Charlie Bravo vuelve a dar en la diana (y así me evita hablar de canallas), Luis Cino


 No quiero ceder a la tentación de responder a las infamias de cierto tarado que intenta difamar  a sus ex-colegas por encargo ya ustedes saben de quiénes. Tampoco quiero deprimirme escribiendo sobre  tiranuelos corruptos, como  el mandatario -¿mandante?- angolano Eduardo Dos Santos, quien  tan ocupado  estuvo en cuadrar negocios durante su reciente visita a La Habana, que no tuvo tiempo de ir a poner flores a los miles de cubanos que murieron en Angola para apuntalar su régimen y que él pudiera robar hasta convertirse en uno de los tipos más adinerados de África. Antes que tratar de canallas,  prefiero reproducir esta bellísima crónica de Charlie Bravo sobre la magia de ciertas músicas, como el blues y el jazz, y el modo que tienen de disfrutarla  algunos escogidos. Dichosos los que pueden relamerse con lo que se le escapa al resto de los mortales. Es como si tuvieran desde ya las llaves del reino y dispusieran de la facultad de usarlas cuando lo estimen oportuno. Un vacilón, ¿no?      
La elegancia en la música, Charlie Bravo
He visto a unas cuantas personas bailar sin moverse.  
Uno fue un tipo al cual mi amigo McKenzie llamaba “el embajador de Jamaica en la Habana”. Fino embajador, por cierto, más bien embajador del reggae y los humos prohibidos. Era un negro corpulento, que parecía no tener peso, que reinaba desde un trono sacado por una puerta trasera de un palacio habanero, y colocado ante una pared descascarada frente a unas cortinas púrpura levantadas piadosamente del obispado. Este señor, Hawthorne de apellido, Juan de nombre, bailaba sin moverse. O moviendo solamente el dedo meñique de su mano derecha, mientras Bob Marley y Peter Tosh reinaban en su stereo, sin soda ni coda.
También vi, en uno de los exilios, a una santera cubana y a una santera bahiana, enfrentadas. Bailaban las dos sin moverse, con el temblor de la carne poseída por espíritus opuestos, echando abajo el sonido de los tambores, en un almacén abandonado en la Florida.
Vi  todo, pero no vi jamás la elegancia de una pareja de baile en un apagón en La Habana: un matrimonio anciano, oloroso a lavanda y talco, que bailaba sobre una sola losa, un danzón al son de un radio Zenith de la pre-historia –o del tiempo de la verdadera historia de Cuba.
Esa elegancia la vi dos veces más, en lo que llevo de vida.  Una fue  en un salón de New Orleans, cuando una mujer de ya avanzada edad bailaba sin moverse. Más se movían los helechos y las aspas del ventilador de techo, pero ella bailaba solamente con los labios y unas contracciones de las mejillas mientras el jazz sonaba a danzón y los músicos llevaban el ritmo con movimientos casi imperceptibles.
Se llama elegancia, esto de bailar sin moverse.  
Como escribió Guillermo Cabrera Infante, la música en las Américas llega de verdad con los conquistadores, y el baile de verdad llega con los conquistadores y los negros, que el baile indígena, al menos en el caso de Cuba, el areíto, era solo un amago de seguir con el paso el ritmo de un tambor.
La música en las Américas, Guillermo dixit, es el resultado del ritmo del negro, de la música del blanco, de la imaginación del mulato, combinado unos con otros. El escritor nos cuenta que de las Américas llega solo una influencia notable –y viva- hasta Europa de la música que se renueva y recrea bajo estas condiciones de negro, blanco y mulato en Estados Unidos, Cuba, y el Brasil. A lo cual agregaría Jamaica por lo del reggae, y más tarde a la Argentina de las idas y vueltas que llevan al tango.
Pero no es el tango, ni el bolero, ni otros ritmos lo que hoy me ocupa. Es el danzón y el jazz, y el blues, y la elegancia. La elegancia, como de la de un maestro llamado Bebo Valdés, cuyos danzones fueron legendarios, tal como fue su jazz.
Antes quiero hacer un desvío y llegar al único lugar donde se baila sin moverse en Europa, que es España. Hay bailarines de flamenco que caen en un trance – ¿se llamará trance jondo?- y que detenidos de cuerpo entero, se lanzan solos y sólo en una danza de ojos y manos. Bailan con los párpados y un rictus de satisfacción, y muñecas y dedos hacen el resto. Y los chulapos de Madrid, que bailan el chotis, en que el hombre está tieso sobre una losa y la mujer lo guía, bailando alrededor suyo y haciéndole girar de un modo mágico.
De todo esto me acuerdo cuando Paquito D’Rivera, definiendo la ecuación de Cabrera Infante, toma la escena en Madrid con Chano Domínguez.
Y también, de esto hay mucho en New Orleans, cuando uno ve a un músico callejero que inmóvil, casi entona un lamento de blues y cuando más allá de todo le avisan a uno que hay un entierro o una celebración en el cementerio de Saint Louis, y allí cerca de la tumba de la dinastía musical Marsalis se concentra una banda de jazz de marcha, que toca piezas melancólicas que despiden de la vida a una persona a la vez que celebran su tiempo sobre la tierra. Por cierto, el panteón de los Marsalis reza en creole “Muzik, Eglis, Biznis”, o literalmente, “música, iglesia y negocios”. Pero con elegancia, mucha elegancia, que es una de las marcas más decididamente atacadas en este mundo de vulgaridad que habitamos hoy.
En fin, que hasta en la mítica New Orleans han dado estocadas mortales a la elegancia, para imponer la vulgaridad y el estropicio cultural.
Entre los defensores a capa y espada del jazz y la elegancia –que no son tantos- están los Marsalis. Y de la mano del heredero de la dinastía, devenido rey del jazz de New Orleans, Wynton Marsalis, llega Eric Clapton a un concierto donde ambos tocan el blues, con la elegancia que puede conferir y confiere el jazz de New Orleans, que no es ese de los clubs para turistas. El de verdad, el que vive solamente en los sentidos musicales de pocos hombres y mujeres.
Marsalis tuvo a bien invitar a Clapton hace ya un par de años a tocar con él nada más y nada menos que en el Lincoln Center de New York. Clapton aceptó ponerse al frente de la banda en paralelo con Marsalis y los resultados son sorprendentes. Desde temas muy tradicionales hasta la famosa Layla, ese lamento de amor a la mujer que en aquel momento era inalcanzable. Todo va de jazz a blues, con elegancia propia de los maestros, y escondido tras las notas del jazz, se nota que el danzón hace de las suyas en las mentes de los músicos. No sé si consciente o inconscientemente, pero ahí está el danzón.
Y me vienen en mente mujeres elegantes, que marcan el paso en solo unos centímetros de pavimento, y que saben donde ir a cada vuelta, y qué hacer a cada compás. No se imagina uno cuán minimalista es el danzón, a pesar de las frases musicales de tanto vuelo. O el jazz, que puede ser increíblemente minimalista también.
Tan importante como las notas que se tocan son las que no se tocan, los silencios, bien combinados con el sonido, en el tempo justo, en las medidas del compás, dan como resultado una música que es exclusivamente acerca de la elegancia. Es por eso que  la vulgaridad de la política siempre resulta letal para el arte. Aunque el arte es político, solo resistirse a ser vulgar es una posición política impresionante que toman los artistas verdaderos.
(Publicado en el blog de Zoé Valdés)

 

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