Que no cuenten conmigo para el culebrón, Luis Cino


Por estos días me ocurren  hechos raros. Demasiados para ser casuales.  No hablo de descubrir cuando voy a ciertos lugares que tengo seguimiento, más o menos discreto. Tampoco me refiero a ciertos vecinos, famosos por su lengua larga y sus orejas bien grandes para escucharnos mejor, que no despegan los ojos de mi ventana.  Ya me he acostumbrado a todo  eso: lo asumo como parte de mi cotidianidad.
Me refiero al desagradable culebrón en que parecen me quieren convertir el día a día.
Cuando no estoy en casa, viene gente que no conozco y me dejan  extraños recados que no entiendo, de parte de personas cuyo nombre nunca he escuchado.  
Recibo anónimos y disparatados mensajes sms que  no quiero asumir como  amenazas;  me llaman por mi móvil y no responden, se ríen, emiten ruiditos guturales o me insultan. Y ni ocuparse de devolver la llamada: siempre una voz grabada  responde que ese número no existe. A propósito de mi móvil, obviamente pinchado  por la policía política, siempre que me llaman determinadas personas, se siente un ruido que apenas me deja escuchar lo que me dicen del otro lado de la barullera línea. Lo curioso es que eso pasa siempre con las llamadas de las mismas personas, que da la casualidad, son disidentes.         
Por estos días, han aparecido en mi puerta porquerías que sospecho sean lo que por acá llamamos brujería: un trapo  embarrado de sangre, un mechón de pelo atado  con una cinta roja y un trozo podrido de no sé qué animal.   
Como han visto que eso no  ha funcionado – no creo en brujerías- han tenido que recurrir a otros métodos. Hace unos días hallé entre las malanguetas del cantero, una botella de ron Corsario que estaba por la mitad. Solo que por el tufo y el color, no parecía ron, ni siquiera del malo, sino alcohol. Por si acaso, no lo probé. No creo tener admiradores tan fervientes que me coloquen  ofrendas etílicas  en la puerta.  ¿Y si era alcohol de madera? ¿Se imaginan el gustazo que  le daría a los jefazos de la Seguridad del Estado si muero de una intoxicación con  metanol, como cualquier borrachito de barrio, y así se libran  de mí sin necesidad de meterme preso?
Aunque, como todo disidente,  tampoco descarto la posibilidad de que en cuanto tengan un chance, me envíen a prisión. Solo faltaría darles  un motivo. Y me  ponen últimamente  suficientes trampas de todo tipo  como para que peque y les dé la posibilidad de meterme en chirona. Por alteración del orden, escándalo público, por feo, por lo que les dé la gana. Y nunca será, ¡mire usted qué cosa!, por razones políticas.
 En mi barrio, varias personas me han advertido últimamente, en disímiles circunstancias, venga al caso o no,  que tenga cuidado no vaya alguien a “echarme la patrulla”.  Y siempre me advierten: “recuerda que no te conviene”.   
Créanme, no quiero ponerme paranoico, y menos todavía pensar que alguien enviado por la policía política  ha inducido a personas que quiero para crearme una delicada situación familiar.   Sé con qué clase de gentuza  lidio. Sé que suelen recibir órdenes monstruosas y que no tienen escrúpulos para  cumplirlas.
 Sé de las intrigas que crea la Seguridad del Estado dentro de las familias de los opositores. Hace poco supimos de los intentos de un oficial por captar como informante al hijastro de un opositor en Holguín. Al represor no le importó que el joven padeciera trastornos mentales desde niño,  más bien se aprovechó de esa circunstancia, para encargarle que vigilara a su padrastro.
¡Ay, Snowden, tú que hablas de espionaje electrónico! ¡Y todavía hay gente que se asusta!
No me gusta recordar, pero tampoco logro olvidar, que hace unos catorce años, antes de chocar de frente conmigo por primera vez para cuestionarme  por ser periodista independiente, el oficial con nombre bíblico  que se ocupaba de vigilarme sin yo saberlo, visitaba desde hacía meses a mis dos hermanos, fidelistas hasta la médula, para convencerlos de que me harían un gran favor a mí si colaboraban con él para evitar que  “la contrarrevolución”, aprovechándose de mi resentimiento por los errores que se habían cometido conmigo,  me manipulara.  ¡Va y hasta conseguían llevarme de vuelta al redil!                
Repito, no quiero ponerme paranoico y asociar  mis actuales problemas familiares con represores y chivatos. Es mejor para todos que se queden fuera. Sepan que si me quieren convertir la vida en una telenovela bien movidita, a mí no me gustan las telenovelas. Me caen muy antipáticos los héroes de las telenovelas.  Eso, por si algunos  han  decidido que yo sea el bueno del culebrón. No tengo paciencia para esperar una tonga de capítulos. Suelo impacientarme, empingarme, correr hacia delante y embestir. Aunque me parta la cabeza. A fin de cuentas, ya se arreglará. No será la primera vez.
luicino2012@gmail.com  
 

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El carnaval de los animales, Luis Cino

 

Será que nunca he ido a los de Río de Janeiro, pero no me gustan los carnavales. Al menos, los que conozco. Supongo que los  de julio de 1970  me curaron definitivamente de la carnivalitis.

El gobierno los organizó para celebrar  la zafra de los 10 millones que no fueron, porque no podían ir, por mucho que quisiera el Comandante, ni aunque la semana laboral tuviese más de siete días –¡ay, Manzanero!-, el año más de doce meses y los macheteros más callos en las manos, por mucho que se las mearan, que un pajuso en una playa nudista.  Pero había sido mucho el esfuerzo y aunque a la postre no resultase decisivo,  antes de dedicarnos a convertir, una vez más, el revés en victoria, nos merecíamos un poco de diversión. Y los mandamases reinventaron los carnavales, o lo que ellos llamaron así.

Estuve allí, y les puedo asegurar que fueron bastante moviditos.  

 Por aquellos tiempos, una guerra de perros y gatos callejeros  enfrentaba a guapos y pepillos, a los ambientosos contra “los chicos de la onda”. Y a la policía contra todos.

Los bandos estaban bien delimitados. Los guaposos de Párraga, Mantilla y San Miguel del Padrón, con motas y flat-top, casquillos de oro y platino en los dientes, pantalones anchos y zapatos apaches. Los pepillos de La Víbora, Santos Suárez, Alta Habana  El Vedado y Miramar, con melenas y pantalones acampanados. Unos bailaban casino con Revé, y Los Van Van. Los otros se contorsionaban con el rock, al que por aquella época le habían levantado algo la prohibición, al menos en Nocturno, Radio Cordón de La Habana y Radio Liberación –aquella emisora que por el nombre parecía ser del Vietcong, jo jo Ho Chi Minh- hasta que lo volviesen a proscribir, y de qué manera, en 1971, luego del infame Congreso de Educación y Cultura que nos metiera de cabeza en el Decenio Gris, y donde por no poner rock, no ponían ni a los Fórmula V-

Las broncas entre guapos y pepillos estallaban por cualquier motivo o sin él. Las armas eran, además de los puños, ladrillos, botellas, chavetas o cinturones anchos de enormes y contundentes hebillas.

Para colmo, con los carnavales en su apogeo, se fugaron varios presos de la fortaleza de La Cabaña –que todavía era cárcel, y bien tétrica, con fusilamientos y todo- y la policía andaba como loca tras ellos, que se decía iban armados y eran peligrosos.

Aun no había cumplido los quince años, pero como siempre fui muy precoz para todo “lo malo” –al menos eso decía mi abuelita, que en gloria esté porque bien que se la ganó en esta tierra de desgracia- y andaba en “malas compañías”, que eran casi siempre mayores que yo, fui de los muchos que en aquellos carnavales revolcó por el piso y puso a dormir la mona aquel brebaje diabólico que llamaban Pancho El Bravo.

 Recuerdo también de aquellos carnavales  que tuve que correr delante de la policía, que  quería cortar las melenas y anchar las patas de los pantalones, la noche que tocaron Los Gnomos –sí, tocaron, no lo soñé, no sé cómo se las arreglaron, pero tocaron, rompieron con “baby, nananá, now I can found you I can`t let you go-  en la plazoleta que todavía no llamaban La Piragua, situada entre el Hotel Nacional y el desaguilado monumento del Maine.

Pero en aquella época, considerábamos todo aquello, si no normal, inevitable. Como los 45 días de la escuela al campo, la peste a grajo luego de apearse de una guagua o los larguísimos discursos del Comandante…   

En aquellos carnavales revolucionarios, la cosa se ponía buena de verdad cuando las bengalas alumbraban la noche, volaba por el aire la cerveza parecida al meao que minutos antes estaba en los vasos de cartón, alguien gritaba que lo habían picado y llovían las botellas, los navajazos y los cascazos que repartían los policías, con aquellos cascos blancos tan monos que usaban para la ocasión…

Y nosotros mirábamos la batea,  como se meneaba el agua en la batea, qué barbaridad, y como no podíamos parar el tren, lamentábamos que el perico estuviese llorando. ¡Cómo no iba a llorar, oh Marilú, si se lo llevaban a cortar caña para Camagüey!

¿Entienden ahora por qué detesto los simulacros de fiestas del rebaño borracho, chusma y sumiso, encerrado en un corral apestoso a orines, que llaman carnavales y que tantas veces han suspendido porque ha habido epidemia, luto, casi luto o sencillamente porque le ha dado la gana a los mandamases?   

Por estos días de fiestas carnavalescas, como  el general-presidente anuncia que nos disciplinará y adecentará, y sé cómo suelen ponerse los aseres y los policías, he evitado pasar cerca del Malecón. Para evitar problemas.

 No sé si por el rebuznar de los burros que simulan la alegría que no hay, los graznidos de las aves carroñeras  al compás de la Danza Macabra por mi nación que creo adivinar en medio del estruendo de la timba y el reguetón, estas fiestas me recuerdan el Carnaval de los Animales, de Saint-Saens, que casualmente también compuso la dichosa Danza Macabra y jodedor y sádico que era, la intercaló entre los ruiditos sinfónicos de las gallinas y los cuervos carnavaleros.

A propósito de la peste a orines, tengo que reconocer que algo positivo tienen estos carnavales. El tiempo que duran, la gente no tiene que  practicar esa fea costumbre que tanto molesta al general: mear en la calle.   No importa si los baños públicos, quiero decir, meaderos, son unas improvisadas casetas de cartón-tabla que rodean los huecos del alcantarillado, junto al muro del Malecón, para que descarguen directo al mar, que como dijo Guillén, es “ancho y democrático”. Especialmente para recibir  las inmundicias de esta ciudad. Y algún que otro suicida que se cansó de tanto júbilo popular.             
luicino2012@gmail.com