¿El fin de la historia o los inicios de una nueva y más compleja?, Luis Cino


 Cada vez se hace más evidente cuán equivocado estuvo  Fukuyama al anunciar el fin de la historia: en vez de terminar,  se retuerce y se hace cada vez más compleja.
El capitalismo, al menos como es conocido en la actualidad, no las tiene todas consigo.
Nadie duda que el socialismo real fuera aplastado por los escombros del Muro de Berlín, pero no ocurrió lo mismo con las ideas socialistas. En socorro de Marx, el profeta fallido, la izquierda, luego del desconcierto inicial por el derrumbe del bloque soviético, echó mano de Gramsci, Proudhon, Bakunin y Trostky. Ahora, en momentos de crisis económica, el anti-capitalismo nutre sus filas de ecologistas, anarquistas, indigenistas, activistas contra el racismo y por la diversidad sexual y el multiculturalismo, entre una gama de gente anti-sistema.
 Las reformas capitalistas enrumbaron a China y Vietnam hacia la economía de mercado, pero no a la democracia.
En la Cuba de las lentísimas reformas raulistas,  no hay una gota de democracia. Ni siquiera hay economía de mercado, sino un mercantilismo post-feudal parecido al que implementaron las monarquías absolutistas de hace cinco siglos atrás.  
En América Latina, la decepción con los partidos políticos tradicionales ha traído el contagio populista del difuso socialismo del siglo XXI.
Aun subsiste un aberrado y atroz régimen totalitario en Corea del Norte, que para colmo de males, dispone de armas nucleares.
También están a punto de tener armas atómicas otros aberrados: los clérigos iraníes. Además de la India y Pakistán, que de milagro no se las han lanzado mutuamente a propósito de Cachemira.
Los pueblos pequeños, luego de zafarse de las cárceles de pequeñas naciones que fueron los imperios ruso, austro-húngaro y otomano, acomplejados por la falta de grandes relatos históricos que contar, se los inventan para nutrir y justificar un nacionalismo extremo, que es la única defensa que encuentran para autoafirmarse ante el empuje arrollador de la globalización capitalista.
 Es mucho peor cuando los acomplejados y los ultranacionalistas son los imperios venidos a menos, como Rusia, que no inventa historias, sino que aspira a reeditarlas.
Como si fuera poco el peligro del fundamentalismo islamista, ahora Occidente tiene que enfrentar las trasnochadas apetencias imperiales de Rusia, que acaba de anexarse a Crimea y Sebastopol como en su momento hizo la Alemania nazi con Austria –el Anchlus- para luego  apoderarse de los Sudetes y el Corredor de Dantzig.
Luego de la anexión de Crimea y Sebastopol, solo queda esperar el próximo zarpazo ruso. Puede ser en Ucrania, en Georgia, como en 2010, o en cualquier otro lugar del antiguo imperio. Lenin y Stalin crearon suficientes problemas de nacionalidades como para que el zarecito Putin tenga tela por donde cortar. Como hizo ahora, al aprovecharse de la mayoría rusa en Crimea, creada por Khrushov, quien en 1954, en cumplimiento del encargo de Stalin, casi dos años antes de denunciar sus crímenes y el culto a la personalidad en el XX Congreso del PCUS, le regaló la península a Ucrania.   
60 años después, Rusia ha corregido esa anomalía. Putin, que ya había enviado una avanzada de un millar de soldados con el pretexto de defender a los ruso-parlantes, apenas pudo esperar que se terminaran de contar los votos del referendo, para decretar la incorporación de Crimea y Sebastopol a la Federación Rusa.   
¿Se imaginan cuánto hubiesen gritado los eternos agraviados con el imperialismo yanqui si los Estados Unidos hubiesen hecho en algún sitio algo parecido a lo que ha hecho Rusia en Crimea?   
Ya que andamos por el camino de las suposiciones, ¿qué pasaría si a sus antiguos dueños les diese por recuperar Alsacia, Lorena, Gibraltar o Trieste? ¿O a Evo Morales, apoyado por los gobiernos de la Alianza Bolivariana,  arrebatar a Chile la salida boliviana al mar y luego recomponer el Tahuantinsuyo?
El precedente que se ha sentado es funesto. Rusia ha retrotraído el escenario, no ya a los tiempos de la Guerra Fría, sino aun más atrás, a los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, que fue hasta cuando duró el imperio de los zares antes de ser reemplazado por el de la hoz y el martillo, que escondió sus apetitos con el internacionalismo proletario 
Occidente ahora paga el precio por permitirle a Rusia sus pujos imperiales en Siria.
Si Putin con tal de no perder la base de Tartus, apuntaló el régimen asesino de Assad, ¿qué no estará dispuesto a hacer por retener Sebastopol, el acceso de la flota del Mar Negro al Mediterráneo?
No soy optimista respecto al futuro de Ucrania. Occidente poco puede hacer para defenderla, más allá de imponer sanciones a Rusia y descontarla de la membrecía del G-8. No va a ir a una guerra –probablemente nuclear- con Rusia por Crimea. Ni siquiera por Ucrania, si Rusia la ataca, digan lo que digan.
A Rusia es poco probable que se le sacie el apetito. El gobierno ruso no para de expresar su preocupación por la suerte de los ruso-parlantes en el oriente de Ucrania. Ha expresado interés por reforzar sus lazos militares con Cuba, Venezuela y Nicaragua. Y va y un día le da por recuperar Alaska…
 Y  la historia, lejos de acabarse, como daba por sentado Fukuyama hace casi un lustro, cada vez se hace más enrevesada. Y peligrosa.
 luicino2012@gmail.com 

Publicado en Primavera digital

 

Si el chavismo quiere sobrevivir, Luis Cino

Los trágicos hechos de las últimas semanas  en Venezuela no resultan insólitos en un país tan extremadamente polarizado, con altísimos índices de violencia,  demasiados malandros armados, una economía en picada y un desgobierno cada vez más torpe y disparatado.
Para Nicolás Maduro, fiel discípulo de La Habana, es más fácil atribuirlo todo a un complot del imperialismo yanqui, Uribe, Panamá, la CNN y la ultraderecha, encarcelar a Leopoldo López, enjuiciar a María Corina Machado y acusar machaconamente a los estudiantes que protestan en las calles de golpistas y fascistas.
En realidad, la camarilla chavista, que  siempre  despidió cierto tufillo mussolinesco, ahora con la represión asesina de los colectivos bolivarianos, esa tropa de choque  con trapos rojos, apesta  a puro fascismo.
El hedor no logra disimularlo Maduro, siempre tan torpe, con sus llamados al diálogo y la paz, que de tan insinceros como suenan,  parecen cualquier otra cosa: un simulacro, una maniobra divisionista,  feria de hipócritas y charlatanes, subasta de ilusiones, competencia de plañideras y llantos de cocodrilos.
Y  el mundo se da cuenta, pero  los que no se hacen cómplices, cierran los ojos o miran hacia el otro lado. Abochorna la actitud de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos y de esos clubes de nulidades que son la CELAC y la OEA.  Y también da pena la Unión Europea, demasiada asustada con los alardes belicistas rusos en Crimea, para reparar en dos decenas de venezolanos muertos.
No importa si participa o no en las guarimbas o en los colectivos chavistas: del modo que sea, una mitad de la población venezolana está enfrentada a la otra por dos modos irreconciliables de ver la sociedad.
Los chavistas tienen que asumir que una revolución no se hace solo con la mitad de un país. Es absurdo afirmar que todos los venezolanos que se oponen al chavismo, es decir, media Venezuela, son burgueses, oligarcas, fascistas y “pitiyanquis”.  Eso solo cabe en la cansona retórica de Nicolás Maduro, el cara de perro de Diosdado Cabello y el baboso de Elías Jaua.
El chavismo, si quiere sobrevivir, más que a la Guardia Nacional,  las tropas de asalto de las camisas rojas y los asesores cubanos que tan mal los asesora, necesita aprender a convivir con la oposición, con respeto, sin acorralarla, sin trampas, sin criminalizar las protestas, que es en definitiva, lo que ha provocado las guarimbas estudiantiles, que ni remotamente son un golpe de estado.  
 El chavismo tiene que resignarse a la idea de que alguna vez perderá el poder. En los próximos comicios o en un referéndum  revocatorio. Eso, si es que no tienen que convocar a elecciones anticipadas.
La sobrevida del chavismo dependerá de su no  aferramiento al gobierno, que no necesariamente significa el poder. Que le pregunten al sinvergüenza de Daniel Ortega, que es toda una autoridad en esa materia de trapacerías politiqueras.
¿Para qué desgastarse en cargar con el costo de desmontar las impracticables políticas sociales de Hugo Chávez, y encima de eso, seguirse manchando las manos de sangre?  A veces, es mejor saber perder.  
No dudo que el chavismo pueda subsistir sin Hugo Chávez.  Como el peronismo sin Perón. Como puede suceder con el castrismo luego de que muera Fidel Castro. Es proverbial la predisposición latinoamericana a  mezclar la política con la histeria, el fetichismo  y los fenómenos paranormales.
 El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) es una entidad artificial,  mal aglutinada, con una maquinaria poco engrasada.  El chavismo, carente de un cuerpo doctrinal, funcionaba puramente a base del carisma de Hugo Chávez. Pero ahora que Chávez no está, no basta con las visitas a la capilla mortuoria en el Cuartel de la Montaña, la verborrea populista ni las melodramáticas supercherías de Maduro.
Es muy posible que Maduro  –o Diosdado Cabello, si los militares fascistoides se deciden a dar un cuartelazo e instalarlo en Miraflores- endurezca más la mano y radicalice el proceso. Sería lo peor que pudiese hacer.  Ojala prime, antes que la mentalidad de rancho,  el sentido común. Pero eso no abunda  entre los panas de las camisas rojas.
Si Maduro aprieta la mano, Venezuela se vería entonces ante el dilema de la dictadura o la guerra civil. Eso, si ya casi no lo está.         
  luicino2012@gmail.com

Tom Jones estuvo en La Habana, Luis Cino

 

Como la prensa oficial no consideró oportuno informarlo, la mayoría de los cubanos no sabe que Tom Jones cantó hace unos días  en La Habana, nada menos que en el Palacio de las Convenciones.

El cantante británico, que entre mediados de los años 60 y principios de los 70 hizo época en todo el mundo, vino invitado por Habanos SA para amenizar la cena de clausura del XVI Festival del Habano, la  noche del 28 de febrero, luego de la subasta de los humidores que recaudó 1,1 millones de dólares.

Tom Jones, que dice ser amante de los tabacos, dijo a la prensa que la  invitación de Habanos SA fue “una maravillosa  oportunidad de  estar junto a los cubanos”.

Y uno no sabe a qué cubanos se refiere Tom Jones, porque no deben haber sido muchos los que pudo ver y mucho menos tratar en el fiestón de millonarios y pejes gordos que amenizó con sus canciones. A lo mejor, con tanta fastuosidad, ni de cuenta se dio  que no estaba en Las Vegas, sino en La Habana.  

Como a diferencia de su compatriota Kilroy, Tom Jones no dejó letreros para avisar que estuvo aquí, tampoco los cubanos se enteraron de su presencia.

Y me consta que muchos lo lamentaron, especialmente sus fans de hace cuatro décadas, que eran numerosas. Hoy son respetables señoras sexagenarias o casi, pero que no han perdido los ímpetus por sus ídolos de antaño.

Una  amiga mía, apasionada como es,  me dijo que de haber sido hace cuarenta años, en la época de “She’s a lady”, no hubiera vacilado en asaltar el Palacio de las Convenciones,  tomar rehenes o disfrazarse de Flora Fong que iba a subastar uno de sus cuadros. No le hubiese importado ir luego  derechito para Manto Negro, con tal de poder entrar al banquete de los millonarios y ver de cerca y quién sabe si hasta tocar  a Tom Jones. “Con lo buenísimo que estaba”, me dijo.

A propósito, mi amiga comentó que  a diferencia de Michael Jackson, que cada vez parecía más blanco, Tom Jones  cada vez luce más mulato. “Jabao capirro, dijo ella. No sé si será porque ya no se  desriza el pelo o si es que quiere a toda costa, tener algo, aunque sea la apariencia,  de lo que siempre le faltó –que no era la voz precisamente-  para interpretar la música soul. Quiero decir, la de verdad.

Las canciones de Tom Jones, a quien  anunciaban como el Tigre de Liverpool –nunca he sabido por qué, si el tipo era galés-  las ponían bastante en Nocturno y Radio Cordón de La Habana cuando los comisarios empezaron a relajarse y ser más benignos con aquel pecado del “diversionismo ideológico” que implicaba escuchar música anglosajona.

Hubo una época que me gustaban  las canciones de Tom Jones, pero nunca fue de mis preferidos, precisamente  por lo que les decía anteriormente de la música soul a propósito de su cabello, que- y perdonen el chistecito racista-  “como pelo, pasa”. Si de soul se trata,  siempre he preferido la cosa real: Otis Redding, Sam Cooke, Marvin Gaye, Ray Charles, Al Green, Wilson Picket, antes que a Michael Bolton y Tom Jones.

Para colmo, a la mayoría de las canciones de Tom Jones le cayeron los años arriba de un modo inexorable. Especialmente a aquella Delilah que fue tan popular y que hoy, con su letra melodramática y su muisiquita de circo, parecería un himno al machismo y la violencia de género en su forma más extrema, con puerta rota,  puñalada y todo.

Por eso, el Tigre ya no sabe qué hacer para actualizarse, si cantar música country o ripiarse al compás tecno-pop de Burning down the house.     

No me asombra demasiado  si  Tom Jones estuvo en La Habana para alegrar el guateque de los millonarios que aman el humo de los habanos… It’s not unusual. Como decía mi amigo Raúl Rivero: “Todos vendrán, hasta la mona Chita”  
 luicino2012@gmail.com