No hay que exagerar con los aplausos, Luis Cino

A una semana de la llegada a Cuba del Papa Francisco, el régimen cubano  indultó a 3 522 presos.

Es el segundo indulto propiamente dicho en los 56 años del castrismo. Ambos han sido bajo el gobierno del general Raúl Castro, quien sustituyó formalmente a su hermano Fidel en el año 2008, luego del interinato de más de año y medio que se inició el 31 de julio de 2006.

Insisto en que han sido los dos únicos indultos como tal, porque en el más de medio siglo que hubo que esperar porque hubiera  el primero, lo que hubo fue excarcelaciones de presos políticos –casi siempre con destierro o en las condiciones de licencia extrapenal  que implicaban la posibilidad  ser devueltos a la cárcel-  para complacer peticiones de personalidades internacionales (Juan Pablo II, Francois Mitterrand, Felipe González, Jesse Jackson)  y lograr a cambio  ventajas políticas.

El anterior indulto, el del 23 de diciembre de 2011, incluyó  a 2 900 reclusos. Este de ahora, beneficia a 622 reos más.

La mayoría de los indultados son enfermos, mujeres,   mayores de 60 años, menores de 20 que no tengan antecedentes penales, y reos que estaban en espera de juicio, a punto de terminar sus sentencias o a los que en 2016 les correspondería  salir en libertad condicional.

El actual indulto no incluye a los  presos por homicidios, tráfico de drogas, hurto y sacrificio de reses y delitos contra la seguridad del estado, un eufemismo para referirse a los  presos políticos.

Después de todo, el régimen y el cardenal Jaime Ortega, que a veces hace de alguacil, habían asegurado que en Cuba, a pesar de las listas de los activistas de derechos humanos y las Damas de Blanco,  no quedan ya presos políticos.

El indulto no es una  muestra de “la generosidad de la revolución”, que todos sabemos sólo existe, malamente y cada vez menos,  en los discursos. Más bien lo que muestra es el desmesurado  tamaño de la población penal cubana. Por muchos presos que indultan, las cárceles siguen abarrotadas, al extremo de que muchos reclusos tienen que dormir en el piso, por falta de literas o colchonetas.

No hay que exagerar con los aplausos. Es elemental sensatez,  más que generosidad,   indultar  a personas que en su mayoría estaban en la cárcel  por motivos que en ninguna otra parte del mundo serían delitos. La mayoría de los que realmente delinquieron, lo hicieron por culpa de un sistema ruin y fracasado que obliga a violentar cotidianamente su peculiar legalidad y sus prohibiciones absurdas, para poder dar de comer a sus familias.

Muy bien por los indultos. Y que se repitan. Pero sería mejor derogar de una vez y por todas las anacrónicas y absurdas  leyes  que hacen que los cubanos  vayan a la cárcel  por figuras delictivas tan aberradas, demenciales  y fascistoides como la peligrosidad social pre-delictiva, que no haya personas presas durante uno y dos años en espera de juicio, en lo que los instructores policiales o el Departamento de Seguridad del Estado  les inventan las pruebas para condenarlos. Y por supuesto,  descriminalizar la disensión y la protesta pública.  De lo contrario, las más de 200 cárceles que existen en Cuba y que ahora se descongestionan un poco, muy pronto se volverán a abarrotar. Y lo que es peor: con muchas personas que en ningún otro país estarían presas.
luicino2012@gmail.com

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