Una sociedad nada apacible, Luis Cino


Como   no existe la crónica roja en la prensa oficialista, cualquiera pensaría que en Cuba apenas ocurren asesinatos. No es así.
Según datos del año 2012 de la ONUDD, Cuba tiene una tasa de 5 homicidios intencionales por cada 100 000 habitantes, lo que la coloca un poco por delante de Estados Unidos, cuya tasa es 4,8.
Resulta una tasa bastante elevada la para un país donde está terminantemente prohibida la tenencia de armas, hay un Comité de Defensa de la Revolución  en cada cuadra y legiones de chivatos,  se puede ir a la cárcel  porque un jefe de sector considere que se es proclive al delito, y la presencia policial en las calles es constante y abrumadora.
Aunque  el informe de la ONUDD aclara que la tasa de homicidios no necesariamente indica el nivel general de violencia en una sociedad, la cifra pone en entredicho el mito -tan conveniente para atraer turistas extranjeros- de que Cuba es un país tranquilo, donde se puede andar por la calle   a cualquier hora sin problema.  
Que la sociedad cubana no es tan apacible como pretende hacer creer el gobierno no es noticia para  los que vivimos en Cuba. Con  frecuencia escuchamos de asesinatos, muchos de ellos espeluznantes, o vemos los videos del MININT que se filtran a cada rato, como aquel que mostraba los trocitos, como de cerdo en tarima, en que convirtieron el cadáver de un hombre, y que me volvió vegetariano por muchos meses.  
Hace un par de meses, muy cerca de mi casa, en el Reparto Eléctrico, Arroyo Naranjo, la policía arrestó a una joven, que con la colaboración de su esposo, mató y  descuartizó a su propia madre; luego enterraron  el cadáver, o  los menudos pedazos en que lo convirtieron, en un yerbazal en Nazareno.
Ayer,  víspera de Santa Bárbara, hizo dos años que mataron a Jorgito “Tabaco”, un muchacho que no había cumplido   los 16 años de edad y que  vivía en El Callejón, el caserío que separa el Reparto Eléctrico de Parcelación Moderna. Le asestaron 27 puñaladas, a unos metros de su casa, delante de su madre. Antes le habían dado un balazo en una pierna.  Volvía  de una fiesta en los edificios al fondo del Reparto Eléctrico que llaman “el Tercer Mundo”. En la fiesta tuvo problemas con unos abakuás recién juramentados.  Cuando se fue, lo siguieron  hasta las cercanías de su casa. La madre salió a la calle cuando sintió los gritos. Presintió que el problema era con su hijo. Pero no pudo hacer nada por salvarlo. Faltó poco para que la mataran a ella también. Tampoco los vecinos, demasiado asustados, pudieron hacer nada.  Hubo muchos testigos del episodio, pero todos tuvieron demasiado miedo para decir quiénes fueron  los asesinos y si eran de la zona.
Mi barrio es bastante violento, como todo Arroyo Naranjo, declarado por la policía uno de los municipios más peligrosos de la capital, pero no solo allí ocurren crímenes.
Hace unos años,  asesinaron a un cura en Regla. Por las señales de  torturas que mostraba el cadáver  (tenía quemaduras en la planta de los pies) se pensó que se trataba de una secta satánica. Nada de eso. El móvil del crimen fue el robo. Al cura lo torturaron para que dijera dónde escondía el dinero. Los asesinos fueron un tipo y su novia de 19 años, que reveló sus dotes como torturadora.     
Aquellos que consideren que los datos de la ONUDD sobre Cuba son exagerados o han sido manipulados con intenciones políticas, deberían tener presente  lo violentos que se han tornado los cubanos en las últimas décadas.
En Cuba es común que estalle una bronca por un puesto en una cola o por un pisotón en una guagua abarrotada. Y nunca se sabe cómo pueden terminar estas riñas, en que los contendientes echan mano al primer objeto contundente o punzante que tenga a mano. Pueden ser palos, piedras, cabillas, botellas, destornilladores, etc. Eso, si alguien no saca un arma blanca. Como los machetes y navajas que sí aparecen invariablemente en los llamados bonches a ritmo de reguetón y otras fiestas públicas, donde las riñas, casi siempre entre adolescentes y jóvenes, borrachos o drogados, con saldos de varios heridos y muertos, se han hecho rutinarias.
También los asaltos, los robos con violencia, los ajustes de cuentas, los choques de pandillas, las deudas de dinero que se cobran con sangre; las peleas entre borrachos,  que son la mayoría de la población, al menos los fines de semana; los hechos de violencia  en las cárceles, donde muchas veces los carceleros son peores que los peores de los presos comunes.
Y los crímenes pasionales. Cada vez hay más.  Y la violencia  doméstica, de tan cotidiana, ya a nadie asusta. A pesar de los spots televisivos, las campañas de la FMC y las casas de orientación  a la familia. Pocas mujeres hacen la denuncia cuando son golpeadas por sus maridos, porque están borrachos, celosos, no le gusta la comida o porque tiene ganas de templar y ella no quiere. Generalmente, los policías, si el asunto no es de mucha envergadura, por aquello tan arraigado en Cuba de que “entre marido y mujer nadie se debe meter” les aconseja que resuelvan el problema entre ellos, que la PNR tiene otros asuntos que atender…Podemos suponer que  recoger los muertos luego de una bronca en un bonche, proteger a los turistas extranjeros de los arrebatadores de bolsos y carteras, extorsionar a las jineteras o ayudar a la Seguridad del Estado a reprimir a los disidentes.  
Tal vez a muchos les sirva de consuelo el hecho de que en el continente americano haya otros países con tasas de homicidio mucho más altas que la de Cuba: Jamaica (40,9), El Salvador (69,2), Honduras (91,6), Colombia (31,4), o la bolivariana Venezuela (45,1). Es un pobre consuelo. Que Cuba no sea de los países con más alta tasa de asesinatos en  América Latina (la segunda región del mundo en cuanto a homicidios intencionales) no significa que la violencia en la sociedad cubana no sea un fenómeno cada vez más alarmante. Y lo peor:  que las causas que motivan la violencia se agravan a diario.    
 luicino2012@gmail.com