Los viajes, el look y lo que decimos, Luis Cino

No pienso viajar al exterior por ahora. Nadie me ha invitado a ningún lugar, no tengo dinero ni paciencia para el papeleo, y estoy muy  aprensivo de que si me dejan salir, luego me impidan regresar  por las mismas razones de “seguridad nacional e interés público” por las que a muchos disidentes no les permiten salir. Siempre he dicho que me aterra la posibilidad de quedarme sin mi gente y mis lugares.

No obstante, si algún día me decido a viajar, tendré que ocuparme  de actualizar mi facha. Lo digo por ciertas críticas que he leído en algunos blogs sobre el look de “hippie izquierdosa” de Yoani Sánchez. ¡Imagínense ustedes qué dirían de mí que todavía sigo  en jeans y melenudo con la matraca de Woodstock y la Bob Dylan’s Rolling Thunder Revue!

Resulta que encima de tantas expectativas como hay puestas en los disidentes que salen al exterior, también se les exige que sean lindos y estén vestidos a la moda. Como si en Cuba los feos  estuvieran solo en el Politburó. Como si todos pudiésemos comprar ropas de marca en cualquier boutique habanera. Como si fuese fácil atenderse con un dentista en Cuba. ¿No se han fijado que casi todos los cubanos, incluso algunos de los jefazos del régimen, tenemos muchas muelas de menos y en general, la dentadura en candela?

Precisamente por lo de las demasiadas expectativas, para no defraudarlas y hacer quedar mal a todos los que se supone que van a representar, los disidentes que salgan al exterior deben cuidar lo que dicen y cómo se comportan.

Lo del look es secundario, tiene remedio si es que aceptamos disfrazarnos para complacer peticiones; lo que no tiene remedio son los papelazos, los disparates y las meteduras de pata.

Sé que cualquiera falla. Los cubanos somos propensos a hablar mierda, los hay que no tienen para cuando parar. Especialmente cuando se ven ante las cámaras y los micrófonos, luego de tanta mordaza. Entonces les da por  emular en verborrea con el Comandante. Y hasta por repetir sus estribillos.  Por algo fue el  único referente que tuvimos durante demasiado tiempo. ¡No te ocupes que siempre algo queda!

En esta movida de la reforma migratoria, el régimen debe haber sopesado los pros y los contras de dejar salir al exterior a determinados disidentes.

Hablo de los disidentes  de verdad, no de los que trabajan para el aparato. Para estos últimos hay un guión ya preparado. Ya veremos la película en la Mesa Redonda o en una próxima temporada de Las razones de Cuba.

Respecto a los otros, además de las coordinaciones de las embajadas cubanas con las turbas de camaradas solidarios y otras trampas alevosas, seguro los muy  maquiavélicos  tuvieron en cuenta todos los deslices en que posiblemente incurrirían y cuanto decepcionarían a sus eventuales simpatizantes cuando empezaran a adoptar poses, a hacerse las súper-víctimas y los heroicos, a creerse que en Cuba se decide el destino de la humanidad, a ponerse más anticomunistas que Churchill y Truman juntos, a hablar tonterías, a meterse en temas que ignoran,  a entregarse a la pilonancia y el deslumbramiento con el neón, las vidrieras y la pacotilla.

No quiero ponerme demasiado exigente. Sé cuán vulnerables somos en el mundo real en cuanto asomamos la nariz fuera de la bio-probeta castrista. Pero  si los que salen  van a representar ante el mundo a los disidentes, a los cubanos todos o a lo que sea, por favor, ya que no pidieron permiso para hablar por nosotros, que tengan un poco de cordura y cuiden lo que digan. Al menos a mí, una de las cosas que más  me revientan es que me hagan pasar penas.
luicino2012@gmail.com

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Los que pueden viajar y los que no, Luis Cino

Por estos días, muchos cubanos “de acá” se sienten ofendidos por un texto de jodedera que circula por Internet, presuntamente escrito por un cubano del lado “de allá” que da 15 consejos a los compatriotas que se aprestan a salir de la cápsula castrista y viajar al exterior.

Molesta que algunos compatriotas, solo por el hecho de vivir fuera de Cuba –exiliados, emigrados o “en el pacá y pallá” y el lleva y trae de pacotillas- se crean cosmopolitamente superiores a los que estamos en la isla,  con derecho a mirarnos por encima del hombro y burlarse de nosotros. Como si todos los de acá  fuéramos una cáfila de aseres muertos de hambre, sumisos, pedigüeños y papelaceros. Pero no es para tanto, no hay que ponerse tan solemnes que no seamos capaces de asimilar un chistecito a costa nuestra, Que bastantes chistecitos hemos hecho por acá a costilla de “los de allá”. ¿O ya se olvidaron de la sopa hecha con las cenizas de la abuela y el traje de los 15 de Yucasileidy hecho con el satín que forraba el interior del ataúd del tío que se murió en Miami?

El colmo es que el castrismo también haya logrado acabar con nuestro proverbial sentido del humor y transformarnos, de incorregibles jodedores en fieles y amargados seguidores de la compañera Maricusa Tragiquismo, dispuestos siempre a dar bateo por cualquier motivo.

Después de todo, las chanzas a costilla nuestra nos las hemos buscado a fuerza de tanto patrioterismo barato, de exagerar a favor y en contra, de hacernos las víctimas, de creernos el ombligo del mundo, de hacernos los más calientes y cabrones que cualquiera, de creernos cualquier cantidad de cosas…¡Con la cantidad de chusmisos y tarúpidos que tenemos! Son producto del sistema, lo sé, no son la mayoría, OK, ¡pero como hay! ¡Y mira que hacen bulto!

Con los chistecitos y los ofendidos, también la dictadura, que tanto disfruta separarnos y echarnos a pelear, sale ganando.

A propósito, en esto de la reforma de la ley migratoria, que no hubo que esperar mucho para ver que no era la maravilla que decían,  la dictadura también  está logrando dividirnos a los cubanos en dos categorías: los que pueden viajar y los que no. Particularmente a los disidentes.

Con lo paranoicos que nos hemos puesto –y con razón-  se imaginarán cómo se ve eso de que a unos les pongan el sellito del MININT en el pasaporte para que puedan salir al exterior y a otros se lo nieguen por estar en la lista negra de las personas que resultan “de interés público” (para la Seguridad del Estado).

Eso, por no hablar de los disidentes que si no tienen dinero ni para comer, porque el Estado no les da trabajo ni licencia para trabajar por cuenta propia y arriba, los segurosos, los jefes de sector y los chivatones le hacen la vida un yogurt con sabor a naranja agria, ¡qué coño van  a tener el dineral en divisa que hace falta para viajar!

Confieso que me preocupan los  papelazos que puedan hacer  los disidentes que  viajen al exterior. Con tantos ojos que tendrán puestos encima, estarán rodeados de acechanzas. No solo las trampas que les tiendan los servicios de inteligencia de la dictadura, que ya sabemos tiene el brazo largo y numerosos compinches solidarios por todo el mundo, sino también las mordidas del subdesarrollo y la natural tendencia que tenemos los cubanos de hablar mierda en cantidades industriales. Me temo que algunos globos se van a desinflar. Son demasiadas las expectativas de los amigos que no acaban de entendernos y mucha la mala fama que se ha encargado el régimen de darnos a los disidentes.

Arreglados estaremos si los disidentes viajeros no se cuidan de los deslices y le siguen entusiastamente la rima a todos los provocadores y breteros y las podridas que les habrán puesto de antemano. Ojala que no. Parafraseando a Antonio Machado: ¡Cubanito que sales al mundo, te guarde Dios! En especial, si eres disidente.
luicino2012@gmail.com

Rayuela cumple 50 años, Luis Cino

Rayuela, la novela de Julio Cortázar que definitivamente dinamitó la linealidad narrativa en la literatura latinoamericana, “nuestro Ulises”, como sin exagerar la han definido algunos, cumple 50 años.

Y ante  aniversario tan redondo de una obra  trascendental donde las hay, los que amamos la literatura de este continente, particularmente los escritores o aspirantes a ello – ¿quién dijo que se frustra  un escritor  simplemente porque una dictadura rufianesca e iletrada y ciertas circunstancias derivadas de ese hecho le impidan concretar la publicación de sus libros?- siempre tendremos algo que decir. Aunque sea confesar nuestra impotencia en la consecución de un método -o absoluta falta de él- como el de Cortázar, para narrar ciertas historias y atmósferas que desafían el tiempo y la racionalidad, al menos como son habitualmente entendidos. Admitir, una vez más, que Cortázar, un tipo que se negó a envejecer y a morir después de la muerte, es único, incluso en sus dislates políticos y su consagración a causas que realmente no se lo merecían.

Fui un lector muy precoz. Rayuela fue uno de los muchos libros que leí cuando aun no tenía suficiente edad para disfrutarlo y sacarle provecho. Confieso que  esnobistas como éramos mucho en aquellos benditos años en que estaba de moda ser inteligente, me servía para reforzar mi fama de tipo de vanguardia, que estaba “siempre en la última”. En definitiva, me alegra que siquiera así haya descubierto Rayuela. No tengan dudas: siempre queda algo de lo que uno lee en edades tempranas.

Por suerte, desde entonces,  he vuelto a leer Rayuela tantas veces que ya he perdido la cuenta. De hecho, pertenezco a la generación para la que Rayuela es un  libro de cabecera. Y Cortázar un referente literario tan imprescindible como Faulkner, Hemingway o García Márquez. Personalmente, nunca he envidiado tanto un relato como “El perseguidor”.

Guardo como un tesoro, que ha sobrevivido a mudanzas, divorcios, huracanes y otros desastres, aunque bastante ajada por el tiempo, un ejemplar de la edición de Rayuela que hizo Casa de las Américas en 1969, con aquel intrincadísimo prólogo de Lezama Lima de más de 23 páginas  que comenzaba: “Desde la época de los imbroglios y laberintos gracianescos, había una grotesca e irreparable escisión entre lo dicho y lo que se quiso decir…”

Cada cierto tiempo vuelvo a Rayuela y escojo  entre las dos posibilidades que sugería Cortázar de leer  el libro (o los dos, o los muchos libros posibles): de la forma corriente, del capítulo uno (“¿Encontraría a la Maga?”)  hasta el 56, o empezando por el  73 y siguiendo luego en el orden indicado al pie de cada capítulo. Y siempre trato de no caer en la emboscada del autor para hacernos perder el capítulo 62.

Si no dispongo de mucho tiempo para leer, si atravieso por una de esas periódicas crisis de hoja en blanco, supersticioso como soy con ciertos libros y autores,  hago con Rayuela lo mismo que con Hojas de Hierba, de Whitman, o la Biblia: leo la página abierta al azar. O la anterior. O la siguiente. No  más allá. Seguro que siempre tendrá algo que decirme. Aunque no necesariamente sea lo que espero que me diga ni exacta y aristotélicamente de esa manera. Ni falta que hace. La literatura  no  complaciente  se  agradece el doble. O el triple. Que es lo que sucede con  Rayuela, que tan  invicta y pasmosa como siempre, se apresta a cumplir los 50 años.
luicino2012@gmail.com

(Publicado en Primavera Digital número 257)