Nada nuevo bajo el sol de la finca castrista, Luis Cino


Se refería  hace unos días el general Raúl Castro, en su discurso ante la Asamblea Nacional, a los múltiples males que  azotan a la sociedad cubana.  Y uno no sabe si  preocuparse más por la existencia de los males,  en cuyo recuento   el general se quedó corto,  o por los métodos que utilizarán para ponerles coto y disciplinarnos.
¡Cualquiera se eriza cuando los mandarines verde olivo hablan de imponer orden! Y no es que no haga falta, pero no a la manera que ellos conciben el orden y la disciplina,  ni con los métodos que utilizan.  Presiento que vuelven el componte y los mayorales, las multas hasta por respirar y estar vivos,  que se duplicarán los abusos de la PNR y los desalojos que oficialmente llaman extracciones. Y todo lo demás que se les pueda ocurrir por el camino para frenar tanto desenfreno. ¿Se imaginan si les da por cortarles las manos a los ladrones, como en Arabia Saudita, la cantidad de mancos que tendremos?        
Entre otros males, hablaba el general de los fraudes académicos. El robo y venta de exámenes escolares no es un fenómeno nuevo, no se originó con el Periodo Especial. Nada de eso.  No hay  casi nada nuevo  bajo el sol de la finca castrista. Y digo casi porque hay algunas diferencias. Antes se hacía fraude para aumentar la promoción y ganar emulaciones; Ahora, se roban los exámenenes para venderlos, preferiblemente en cuc.
Ya que hablé del Varelagate,  nostálgico que soy, sucumbo a la tentación de reproducir esta crónica que escribí en marzo de 2005.   

Varela y la rueda de la historia
Iron Buterfly, Union Gap…Las extrañas inscripciones, en el idioma del enemigo, estaban en la última página de la libreta de química de Carlos. Bastaron para  que lo enviaran a la dirección de la escuela. De nada valieron sus altas calificaciones ni su cara de buena gente.
-Qué es esto de Union Gap, una organización, Carlitos? –preguntó suspicaz Varela, el director- In a gada da vida…¿Qué idioma es este, esperanto o latín? ¿Será acaso una clave? Todo es muy raro, da que pensar…
Fue peor la explicación que la duda. ¿Qué tenían que ver dos decadentes grupos musicales yanquis con la construcción del socialismo a 90 millas del imperialismo?
Los estudiantes eran la arcilla del hombre nuevo. ¿Cómo iban a derrochar de un modo estúpido y extranjerizante los materiales escolares que la revolución generosa ponía en sus manos?
-Te va a coger la rueda de la historia, Carlitos- advirtió Varela.
Carlos recibió una amonestación en el matutino, un señalamiento en el expediente y severas críticas en el análisis de grupo. Durante meses, la Unión de Jóvenes Comunistas hizo un diligente trabajo ideológico con él. Finalmente, no lo hallaron confiable para concederle el carnet rojo.
Néstor Varela Zuasnábar dirigía el Instituto Pre Universitario de la Víbora “René O. Reiné” con los poderes omnímodos que le confería la revolución para formar en sus aulas al hombre nuevo.
Dogmático e infatuado de Lenin y Marx, tomaba a pecho, como un asunto personal, la menor desviación de lo que consideraba debía ser la conducta de sus discípulos.
Era negro, flaco, usaba gruesos espejuelos de aumento y trataba de disimular que arrastraba la “r”. No se cansaba de advertir sobre la rueda de la historia a los alumnos.
Detestaba a los melenudos y los creyentes. Y pobre del muchacho que hablara flojo y no tuviera ademanes varoniles. Varela les garantizaba el infierno y el purgatorio.
Le irritaba la música pop. Lo mismo los Beatles que Juan y Junior, Jumping Jack Flash que Anduriñas. Su oído sólo toleraba sones, boleros y marchas revolucionarias.
Los 45 días de escuela al campo eran su Nirvana anual. Las hembras marchaban para Pinar del Río a trabajar en el tabaco. Varela se iba a Matanzas con los varones, a cortar caña.
En los cañaverales, con chaika siberiana, pantalón verde olivo, botas rusas y pistola Makarov al cinto, alcanzaba el estado de gracia. Como si entrara en estrecha comunión con el espíritu de su adorado camarada Stalin.
Velaba omnipresente por la estricta disciplina del campamento. Que nadie robara comida de la cocina. ¿Quién osaba decir que tenía hambre? Que nadie se fugara de noche al pueblo. Nada de desperdiciar energías.
El cumplimiento de las metas en el corte de caña era para él una cuestión de honor: 250 arrobas por cortador para acopio, 200 para normas técnicas, 250 para corte australiano en campo quemado.
Varela no entendía de ampollas en las manos, cansancios ni malestares. Los hombres no se cansan ni se rajan. Las metas se hicieron para sobrecumplirlas. “Donde nace un comunista, mueren las dificultades”, repetía.

Al terminar la jornada, el que no había llegado a la meta tenía que seguir en el campo cortando caña. Varela se quedaba en el cañaveral con los rezagados, animándolos. Cuando oscurecía,  revisaba las tongas de cañas alumbrado por un farol chino o con los focos de un tractor.
La emulación con los demás institutos preuniversitarios llevó a Varela al abismo del fraude, que según él, era impensable en un comunista.
Alguien robó unos exámenes. Todos en el Preuniversitario de La Víbora conocían las respuestas de las preguntas  más difíciles. El instituto hubiera ganado la emulación. Varela estaba detrás del robo. Lo tronaron. Las cosas nunca se llegaron a aclarar del todo. Varela tenía buenos padrinos.
Corrían los días de Watergate. Todos los de mi edad en La Víbora recuerdan el Varelagate.
De cierto modo, Varela fue profético.  A sus alumnos y a sus víctimas por carambola del vecino Instituto “Cepero Bonilla”, nos cogió la anunciada rueda de la historia. Nos trituró, nos hizo papilla. Nos cayó del cielo, inexorable, como un rayo, como el martillo a los clavos.
Aspiraciones y sueños, grandes o sencillos, pero válidos y legítimos como los que más, fueron indefinidamente aplazados, anulados en nombre de la revolución, la patria y el socialismo. Nos dijeron que eran una sola y la misma cosa. Y nada rimó.
Sin felicidad posible, hoy  la manada vaga por La Habana, Miami, México, Madrid o el mas allá. Sufre y se resiste a la resignación cansada y triste de los perdedores absolutos. Subido a la rueda, Varela también sufre el cumplimiento de las profecías.
Carlos se graduó de ingeniero en la CUJAE en 1975. Cuando llegó el Período Especial, tuvo que alquilar una de sus tres habitaciones a dos jineteras de Mayarí Arriba. Su mujer, también profesional, y él, tenían que lavar sábanas, cocinarles y llevarles cervezas a la cama a ellas y sus clientes. Hoy, Carlos vive en Miami, trabaja en una empresa constructora y peregrina los fines de semana  a  los conciertos de rock  a los que van  los baby-boomers
Hasta hace unos años, se podía ver a Varela yendo y viniendo del Ministerio de Educación. Sobrevivió milagrosamente la caída de la Unión Soviética. Debe andar por los 80 años.
A pesar de todo, Varela  también es parte de nuestra nostalgia. El tiempo hace más amables hasta los malos recuerdos.
luicino2012@gmail.com

 

De las risas y los huesos, Luis Cino


Comprendo la reluctancia de muchos compatriotas con “Se vende”,    la película  dirigida y protagonizada por Jorge Perugorría que ganó un premio Coral en el pasado Festival del Nuevo Cine Latinoamericano y que fue recientemente exhibida en los cines capitalinos.
No todas las personas tienen estómago para el humor negro, y menos en Cuba, donde desde los líderes del “viejo gobierno de difuntos y flores” hasta los que no faltan al cementerio el Día de los Fieles Difuntos,  la necrofilia llega a veces a extremos aberrantes.
 Salvando las distancias, “Se vende”  viene a ser   “La muerte de un burócrata”, de Gutiérrez Alea, en tiempos de Lineamientos y timbiriches.
 Nácar, la protagonista, acuciada por la falta de dinero y aconsejada por una amiga, una verdadera todoterreno de la amoralidad del hombre nuevo,  se ve obligada  no solo a vender –revolico.com mediante- el panteón de la familia, sino también los huesos de sus padres.
Exageraciones aparte, esto de la venta de los huesos no es algo insólito. Muchos cubanos tienen macabras experiencias relacionadas con las tumbas saqueadas por sepultureros desaprensivos o por delincuentes que los sobornan para que los dejen hacer y deshacer. Lo mismo  roban los cristales de los ataúdes y las jardineras de granito que los zapatos y los dientes de oro de los difuntos. O peor aún: los huesos   –especialmente de chinos, los más cotizados- con destino a las ngangas de los mayomberos.
Hasta en las cartas al periódico Juventud Rebelde han hecho referencia a casos de cadáveres desaparecidos en el Cementerio de Colón.
Pero peor que vender los huesos es cuando Nácar tiene que ajustar cuentas póstumamente con sus progenitores, con  los valores que le trataron de inculcar y que ante tanto desastre, ya no sirven de mucho…
 La gente ríe en los cines.  Sucede que los cubanos, masoquistas que somos,  nos hemos habituado a burlarnos de nuestras desgracias. Como las hienas carroñeras del chiste…
“Se vende” es una película cruel. Y muy deprimente.  De las escenas oníricas de la película, no sé cuál resulta más triste,  si el  desayuno en la mesa familiar, o el domingo en el Zoológico,  los cucuruchos de maní, los niños con las ropitas almidonadas,  el papá de safari, la música rusa por los altoparlantes, el mono Pancho, que emberrenchinado,  tira mierda a sus admiradores, los globos que escapan al cielo…
En “Se vende”, el actor Mario Balmaseda, como hace treinta y tantos años en “El carrillón del Kremlin”,  vuelve a encarnar a Lenin, quiero decir a un revolucionario  momificado que recuerda  al camarada Vladimir Ilich, de tan sólidos principios que parte los cuchillos que pretenden descuartizarlo y deshuesarlo para venderlo por piezas, y al final, incorruptible,  termina  en un performance, como símbolo redivivo del realismo socialista.
Escribía Yusimí Rodríguez en Havana Times que le parecía que reírse del momificado padre de Nácar era como burlarse de su padre, que alguna vez también repitió las consignas de la revolución.  Yo, que me reí bastante con la momia  parecida a Lenin de la película,  también  tuve  esa desagradable sensación. Me sentí culpable.  Me pareció que me reía de mi viejo, de su boina de miliciano, de sus diplomas, las botas con las que anduvo los 62 kilómetros y subió los tres picos,  de su mocha de las zafras del pueblo,  de sus revistas soviéticas que mostraban el paraíso proletario que no era tal…Hay exorcismos dolorosos, pero inevitables.   
Solo me consuela pensar que a estas alturas, ya que por pudor no querría que lo viesen llorar por todo lo que no pudo ser, por como lo estafaron,  él también se reiría…
 luicino2012@gmail.com
(Publicado en Primavera Digital).