De la sociedad civil y otras batallas, Luis Cino

 

Muy divertido, leí hace unos días en La Joven Cuba -un blog que pretende presentarse como practicante del oficialismo por cuenta propia- el relato que hace Harold Cárdenas  de su encuentro con “el enemigo”. El enemigo a que se refería eran los congresistas norteamericanos que visitaron La Habana y con los que Harold Cárdenas tuvo la ocasión de compartir cuando fue invitado a una conferencia de prensa y un almuerzo con ellos.

Los tales enemigos no eran precisamente los aborrecibles monstruos imperialistas que imaginaba. Refiere que conversó y hasta se hizo el mambí, ideológicamente puro y alerta a cualquier celada -¡pobrecito, qué papelacero!- con una congresista amable, simpática comprensiva y hasta maternal, lo que lo hizo llegar a una sabia conclusión: que la vida es más rica que los esquemas. ¡Vaya noticia, eh?

Lamentablemente, Harold Cárdenas  no es tan comprensivo y filosófico respecto a sus compatriotas disidentes, con varios de los cuales ha coincidido en sus recientes encuentros con el enemigo. Refiere que tiene graves reservas con los que califica como “los sospechosos habituales que generalmente se presentan como sociedad civil pero acostumbran dibujarnos como el infierno en la tierra”.

En alguien como Harold Cárdenas, un joven adoctrinado, idealista e ingenuo, cuyo padre murió en Angola, destrozado por una mina de la UNITA, son comprensibles los prejuicios  sobre los opositores y la sociedad civil, que considera “convenientemente estrecha para los estadounidenses”.  

Pero esas incomprensiones y prejuicios  resultan imperdonables en  personas que se suponen con mayor nivel de información, y lo que es peor, de alcance e influencia, al menos entre sus lectores.

Digo esto a propósito de las polémicas en curso sobre la definición de la sociedad civil.  

Tiene toda la razón el escritor Antonio José Ponte cuando afirma en un trabajo en Diario de Cuba que “ahora la pelea es por la sociedad civil”.

“Estados Unidos se propone interactuar con la sociedad civil cubana, mientras que Raúl Castro intenta secuestrarla y algunos teóricos justifican ese secuestro”, explicaba Ponte.

 Por estos días hay quienes, echando mano lo mismo a Jurgen Habermas y Nancy Fraser que a Teté Comité o Chicho El Cojo, teorizan a favor de los secuestradores del término, es decir, los que mantienen la ficción de que la sociedad civil son las llamadas “organizaciones de masas” del régimen, y algún que otro  piquete de sicofantes, chivatos jaraneros y con disfraz, beatos complacientes  e individuos absolutamente  inocuos, apocados y manipulables.  

El régimen  pretende sacar  a los disidentes de la sociedad civil, como mismo  antes los expulsó de las escuelas y de sus centros de trabajo.

Para evitarse incomodidades en la Cumbre de las Américas que se celebrará en Panamá,  el general Raúl Castro ha insistido en que no quiere que se confunda a  las ONG –las del gobierno- con la disidencia.

Hay un nutrido corito que sigue la rima  con entusiasmo.  Lo hacen por encargo oficial, por conveniencia, por carambola o por estúpidos. Pero estos últimos son los menos.

Arnaldo M. Fernández, que desde Broward no pierde oportunidad de mofarse y poner en solfa a la oposición, a la que parece considerar una fábrica de trapacerías que él llama “cubicherías”, escribió un artículo en Cuba Encuentro (“La sociedad civil y sus enemigos”, febrero 23) para rebatir a Ponte. Con su habitual leguleyismo cínico, mordaz  y malintencionado,   cuestiona la pertinencia de la presencia de representantes opositores de la sociedad civil en la Cumbre de Panamá. Sentencia, cual si fuera, no Salomón, sino el tremendo juez de la Tremenda Corte,  que “la pelea de verdad no es por la definición de la sociedad civil, sino la misma pelea de siempre por cambiar el marco legal”. Qué pena que no esté en Cuba, para que lo consiga dándole el frente a los cotorrones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, a ver si acaba así con los alardes, las chusmerías, las bambollas y las cubicherías. Porque desde Broward es muy fácil criticar y burlarse de los que le ponen el pecho a los palos.

Las palmas en el corito por la apropiación del término “sociedad civil”, en reñida competencia con Arturo López Levy –no me canso de decir que es lo más parecido que hay a un agente de influencia del castrismo- se lo llevan Orlando Veiga y Leiner González, los paradigmas de la “oposición leal”.

En su sitio Cuba Posible, Orlando Veiga acepta la pertenencia a la sociedad civil de proyectos autónomos en la periferia o fuera de lo oficial o incluso en contradicción directa con lo oficial, “siempre que respondan a los intereses de la nación”. Pero si recordamos que para Veiga y el resto de los leales, esos intereses coinciden con los de Fidel Castro, la revolución y el Partido, todo lo dicho fue por gusto y para nada…

De todos modos, para que no digan que es tan excluyente como su carnal  Leiner,   Veiga, osado que es,  se atreve a hablar de admitir el pluripartidismo.  Solo que con su manía de la lealtad, puso a dichos eventuales partidos la condición de que sean leales a “las entrañas de la cubanidad”.

Y uno que no dispone de los cánones de lo cubano que parece poseer Veiga, no sabe si esa lealtad entrañable, que suponemos  con retorcijones y flatulencias, pasa porque los militantes de esos partidos bailen danzón, tomen café como Mamá Inés, se les apriete el corazón cuando escuchen Damisela Encantadora,  usen guayabera y sombrero de yarey y sepan cómo camina la mujer de Antonio, a qué hora mataron a Lola y por qué cogió candela el cuarto de Tula.                     
 luicino2012@gmail.com

 

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One thought on “De la sociedad civil y otras batallas, Luis Cino

  1. Luego este Harold Cárdenas llega a los 50 años, se da cuenta de que su padre murio por nada, que sus ideales políticos se le deshacen entre los dedos y que toda su vida es un chiste. Después se muda a Miami donde con suerte alguno de sus hijos habrá logrado prosperar lo suficiente como para acogerle. En unos años es ciudadano norteamericano beneficiario del Medicare. 

    Y esto es el final feliz, que logre en algún momento de su vida cambiar parcialmente su forma de pensar. 

    Yo siempre quiero el final feliz, aunque sea para un idiota.

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