Polo Montañes, Luis Cino


En Cuba abundan los mitos más de lo aconsejable. En cambio, resultan muy inusuales los cuentos de hadas. Especialmente de uno con el Período Especial como telón de fondo. Eso fue exactamente la vida de Polo Montañés.
Un empresario musical extranjero  tocó a Polo con la varita mágica y lo trasladó de las lomas pinareñas a París. De los bueyes, el azadón y el carbón a la fama internacional.
A diferencia de los ancianos músicos del Buena Vista Social Club, unos veteranos que fueron rescatados del olvido y la pobreza por Ry Cooder, Polo Montañes no era veterano de otra cosa que no fuera el trabajo en el campo. El talento se le dio silvestre, otorgado por Dios, con olor a hierba y a tierra removida.
La familia, los amigos y los vecinos fueron los primeros en escucharle las canciones que años después serían éxitos.
Polo Montañés llegó en la más desacostumbrada de las apariencias. No era joven y esbelto, sino miope, pasado de peso y  aparentaba más edad que los cuarenta y tantos que tenía.
En un país machista, donde todos los hombres presumen de ligones, se atrevió a confesar en la más popular de sus canciones: “en el amor soy un idiota que he sufrido mil derrotas”. En el cancionero cubano, “Un millón de estrellas” es la apoteosis del antihéroe galante.
Las canciones de Polo Montañés con su poesía ingenua en vez de rebuscamientos y pretensiones filosóficas, fueron un soplo de frescura y sinceridad en la música cubana,  saturada de cantautores que posaban de profundos  y de salseros chabacanos.
Polo se ganó a  los cubanos con su sencillez. Nunca dejó de ser un guajiro de Las Terrazas que cantaba. No hubo que perdonarle agravios ni poses antipáticas. Se convirtió en un héroe popular sin que lo orientara el Partido Único. Once años después de su muerte, sigue aferrado a la memoria de los cubanos como la más tenaz de las enredaderas de nuestros campos.
Su carrera de éxitos duró poco más de dos años. La fatalidad lo acechó en la Autopista Nacional una fría noche de noviembre de 2002.   Su agonía duro hasta el 26.  En las afueras del hospital “Carlos J. Finlay”, de Marianao, decenas de personas oraron y encendieron velas a Santa Bárbara por la vida del cantante hasta que anunciaron su muerte. No fueron los únicos cubanos que oraron por Polo en aquellos días.  
La buena noticia para todos los que amamos su música es que en el cielo hay un sitio reservado para la gente buena que con su canto ayudaron a su pueblo a olvidar las penas en tiempos difíciles. Desde allá, Polo Montañés canta y brinda por nosotros con ron peleón.
luicino2012 gmail.com

 

Un réquiem por Juan Carlos, Luis Cino


Me he enterado por una nota informativa  de la colega Dania Virgen García de la muerte en un intento de salida ilegal del país  de mi amigo Juan Carlos Peña Naranjo.
Con otros tres hombres –imagino que también de Lawton, tan desesperados como él- armaron una embarcación rústica con la que pretendían llegar a las costas norteamericanas. Cuando iban a embarcarse por la playa de Boca Ciega, aparecieron otros cuatro tipos que no conocían, más desesperados que ellos, que venían armados con cuchillos y machetes, con los que los amenazaron y les advirtieron que si no los llevaban en la embarcación, no se iba nadie. Cuando se alejaron de la costa, los maleantes los tiraron al mar. Tres lograron nadar hasta la orilla. Juan Carlos se ahogó.    
La nota no deja lugar a dudas; por si no bastaran el nombre y los dos apellidos, da también la dirección donde vivía: San Francisco número 360 entre Porvenir y Octava, en Lawton.  Una cuartería que quedaba a unos 700 metros por la misma calle, de la casa donde viví hasta hace 15 años.  
Juan Carlos vivía  en el primer cuarto  a mano izquierda, según se entraba por el oscuro pasillo. Era una habitación con barbacoa, donde vivía con sus padres, sus hermanas y sus sobrinos.
¿Qué puedo decir? Aunque doloroso, no me asombra el trágico final de Juan Carlos. Se veía venir. Tal vez la muerte significó un alivio para él.
“Brother, ya no doy más”, me dijo  la última vez que lo vi, hace menos de un año. Arreglaba zapatos en el estrechísimo portal de una casa en Porvenir. Igual que 15 años atrás, cosía   suelas de zapatos despegados. Por cada par cobraba 5 ó 10 pesos, en dependencia de la magnitud de la costura.  Se quejaba de que se tenía que esconder de los inspectores, porque con lo que ganaba no le alcanzaba para pagar impuestos.
Muchas veces el dinero no le alcanzaba para viajar hasta el poblado en Matanzas donde vivía su hijo. Su matrimonio naufragó, como tantos otros, por la falta de dinero y de una vivienda que no tuviese que ser compartida con una multitud de parientes.   
Allá por 1997, trabajamos juntos en Viales, en el bacheo. Ni a él ni a mí, por problemas ideológicos, nos daban  otro trabajo  que no fuese en la construcción. Y siempre de los más duros y peor pagados.   
Bajo un sol de penitencia, arreglábamos baches y regábamos asfalto por las calles de La Víbora, Lawton, Santos Suárez o Luyanó.
Juan Carlos era muy flaco y de aspecto enfermizo, pero todos  los que trabajábamos con él coincidíamos en que “trabajaba como un mulo”.
Lo veo y me veo en aquella época. A nosotros y a todos los que trabajábamos en el bacheo. La piel de color terroso, la derrota y la desesperanza en los ojos, las palabrotas siempre en la punta de la lengua. Sentados en el piso, a la sombra de un álamo, en espera de la llegada de los camiones con el asfalto para salir a trabajar.
Mientras los demás se caían a mentiras, se jugaban a las cartas lo que tuviesen en el bolsillo o bebían alcohol sin que los viera el jefe de brigada, nosotros dos, y Juan Luján –cuál de los tres más flaco- hablábamos y fumábamos como unos condenados. L a conversación casi siempre tomaba un mismo rumbo, cuando Juan Carlos decía: Caballeros, vamos a hablar mal de “esto”.    
Juan Carlos  había sido Testigo de Jehová. Pero en aquella época ya ni lo era ni había dejado de serlo: solo creía en Jehová de los Ejércitos, y esperaba que todos los disidentes se comportaran como guerreros del Antiguo Testamento.
A Juan Carlos no  le perdonaban que hubiese sido Testigo de Jehová. Y él nunca hizo el menor intento de hacerse perdonar. No ocultaba su desafección al sistema y el profundo rechazo que le inspiraba “esta gente”.
No dudó un segundo cuando le pedí su firma para solicitar la legalización del Movimiento Cristiano Liberación.  
Juan Carlos se integraría más tarde al MCL. Lo recuerdo en la recogida de firmas para el Proyecto Varela, allá por el año 2001. Luego se unió a otro grupo opositor,  no recuerdo a cuál, del que también se desilusionó.  
Cuando me comentó su desilusión, no logré convencerle de que no tenía por qué esperar que los disidentes fuéramos seres especiales, libres de los vicios del sistema  del que en definitiva éramos producto, pero que con todo y eso,  era mejor quedarse aquí, con los de uno, a enfrentar la dictadura y construir un país mejor, a como se pudiese, que mendigar una visa  en el departamento de refugiados de la SINA para convertirse en un exiliado.
A Juan Carlos nunca le dieron la visa de refugiado.  Y él estaba cansado de la vida sin esperanzas que llevaba. Por eso se echó al mar y terminó ahogado. Que es casi lo mismo, o mejor, que morirse de rabia o de tristeza en su casa, que no era suya, porque era un cuarto con barbacoa que tenía que compartir con cinco parientes más.
¡Y que no se le ocurra a alguien seguir la rima oficial y decir que Juan Carlos  murió cuando intentaba emigrar por motivos económicos, para nada políticos! Sépanlo bien: Juan Carlos Peña, por mucha pobreza que tuviese y muy desesperado que estuviera por irse, era  un opositor al régimen. Lo fue desde que tuvo uso de razón. Solo que para vergüenza nuestra, no supimos retenerlo aquí, en la oposición. Se defraudó, se dio por vencido.  Y ahora es otro cubano más que muere en el mar, tratando de escapar. Y lo peor es que no será el último.
 luicino2012@gmail.com     
(Publicado en Primavera Digital)   

 

Lou Reed, Luis Cino


Ha muerto Lou Reed, uno de los grandes poetas rebeldes del rock. No se me ocurre un mejor modo de agradecerle canciones como Walk on the wild side y Perfect day que reproducir este texto que escribió mi amigo Charlie Bravo. Mi sintonía es total. Solo discrepamos –como siempre- en cuanto a The Beatles. Pero se trata  de Lou Reed. Y eso es harina de otro costal.
luicino2012@gmail.com
Un viaje por el lado salvaje del New York de Warhol
Lou Reed finalmente ha dado el portazo. Se ha ido tal como vino. Nadie sabe exactamente cómo y a él le da exactamente lo mismo lo que usted piense. El caso es que ya se ha ido, después de 71 años de incomprensión.
La primera vez que escuché a Lou Reed y Velvet Underground fue precisamente por la incomprensión. En una noche de La Habana –tan semejantes en oscuridad y humedad a las de los callejones de Brooklyn donde creció Lou Reed- le entregué a un tipo un disco que detestaba, Please please me, que me parecía música de caballitos y no sé cómo había llegado a mis manos, para recibir, dentro de una portada de la orquesta Revé el Dark side of the moon de Pink Floyd. Al abrir la portada para ver que no me dieran gato por liebre, encontré no solo el Dark side of the moon sino también el Velvet Underground & Nico, en el cual John Cale –nada que ver con JJ Cale- y Lou Reed compartían los deberes de vocalistas con Nico, una misteriosa cantante, actriz y modelo alemana recién llegada a New York y que era una de las musas del brujo del arte, Andy Warhol. Nico tenía una belleza impresionante, para mi adolescencia, en esas fotos de un periódico que una vez vi. No sabía en aquel entonces que ese disco tenía en la portada, diseñada por Warhol, un plátano bastante fálico…
La voz de Nico me interesó muchísimo. Creo que ese fue el día en que me di cuenta que mis gustos musicales iban a contracorriente de los de la mayoría. Menos mal. El tipo me dijo que “eso” no había quien se lo disparara, que me lo daba de contra, como se daba la sal en las bodegas de antaño.
Muchos años después, viviendo en New York, iba de vez en cuando al CBGB, el famoso club donde radicaban los mejores del punk y donde vi a Mark Ramone alguna vez, a Blondie otras, y donde cambié una sonrisa a lo lejos con Joan Jett. Allí vi una vez a Lou Reed, que con una voz gangosa y un cigarrillo entre los dientes, espetó una versión casi hablada de Take a walk on the wild side, acompañándose con una guitarra acústica destartalada.
El mundo tuvo sentido de nuevo. En las mañanas iba a una oficina donde tenía que ver con el arte, donde veía a diario los cuadros de Warhol en un ambiente que Lou Reed hubiera detestado, tan anestésico y con tantas corbatas de diseñador. En las tardes tomaba el café con mujeres que colgaban esos cuadros de Warhol en su casa y que comentaban nostálgicamente sus conquistas sexuales en el mundo de terciopelo del Studio 54. Sí, el terciopelo de las orgías del New York de los años previos al SIDA.
A una de ellas le pregunté con más confianza si conocía a Lou Reed. “Lou es un misterio”, me contestó, “uñas pintadas de negro, labios negros, delgadez extrema, drogas duras, ojos maquillados con maybelline y pelo erizado. Nunca lo besé”.
Creo que ahí comenzó mi amistad –la única- con una clienta de la oficina. Ella había sido una musa menor de The Factory, la fábrica de arte de Andy Warhol, donde el exceso reinaba, donde no era ni noche ni día nunca y donde Lou Reed bebía en un rincón mientras el sexo y el terciopelo se arremolinaban en cada piso del edificio.
Lou Reed era algo diferente. Eric Clapton interpretaba Cocaine, pero Lou Reed interpretaba Heroin y se disparaba una inyección en vena delante de su  público. Y claro, luego se reía de la prensa diciendo que no sabían dónde comenzaba el teatro y dónde terminaba la vida real.
Tan duro pisaba Reed en los escenarios, cuando marcaba el ritmo con sus botas de combate, que los invasores británicos no se querían dar por enterados. Lennon ni se atrevía a cruzar por las mismas aceras que pisaba Reed, no fuera a ser que le metiera un soplamocos y le hiciera volar las gafas hasta la otra acera. Y Bowie y Jagger meneaban sus culos envueltos en lamé dorado en el Studio 54, sin atreverse a cruzar palabra con el desmelenado Reed, que andaba vestido de cuero, con chapillas y púas por todas partes.
Era la herencia de los electroshocks sufridos en su adolescencia, cuando sus padres intentaron por este medio reducir sus tendencias homosexuales, en algo que parecía más apropiado para las UMAP o para un campo de concentración nazi que para el New York de los años 50.
Cuando Bowie y Jagger se sintieron más a gusto en el ámbito de Warhol, cuando oficiaba como brujo del diseño para ellos, entonces Reed no quería saber nada de nadie. Su interés era sentarse en una banqueta de bar, con una guitarra y lanzar al aire su poesía improvisada.
Bowie, fascinado, decidió producirle un disco, el Transformer, donde está su más famosa canción, Walk on the wild side, pero luego cometió el error durante una cena de decirle que no podía ser tan extremista en su imagen, que tenía que cambiar su proyección escénica. La respuesta de Reed fue extrema: una golpiza, embarrar a Bowie de pies a cabeza con la comida y propinarle una pateadura antológica. Más tarde se reconciliaron, como era de esperar.
De Julia escuché siempre muchas anécdotas sobre el ambiente Warhol. Pero de todos los músicos que por allí pasaron, el más incomprendido, el más cool, el más dandy fue nada más y nada menos que Lou Reed, quien único se atrevía, en la misma parrafada, a lanzar un discurso antisemita y a declararse orgullosamente judío.
Sus guitarras no eran el producto de una corporación, sino del luthier Carl Thompson, que produjo diseños interesantísimos a partir de los requerimientos del propio Reed, que iban desde qué maderas se debían utilizar hasta el color particular de cada parte de cada guitarra.  No solo componía las canciones: Lou Reed componía también sus instrumentos.
Reed influyó a muchos. Era una misteriosa figura de culto a la cual todos imitaban. Bono, por ejemplo, dice que todas las canciones de U2 son copias de las canciones de Reed, a lo cual respondo: ¡Ya tú quisieras, Bono!
Para mí, Lou Reed está en el mismo nivel que Keith Richards y Tom Waits, alguien que es lo más cool de lo cool, lo más duro de los duros y lo más indiferente de los indiferentes. Si te gusta su música, bien. Si no, también.
Reed escribió mucho, llegó más lejos como influencia del rock y el punk que como artista comercialmente aceptado por el mainstream. De haber sido aceptado, estoy seguro que se hubiese suicidado. Era un artista de artistas, de puro culto.
Uno de sus últimos trabajos es el álbum Lulu, con Metallica, donde exploran el mundo de los cabarets de la preguerra en un Berlín atenazado por el nazismo. La reacción de los fanáticos de Metallica fue una orden de búsqueda, captura y asesinato para Lou Reed, la cual se pasó por los cojones.
Las audiencias fueron cambiando para Reed. Ya no eran los transgresores que él quería, y de ahí que siempre usara gafas oscuras en sus actuaciones para no ver al público por el cual sentía –en sus palabras- un profundo asco. Ya no debe sentirlo. Debe estar corrompiendo a los ángeles de los coros celestiales. Bien que le viene, digo yo.
Charlie Bravo, Washington, octubre 30- 2013.