Allende, Luis Cino

Este 11 de septiembre, al cumplirse los 40 años del sangriento  golpe militar  que derrocó al gobierno de la Unidad Popular, se me antoja honrar a Salvador Allende.    

Ustedes pueden extrañarse de que un disidente cubano honre a un marxista.  Tengo varios motivos para ello. Primero que todo, porque como decía Martí, “honrar, honra”. Más aún si se trata de alguien que no es afín ideológicamente con uno.

Además, hace muchos años, tuve amistad con varios chilenos exiliados en Cuba con los que pienso no siempre fui lo suficientemente comprensivo. En mi descargo, solo puedo decir que era muy joven e inmaduro, que aun no sabía dosificar la franqueza para que no doliera, y menos si nuestras conversaciones eran casi siempre con aguardiente Coronilla de por medio.

Es sabido que los chilenos, aunque no tanto como los argentinos, suelen ser bastante raros.  Tampoco ellos fueron comprensivos conmigo, tan deslumbrados como estaban con la revolución cubana. Estoy seguro que a estas alturas, hace mucho que ya saben lo que no entendían entonces: que la revolución había dejado de serlo hacía tiempo, que se trataba de otra dictadura más, que todo lo demás era retórica hueca, pura engañifa para ilusos. En resumen, una mierda.  

También quiero honrar a Allende porque fue otra víctima más de Fidel Castro. Otra pieza sacrificada en el tablero de sus jugadas  en las que nunca podía salir perdedor, costase lo que costase.

Desde los comienzos del gobierno de la Unidad Popular, Fidel Castro quiso influir para que las cosas en Chile se hicieran a su manera.

Fidel Castro visitó Chile a fines de 1971. La visita duró más de 20 días. Si su propósito no era poner malo aquello, que baje Lenin y lo diga.  Recorrió el país de punta a punta. Pronunció discursos incendiarios y opinó profusa e imprudentemente acerca de todo. Lo peor fue que aconsejara a Allende radicalizar el proceso y  formar  milicias obreras “para mantener la adhesión de los vacilantes e  imponer condiciones”. La visita, que pareció interminable, fue el catalizador de la crisis.

Si bien el objetivo declarado de Allende era instaurar el socialismo en Chile, no era el socialismo estalinista que prefería Fidel Castro ni por medio de la lucha armada que él preconizaba, sino a través de las urnas, un socialismo democrático, con pluralismo político y respeto absoluto a los derechos humanos.

Claramente, aquello resultaba quijotesco en un país autoritario y duro, donde los privilegiados no estaban dispuestos a ceder un ápice y donde en siglo y medio se habían ejecutado 21 golpes militares (el número 22 sería el dirigido por el general Augusto Pinochet).

Pero, ¡qué carajo! No puedo evitar admirar a los soñadores, del signo que sean, y más si son consecuentes con sus sueños, siempre que lo hagan a costa de sus propias vidas, y no de las vidas de los demás, sin contar con su consentimiento, como ciertos tipejos que yo me sé y todos ustedes también.

La presidencia de Allende fue dramática y llena de dilemas de principio a fin. Contra él conspiraban a la derecha y también a la izquierda. Tanto en los barrios obreros como en las casonas del barrio alto. En la embajada norteamericana como en la cubana. Que tan incómodo resultaba Allende para Nixon y Kissinger como para Fidel Castro y “Barba Roja” Piñeiro.

 Según una insistente versión nunca confirmada, Allende fue ultimado de un rafagazo por el cubano Patricio de La Guardia para impedir que cayera prisionero de los golpistas. Tal vez nunca se sepa  la verdad de lo que ocurrió en el Palacio La Moneda.  De cualquier modo, es  poco probable que Allende se hubiese  rendido.  No era su estilo rendirse. Recordemos que durante 18 años participó en 4 elecciones presidenciales consecutivas, y no cejó hasta que resultó electo en los comicios del 4 de septiembre de 1970.

Y por favor, que conste, por lo anteriormente dicho, no quiero que ni por asomo imaginen que admiro la tenacidad de ese bribón irresponsable, chanchullero y perretoso que es Andrés Manuel López Obrador que afortunadamente para los mexicanos en varias ocasiones, por estrecho margen, no ha sido electo presidente de México.   
       
A propósito, hoy, viendo a  los líderes de la izquierda platanera que llaman socialismo del siglo XXI, charlatanes, demagogos, mediocres politiqueros, payasos aspirantes a dictadores, uno nota  el contraste con Salvador Allende, un hombre honesto y valiente hasta las últimas consecuencias, que antes que marxista, era sobre todo y a pesar de eso, decente.

Espero que coincidan conmigo en que esas cualidades hace mucho rato que no abundan en los políticos latinoamericanos.       
luicino2012@gmail.com  

 

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