
luicino2012@gmail.com

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Ojala sea cierto que no hay cubanos en Siria, Luis Cino

El régimen castrista ha desmentido versiones que aseguraban que 300 militares cubanos habrían sido enviados a Siria.

Quiero creer que es cierto el desmentido. Ojala.  Algo de sensatez, siquiera un poco, le debe quedar a este régimen.

De ser cierta la presencia de esos cubanos en  ese matadero, polígono de tiro y país en demolición en que se ha convertido Siria gracias a la testarudez  de Assad, al Daesh y a las bombas rusas,  los habrían enviado derechito y putinescamente  a una degollina que no les iba ni les venía y de la que muchos no regresarían con vida.

¿Qué ganaría con ello el régimen cubano? ¿Garantizar el suministro de petróleo ruso a Cuba por si  falla el que envía Venezuela? ¿Congraciarse con Putin y complacer sus pujos imperiales?

¿Acaso no le bastan al zar  sus aviones y  misiles para salvar  al régimen del asesino Assad y mantener la base de Tartús en el Mediterráneo? ¿Por qué tendría Putin que pedir hombres a Cuba? ¿Para que los cubanos pongan los muertos sobre el terreno y no sean los soldados rusos que ya dijo que no enviará a Siria?Si de poner muertos se trata, ¿no serán suficientes  los soldados del régimen de Assad, los Guardianes de la Revolución iraníes y los milicianos de Hizbollah?

¿Sería la forma que halló Putin, a pesar de lo condonado, de cobrar  los millones que todavía le debe Cuba a la desaparecida Unión Soviética?  Entonces, de tanto dinero que se adeuda, de tanto agradecimiento que le debe el régimen castrista al ectoplasma soviético, cabe suponer que serviremos de condotieros en otras guerras. Si no es Siria, ¿dónde será el próximo destino? ¿En Donest y Lugansk?

¿No será que Rusia, por retorcidos intereses geopolíticos, busca torpedear las relaciones entre Cuba y Estados Unidos? Si es así, es casi seguro que lo logre.

O puede que no, vaya usted a saber, porque de tan influido como está Obama por las tesis del profesor Richard  Kupchan, uno ya ni sabe de qué es capaz para apaciguar a los enemigos de los Estados Unidos…

Por estos días se cumplen 40 años del inicio de la Operación Carlota, nombre que dio la Cuba oficial a su despliegue militar en Angola.  En aquella guerra, que duró catorce años, miles de cubanos murieron o quedaron mutilados.  Los rusos pusieron la logística, la carne de cañón la pusimos nosotros. Así sería ahora en Siria.

Mucho han cambiado los tiempos y las circunstancias desde que en 1973, cuando la guerra del Yom Kippur, Cuba envio tanquistas a Siria.

Desde hace mucho, los ánimos de los cubanos no están para “guerras internacionalistas”.  Sería un error trágico y de consecuencias incalculables involucrarse, precisamente ahora, en  una conflagración, a miles de kilómetros de nuestras costas, esta vez  entre asesinos y genocidas confesos…

Pero nunca se sabe de qué nuevo disparate es capaz  un régimen tan irresponsable, engreído  y aventurero como este, que se niega rotundamente a salir del manicomio, con el slow motion, el sin prisa pero sin pausa, y el pasito de cangrejo que a cada rato se impone.
luicino2012@gmail.com

La oposición no puede renunciar a la decencia, Luis Cino

Amén de los hipercriticones  que  desde el exterior cuestionan y reprochan a los opositores cada paso que dan o que no dan, hay otros que nos idealizan y atribuyen  virtudes en demasía, casi supra.-humanas, con tantos defectos que tenemos.

¿Quién  dijo que ahora mismo en la oposición pacífica  no hay bribones, timadores, parásitos  y demagogos? No serán mayoría, pero  hay.  ¿Cómo no iba a haberlos? ¿Acaso no está llena de ellos la sociedad cubana actual? Después de todo, salidos de una sociedad  degradada durante décadas por un sistema como este,  bastante buenos hemos salido los disidentes: pacíficos, razonables y para nada extremistas.

Muchas  veces  hemos advertido sobre el trasplante en el terreno opositor de los vicios y las taras del oficialismo: el voluntarismo, el teque, las tendencias autoritarias, la intolerancia con todo el que discrepe un milímetro de nuestras opiniones, que enseguida es acusado de ser un agente de la Seguridad del Estado.

Las dictaduras son pródigas en crear, además de seres sumisos y desmoralizados, personalidades  sicóticas y paranoicas.

Con esos bueyes hemos tenido que arar. Y hemos arado, aunque los surcos no sean un prodigio  de rectitud.

Qué va a ser estéril e improductiva la disidencia, si el marabú sirve para carbón, si hasta  los pedregales y marabusales puestos en arriendo por el raulismo, producen…Poco y malo, pero producen.

De tanto idealizarnos, algunos nos pintan a los disidentes  como un puñado de inútiles buenazos, santones prestos al martirio, arando en el mar,  en medio de una tribu de aseres desalmados.

A veces puede dar la impresión de que el castrismo y la oposición, a pesar de sus diferencias abismales,  han llegado a una especie de equilibrio. Pero el hecho de que  mujeres y  hombres que solo tienen el cuerpo para recibir los golpes, resistan, persistan y logren empatar, siquiera a cero, el juego con una dictadura matrera, desaprensiva y que no se mide demasiado a la hora de ser cruel, es casi una proeza.

Con errores e insuficiencias, es una dicha que nuestra oposición, para romper ese equilibrio forzoso,  no haya dejado de ser    “la conspiración de bellas personas” que dijera hace unos años Néstor Díaz de Villegas.  Realmente no es tal. Pero casi. Ojala lo fuera. Aunque tuviéramos que seguir en el equilibrio perpetuo. Eternamente Yolanda. For ever and ever. Y a mucha honra.

El problema más difícil no es tanto ganarse a las masas, que más descontentas con el régimen no pueden estar, sino lograr que venzan el miedo y la apatía. Pero hay una chusma sin principios que no tiene arreglo ni redención, al menos a corto plazo.

Dicen –y los hechos  están demostrando que es cierto- que esa chusma, que tan sumisa y manipulable fue, será la sepulturera del castrismo. OK. Que se ocupen del velorio, que lleven al difunto a la fosa,  le echen tierra y la apisonen. Y después, ya veremos qué pasa…

En la disidencia tenemos inescrupulosos, frustrados,  acomplejados, trápalas. No son muchos, pero hay. Con ellos tenemos de sobra. Que no vengan a nosotros también los malhechores. No los necesitamos para hacer bulto.

En lo único que los disidentes superamos al régimen es en la decencia. Y a esa superioridad,  la moral, no podemos renunciar.

luicino2012@gmail.com

En Siria y en Cuba, Luis Cino

Desde  la invasión de Irak en el año 2003, Estados Unidos va de un tropezón en  otro en el mundo árabe-islámico. Y ante cada nuevo tropezón, improvisa  soluciones que invariablemente crean nuevos problemas.

El derrocamiento de la tiranía de Saddam Hussein  fue como revolver un avispero.  La destrucción  del estado iraquí durante la ocupación resultó desastrosa. Se produjo una fractura entre las comunidades chiitas, sunitas y kurdas, con el consiguiente saldo espeluznante de  atentados terroristas y  choques confesionales entre milicias.

Fue  de las milicias sunitas, que se nutrieron de los militares del desbandado ejército de Saddam Hussein, de donde salieron los principales oficiales y las mejores unidades del Daesh, que hoy controlan –petróleo incluido- el norte de Irak y la mayor parte de Siria.

Luego de la retirada norteamericana, los chiitas que  gobiernan Irak a duras penas  pueden controlar el avance de las fuerzas del Daesh, y cada vez tienen más vínculos con Irán.

Si se consigue expulsar al Daesh del muy rico en petróleo norte de Irak, no parece haber otra solución para ese país, si se quiere que haya paz, que dejar que se divida en tres estados: sunita,  chiita y  kurdo. Después de todo, Irak no es una nación, sino un país creado arbitrariamente por el colonialismo europeo, que ya no es funcional.

Concederle un estado al pueblo kurdo sería no solo un acto de  justicia histórica, sino de previsión: sería el mejor modo de resolver un problema que amenaza tornarse tan grave como el  palestino. Pero en lo que los peshmergas se enfrentan al Daesh y les sacan las castañas del fuego a los gobernantes chiitas de Irak, al régimen de Bashar Al-Assad y a los Estados Unidos -que así se ahorra tener que enviar tropas terrestres-, el gobierno de Turquía espera  que los islamistas se encarguen de la limpieza étnica y exterminen a los kurdos. Y ni soñar que los Estados Unidos o la OTAN se vayan a tomar el problema kurdo tan en serio como  la cuestión de los albaneses de Kosovo.

Es  inexplicable que los bombardeos norteamericanos, hasta con misiles Tomahawks,  no hayan podido frenar al Daesh.  Algunos antinorteamericanos habituales han llegado a sospechar que si los norteamericanos no han acabado con el Estado islámico es para dejarlo que derroque al régimen de Assad. Pero mucho más que a los Estados Unidos o a Israel, el Daesh le conviene también a Arabia Saudita para contrarrestar a Irán, a Turquía contra los kurdos y principalmente al propio Assad, para que al ser desplazada la oposición moderada por los extremistas islámicos, Occidente llegue a la conclusión de que su régimen es menos peligroso para sus intereses que el que impondrían  luego  de su derrocamiento.

Bachar Al Assad, cuando parecía a punto de ser derrotado, ha logrado salirse con la suya. El canciller ruso Serguei Lavrov consiguió que Estados Unidos no interviniera en Siria a cambio de que  Assad destruyera las armas químicas con las que masacraba a su pueblo.  Y ahora es Rusia quien interviene en Siria para apuntalar al régimen de Assad,  cuando prácticamente solo controlaba poco más que Damasco. Y Estados Unidos parece conforme, con tal de que sean los rusos quienes se enfrenten al Daesh. Aunque de paso también exterminen a los grupos armados de la oposición moderada que combaten a Assad, a quienes el presidente Obama había ofrecido ayuda.

Salvando las distancias, que son bastante grandes,  la actitud de los Estados Unidos con los grupos armados opositores sirios –me refiero a  los moderados, no al Frente Al-Nousra, tan asesino como el Daesh- recuerda el caso de los opositores cubanos, que no parecen importar mucho a la Casa Blanca luego del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba.

Tanto en Siria como en Cuba se ha aplicado la política de Obama de posponer los problemas,  apaciguar a los enemigos, esperar resultados a largo plazo, y si no se producen, ya se verá lo que se hace…

Se puede entender en el caso del tratado con Irán, que aunque no sea perfecto, es preferible a una guerra nuclear ahora mismo. Solo que ojala no le dé a Obama por conseguir un tratado similar con el sicópata y payaso dictador norcoreano Kim Jong Un.

Respecto a Cuba, al gobierno norteamericano, más que la transición a la democracia, le interesa la estabilidad. Que luego de los Castro no se cree un vacío de poder, que no haya una guerra civil que provoque un éxodo de millares de refugiados que vayan a parar a las costas de la Florida, que no se origine  un estado paria a solo 90 millas,  un narco-estado que los inunde de drogas y criminales.

Tal vez la apuesta  por el régimen de militares y aparatchiks castristas  para mantener el orden no  resulte, y origine precisamente algunos de los males que pretenden conjurar, pero para entonces ya los norteamericanos deben tener preparado  un plan B… Y si no, ya lo inventarán…

Mientras el gobierno norteamericano  espera que su política hacia Cuba dé los resultados que espera,  la oposición pro-democracia  será dejada de lado. Será un  daño colateral. Como los rebeldes  sirios, que ante la impasibilidad de Occidente, pronto serán barridos por la metralla y las bombas rusas.

Pero en Siria y en Cuba, para que no digan, habrá remedos de oposición.  Allá, los  que se sienten a escuchar y aplaudir  la perorata de Assad y a culpar a Occidente del terrorismo islamista y todos los demás males. Aquí, la oposición leal -ya se sabe a quién-  y los impostores complacientes que ya asoman y reptan. Lo verán.
luicino2012@gmail.com