Carlos Victoria, Luis Cino

 

Recientemente se cumplió otro aniversario, el séptimo, de la muerte de uno de los mejores narradores de mi generación, al que por diversos motivos,  no suele concedérsele la importancia que merece: Carlos Victoria.  

Mi homenaje particular a Carlos Victoria es volver a evocar a aquel muchacho camagüeyano afincado en La Habana, greñudo y de mirada triste, que conocí en los años 70.

No recuerdo exactamente si nos conocimos en La Rampa, la playa del Cubanaleco,  la casa de Barbarita (“la musa”) o algún parque de la calle Línea. Coincidimos muchas veces en cualquiera de esos lugares. A ambos nos gustaba la música de los Rolling Stones y Led Zeppelin y  leer libros censurados.  Aspirábamos a ser escritores y ver alguna vez nuestros libros publicados, por supuesto que en el exterior (¿Seix Barral?) porque en Cuba ni soñarlo era permitido.  

 A los aspirantes a escritores nos unía  la desesperanza.  Todos teníamos amargas experiencias que narrar. Lo que escribíamos reflejaba nuestro mundo de prohibiciones. Era una respuesta a la monotonía y la disciplina paralizante de escuelas de rigores casi militares y campamentos de trabajo.  Angustias y esperanzas  volcadas en libretas escolares, que se ocultaban celosamente  entre una improvisada tertulia  semi-clandestina y la próxima.  Desconfiábamos de los vecinos, los amigos y hasta de los parientes. Cualquiera podía delatarnos a la Seguridad del Estado.  Para mandarnos a la cárcel siempre hallarían motivos. Cualquiera menos  por escribir. Jamás nos darían el estatus de escritores.

Siempre supe que Carlos Victoria sería un buen escritor. No lo dudé ni siquiera cuando todo parecía perdido en aquella universidad de la que nos echaban a patadas y con el expediente irreversiblemente manchado porque era sólo para  revolucionarios y no para peludos,  extranjerizantes y tipos con desviaciones ideológicas.

Ni siquiera lo dudé cuando un amigo común me contó en una carta, poco después del éxodo de Mariel, en el verano de 1980,  que Carlos se ganaba la vida en un almacén de Miami  al timón de un montacargas. Tenía suficiente talento, tozudez y disciplina para escribir en medio de las más desfavorables condiciones y hacerlo endiabladamente bien.

No me sorprendió demasiado  su muerte, en octubre de 2007. Parecía perseguirlo –no sé si por la niñez tan dura que pasó allá en Camaguey, con una madre muy enferma de los nervios- un halo de tragedia y enajenación. Tenía la inconfundible fisonomía del suicida. No obstante, él, que vivió perpetuamente insatisfecho, no acabó ahogado en el fondo de “uno de los  canales tentadores de Miami”, como había escrito, con una tonelada de depresión encima, a su regreso de un viaje a Filipinas. Murió atiborrado de somníferos, en un hospital del sur de la Florida.  No hay quien me convenza de que no se suicidó. El sueño americano que no cumplió sus expectativas consiguió al final lo que no pudo la dictadura energúmena que lo hizo huir de su país.

Cuando supimos que Carlos se fue por el Mariel, sus amigos respiramos aliviados, porque temíamos que tarde o temprano, atentaría contra su vida, si es que a eso que llevaba, que le hacían llevar, se le podía llamar vida.

Recuerdo cuando poco después de ser expulsado de  la Escuela de Letras, los esbirros de la Seguridad del Estado, alertados por un chivatazo, registraron su cuarto,  viraron todo al revés, se llevaron todos los papeles que encontraron, y  lo encerraron varios días en una celda tapiada de Villa Marista. Salió abatido,  porque perdió todos sus cuentos.   

Eran tiempos particularmente malos para todos. Así y todo, masoquistas que somos, nos gusta recordarlos. Aunque nos dejen un sabor mucho más amargo que dulce.

Así, vuelvo a ver a Carlos, con su sonrisa triste, flaco, melenudo,  con su mochila gris siempre cargada de libros, parado en Tercera y F, antes de entrar a clases.

Volvemos a emborracharnos con vino vietnamita y cervezas que compró gracias a la venta de una  camisa floreada que no le gustaba mucho y le quedaba un poco grande.

Comemos pizzas, sentados en un contén, mientras lo acompañamos en la espera del tren para Camagüey, porque ya no podía seguir más en La Habana.  

Nos fulmina con la mirada cuando dice que es amigo de Reinaldo Arenas y  que ha leído sus manuscritos acostado en su propia cama, en una barbacoa de la Habana Vieja y alguien le pregunta si el tal Reinaldo no es “el maricón oriental que da bateos a los pepillos a cada rato en el Cubanaleco”. “No jodas, no sabía que él era escritor”, sigue el tipo y antes que diga otra impertinencia más grave y Carlos lo mande para el carajo u otro sitio peor, cambia la escena y lo veo entonces, al lado de David, en la sala de Barbarita…Y ahí me quedo,  porque me siento muy bien sentado con ellos otra vez en aquel sofá blanco…
luicino2012@gmail.com
Publicado en Primavera Digital   

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s