El soundtrack de la revolución, Luis Cino

 

Los interesados en hermosear la muy dilatada historia de la revolución castrista nos quieren hacer pasar las canciones  de la Nueva Trova  como el soundtrack de una época heroica en que todavía se  tenía fe en el porvenir luminoso que nos auguraban.

 En realidad, esa época dorada -como todavía algunos quieren llamar  a la época de los paredones de fusilamiento y las cárceles con miles de presos políticos- cuando empezaron a oírse las canciones de Silvio y Pablo, ya había pasado y era sustituida por un estado de cosas forzado, monótono y desesperanzador.

Fue el tiempo del Decenio Gris, la parametración,  el ostracismo de los mejores escritores y artistas, las redadas policiales en El Vedado contra melenudos y homosexuales, la persecución a los Testigos de Jehová, la ley del vago, la obligación de trabajar en la agricultura a los que querían irse del país  y un largo etcétera de aberraciones.

Si hay una banda sonora de eso que se empeñan en llamar “la época dorada de la revolución”, serían los boleros del Benny, Lino Borges, Kino Morán y Fernando Álvarez; ”; Los Zafiros, la Aragón, el feeling de Elena Burke, el cuarteto del Meme. la sandunga de Las D’Aida, las baladas de Marta Strada, el ye-yé y el no tengo edad para amarte de Luisa María Guell; el rock lento de Luisito Bravo, las 15  baladas  de aquel long playing de Paul Anka que fue lo único que quedó que oliera a rock and roll  luego que el Máximo Líder, unos años antes que a The Beatles,  identificara a Elvis como la decadente encarnación de la música del enemigo y decretara la guerra sin cuartel  contra “los elvispreslianos y los enfermitos”.

Y como no podía bailarse el twist, el gogó o el bugalú, nos desbaratábamos los hombros y la cintura con el Mozambique de Pello El Afrocán, el pilón  de Pacho Alonso, y el dengue, cuando no era una enfermedad trasmitida por los mosquitos, sino un ritmo que tocaba la orquesta de Roberto Faz…

Eso fue  lo que se escuchó  en la mayor parte de la primera década del régimen revolucionario. Lamento defraudar a los homéricos picúos que quisieran algo más épico,  que hablara de trincheras, machetes, fusiles contra fusiles y balas veloces al centro del combate. Como lo que vino después. Pero por entonces, los cantautores que  compondrían por encargo oficial las canciones que también serían armas de la revolución, todavía estaban en la escuela. O renegando  por estar  en el servicio militar obligatorio o las UMAP.

Luego, a finales de los 60 y los primeros años 70, la banda sonora de la vida en Cuba no la puso solo la Nueva Trova. También y sobre todo fue el pop español que nos empujaban por Nocturno con tal de no poner a los originales que cantaban en el idioma del enemigo; al rock y el soul que se escuchaba a escondidas en la WQAM y otras emisoras de radio del sur de la Florida; y a Juan Formell y Los Van Van, que iniciaban su andar  por aquellos años, con números como Marilú, Yuya Martínez y aquella emblemática Compota de Palo, que evocaba los mejunjes intragables con los que nos criaron, luego que se acabaron las Libby’s y Campbell y todavía el CAME no había empezado a enviar las compotas de manzanas rusas y búlgaras.

A propósito, mucha de aquella música, también la que era cantada en inglés, la empezamos a escuchar allá por 1970, en Radio Cordón de La Habana, que fue lo único bueno que dejó aquella locura del Máximo Líder  de sembrar café Caturra en los alrededores de la capital, a costa de dejarnos sin árboles y sin frutas.  

Pero las canciones en inglés por Radio Cordón, Radio Liberación y el programa De en Radio Rebelde –tomen nota de los nombrecitos de las emisoras- duraron hasta que en 1971, el discurso del Máximo Líder en el Congreso de Educación y Cultura, marcó el inicio del Decenio Gris. Entonces, ni a los Mustangs y los Fórmula V pusieron. Solo se escuchaba música andina y canciones de la Nueva Trova.
 
 Silvio Rodríguez y Pablo Milanés  tuvieron talento suficiente como para escribir bellas canciones del amor y de la vida, además del teque por encargo oficial.  Eso los salvó de ser meros cantores del realismo socialista en su versión tropical-tercermundista. Por eso han perdurado, y están en esta banda sonora, aunque no sea únicamente de ellos, como pretenden algunos atorrantes.   
luicino2004@yahoo.com

Publicado en Cubanet.

 

Carlos Victoria, Luis Cino

 

Recientemente se cumplió otro aniversario, el séptimo, de la muerte de uno de los mejores narradores de mi generación, al que por diversos motivos,  no suele concedérsele la importancia que merece: Carlos Victoria.  

Mi homenaje particular a Carlos Victoria es volver a evocar a aquel muchacho camagüeyano afincado en La Habana, greñudo y de mirada triste, que conocí en los años 70.

No recuerdo exactamente si nos conocimos en La Rampa, la playa del Cubanaleco,  la casa de Barbarita (“la musa”) o algún parque de la calle Línea. Coincidimos muchas veces en cualquiera de esos lugares. A ambos nos gustaba la música de los Rolling Stones y Led Zeppelin y  leer libros censurados.  Aspirábamos a ser escritores y ver alguna vez nuestros libros publicados, por supuesto que en el exterior (¿Seix Barral?) porque en Cuba ni soñarlo era permitido.  

 A los aspirantes a escritores nos unía  la desesperanza.  Todos teníamos amargas experiencias que narrar. Lo que escribíamos reflejaba nuestro mundo de prohibiciones. Era una respuesta a la monotonía y la disciplina paralizante de escuelas de rigores casi militares y campamentos de trabajo.  Angustias y esperanzas  volcadas en libretas escolares, que se ocultaban celosamente  entre una improvisada tertulia  semi-clandestina y la próxima.  Desconfiábamos de los vecinos, los amigos y hasta de los parientes. Cualquiera podía delatarnos a la Seguridad del Estado.  Para mandarnos a la cárcel siempre hallarían motivos. Cualquiera menos  por escribir. Jamás nos darían el estatus de escritores.

Siempre supe que Carlos Victoria sería un buen escritor. No lo dudé ni siquiera cuando todo parecía perdido en aquella universidad de la que nos echaban a patadas y con el expediente irreversiblemente manchado porque era sólo para  revolucionarios y no para peludos,  extranjerizantes y tipos con desviaciones ideológicas.

Ni siquiera lo dudé cuando un amigo común me contó en una carta, poco después del éxodo de Mariel, en el verano de 1980,  que Carlos se ganaba la vida en un almacén de Miami  al timón de un montacargas. Tenía suficiente talento, tozudez y disciplina para escribir en medio de las más desfavorables condiciones y hacerlo endiabladamente bien.

No me sorprendió demasiado  su muerte, en octubre de 2007. Parecía perseguirlo –no sé si por la niñez tan dura que pasó allá en Camaguey, con una madre muy enferma de los nervios- un halo de tragedia y enajenación. Tenía la inconfundible fisonomía del suicida. No obstante, él, que vivió perpetuamente insatisfecho, no acabó ahogado en el fondo de “uno de los  canales tentadores de Miami”, como había escrito, con una tonelada de depresión encima, a su regreso de un viaje a Filipinas. Murió atiborrado de somníferos, en un hospital del sur de la Florida.  No hay quien me convenza de que no se suicidó. El sueño americano que no cumplió sus expectativas consiguió al final lo que no pudo la dictadura energúmena que lo hizo huir de su país.

Cuando supimos que Carlos se fue por el Mariel, sus amigos respiramos aliviados, porque temíamos que tarde o temprano, atentaría contra su vida, si es que a eso que llevaba, que le hacían llevar, se le podía llamar vida.

Recuerdo cuando poco después de ser expulsado de  la Escuela de Letras, los esbirros de la Seguridad del Estado, alertados por un chivatazo, registraron su cuarto,  viraron todo al revés, se llevaron todos los papeles que encontraron, y  lo encerraron varios días en una celda tapiada de Villa Marista. Salió abatido,  porque perdió todos sus cuentos.   

Eran tiempos particularmente malos para todos. Así y todo, masoquistas que somos, nos gusta recordarlos. Aunque nos dejen un sabor mucho más amargo que dulce.

Así, vuelvo a ver a Carlos, con su sonrisa triste, flaco, melenudo,  con su mochila gris siempre cargada de libros, parado en Tercera y F, antes de entrar a clases.

Volvemos a emborracharnos con vino vietnamita y cervezas que compró gracias a la venta de una  camisa floreada que no le gustaba mucho y le quedaba un poco grande.

Comemos pizzas, sentados en un contén, mientras lo acompañamos en la espera del tren para Camagüey, porque ya no podía seguir más en La Habana.  

Nos fulmina con la mirada cuando dice que es amigo de Reinaldo Arenas y  que ha leído sus manuscritos acostado en su propia cama, en una barbacoa de la Habana Vieja y alguien le pregunta si el tal Reinaldo no es “el maricón oriental que da bateos a los pepillos a cada rato en el Cubanaleco”. “No jodas, no sabía que él era escritor”, sigue el tipo y antes que diga otra impertinencia más grave y Carlos lo mande para el carajo u otro sitio peor, cambia la escena y lo veo entonces, al lado de David, en la sala de Barbarita…Y ahí me quedo,  porque me siento muy bien sentado con ellos otra vez en aquel sofá blanco…
luicino2012@gmail.com
Publicado en Primavera Digital