De qué escribir, Luis Cino

Les confieso que por acumulación de factores adversos,  estoy en una de esas fases de las que no escapan los  escritores y periodistas: la ausencia de un tema  del que escribir. El síndrome de la cuartilla en blanco. De la e-cuartilla, como se diría en estos tiempos digitales.

Y no es que falten temas. Más bien sobran. Pero también sobran los que escriban, con más o menos acierto, sobre ellos.  Sucede que últimamente, cada vez que me propongo escribir sobre un tema, me acuerdo de lo que ya algunos escribieron sobre el asunto. Y siempre, con tantos periodistas independientes y blogueros como hay, y tantos nuevos actores políticos en la disidencia ansiosos por hacerse oír, aunque sea con naderías,   habrá más de uno que  ya haya expresado, no importa si mejor o peor, lo que hubiese yo querido expresar. Y no tengo vocación para los coros.

Solo me quedaría entonces refutar las opiniones que no comparto con ciertas personas demasiado optimistas sobre el futuro a corto plazo de Cuba. O los demasiados críticos con los opositores.  O los demasiado comprensivos con el castrismo. Y otra vez  hacer de aguafiestas, de tipo atravesado, y sumar animosidades en mi contra. Lo cual no me preocupa demasiado, siempre que sea  por una razón que valga la pena.

Pero los oportunistas y los manipulados son tan obvios últimamente que no amerita dedicarles tiempo. Así que  tampoco  encuentro hoy argumentos que valga la pena rebatir.  Lo cual no quiere decir que haya muchos que apoyar.

“Everybody needs a little time away”, decía una vieja  canción de Chicago. Sería saludable que me apartara por un tiempo, que me tomara un descanso antes de volver a escribir. Pero como mismo no puedo parar de fumar,  no puedo dejar de escribir, porque reventaría.

Como me paso por hoy del tema cubano,  me giro hacia los temas internacionales. Que uno es ciudadano del mundo, aunque la dictadura pretenda tenerte encerrado dentro de una botella, como un cocuyo.

Pudiera escribir sobre el drama de los desesperados  africanos que arriesgan sus vidas en el Mediterráneo para buscar refugio en Europa, y los políticos europeos a los que ante esa crisis humanitaria no se les ocurre mejor solución que amenazar con hundir a bombazos las barcazas que transportan a los inmigrantes ilegales.

O sobre el el genocidio turco contra los armenios, ahora que todo el mundo, hasta el Padrecito Putin, tan ocupado con sus apetitos imperiales,  se ha acordado de aquel asunto con motivo de su centenario, que coincidió con el centenario de la victoria de Turquía en la muy sangrienta batalla de Gallipolis, durante la Primera Guerra Mundial.

Ojala se acordara el mundo también de los kurdos, digamos que tanto como de los palestinos, los otros sin tierra, pero que ya están en la ONU.  Pero no, de los kurdos, masacrados y discriminados, cuyas tierras están repartidas entre Turquía, Siria e Irak, y que solían ser tildados de terroristas, no se acordaron hasta que los peshmergas empezaron a sacarles las castañas del fuego a los chiitas irakíes, a la dictadura de Assad, a los Estados Unidos,  que se ahorraron el envío de tropas,  y hasta a sus archi-enemigos, los turcos, enfrentándose con heroísmo a las hordas asesinas del Daesh.

Puedo también -¡quién lo diría!- salir en defensa del magnate  David Rockefeller, un personaje que no me simpatiza nada debido a su oscuro empeño para que la banca se adueñe de la política y la economía mundial.  Matías Rojas, un energúmeno de 17 años, anticapitalista a rabiar,  le fue encima a Rockefeller y le gritó improperios  en el aeropuerto de Santiago de Chile. No sé a ustedes, pero a mí me repugnó  la heroicidad de este mozalbete dándole un escándalo a un anciano de 95 años que iba en silla de ruedas.

¿Vieron?  Finalmente, escribí.   Lo hice como pude, por hábito, por inercia, por majadero que soy. Ya no está  en blanco la cuartilla. Solo que se me quedaron trabadas en el gaznate varias verdades. Para la próxima.
luicino2012@gmail.com

 

Eduardo Galeano, Luis Cino

 

Pocos intelectuales de izquierda  ha habido en los últimos tiempos en Latinoamérica que tengan la honestidad, decencia y valentía que demostró  el recientemente fallecido escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano.  

 Menos de un año antes de su muerte, Galeano confesó que a esas alturas de su vida ya no era capaz de leer de nuevo su obra cumbre, Las venas abiertas de América Latina.  

“Esa prosa de izquierda tradicional es pesadísima, mi físico no aguantaría, tendrían que ingresarme”, dijo Galeano  en  una entrevista que concedió en Brasil, adonde había viajado para participar en una feria del libro.

Galeano lamentaba no solo la retórica desgastada por el uso y el abuso, sino además no haber estado dotado cuando escribió el libro de un mejor bagaje económico. Explicó muchas veces que escribió sobre historia y economía política en “Las venas abiertas de América Latina”, en  90 noches, como si se tratase de una novela de piratas.  Un modo bastante aventurado de proceder cuando se trataba de explicar a un público no especializado, pero agobiado de problemas y ávido de soluciones, por qué América Latina parecía ser una región condenada a la humillación y la pobreza.

En la búsqueda en el pasado de legitimidades históricas, Galeano incurría en manipulaciones, siempre a contracorriente de la historia oficial, con sus próceres de bronce, su bestiario, mitos, supercherías y excomuniones.

Las interpretaciones cuasi poéticas que hacía Galeano de la historia latinoamericana, aunque no carentes de  verdades y  buenas razones, eran ideológicamente muy interesadas.

El libro, escrito en 1971, cayó en el lugar y el momento preciso. Como el propio Galeano explicó alguna vez: “Lo que uno escribe puede cobrar sentido colectivo cuando de alguna manera coincide con la necesidad social de respuesta”.   

 “Las venas abiertas de América Latina”  ha sido  la Biblia de la izquierda continental en los últimos 40 y tantos  años. Junto con los informes de la CEPAL y los discursos de Fidel Castro, contribuyó a conformar la percepción de una realidad demasiado compleja y cambiante para circunscribirla a la teoría de la dependencia, el anti-imperialismo y el mesianismo revolucionario.

Y todavía los habitantes de este continente estamos pagando las consecuencias de esa percepción distorsionada de la que Eduardo Galeano fue uno de los responsables, aunque no tanto como  los interesados lectores que hallaron justo lo que necesitaban para la envoltura de sus complejos de inferioridad, y sobre todo, a quien culpar por sus incapacidades, errores y fracasos.   

Galeano consideraba que la veneración por el pasado era profundamente reaccionaria, pero fue a parar precisamente a ella: al  cultivo de la nostalgia histórica por caudillos como Rosas, el Doctor Francia o Juan Domingo Perón. Eso serviría para conferirles legitimidad histórica a autócratas mesiánicos como Fidel Castro, Hugo Chávez, su grotesco y disparatado sucesor Nicolás Maduro y el resto de la comparsa de gobernantes populistas del socialismo del siglo XXI.

Han sido incalculables las consecuencias, para bien o para mal. Quién quita  que el ejemplar de “Las venas abiertas de América Latina” que le obsequió Hugo Chávez a Barack Obama durante la V Cumbre de las Américas haya surtido efecto e influido en el buenismo aislacionista  del presidente norteamericano, remiso a verse atrapado por el pasado y la ideología, al anunciar en Panamá, dos cumbres panamericanas y varias crisis después, el cambio hasta nuevo aviso de la política de Estados Unidos hacia sus vecinos del Sur, incluida la dictadura castrista y su vicaría caraqueña.

Galeano, en estos últimos años, se mostraba razonablemente crítico con el régimen castrista y la heredad chavista mal administrada por Maduro. Pero con nadie era más crítico que consigo mismo. Especialmente por confundir los límites entre la poesía y la historia en libros como Memorias del Fuego y Las venas abiertas de América Latina.     

Al morir, sin abandonar la izquierda más sensata, Galeano  venía de vuelta de sus dislates del pasado, cuando muchos lo tomaron por un iluminado, cuando solo era –y conste que eso no es poco ni fácil- un excelente escritor. De los mejores. Por eso, más allá de su parte de responsabilidad en nuestros desastres, siempre seguirá con nosotros. En las malas y en las peores. Que en América Latina ya estamos al renunciar definitivamente a las buenas.   
luicino2012@gmail.com