Hootchie Coochie Man, Charlie Bravo


Para Luis Cino
 
 
En 1980 pasé por momentos muy duros en mi vida, relacionado con la crisis del Mariel, creada por el castrismo con la anuencia de la presidencia de Jimmy Carter. En medio de una situación caótica en la Habana me encontré de repente esposado y desnudo en el asiento trasero de un auto de la policía. Lejos de cómo ocurre con los “disidentes” de hoy, en 1980 uno terminaba en cualquier estación de policía sangrante y amoratado, con los familiares gritando al carpeta de la unidad exigiendo por el paradero de uno. El patrullero se detuvo en la calle Muralla, y en medio del estruendo pude escuchar unos versos de la canción “Get up stand up” de Bob Marley. Un buen consejo, levántate y hazte valer, que me llegaba desde lejos, en un momento muy necesario. La música, siempre presente en mi vida, ya fuera en amores o golpizas, llegaba oportuna.
 
Agrego esta anécdota a un texto sobre música ¿qué más? que he prometido a mi amigo Luis Cino (http://www.circulocinico.com) , uno de los verdaderos periodistas independientes de la Habana, esa especie amenazada por tantos enemigos. Luis es una de las personas que mas cultura musical tiene entre los que conozco con cultura musical, que no son pocos. Y Luis esta fascinado con el conocimiento y la vasta cultura de Keith Richards (https://www.youtube.com/watch?v=biGm7nUgisA) hootchie choochie man donde los haya y que hoy nos trae el mismo consejo, cada vez mas vigente.  No que Luis no sea el hootchie coochie man (https://www.youtube.com/watch?v=RI98xPkLNVU) de la Habana, con una existencias que es mas blues que bolero, pero que tiene todo de ambas.
 
Y luego de la dedicatoria…. Mejor que me calle y escriba y me dedique a escribir sobre Keith Richards, quizás inspirado por el momento en que tuve la oportunidad de tocar una de sus guitarras. No exageraría si le diera las gracias al comunismo por hacer que me diera cuenta que me tenía que largar de ese país o ser otro mas en la interminable lista de los suicidas políticos de la isla, que hay de dos clases, suicidas que se suicidan “a muerte” y suicidas cuyo acto es precisamente el acto de la existencia.
 
Keith Richards fue siempre para mi un guitarrista que me impresionaba mucho. Su estilo mínimo, su versatilidad y  la destreza increíble como la mitad del mas longevo dúo de autores de música de blues rock, con Mick Jagger, hacen que the Keefer merezca un libro en lugar de un corto texto de un par de cuartillas, pero tengan paciencia que aun no escribo mi libro. Y no, no será sobre Richards solamente. Será sobre la vida de un inconforme, menda, con la música que me acompañó siempre. Si hubo momentos de felicidad, (https://www.youtube.com/watch?v=AOnpA-HoHaE) en una vida que se desarrollaba en blanco y negro, como mismo hay momentos de infelicidad en una vida puede desarrollarse en technicolor, Por suerte, en esa vida en blanco y negro, todo iba como en el cine, con música de los Stones que lo pintaban todo de negro (https://www.youtube.com/watch?v=9snY79WeunQ) y que me recordaban que existían las esperanzas en el exilio (https://www.youtube.com/watch?v=Ex1nxuM1fU8)  que me llevaría por las calles principales de los Estados Unidos, también.
 
Richards me fascinaba desde mi temprana adolescencia. En el encontré la solución para la escasez de cuerdas de guitarra. Al romperse la prima, recordé de una foto que había visto en una revista británica que Richards tocaba su guitarra con solo cinco cuerdas. Y claro, la segunda pasó al lugar de la prima, y asi. Naturalmente las cuerdas tenían una tensión diferente, y eran solo cinco. Pero no sabia yo que Keith Richards usaba afinaciones que no son las comunes, y sin la oportunidad de verlo tocar lo único que podía hacer era romperme la cabeza tratando de imaginar como eran sus acordes.
 
También compartí un temprano amor con Richards, el blues. Y descubri también por aquellos días de secundaria básica que el slide podía sustituirse con un cepillo de dientes chinos o con un tubo de ensayo alemán, que fuera lo bastante grueso como para no tener que sacárselo del dedo con aceite o con jabón.  Lo que se hacía por los amores (https://www.youtube.com/watch?v=inc3d2LudEA) de las adolescentes, que más les puedo contar. Una guitarra era el afrodisíaco (https://www.youtube.com/watch?v=sjVRkOGlr9I&feature=kp) mas potente, y claro, quedaba siempre el recuerdo de unas flores secas (https://www.youtube.com/watch?v=9Mp0mFlzq28) que en aquella época estaban de moda, no se por qué.
 
Y claro, ahí estaba la casa de Manolo el mulato que vivía en Juan Bruno Zayas y Patrocinio, con tantos discos,  y donde tantas fiestas y descargas se daban. Tantas, que parecía que no se acababan nunca, y esa era parte de nuestro inxilio, palabra que hoy nos roban impunemente, los que no se exilian ni fuera ni dentro de la isla, como nos tocó  a muchos de nosotros. No que fuéramos santos (https://www.youtube.com/watch?v=qv9nhWxYG84) , ni mucho menos, pero teníamos un sistema de valores al menos, como sal de la tierra que nos creíamos (https://www.youtube.com/watch?v=P2bxix3vFYM)
 
En fin, que animos diferentes, músicas diferentes (https://www.youtube.com/watch?v=2yd8X2EnajU) salidas de la guitarra y la pluma de dos tipos excepcionales como Keith y Mick nos salvaban tan lejos, al otro lado del Atlantico en un mundo que era lo opuesto al swinging London de los sesenta donde para salvarnos de la vulgaridad nos refugiábamos en amigos que comprendían el mundo que no conocíamos era el mundo real y lo que vivíamos nosotros en esa isla era solo una pesadilla de la cual por fuerza nos despertaríamos.  Lamentablemente la pesadilla tiene dos despertares, o la muerte o el exilio. De otro modo estamos condenados como mulos ciegos en la noria, a revivirla a cada vuelta, cada veinticuatro horas. Lo peor, Luis dixit, es ser inteligente en esa isla. Pues uno sabe y esta consciente de su conocimiento, uno ve y esta consciente de lo que ve, mientras los ignorantes viven en un mundo que esta hecho a su medida, cortado por las tijeras del oscurantismo oficial.
 
Cuando ya se ha ido uno tan lejos (https://www.youtube.com/watch?v=5E3Z_dvkVcs) por un tiempo tan largo en sitios que nos son al principio extraños, luego familiares, y siempre unicos, uno viaja en el tiempo, sin saber que es lo que se va a encontrar en los recuerdos.
Un brindis con champagne, y un poquito de humo y otro de humor (https://www.youtube.com/watch?v=yVj8Sh4phzM) , para Luis, que como yo, siempre soñó con el galope de los caballos salvajes (https://www.youtube.com/watch?v=EhVLiHPUOIM) , que nos llevarían a la libertad.

Charlie Bravo vuelve a dar en la diana (y así me evita hablar de canallas), Luis Cino


 No quiero ceder a la tentación de responder a las infamias de cierto tarado que intenta difamar  a sus ex-colegas por encargo ya ustedes saben de quiénes. Tampoco quiero deprimirme escribiendo sobre  tiranuelos corruptos, como  el mandatario -¿mandante?- angolano Eduardo Dos Santos, quien  tan ocupado  estuvo en cuadrar negocios durante su reciente visita a La Habana, que no tuvo tiempo de ir a poner flores a los miles de cubanos que murieron en Angola para apuntalar su régimen y que él pudiera robar hasta convertirse en uno de los tipos más adinerados de África. Antes que tratar de canallas,  prefiero reproducir esta bellísima crónica de Charlie Bravo sobre la magia de ciertas músicas, como el blues y el jazz, y el modo que tienen de disfrutarla  algunos escogidos. Dichosos los que pueden relamerse con lo que se le escapa al resto de los mortales. Es como si tuvieran desde ya las llaves del reino y dispusieran de la facultad de usarlas cuando lo estimen oportuno. Un vacilón, ¿no?      
La elegancia en la música, Charlie Bravo
He visto a unas cuantas personas bailar sin moverse.  
Uno fue un tipo al cual mi amigo McKenzie llamaba “el embajador de Jamaica en la Habana”. Fino embajador, por cierto, más bien embajador del reggae y los humos prohibidos. Era un negro corpulento, que parecía no tener peso, que reinaba desde un trono sacado por una puerta trasera de un palacio habanero, y colocado ante una pared descascarada frente a unas cortinas púrpura levantadas piadosamente del obispado. Este señor, Hawthorne de apellido, Juan de nombre, bailaba sin moverse. O moviendo solamente el dedo meñique de su mano derecha, mientras Bob Marley y Peter Tosh reinaban en su stereo, sin soda ni coda.
También vi, en uno de los exilios, a una santera cubana y a una santera bahiana, enfrentadas. Bailaban las dos sin moverse, con el temblor de la carne poseída por espíritus opuestos, echando abajo el sonido de los tambores, en un almacén abandonado en la Florida.
Vi  todo, pero no vi jamás la elegancia de una pareja de baile en un apagón en La Habana: un matrimonio anciano, oloroso a lavanda y talco, que bailaba sobre una sola losa, un danzón al son de un radio Zenith de la pre-historia –o del tiempo de la verdadera historia de Cuba.
Esa elegancia la vi dos veces más, en lo que llevo de vida.  Una fue  en un salón de New Orleans, cuando una mujer de ya avanzada edad bailaba sin moverse. Más se movían los helechos y las aspas del ventilador de techo, pero ella bailaba solamente con los labios y unas contracciones de las mejillas mientras el jazz sonaba a danzón y los músicos llevaban el ritmo con movimientos casi imperceptibles.
Se llama elegancia, esto de bailar sin moverse.  
Como escribió Guillermo Cabrera Infante, la música en las Américas llega de verdad con los conquistadores, y el baile de verdad llega con los conquistadores y los negros, que el baile indígena, al menos en el caso de Cuba, el areíto, era solo un amago de seguir con el paso el ritmo de un tambor.
La música en las Américas, Guillermo dixit, es el resultado del ritmo del negro, de la música del blanco, de la imaginación del mulato, combinado unos con otros. El escritor nos cuenta que de las Américas llega solo una influencia notable –y viva- hasta Europa de la música que se renueva y recrea bajo estas condiciones de negro, blanco y mulato en Estados Unidos, Cuba, y el Brasil. A lo cual agregaría Jamaica por lo del reggae, y más tarde a la Argentina de las idas y vueltas que llevan al tango.
Pero no es el tango, ni el bolero, ni otros ritmos lo que hoy me ocupa. Es el danzón y el jazz, y el blues, y la elegancia. La elegancia, como de la de un maestro llamado Bebo Valdés, cuyos danzones fueron legendarios, tal como fue su jazz.
Antes quiero hacer un desvío y llegar al único lugar donde se baila sin moverse en Europa, que es España. Hay bailarines de flamenco que caen en un trance – ¿se llamará trance jondo?- y que detenidos de cuerpo entero, se lanzan solos y sólo en una danza de ojos y manos. Bailan con los párpados y un rictus de satisfacción, y muñecas y dedos hacen el resto. Y los chulapos de Madrid, que bailan el chotis, en que el hombre está tieso sobre una losa y la mujer lo guía, bailando alrededor suyo y haciéndole girar de un modo mágico.
De todo esto me acuerdo cuando Paquito D’Rivera, definiendo la ecuación de Cabrera Infante, toma la escena en Madrid con Chano Domínguez.
Y también, de esto hay mucho en New Orleans, cuando uno ve a un músico callejero que inmóvil, casi entona un lamento de blues y cuando más allá de todo le avisan a uno que hay un entierro o una celebración en el cementerio de Saint Louis, y allí cerca de la tumba de la dinastía musical Marsalis se concentra una banda de jazz de marcha, que toca piezas melancólicas que despiden de la vida a una persona a la vez que celebran su tiempo sobre la tierra. Por cierto, el panteón de los Marsalis reza en creole “Muzik, Eglis, Biznis”, o literalmente, “música, iglesia y negocios”. Pero con elegancia, mucha elegancia, que es una de las marcas más decididamente atacadas en este mundo de vulgaridad que habitamos hoy.
En fin, que hasta en la mítica New Orleans han dado estocadas mortales a la elegancia, para imponer la vulgaridad y el estropicio cultural.
Entre los defensores a capa y espada del jazz y la elegancia –que no son tantos- están los Marsalis. Y de la mano del heredero de la dinastía, devenido rey del jazz de New Orleans, Wynton Marsalis, llega Eric Clapton a un concierto donde ambos tocan el blues, con la elegancia que puede conferir y confiere el jazz de New Orleans, que no es ese de los clubs para turistas. El de verdad, el que vive solamente en los sentidos musicales de pocos hombres y mujeres.
Marsalis tuvo a bien invitar a Clapton hace ya un par de años a tocar con él nada más y nada menos que en el Lincoln Center de New York. Clapton aceptó ponerse al frente de la banda en paralelo con Marsalis y los resultados son sorprendentes. Desde temas muy tradicionales hasta la famosa Layla, ese lamento de amor a la mujer que en aquel momento era inalcanzable. Todo va de jazz a blues, con elegancia propia de los maestros, y escondido tras las notas del jazz, se nota que el danzón hace de las suyas en las mentes de los músicos. No sé si consciente o inconscientemente, pero ahí está el danzón.
Y me vienen en mente mujeres elegantes, que marcan el paso en solo unos centímetros de pavimento, y que saben donde ir a cada vuelta, y qué hacer a cada compás. No se imagina uno cuán minimalista es el danzón, a pesar de las frases musicales de tanto vuelo. O el jazz, que puede ser increíblemente minimalista también.
Tan importante como las notas que se tocan son las que no se tocan, los silencios, bien combinados con el sonido, en el tempo justo, en las medidas del compás, dan como resultado una música que es exclusivamente acerca de la elegancia. Es por eso que  la vulgaridad de la política siempre resulta letal para el arte. Aunque el arte es político, solo resistirse a ser vulgar es una posición política impresionante que toman los artistas verdaderos.
(Publicado en el blog de Zoé Valdés)

 

¡Preparémonos para lo que viene!, Luis Cino

 

El pasado miércoles 11 de junio, cuando se encaminaba a la embajada de la República Checa, en Nuevo Vedado, para enviar por Internet sus trabajos al exterior,  el periodista independiente Roberto de Jesús Guerra recibió una brutal golpiza, que lo dejó con el rostro sangrante e hinchado.

El agresor, que según dicen, era un tipo de mal aspecto, con los brazos llenos de tatuajes, para nada artísticos, sino mas bien carcelarios, y que supuestamente vive en San Miguel del Padrón, le gritó a Guerra: “Esto es para que no robes más el dinero de los opositores!”

Guerra niega conocer al atacante, y responsabiliza  a la Seguridad del Estado.  Y es probable que tenga razón. Sabemos de qué son capaces los esbirros de la policía política y los rufianes que utilizan para hacer el trabajo sucio cuando no les conviene hacerlo ellos.  Pero ahora queda la duda entre muchos, porque no es el primer incidente violento en que se ve implicado Guerra en los últimos meses (hace poco intentaron agredirlo con un machete).  En todos los casos, los airados agraviados se han quejado de que Guerra utiliza para su provecho el dinero que recibe del exterior para la agencia que dirige, Hablemos Press.

Como ocurre siempre que se tocan estos temas, sé que algunos me van a decir que no conviene hablar de esto, porque eso nos desacredita y sirve a los intereses del régimen.
Pero es peor que hagamos lo que hace ese mismo régimen, cuando tapa a sus  corruptos con tal de “no darle argumentos al enemigo”.    
 
Hace unas semanas, cierto canalla desquiciado  que pone un empeño enfermizo y digno de mejor causa en desacreditar a sus ex colegas, escribía –si a eso se le puede llamar escribir- en su blog   que no pensaba que a estas alturas hubiese  alguien que creyera  que los periodistas independientes eran personas honestas, desinteresadas y comprometidas con la causa de la democracia.

¡Qué cosa! Pues miren que sí lo son. Al menos, los de verdad, que son la mayoría.  De los impostores y los infiltrados,  para qué hablar…

Precisamente por nuestra honra y credibilidad, para que la policía política no pueda seguir con sus cuñas insidiosas, es que hay que hablar claro de una buena vez  sobre estos temas.   Basta de hacer el  triste papel del avestruz. Y menos ahora, porque presiento y es evidente, con las historias de chivaterías y otros chismes pueblerinos  que les inventan a algunos colegas, que  Seguridad del Estado nos viene encima, con redoblados bríos, en una nueva campaña de difamación para sustituirnos en su ecuación continuista por sus peones domesticados de la llamada “oposición leal”.

¡Si ya me parece ver al par de topos parlanchines que destaparán para la ocasión! ¡Va y hasta son mejores que el pobre Serpa y el zoquete de Capote!

Que se quiten del medio  los que no sean capaces de luchar por la libertad y hacerlo con decencia. Llamemos a los sinvergüenzas por sus nombres.  Pongamos todo en orden. Que no nos vuelvan a pillar desprevenidos, creídos de que en vez de bajo una dictadura que no ha dejado de serlo,  vivimos en un jardín de tulipanes, en busca de inspiración para una crónica de una revista de modas de Amsterdam.
 luicino2012@gmail.com  

(Publicado en Primavera Digital)

 

Alfredo Guevara y la película que le estropeó la plebe, Luis Cino


Siempre he pensado que en estos últimos 55 años, el pueblo cubano ha sido sometido a una especie de penitencia por no haber estado  a la altura de las expectativas de Fidel Castro. Este país tan pequeño y sus habitantes, aparte de servir de soldados para las aventuras bélicas en África, le resultamos chicos al Máximo Líder  para sus proyectos faraónicos.  Con tanto choteo y rumbantela, gozadores de la vida como somos, resultamos pésimos  cobayas para los experimentos del socialismo castrista.
 Pero no solo defraudamos al Comandante, sino también a muchos personajes de su entorno, como Alfredo Guevara, uno de los principales hacedores de las barbaridades contra la cultura conocidos como “las políticas culturales de la revolución”.
En una muy interesante entrevista concedida unos meses antes de su muerte  a los periodistas Nora Gámez y Abel Sierra,  el que fuera durante décadas el zar del cine cubano, muestra sin tapujos  su total extrañamiento y lejanía del pueblo al que él y sus Jefes pretendieron representar y redimir.
 Alfredo Guevara, que siempre gustó presentarse como un tipo libertario y crítico, algo así como el consentido majadero de la elite, dijo cosas muy interesantes, pero lo que llama la atención, más allá de los chismes e intrigas del comisariado, es como no disimulaba su desdén por la chusma con la que no se pudo conseguir que funcionara el socialismo castrista.
Cito un párrafo de la entrevista que  no tiene desperdicio: “Soy portador de una visión casi mística de mi país y de mi pueblo, pueblo en el que no creo, no creo que mi pueblo valga la pena. Creo en sus potencialidades, pero no en su calidad.  A nosotros siempre nos han querido meter en el molde de la Unión Soviética. Conversando con un intelectual francés sobre las particularidades de Cuba, en una ocasión, yo lo quería convencer de que éramos muy diferentes, y ese día lo convencí porque le dije: Sal a la calle, ¿tú crees que con esos culos y esas licras alguien puede entender Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana? ¿Tú crees que es posible eso? ¡Hay que tomar en cuenta el trópico, dios mío!”  
Guevara, que confesó que hubiese querido ser simultáneamente revolucionario y millonario y casi que lo logró, dio muestra de su desconexión con la realidad al negar lo que salta a la vista de cualquiera que no sea un oligofrénico: la depauperación de las condiciones de vida de los cubanos en los últimos 25 años.  
 Guevara no veía que hubiese miseria en Cuba. “Ahora le llaman miseria a la gente que vive en edificios de microbrigada, con las tendederas en la calle y la gente medio en cueros. A mí no me pueden decir que esa miseria existe”, dijo, pegado como una lapa a sus privilegios y su palacete del Vedado.
Por un tipo así, uno no sabe si sentir  lástima o tanto desprecio como el que muestra por su pueblo.  ¡Qué bien que la gente de verdad y la  vida real, no hayan sido la película neo-realista que soñó, ya que no fue capaz de rodarla, este marxista con pujos intelectuales que se asfixiaba en su isla de jodedores!
A falta de algo mejor que no sé si Alfredo Guevara, tan culto y exigente con su pueblo, calificaría como “mecanismos culturales de resistencia”,  ¡benditos sean el choteo, las tendederas en la calle, la gente sin camisa, los culos y las licras!
luicino2012@gmail.com  
(Publicado en Cubanet)    

 

Los blues y el trópico, Charlie Bravo

 Hace unos días recibí una agradabilísima sorpresa de una querida amiga. Una serie de retratos de ambos, y de nuestras coincidencias, en el trópico. Y si, decidí que aquel lugar será el “trópico” para siempre. Con lo bueno, pero sobre todo lo malo, que tiene el trópico. Y ese lugar tiene una presencia muy pesada, es como una enorme piedra que cargamos encima. Hasta que nos decidimos a dejarla rodar cuesta abajo y darle la espalda.

 Pero en el trópico había mucho de bueno, en personas que nos dieron todo, y a quienes dimos todo. Lo malo era malo de verdad, y para que detenernos a contar esa parte. Solamente recordaré que los encuentros bajo la luna del trópico –o las lunas de los trópicos, porque ahí cada luna parece ser distinta de las anteriores, se espera que haya luna esa noche, y no se sabe si habrá luna las noches siguientes- se desarrollaban con la música del enemigo de fondo, al decir de los censores, profesores de moral comunista y de marxismo, directores de escuela, presidentes del comité y secretarios del partido, y  también tantos chivatos profesionales y aficionados. Aparte de la música prohibida, vivíamos en un mundo prohibido, por los muy tropicales dictadores de esos que se dan tan fácilmente en los trópicos. Lo importante es la música.

Y yo seguía acariciando el pasado mientras escuchaba una nueva edición de unos discos que me acompañaron en el trópico. Los volúmenes primero, segundo, y tercero de la discografía de Led Zeppelin, presentados nada mas y nada menos que por Jimmy Page en Paris. Por suerte, lejos del trópico, pensé.
 
 Jimmy Page es un músico para mi excepcional, y muy interesante. Es un medievalista consumado –no solo en apreciación musical, pero en todas las artes (https://www.youtube.com/watch?v=WUx2gpN6ayU) . Es un erudito del blues –que ha copiado mucho de los mas olvidados talentos, eso también.  Es un orientalista de renombre, tal como si fuera un pintor pre-rafaelista. (https://www.youtube.com/watch?v=d_FNgELZs2A) Es un inventor del rock, que bebe del folklore ingles y americano e incluso en su época resucitó un aparatejo (https://www.youtube.com/watch?v=4kujH0ScAi0&feature=kp) inventado por un vejete llamado Leon Theremin, un ruso aplastado por el leninismo.

 Y como ella y yo sabemos, Page también es un maestro de lo oculto y del espiritismo. Y ella y yo sentimos y vemos presencias. Desde niños.
 
 De sus idas y vueltas musicales, Page llegó a formar Led Zeppelin después de un glorioso paso por los Yardbirds. El blues era el origen y el final de su música, cerrándola en un circulo perfecto. Es decir, el blues es el infinito de su música. Uno lo asocia con las guitarras espectaculares de Led Zeppelin, pero hay piezas mas discretas, mas intimas, con mas silencios y con unas guitarras que imitan a una voz humana que entona un lamento. Y que mas podía sentir uno en el trópico, con esos lamentos que lejos de ser fatalistas eran liberadores. Los amores sudados del trópico venían acompasados con una música (https://www.youtube.com/watch?v=_ZiN_NqT-Us) que era decididamente ajena al paisaje. O recordaba los inviernos europeos, o los algodonales americanos, o el Mississippi, o un parque primaveral londinense. Lo que si no recordaban en modo alguno era al trópico. Uno respiraba hondo y decía para sus adentros, por suerte, y la música lo liberaba a uno sacándolo de ese país por unos momentos.  Escuché mucha música en mi juventud. Creo que en opinión de gente que me quería mucho escuché demasiada música, y mucha de esa música tenia como protagonista a Jimmy Page. Por eso me dolió saber que había ido al trópico, y que allí le tendieron una encerrona unos segurosos disfrazados de musicantes. Me he enterado de varios detalles de la visita, y se los cuento, tal como me los contaron.

 Aparentemente el músico pensaba pasar por la Habana de incógnito, pero como son las cosas del trópico, alguien informo –si, uso ese termino- que llegaba, que había llegado, y en que hotel se encontraba. Aunque estaba registrado como Patrick Page. Al parecer cuando el guitarrista no cedía ante el acoso, ni apoyaba los tipos de compromisos políticos musicales que le trataban de embutir por la jaiba uno de los segurosos tuvo una idea genial, le obligo a comprar una foto del Che Guevara –el mismo que había perseguido sin descanso a los rockeros- y Page por pena pagó al vendedor de esa monstruosidad que extendía una mano mugrienta y de uñas largas manchadas de nicotina. Es decir, la limosna con escopeta típica del trópico.

 Page se fue unos días antes. No encontró ningún músico que le pareciera interesante. Una pena. De todos modos, una visita que pudo ser anecdótica se convirtió en solo un paso por un sitio sin escenarios, donde no había ni un solo rockero con el cual el famoso músico pudiera hablar en serio o compartir una sesión en el estudio. Otra pena. Y una suerte. Así no se destruyó la imagen de un músico que influyó a tantos.

 En la prisión que es esa isla que flota en los trópicos, los blues de Page (https://www.youtube.com/watch?v=nMkBSbjpEFk) me sacaban de la realidad y me permitían ser libres por un rato. Cada noche, el sudor se me electrizaba y todo lo que sudaba también. La humedad y el calor quedaban pero la opresión desaparecía con el lamento de la voz y de las cuerdas. Y ni siquiera un te escaso compartido hacia parte de la realidad, el te que alcanzaba solo para uno (https://www.youtube.com/watch?v=JylchnnO02A) se convertía en un te literario para dos, con lecturas de libros prohibidos, a la luz de una vela, no por romanticismo, sino por la tristeza practica de un apagón.  La oscuridad, el calor, el olor a humedad que destruía los muros, y la visión de la pintura que se despegaba de las paredes, la madera carcomida, servían entonces de escenario miserable y fantástico a una realidad que existía solo en una dimensión paralela: el trópico.

 La tristeza de los blues (https://www.youtube.com/watch?v=JylchnnO02A) se convertía en una base sonora para recitar o leer poemas con voces entrecortadas, con la piel sudada contra la piel sudada, con el pelo salitroso de un día de playa. La música era lo que nos permitía sonar despiertos en el trópico. Y por suerte, de la mano de un prodigioso guitarrista de blues, entre otros. Creo que el trópico si bien no nos secó las lágrimas consumió muchas de las lágrimas.

(Tomado del blog de Zoe Valdés)

Las plagas y la paciencia infinita, Luis Cino

 

Como si no bastara con el cólera y el dengue, dicen que ya llegó a Cuba la fiebre de Chukungaya…Es como si todas las plagas del Antiguo Testamento nos azotaran al unísono y sin piedad, para castigarnos sabrá Dios por qué pecado nacional o la soberbia de ciertos tipos que creyeron saber qué era lo mejor para nosotros.  

Fallaron, pero sin siquiera pedir disculpas, los Infalibles Jefes  nos llevan a paso de conga y buchito de agua –de salidero- hacia el más mísero, torpe y egoísta capitalismo de Estado. Eso sí, con discurso socialista.

Y los problemas crecen y se multiplican. Nosotros, que somos cada vez más viejos y menos, no. Los jóvenes no quieren trabajar ni tener hijos, sino irse del país. Un país donde no alcanzan los salarios ni las viviendas, y donde lo único que aumenta son los escombros, los mosquitos, la chusmería, los delitos violentos, el robo y la corrupción.

La moral, tan doble como la moneda, ya que no puede unificarse, se extingue.

¡Y todavía quieren que no cundan la desesperanza y sus malos consejos y peores tentaciones!

Solo los cada vez menos devotos del castrismo, con la paciencia de Job, siguen a la espera (o simulan estarlo)  de que ahora sí, gracias a los Lineamientos, los timbiriches, la Zona de Desarrollo del Mariel y la Ley de Inversiones Extranjeras, despegue  la astronave, llena de agujeros en el blindaje  y pilotada por Los Jefes infalibles. Como si  esta vez sí   fuera a producirse el milagro de que el maltrecho aparato levante vuelo en el último minuto y enfile su hocico  hacia un futuro de prosperidad.

¿Habrá que crear dos, tres, muchas Carmela, que no vendan los exámenes y ayuden a domar a los Chalas y sus amiguitos repas y pastilleros?  ¿Conseguirán las pruebas ortográficas y el refuerzo de jubilados  para apoyar a los maestros emergentes, no solo que volvamos a hablar en castellano más o menos inteligible, sino también que dejemos de ser la horda mal hablada, desarrapada, cínica, amoral y hambrienta en que nos convirtieron, para transformarnos al fin en un pueblo digno, culto y feliz?

¿Creerán que las exhortaciones a trabajar   van a elevar automáticamente la productividad y la eficiencia? ¿Conseguirán acabar con el robo y la corrupción? ¿Se impondrá de pronto la virtud?
luicino2012@gmail.com