Los 80 años de Rafael Alcides, Luis Cino


Rafael Alcides acaba de cumplir los 80 años, pero sigue sin prisa por   publicar en su país. No lo hará un minuto antes del momento que se ha fijado y bajo las condiciones que impuso.  
Laborioso y testarudo, tiene su almacén doméstico de poemas y novelas inéditas. Tiene la terca paciencia de los poetas que se saben dueños absolutos del tiempo y las palabras.
Una vez  quisieron hacerlo parte de la multitud. Casi lo lograron. Los poetas tienen sueños. Pueden estar dispuestos a ofrendar su vida por ellos, pero no saben cantar en coros, se aburren de escribir loas y son reacios a recibir  órdenes.  Por eso, Alcides se hizo a un lado, a presenciar el triste desfile de mediocres, serviles y corifeos. A escuchar “el rumor de lo que fue la vida antes que llegara el porvenir”.  
El poeta vive y muere cada día en La Habana “con vidrios molidos en la boca”.  Firme como una raíz de la sabana oriental.  Advertido de que nada es como suponíamos, su rutina es evadir “la hecatombe de otro día negro”.
Enfrenta la incertidumbre del mañana con un puñado de tierra de Barrancas, su paraíso perdido, como amuleto infalible.
Romántico sobreviviente de un mundo que se deshace y se vacía, se sienta a un lado del camino, a tomar un segundo aire antes de  remontar la penúltima corriente.
Su tiempo de ilusiones vanas ya pasó. Se convirtió en cenizas. Sobre ellas ya no hay humo ni rencores. El poeta no se llama a engaños: “El pasado y el porvenir pasaron ya/ Todo lo que tuvimos lo perdimos/ Y era más de lo que se podía tener.”
En paz con sus demonios, sin temor, cada día más lúcido,  con paciencia de poeta, Rafael Alcides espera.
(Publicado en Primavera Digital)
 luicino2012@gmail.com

 

El Plátano, Luis Cino

 

Por estos días, se cumplen cinco años de la muerte del Plátano.  Su cadáver lo hallaron, en su ruinosa casa,  un día nublado de mediados de junio.  Llevaba muerto más de 48 horas.

Se llamaba Luis Hernández, pero muy pocos conocían su apellido.  No era un dato importante.   En el underground habanero, aunque había dos Plátanos que se llamaban Luís, todos sabían quién era El Plátano El Fotógrafo.

Del apellido del Plátano se enteraron muchos  por la escueta nota del periódico Granma que informó “la muerte del fotógrafo de la Nueva Trova”. Decía también la nota que en su sepelio estuvieron algunos de los trovadores que tanto retrató.
 
¿Quién le hubiese dicho al Plátano, luego de tantas décadas de marginación,  que alguna vez   el mismísimo órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista , se iba a ocupar de él, aunque fuera para anunciar su muerte?  

Pero estoy seguro que el parco panegírico del órgano del Partido Único es lo que menos le hubiese importado al Plátano en esta vida y en las próximas encarnaciones.
 
El Plátano fue uno de los más autéticos hippies habaneros. Siempre con demasiada hambre y piojos, con sus sueños a cuestas, la mente llena de música celestial,  asomaba por cualquier esquina del Cerro o El Vedado. Presto a opinar de cualquier tema que valiese la pena opinar,  donde lo llamaban y también donde no. En las buenas y en las malas, que eran casi siempre.

Con en el lente de su vieja Kodak o de las cámaras rusas que la sucedieron, atrapó los rostros de los principales cantautores cuando no los ponían en la radio y pocos conocían sus canciones, porque muchas de ellas estaban censuradas y las otras casi nadie las entendía y no servían para bailar.  

El Plátano  retrató a los cantautores  en Casa de las Américas, el Parque de los Cabezones,  Bellas Artes, La Madriguera de la Quinta de los Molinos, el bosque del Almendares o cualquiera de los parques de El Vedado. Logró las mejores imágenes de  la nueva canción cubana desde que era sólo un puñado de baladas de ambigüedad contestataria. Creyó en sus cultores y los siguió con reservas en el viaje oficialista de la nueva trova. Cuando el Movimiento de la Nueva Trova  se derrumbó bajo el peso de la burocracia y las consignas, y de los escombros  emergieron los topos de la novísima trova, El Plátano estaba allí y  ya tenía la cámara preparada.

También fotografió rockeros, hippies y todo tipo de inadaptados. Sus fotos son las crónicas de  una época dulce y amarga que la historia oficial trata en vano de metabolizar.

El Plátano, quien lo duda, fue uno de sus protagonistas.  Con su cámara en un mugriento morral gris. Siempre lista para disparar. No importaba cuan antigua o defectuosa para que hiciera maravillas con las luces y los claroscuros. Aún antes de que la mismísima Mercedes Sosa, cuando vino a La Habana para cantar en una Bienal,  le regalara una cámara japonesa que a todos nos pareció muy moderna y sofisticada. Después no   vimos más aquella cámara. Seguro la tuvo que vender para poder comer durante el Período Especial.

El Plátano  no se apeó jamás del ómnibus mágico, misterioso y sicodélico. Jamás dejó de ser él mismo.  Me place imaginar  que su espíritu vaga por los alrededores de  la tumba de su adorado Jim Morrison,  en el cementerio parisino Pére Leichéz. ¿Acaso no fue ese el sueño que me contaste, Luisito, aquella tarde de domingo en Lawton cuando accediste a que te desenredaran la trenza que te hiciste el día que se quemó el restaurant Moscú?     
 luicino2012@gmail.com
(Publicado en Primavera Digital).

 

Moustaki, Luis Cino

 

Hace unas semanas supe de la muerte de George Moustaki por mis amigos Ángela y Miguel, que viven en las montañas  valencianas. Ambos estaban muy tristes por su muerte, especialmente Ángela, para quien las canciones de Moustaki significaron mucho en una etapa importante de su vida. Libertaria y amante de la poesía, Moustaki  era un cantautor a su medida. Me atrevo a pensar que casi tanto como Leonard Cohen.

Moustaki no era conocido en Cuba. En los años 60, las únicas canciones francesas que pasaban en la radio –quiero decir, en Nocturno y en algunos programas de Radio Liberación, aquella radio cuyo nombre parecía el de una emisora del Vietcong- eran las  de Charles Aznavour y Salvatore Adamo.

En cambio, como no ponían películas americanas, veíamos bastante cine europeo, principalmente francés. Siempre digo –hay  que ser justos- que eso se lo debemos agradecer al comisario Alfredo Guevara, porque si por los  comisarios estalinistas hubiese sido, habríamos tenido que conformarnos con las películas de Mosfilm… Así, los asiduos a las películas francesas conocimos algunas de las canciones de Jacques Brel o Gilbert Becaud, como “Ne me quite a pas”, que tiempo después escucharíamos por intérpretes como Nina Simone o Neil Diamond. Pero no recuerdo haber visto alguna película francesa con música de Moustaki, a pesar de que hizo bastante música para cine.

La vida de Moustaki fue digna de una película. Nacido en 1934 en Alejandría, Egipto, de padres griegos, trabajó como periodista antes de aprender a tocar la guitarra con el gitano Henry Crolla, un primo de Django Reinhardt. Crolla se lo presentó a Edith Piaf, quien lo tomó como guitarrista. Casi enseguida se hicieron amantes. Milord, uno de sus éxitos, fue escrita por Moustaki. Era Moustaki el que iba manejando cuando tuvieron el accidente automovilístico que casi le cuesta la vida a la Piaf en 1959, en Estados Unidos.

En los años 60 y 70, con su barba gris y su  larga melena a los cuatro vientos, “con su cara de judío errante, de pastor griego”, Moustaki recorrió el mundo con su guitarra y sus canciones poéticas.

Ante el auge de lo banal, en estos tiempos de voces distorsionadas por Autotune y musiquilla chákata-chákata-bum-bum de taller de herrería, hecha por impostores sin gusto y que ni siquiera saben tocar un instrumento musical,  la muerte de Moustaki me hace preguntarme qué será de la canción cuando ya no queden cantores-poetas como Bob Dylan, Leonard Cohen o Joan Manuel Serrat.     

Les copio el texto de “Le Meteque” (El extranjero), una de las más conocidas canciones de Moustaki. No me negarán que es todo un buen regalo.

Con mi cara de extranjero
De judío errante, de pastor griego
Y mis cabellos a los cuatro vientos

Con mis ojos totalmente abiertos
Que me dan un aire de soñador
Que nunca sueña muy a menudo

Con mis manos de ladrón
De músico y de merodeador
Que han pillado en muchos jardines

Con mi boca que ha bebido
Que ha besado y ha mordido
Sin jamás saciar su hambre

Con mi cara de extranjero
De judío errante, de pastor griego
De ladrón y de vagabundo

Con mi piel que se ha restregado
Al sol de todos los veranos
Y (con) todo lo que llevaba enaguas

Con mi corazón que ha sabido hacer
Sufrir mucho a quien ha sufrido
Sin por ello hacer historias

Con mi alma que no tiene más
La mínima posibilidad de salvación
Para evitar el purgatorio

Con mi cara de extranjero
De judío errante, de pastor griego
Y mis cabellos a los cuatro vientos

Yo vendré, mi dulce cautiva
Mi alma gemela, mi fuente viva
Vendré a beber tus veinte años

Y seré un príncipe legítimo
Un soñador o bien un adolescente
Como el que tú quieras escoger

Y haremos de cada día
Toda una eternidad de amor
Que viviremos a morir

Y haremos de cada día
Toda una eternidad de amor
Que viviremos a morir.
luicino2012@gmail.com