FARC: lo que quieren que la miren, Luis Cino


En medio de los habituales desacuerdos y la insatisfacción de las partes, concluyó en La Habana otro ciclo de las conversaciones entre el gobierno colombiano y las FARC-EP.
Pronto se iniciará un nuevo ciclo y volveremos a ver en la TV las imágenes que  por repetidas, aburren de la llegada de las dos delegaciones al Palacio de las Convenciones.
La del gobierno, mínima, siempre apurada y sobria, sin declaraciones, solo el breve saludo con la mano a los periodistas del jefe de la delegación, el ex-vicepresidente Humberto La Calle.
En cambio, la delegación guerrillera, numerosa, patibularia, no pierde ocasión de hablar ante la prensa hasta por los codos, siempre con la más espesa retórica, sea Iván Márquez, Pablo Catatumbo o algún otro. Sea cuál sea el cabecilla guerrillero que hable para servir de portavoz de la delegación, lo hace siempre bajo el escrutinio torvo de Jesús Santrich, parado a su lado, con sus gafas oscuras de ciego y chal palestino al cuello en franco desafío a la canícula habanera, encorvado,   apoyado en su bastón, con cara de pocos amigos, talante de matón, siniestro como personaje de comic. Santrich parece  en total sintonía con el camarada Timochenko, allá en la selva colombiana, y sempiterna comunión espiritual con el camarada  “Tiro Fijo” Marulanda, ardiente en el infierno.      
 La paz  que no van a conseguir, al menos, no de esa manera,  parece ser lo que menos les importa a las FARC. En las conversaciones de La Habana (escogieron muy a favor suyo el lugar) lo que buscan es hablar, hacerse escuchar, hacerse propaganda,  lavar su mala imagen de terroristas, secuestradores y narco-guerrilleros,  hacer quedar como los malos de la película al gobierno colombiano y particularmente al presidente Juan Manuel Santos… y ganar tiempo.
Las FARC han intentado convertir en un circo mediático las conversaciones de paz. Se  oponen sistemáticamente a cada propuesta del gobierno, pero pretender convocar a La Habana a senadores colombianos y víctimas de sus secuestros. Hasta admiten con regateos sus culpas de sangre y favorecen la creación una Comisión de la Verdad. Conociéndolos, cuesta dudar de sus buenas intenciones. Pero no hay duda de que han tenido éxito en algo muy importante para ellos: el reconocimiento de su beligerancia con todas las de la ley.
El comportamiento de las FARC-EP en estas conversaciones recuerda el de aquella pizpireta de una canción del salsero venezolano Oscar de León en los tiempos en que puso a bailar a los cubanos luego del luto por el papelazo de Granada: como aquella mujer, lo que quiere es que la miren.   
Es comprensible que las FARC estén ansiosas por hacerse escuchar. Durante varias décadas, su lucha fue casi muda. El silencio que los ha envuelto data de la  guerra civil entre liberales y conservadores, que se prolongó desde 1948 hasta finales de los 50. Los remanentes de las bandas campesinas, que fueron abandonadas a su suerte  por los líderes liberales desde mucho antes de la especie de pacto bipartidista que fue el Frente Nacional, lo que excluyó a los alzados de los asuntos del país, dieron lugar a la guerrilla más antigua del continente, tan vieja o casi más que la revolución de Fidel Castro.      
Las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) son un ejército guerrillero integrado por más de 18 000 combatientes, bien armados, repartidos en 60 frentes. Es el mayor y más antiguo de los dos movimientos guerrilleros izquierdistas colombianos. El otro, con el que mantiene profundas discrepancias, es el Ejército de Liberación Nacional (ELN), con unos 5 000 combatientes, fundado en 1964, y más afín  al castrismo-guevarismo que las FARC, cuya ideología es bastante difusa. Ninguna de las dos guerrillas ha conseguido ganar el apoyo popular, sino más bien el repudio a sus métodos criminales.   
En el sustrato de la guerrilla colombiana están no solo  las agudas desigualdades de la excluyente y autoritaria  sociedad colombiana, sino también la incomprensión y el desdén de las élites políticas por la mentalidad campesina de la inmensa mayoría de los guerrilleros.
Recordemos que durante las conversaciones del Caguán,  los negociadores del gobierno se quejaban de los modales de los guerrilleros, que apestaban y comían con las manos.
En aquellas conversaciones, el presidente Andrés Pastrana, que viajó a la selva reunirse con Marulanda, siempre desconfiado, avieso y con la toalla al hombro, mantuvo una actitud paternalista que resultó errada. Creyó haberse ganado la confianza de Manuel Marulanda y haber conseguido de él un compromiso de palabra a costa de desmilitarizar y dejar a la guerrilla un territorio casi del tamaño de Suiza. Creyó que un campesino como Tiro Fijo era incapaz de incumplir su palabra. Se equivocó: no tuvo en cuenta el resentimiento largamente acumulado de Marulanda, que fue incapaz de sobreponerse a lo que consideró la arrogancia y el egoísmo de los citadinos.   
Admito que soy muy pesimista acerca de la posibilidad que estas conversaciones de La Habana conduzcan a la paz en Colombia. Se han acumulado demasiados problemas y dudo que el presidente Santos pueda lidiar con ellos. Lo demostró con la forma de enfrentar las protestas en el Catatumbo y el paro nacional campesino. Haya estado  o no detrás de las protestas la mano de la guerrilla, poco faltó para que le diera el gustazo de tener que negociar el pacto agrario con las FARC en La Habana.
En Colombia todo conspira contra la paz: el narcotráfico y la militarización de la lucha en su contra;  los problemas del campo, la criminalización de la protesta social; la reforma política de 1991 que resultó insuficiente, porque lejos de aumentar el pluralismo y la inclusión, favoreció la fragmentación casi anárquica y la ingobernabilidad democráticamente entendida; la corrupción y las conexiones de los políticos con el crimen organizado; la falta de compromiso del estado colombiano en la protección de los derechos humanos.
La solución definitiva de esos problemas, romper el círculo vicioso, no parece ser prioridad para ninguna de las partes en las conversaciones que tienen lugar en La Habana.  Desgraciadamente, priman otros intereses. Mientras el gobierno y la guerrilla no demuestren lo contrario, hay todos los motivos para el aburrimiento, y lo que es peor, el pesimismo.
 luicino2012@gmail.com
(Publicado en Primavera Digital)

 

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Con Silvio, todo es posible, Luis Cino

 

Confieso que después del episodio del Chong Chon Gang, cada vez me cuesta más imaginar siquiera qué puede haber  detrás de cada uno de los asombrosos hechos del  raulismo.

 Si en el hecho está implicado el cantautor Silvio Rodríguez, todo se hace más enrevesado.

El padre fundador de la Nueva Trova acaba de anunciar en su blog Penúltima Cita  que ha invitado nada menos que al pianista Robertico Carcasés y al grupo Interactivo para que sean los teloneros en el concierto que hará el 20 de septiembre en Santiago de las Vegas.

La invitación se produce cuando aun no se ha acabado el revuelo por el desliz –diz que producto de un arrebato alcohólico o de otro tipo- cometido por Robertico Carcasés  la noche del 12 de septiembre en el Protestódromo, cuando además de reclamar la libertad de los cuatro agentes presos en los Estados Unidos, se desordenó en el montuno y la improvisación, no se pudo contener y reclamó, con la lengua enredada, libertad para todos los cubanos.

¡Vaya, que se le fue la catalina a Robertico! ¡Todavía si lo hubiese hecho  Francis del Río, que dice ser sincero como el sol y tiene fama, entre otras cosas, de ser un loco de la mata de coco!

¿Robertico se creyó de verdad que Cuba cambia con el raulismo, que el chicharrón es carne y la suegra de la familia? ¿Fue tanto el arrebato que olvidó los viajecitos  que tiene en juego? ¿O lo hizo precisamente, para que no digan, con la mira puesta en el próximo viajecito a Miami?

En verdad fue un raro concierto ese del Protestódromo, con tanta cinta amarilla para reclamar la libertad de los cuatro (que ya no son cinco). Fue tanta la borrachera y el despelote con la pachanga timbera y reguetonera, que no se sabía  qué coño se celebraba, si el desmantelamiento de la Red Avispa, el día de Ochún, los atentados terroristas contra el World Trade Center, el cuartelazo que derrocó a Allende o el aplazamiento del bombardeo a Siria.

 Silvio Rodríguez, que dice  tener citas con ángeles (en vuelo y también caídos), luego que se salió de cauce la cumbancha amarillenta, debe saber lo que teje cuando acude a salvar a Robertico Carcasés, justo cuando ya sentíamos el olor  a chamusquina  del hijo de Bobby.

Entonces, se me ocurren varias preguntas.

¿Querrá Silvio que olvidemos pronto el papelazo que hizo cantando en el idioma del enemigo, junto al encanecido Amaury Pérez y un acompañamiento musical de lujo pero incoherente por la premura de los estudios Abdala, aquella añeja cancioncita de Tony Orlando de la cinta amarilla y el viejo roble?

¿Querrá Silvio poner un parche en el descosido que hizo Robertico Carcasés?  

¿Habrá sido preparado el reclamo de Robertico para dar una ecuménica imagen de cubanos de todos los pelajes  que exigían el regreso de los cuatro?

Ya que hace poco tuvo a Isaac Delgado como invitado de un concierto suyo en Santos Suárez, ¿le habrá dado a Silvio por ganar indulgencias para los músicos en desgracia con el régimen? ¿Podemos esperar que invite a Willy Chirino y canten juntos “Ya viene llegando”?

¿Planeará Silvio grabar un disco con Interactivo, raro como para que le guste a la Generación Asere, con una pizca de jazz, tango y polka, a lo Tom Waits?

Genial y oportunista como es, ¿querrá Silvio, como otras veces ha hecho,  jugar a la disidencia?           
 
Se me ocurre también preguntar, con este inesperado salve que le ha tirado a Robertico Carcasés, y teniendo en cuenta, sus giras por las cárceles, los barrios más destartalados de la capital y el tanque de agua que resolvió para los habitantes del reparto Lutgardita, si no habrá empezado ya la campaña más politiquera que política de Silvio Rodríguez. Va y hasta llega a presidente, como el haitiano Martely…

Con Silvio, todo puede ser. Y más en estos tiempos de milagros y reacomodos. ¿Acaso no se atrevió una vez  a debatir epistolarmente con  Carlos Alberto Montaner a riesgo de quedarse sin cerebro? ¿O ya se olvidaron como metió en el potaje a Obama, Elton John, el Kama Sutra, el flautista de Hammelin y los hombrecillos verdes?  

Últimamente,  de tan amplio que se ha vuelto, Silvio hasta se ha  pronunciado por quitar la letra “r” a la revolución por los muertos de la felicidad de no sé quien carajo que pusimos entre todos en diversas  circunstancias, cuál de ellas más espantosas.

Cuando percibo a Silvio en el intento de quedar bien simultáneamente  con los  angelotes retranqueros   y los demonios del cambio, siento pena por él. No puedo dejar de admirar sus canciones, aunque en honor a la verdad, no tanto como hace, digamos, 30 años.  Me convencí definitivamente que, aunque esté condenado a evocar con nostalgia su música de los años 70, nunca sería un buen bailarín de su fiesta. Ya no puedo con él y sus canciones. Faltan   frescura, cuentas claras y algo que ya no  haya dicho. O al menos, de otro modo. Pero eso es pedir demasiado. Como intentar saber qué se trae ahora Silvio entre manos.
luicino2012@gmail.com
(Publicado en Cubanet).

 

Allende, Luis Cino

Este 11 de septiembre, al cumplirse los 40 años del sangriento  golpe militar  que derrocó al gobierno de la Unidad Popular, se me antoja honrar a Salvador Allende.    

Ustedes pueden extrañarse de que un disidente cubano honre a un marxista.  Tengo varios motivos para ello. Primero que todo, porque como decía Martí, “honrar, honra”. Más aún si se trata de alguien que no es afín ideológicamente con uno.

Además, hace muchos años, tuve amistad con varios chilenos exiliados en Cuba con los que pienso no siempre fui lo suficientemente comprensivo. En mi descargo, solo puedo decir que era muy joven e inmaduro, que aun no sabía dosificar la franqueza para que no doliera, y menos si nuestras conversaciones eran casi siempre con aguardiente Coronilla de por medio.

Es sabido que los chilenos, aunque no tanto como los argentinos, suelen ser bastante raros.  Tampoco ellos fueron comprensivos conmigo, tan deslumbrados como estaban con la revolución cubana. Estoy seguro que a estas alturas, hace mucho que ya saben lo que no entendían entonces: que la revolución había dejado de serlo hacía tiempo, que se trataba de otra dictadura más, que todo lo demás era retórica hueca, pura engañifa para ilusos. En resumen, una mierda.  

También quiero honrar a Allende porque fue otra víctima más de Fidel Castro. Otra pieza sacrificada en el tablero de sus jugadas  en las que nunca podía salir perdedor, costase lo que costase.

Desde los comienzos del gobierno de la Unidad Popular, Fidel Castro quiso influir para que las cosas en Chile se hicieran a su manera.

Fidel Castro visitó Chile a fines de 1971. La visita duró más de 20 días. Si su propósito no era poner malo aquello, que baje Lenin y lo diga.  Recorrió el país de punta a punta. Pronunció discursos incendiarios y opinó profusa e imprudentemente acerca de todo. Lo peor fue que aconsejara a Allende radicalizar el proceso y  formar  milicias obreras “para mantener la adhesión de los vacilantes e  imponer condiciones”. La visita, que pareció interminable, fue el catalizador de la crisis.

Si bien el objetivo declarado de Allende era instaurar el socialismo en Chile, no era el socialismo estalinista que prefería Fidel Castro ni por medio de la lucha armada que él preconizaba, sino a través de las urnas, un socialismo democrático, con pluralismo político y respeto absoluto a los derechos humanos.

Claramente, aquello resultaba quijotesco en un país autoritario y duro, donde los privilegiados no estaban dispuestos a ceder un ápice y donde en siglo y medio se habían ejecutado 21 golpes militares (el número 22 sería el dirigido por el general Augusto Pinochet).

Pero, ¡qué carajo! No puedo evitar admirar a los soñadores, del signo que sean, y más si son consecuentes con sus sueños, siempre que lo hagan a costa de sus propias vidas, y no de las vidas de los demás, sin contar con su consentimiento, como ciertos tipejos que yo me sé y todos ustedes también.

La presidencia de Allende fue dramática y llena de dilemas de principio a fin. Contra él conspiraban a la derecha y también a la izquierda. Tanto en los barrios obreros como en las casonas del barrio alto. En la embajada norteamericana como en la cubana. Que tan incómodo resultaba Allende para Nixon y Kissinger como para Fidel Castro y “Barba Roja” Piñeiro.

 Según una insistente versión nunca confirmada, Allende fue ultimado de un rafagazo por el cubano Patricio de La Guardia para impedir que cayera prisionero de los golpistas. Tal vez nunca se sepa  la verdad de lo que ocurrió en el Palacio La Moneda.  De cualquier modo, es  poco probable que Allende se hubiese  rendido.  No era su estilo rendirse. Recordemos que durante 18 años participó en 4 elecciones presidenciales consecutivas, y no cejó hasta que resultó electo en los comicios del 4 de septiembre de 1970.

Y por favor, que conste, por lo anteriormente dicho, no quiero que ni por asomo imaginen que admiro la tenacidad de ese bribón irresponsable, chanchullero y perretoso que es Andrés Manuel López Obrador que afortunadamente para los mexicanos en varias ocasiones, por estrecho margen, no ha sido electo presidente de México.   
       
A propósito, hoy, viendo a  los líderes de la izquierda platanera que llaman socialismo del siglo XXI, charlatanes, demagogos, mediocres politiqueros, payasos aspirantes a dictadores, uno nota  el contraste con Salvador Allende, un hombre honesto y valiente hasta las últimas consecuencias, que antes que marxista, era sobre todo y a pesar de eso, decente.

Espero que coincidan conmigo en que esas cualidades hace mucho rato que no abundan en los políticos latinoamericanos.       
luicino2012@gmail.com  

 

Algunas suposiciones sobre Reinaldo Arenas en sus 70 años, Luis Cino

 

Confieso que alguna vez  dudé si la relevancia de la obra de Reinaldo Arenas se debió más al contexto en que la produjo  –una dictadura excluyente, intolerante y homofóbica hasta extremos patológicos-  o a sus  méritos literarios, que ciertamente no son pocos.  

Luego de leer  “El mundo alucinante”, me convencí de que Reinaldo Arenas, con semejante libro, de haberlo escrito unos años antes y haber logrado sacar clandestinamente  el manuscrito del país -como en definitiva tuvo que hacer a mediados de los años 70, a través de unos amigos franceses, con los esbirros de la Seguridad del Estado  pisándole los talones- perfectamente pudo haber sido uno de los autores del boom de la narrativa latinoamericana. Solo que llegó tarde.

En “El mundo alucinante”, inspirado en la vida de  Servando Teresa de Mier (1765-1827), un fraile dominico que luchó por la independencia de México, hay  derroche de imaginación, pero sobre todo, un estridente canto libertario. Particularmente, el delirante capítulo del encadenamiento del fraile en la prisión Los Toribios.

Sólo la víctima de una monstruosa maquinaria represiva que aniquila  todas las libertades podía ser capaz de hiperbolizar sus horrores y burlarse de ellos de la manera que hizo Arenas en “El mundo alucinante”. Hay que reconocer que no estaban errados los comisarios cuando consideraron que  era un libro subversivo. Si algo aprendieron los censores  fue a interpretar alegorías y rastrear alusiones, por mucho que los autores intentaran disfrazarlas.

En el caso de Reinaldo Arenas, bastante habían tenido los comisarios con las insinuaciones homoeróticas en “Celestino antes del alba” para asimilar también las andanzas de un monje enfrentado a la tiranía con cada célula de su cuerpo encadenado.             

¿Sin dictadura, persecución,  cárcel y  exilio, estaría  Reinaldo Arenas en el lugar que hoy ocupa en la literatura? Definitivamente, sí. Originalidad, técnica, emoción y universalidad, no le faltaban.

Todo artista y su arte son fruto de su tiempo y sus circunstancias; pero siempre me pregunto a qué alturas o no hubiese llegado Reinaldo Arenas de haber podido escribir –y vivir- en condiciones de normalidad.    

Cuentan los que lo conocieron, que cuando trabajaba en la Biblioteca Nacional, poco después de llegar de Holguín, leía con voracidad. ¿Se imaginan cuánto le habría aportado disponer de más tiempo y orden en sus lecturas y de alguna colegiatura? ¿O sería precisamente su autodidactismo lépero y marginal lo que le confiere ese atractivo tan particular a su obra?

Supongo que en vez de “El color del verano” y su autobiografía “Antes que anochezca”, que fue su modo de vengarse  del régimen castrista, Reinaldo Arenas pudo haber escrito, en otras circunstancias más normales,  narraciones igualmente delirantes.  Sólo que en ellas no habría redadas policiales, chivatos,   maricones que cazaban reclutas en trenes, playas y baños públicos y multitudes que se lanzan al mar para escapar de una isla-presidio. En ese caso, nos hubiésemos perdido un poderoso canto a la libertad humana que sólo pudo entonar la alucinada víctima de una dictadura.

Reinaldo Arenas fue él y sus circunstancias. No se podía esperar que su literatura fuese diferente. Así, en “Antes que anochezca”, el más delirante ajuste de cuentas del que se tenga noticias en  la literatura cubana, transporta a la ficción a los seres mitad monstruos y mitad víctima que parió el sistema, a víctimas y victimarios,  pecadores y justos que en pocos casos lo eran absolutamente (no podían serlo en medio de tanta infamia), les pone apodos, los ridiculiza, se burla de ellos y los revuelca en su propia mierda.

En el libro “Misa por un ángel”, su autor, Tomás Fernández Robaina -el Tomasito La Goyesca de “Antes que anochezca”-  parece preguntarse  para qué se fue su amigo Reinaldo a Miami y New York, donde le fue tan mal, si con unos años más de espera, hubiera visto La Habana llena de travestis, la conga del Cenesex en La Rampa y  la bandera gay en el Pabellón Cuba una vez al año.

¡Como si los únicos problemas de Reinaldo Arenas con el régimen castrista hubieran sido los relativos al culo y las portañuelas!  

¿Habría sido todo distinto  si los comisarios no hubieran censurado “El mundo alucinante” y  Reinaldo Arenas no se hubiese visto forzado a sacar  el manuscrito de contrabando? ¿Estaría Reinaldo Arenas hoy en el mundo de los vivos, en Cuba, lo habrían rehabilitado y sería Premio Nacional de Literatura?

No logro imaginar a la Tétrica Mofeta  en una mesita de la UNEAC, rodeado de comisarios  arrepentidos de dientes para afuera,  y parametrados rehabilitados, algunos con el Premio Nacional de Literatura, disimulando su “¡no puedo con esta gente!” Menos aún en alguna Feria del Libro, estrechando la mano del general Raúl Castro y diciendo con su parsimonia holguinera: “Aquí no ha pasado nada”.

De poco valen las suposiciones. La obra de Reinaldo Arenas está ahí, tal y como es.  Su espíritu  no tendrá luz, pero es libre…      
luicino2012@gmail.com
(Publicado en Cubanet)