Poniéndome al día, Luis Cino

Últimamente, mis hijos, cansados de mi incorregible y enfermiza nostalgia por la música de los años 60, 70 y  80, se han propuesto ponerme al día con los intérpretes de hoy. Para ello, me han llenado la memoria-flash  de la música de ahora mismo  que ellos consideraron de forma bastante atinada -fíjense que no les pasó por la mente incluir a Eminem, Marilyn Manson o Lil’ Wayne- que me podía gustar:   Hozier, Sam Smith, Lana del Rey, James Bay, Curtis Stigers, James Craigie,  Asaf Avidan, John Legend, Liam Hayes, Pharrell Williams y Keith Urban.
Como verán, en la selección que hicieron hay de todo, como en botica.  Hay  algunos ganadores de la última edición de los Premios Grammy,  como  Hozier (Take me to church) y Sam Smith (Stay with me). Tengo que reconocer que gracias a  canciones como esas dos, y alguna que otra más, estos Grammy estuvieron  mejor que en años anteriores, cuando ha habido más fanfarria, brillito y efectos especiales que música buena, o  lo que yo entiendo por tal.
Pueden llamarme majadero, anticuado, resabioso, recalcitrante, maniático, y lo peor de todo, viejo, pero les confieso que aunque mucha de la música que me copiaron me pareció bien y hasta me gustó, ninguna me impresionó demasiado. Excepto Curtis Stigers, al que nunca había escuchado, y que me pareció rara avis en estos tiempos: un excelente cantante de jazz,   superior, no solo a Michael Buble, que no me gusta para nada por demasiado pop y convencional, sino al mismísimo Harry Conick Jr., del que no oigo algo nuevo hace más de 20 años.
Los intérpretes de hoy que me recomendaron  escuchar, casi siempre me recordaban a alguien del pasado. Incluso del pasado reciente, como Amy Winehouse o Tracy Chapman. Solo los de country no me recordaron a nadie: no hay uno que se acerque ni remotamente a los talones de monstruos como Willie Nelson o Emmylou Harris.
Estoy convencido de que  ya no queda qué inventar en la música, a no ser aparatos para abaratarla, robotizarla y joderla más de lo que está.  Ya no espero canciones como Midnight train to Georgia, Let’s get it on, Your song, It’s too late, You got a friend o You are so vain. Eso, por no hablar de clásicos del rock como los de Led Zeppelin y Pink Floyd. Por suerte, ahí siguen todavía Jagger y los Stones,  de museo, pero sonando cada vez mejor…
Escucho con agrado la música  que me copiaron. Algunas cosas me han interesado, como las de Asaf Avidan  y Lana del Rey,  que me parece, por inusual, más que interesante, desconcertante,  esa rubia con aires de película de la serie negra y sus canciones sombrías, a medio camino entre Madonna y Tom Waits, que resultarían idóneas para una película de Tarantino.
Estoy agradecido a mis chamas por el intento de ponerme al día. De seguro algo quedará. Sé que a medida que me hago viejo, tengo que esforzarme más para no quedarme atrás.  Espero no me  ocurra a mí, en el intento, lo que a los vejetes mandamases verde olivo con su  nunca bien denostada “actualización del modelo” y los puñeteros Lineamientos.
luicino2012@gmail.com

 

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Si no puedes robarte un caballo, atrévete a mirar la rienda, Luis Cino

Cada cierto tiempo, me veo impelido, si no a releer, a hojear minuciosamente las páginas de los dos libros de Joseph Conrad que prefiero: Lord Jim y The heart of darkness (El corazón de las tinieblas). Por el modo en que son contadas, no me aburren las dos historias que narran esos libros: la del naufragio del barco cargado de peregrinos a La Meca, y la del vapor  que remonta la corriente del río Congo, rodeado por la jungla amenazadora, en busca de un siniestro traficante de marfil en el que parece estar encarnada toda la perversidad del colonialismo.

Me atrae mucho la peculiar escritura de Joseph Conrad. Siempre he pensado que esa peculiaridad  se debe principalmente a que Conrad –cuyo verdadero nombre era Jozef Konrad Korseniowski-  pensaba sus tramas en un idioma, el polaco materno, y escribía en otro, el inglés adoptado.

A Vladimir Nabokov, otro escritor que disfruto mucho, le pasaba lo mismo: pensaba en ruso y escribía en inglés. Como resultado, salieron joyas como Lolita. O una novela como Ada, que  resulta engorrosa para los lectores, y es una prueba de fuego para los traductores. ¡Los pobres! A pesar de que leo en inglés, nunca he podido pasar de los primeros capítulos de Ada. ¡Y miren que me lo he propuesto! Mucho más que terminar el Ulises de Joyce o siquiera iniciar Dublineses (conste que no me apena confesar públicamente que con todo y sus aportes a la narrativa moderna, no soporto a Joyce).

Por estos días  releo The heart of darkness. Como Lord Jim, siempre me dice algo nuevo. Aunque no sea demasiado grato. Como este párrafo, que me llamó la atención, tal vez por mi desencanto, en estos tiempos de componendas,  con ciertos opositores o personajes que sin serlo pretenden –en desmedro de la causa que defienden los verdaderos- ser tomados como tales:

“Intrigaban, se calumniaban y se odiaban entre sí, pero eran incapaces de mover un dedo en forma efectiva para lograr un objetivo. ¡Oh, no! ¡Por Dios! Después de todo, hay algo en el mundo que permite que un hombre se robe un caballo mientras que otro ni siquiera puede mirar una rienda. Robarse un caballo abiertamente. Muy bien. Lo ha hecho. Tal vez sepa cabalgar. Pero existe una manera de mirar una rienda que exasperaría al más caritativo de los santos”.

No lo dije yo: fue Conrad. Si haces alguna asociación mental, es tu problema. Pura coincidencia.
luicino2012@gmail.com