Un réquiem por Juan Carlos, Luis Cino


Me he enterado por una nota informativa  de la colega Dania Virgen García de la muerte en un intento de salida ilegal del país  de mi amigo Juan Carlos Peña Naranjo.
Con otros tres hombres –imagino que también de Lawton, tan desesperados como él- armaron una embarcación rústica con la que pretendían llegar a las costas norteamericanas. Cuando iban a embarcarse por la playa de Boca Ciega, aparecieron otros cuatro tipos que no conocían, más desesperados que ellos, que venían armados con cuchillos y machetes, con los que los amenazaron y les advirtieron que si no los llevaban en la embarcación, no se iba nadie. Cuando se alejaron de la costa, los maleantes los tiraron al mar. Tres lograron nadar hasta la orilla. Juan Carlos se ahogó.    
La nota no deja lugar a dudas; por si no bastaran el nombre y los dos apellidos, da también la dirección donde vivía: San Francisco número 360 entre Porvenir y Octava, en Lawton.  Una cuartería que quedaba a unos 700 metros por la misma calle, de la casa donde viví hasta hace 15 años.  
Juan Carlos vivía  en el primer cuarto  a mano izquierda, según se entraba por el oscuro pasillo. Era una habitación con barbacoa, donde vivía con sus padres, sus hermanas y sus sobrinos.
¿Qué puedo decir? Aunque doloroso, no me asombra el trágico final de Juan Carlos. Se veía venir. Tal vez la muerte significó un alivio para él.
“Brother, ya no doy más”, me dijo  la última vez que lo vi, hace menos de un año. Arreglaba zapatos en el estrechísimo portal de una casa en Porvenir. Igual que 15 años atrás, cosía   suelas de zapatos despegados. Por cada par cobraba 5 ó 10 pesos, en dependencia de la magnitud de la costura.  Se quejaba de que se tenía que esconder de los inspectores, porque con lo que ganaba no le alcanzaba para pagar impuestos.
Muchas veces el dinero no le alcanzaba para viajar hasta el poblado en Matanzas donde vivía su hijo. Su matrimonio naufragó, como tantos otros, por la falta de dinero y de una vivienda que no tuviese que ser compartida con una multitud de parientes.   
Allá por 1997, trabajamos juntos en Viales, en el bacheo. Ni a él ni a mí, por problemas ideológicos, nos daban  otro trabajo  que no fuese en la construcción. Y siempre de los más duros y peor pagados.   
Bajo un sol de penitencia, arreglábamos baches y regábamos asfalto por las calles de La Víbora, Lawton, Santos Suárez o Luyanó.
Juan Carlos era muy flaco y de aspecto enfermizo, pero todos  los que trabajábamos con él coincidíamos en que “trabajaba como un mulo”.
Lo veo y me veo en aquella época. A nosotros y a todos los que trabajábamos en el bacheo. La piel de color terroso, la derrota y la desesperanza en los ojos, las palabrotas siempre en la punta de la lengua. Sentados en el piso, a la sombra de un álamo, en espera de la llegada de los camiones con el asfalto para salir a trabajar.
Mientras los demás se caían a mentiras, se jugaban a las cartas lo que tuviesen en el bolsillo o bebían alcohol sin que los viera el jefe de brigada, nosotros dos, y Juan Luján –cuál de los tres más flaco- hablábamos y fumábamos como unos condenados. L a conversación casi siempre tomaba un mismo rumbo, cuando Juan Carlos decía: Caballeros, vamos a hablar mal de “esto”.    
Juan Carlos  había sido Testigo de Jehová. Pero en aquella época ya ni lo era ni había dejado de serlo: solo creía en Jehová de los Ejércitos, y esperaba que todos los disidentes se comportaran como guerreros del Antiguo Testamento.
A Juan Carlos no  le perdonaban que hubiese sido Testigo de Jehová. Y él nunca hizo el menor intento de hacerse perdonar. No ocultaba su desafección al sistema y el profundo rechazo que le inspiraba “esta gente”.
No dudó un segundo cuando le pedí su firma para solicitar la legalización del Movimiento Cristiano Liberación.  
Juan Carlos se integraría más tarde al MCL. Lo recuerdo en la recogida de firmas para el Proyecto Varela, allá por el año 2001. Luego se unió a otro grupo opositor,  no recuerdo a cuál, del que también se desilusionó.  
Cuando me comentó su desilusión, no logré convencerle de que no tenía por qué esperar que los disidentes fuéramos seres especiales, libres de los vicios del sistema  del que en definitiva éramos producto, pero que con todo y eso,  era mejor quedarse aquí, con los de uno, a enfrentar la dictadura y construir un país mejor, a como se pudiese, que mendigar una visa  en el departamento de refugiados de la SINA para convertirse en un exiliado.
A Juan Carlos nunca le dieron la visa de refugiado.  Y él estaba cansado de la vida sin esperanzas que llevaba. Por eso se echó al mar y terminó ahogado. Que es casi lo mismo, o mejor, que morirse de rabia o de tristeza en su casa, que no era suya, porque era un cuarto con barbacoa que tenía que compartir con cinco parientes más.
¡Y que no se le ocurra a alguien seguir la rima oficial y decir que Juan Carlos  murió cuando intentaba emigrar por motivos económicos, para nada políticos! Sépanlo bien: Juan Carlos Peña, por mucha pobreza que tuviese y muy desesperado que estuviera por irse, era  un opositor al régimen. Lo fue desde que tuvo uso de razón. Solo que para vergüenza nuestra, no supimos retenerlo aquí, en la oposición. Se defraudó, se dio por vencido.  Y ahora es otro cubano más que muere en el mar, tratando de escapar. Y lo peor es que no será el último.
 luicino2012@gmail.com     
(Publicado en Primavera Digital)   

 

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