¿Perfeccionar el Poder Popular?, Luis Cino

A un vecino, ex-militar y ex-militante del PCC, le ha dado últimamente por disertar acerca de “la necesidad de perfeccionar el funcionamiento y la estructura del Poder Popular”. Como no son muchos en el barrio los que tienen estómago para escuchar su descarga, suele recalar en mi portal. A pesar de todo y el miedo que tienen de que los vean hablando conmigo, tengo fama entre los vecinos de ser un tipo tolerante y comprensivo, algo que no abunda mucho por acá, ni siquiera cuando se habla de pelota, esa otra discordia nacional.

Hace unos días, el vecino ex-militar me comentaba, con dolor y desencanto, sobre las deslucidas votaciones –de ningún modo elecciones- de las que salieron a duras penas las 168 nuevas asambleas municipales del Poder Popular que quedaron instaladas en la más absoluta unanimidad  el domingo 25 de noviembre.

Cuando vine a darme de cuenta, el tipo  discurseaba acerca de la necesidad de “democratizar el socialismo, hacerlo más participativo y  salvar a la revolución”. Casi me pareció escuchar el tema de “Misión imposible”: tururí tururá pampam pampam…

Mi vecino no es al primero que escucho esa monserga. Ya no es solo buscarle apellidos a la democracia, que eso se hace desde los tiempos del ágora ateniense. Se trata de reinventarla en uno de los peores sitios posibles, uno donde no  hay ninguna desde hace más de medio siglo, y ya de paso, reinventar el socialismo, como proponen desde hace años el sociólogo Aurelio Alonso y otros ilustres inventores del agua tibia.

¿Se puede inventar lo que ya está inventado?  En cuanto a términos políticos, todo se inventó  en los dos siglos y pico que median entre el Iluminismo y la caída del Muro de Berlín (sin que se llegara al fin de la historia que decía Fukuyama). Todo. Lo regular, lo malo y lo peor. La democracia real que dicen, sigue sin aparecer. Y su hallazgo o invención  parece cada vez más improbable por mucho indignado que clame por ella.

En realidad, en Cuba nunca la democracia gozó de buena salud. Fue nuestro fracaso histórico. “La frustración nacional en lo esencial político”, que decía Lezama Lima, trajo estos lodos de revolución que se va a pique y que no la salva ni el médico chino con sus recetas de mercado y sus gatos multicolores.

Eso le comentaba al  vecino cuando me interrumpió para advertirme que el pluripartidismo no resolverá  los problemas que el sistema de partido único no ha resuelto. Y luego soltó una larga tirada acerca del error de importar modelos ajenos a nuestra cultura como el socialismo real o el socialismo de mercado chino, que tampoco le convence ni un poquito, con tanto corrupto como sigue generando y eso que los narras rojos los fusilan…

Estaba a punto de preguntarle si le parecía bien, para no importar fórmulas foráneas,  volver al  comunismo primitivo de los taínos, cuando aseguró con voz de iluminado: “Lo que necesitamos es que el  Poder Popular lo sea de verdad”.

Según creí entender, propone partir de las actuales premisas para hacer algunos cambios a las estructuras vigentes y democratizarlas  poniéndolas bajo el control popular. Entonces,  sobraría el Partido Comunista o cualquier otro partido.

Me explicó que unas elecciones a la Asamblea Nacional como las actuales serían perfectas sin que el Partido, que dice que no postula ni elije, tampoco tenga comisiones de candidatura ni representantes que controlen a cada comité de base de las organizaciones de masas. Nada. No estructuras políticas. Ningún poder al Partido o  los partidos. Todo el poder para el pueblo.  “Power to the people”, diría Lennon. Oh, yeah. Bien concentrado, ay Onán, y sin dejar de mover la mano y el cubilete, para que se venga pronto…la democracia socialista.

Pudiéramos crear la Jamahirya Socialista, le dije. Por lo de la jama. Para que no falte, podemos evacuar las ciudades y encaminarnos a las comunas agrícolas a sembrar boniato. O moringa.

Dicen que antes de 1959, votaban hasta los muertos. Ahora votan los bobos, los decrépitos, los moribundos y los que tienen miedo. Si reinventan y socializan la democracia, tal vez no vote nadie. ¿Para qué? Las ideas y corrientes de opinión de los electores estarán en Internet. Digo, si es que para entonces Internet es permitida para todos.

El tipo me miró con disgusto. Pero no mucho. Ya está acostumbrado a mis boutades, como dice él, que hasta suele usar palabras rebuscadas cuando discute con sus “adversarios ideológicos”. En definitiva, sabe que no soy tan acérrimo adversario como los que “por  hablar mierda” lo botaron del Partido,  “la fuerza dirigente y superior de la sociedad y el Estado”.

Solo se me ocurrió aconsejarle que no se desanime. Que espere su turno de hablar en las futuras asambleas de lamentaciones y catarsis. Va y hasta le hacen caso. Nunca es tarde si la dicha y las intenciones son buenas. O regularcitas.
luicino2012@gmail.com

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Los convencidos, Luis Cino

Nunca se me dio bien simular la devoción fidelista. Siempre metía la pata. Hace muchos años,  cuando estaba en ambientes oficiales  y no me quedaba más remedio que hablar la jerga revolucionaria, emplear, por ejemplo, la palabra compañero para dirigirme a alguien que me caía como una patada en los huevos, o hacerme una autocrítica en un análisis de grupo estudiantil -aquellos repugnantes episodios masoquistas- parecía que no hablaba en serio, que me burlaba. Y en realidad era así, aunque la mayoría de las veces yo no estuviera muy conciente de ello. Soy burlón e irreverente por naturaleza. Siempre lo he sido, desde pequeño, y eso me ha costado no pocos tropezones.

El castrismo y sus rituales, de tan solemnes y absolutos, siempre  me  parecieron tremendamente ridículos. No ahora que ya todos nos quitamos la venda de los ojos –si es que alguna vez la tuvimos- y estamos hartos de ver  al emperador encuero, de descubrir sus trucos baratos y escucharlo hablar mierda hasta por los codos. Me pasaba incluso cuando era niño, y en la escuela y en mi casa todos los caminos llevaban a Fidel, la revolución y el socialismo, al que repetían a toda hora que pertenecía por entero el futuro de la humanidad. Y uno hasta se lo creía y se preguntaba si al final del camino, con los defectos, los errores, los horrores, los problemas y las dudas, no tendrían razón papá, los profesores y la presidenta del CDR.

Pero siempre algo me avisaba que no, que la vida estaba más allá de las consignas que hablaban de muerte y de los tipos con cara de estreñidos que querían de todas maneras y por encima de todo, hacerte parte de un colectivo  con una sola voz que imitaba siempre la del Comandante y no tenía otras metas que no fueran las de la revolución.

La liturgia fidelista que me metían por los ojos y los oídos me costaba tanto trabajo asimilarla como la religiosa, que nos prohibían porque era “el opio de los pueblos”. Al final -para qué estaba el altar de mi abuela-, me fue más asimilable la religiosa. No concibo vivir sin creer en algo, aunque sea sin demasiada convicción y ningún aspaviento (he dicho otras veces que, como la mayoría de los cubanos soy católico, ay Frank Sinatra y Santa Bárbara cuando truena, a mi manera). Y si de creer se trata, un partido o un líder, por muy máximo que sea, me quedan demasiado cortos…

Digo todo esto, no porque les vaya a hacer el cuento de cómo vine a parar a la disidencia, que tampoco es la maravilla que muchos creen, con tanto fidelismo trasplantado pero de signo contrario como hay en ella. Nada de eso. Sucede que no salgo de mi asombro cuando escucho, no precisamente a dirigentes, de los cuales se puede esperar cualquier  payasada, por no decir algo peor -no quiero emplear epítetos ni algunas de las malas palabras que tanto se me escapan últimamente- sino a gente común que dicen seguir siendo “revolucionarios”, hablar con una convicción que parece impermeable a todos los desencantos, las mentiras, las paranoias, los desastres y el país que se nos cae literalmente a pedazos.

No me refiero a los simuladores, sino a los convencidos, los incondicionales, que por increíble que parezca, todavía quedan. Son los que todavía hablan en un tono que me recuerda el que escuchaba en mi casa a papá con su uniforme de miliciano o se podía leer  en las cartas revolucionariamente firmadas de mi hermana, que había renunciado a ser una burguesita devota de la Virgen y de Elvis, cuando recogía café en las lomas orientales, comida por las santanillas,  en plena crisis de los misiles, y decía estar dispuesta a morir con Fidel en los labios y en el corazón.

La pregunta no es  cómo se podía ser tan comunista y tan cursi -¿picúo suena más cubano?- sino cómo se puede seguir siéndolo a estas alturas del campeonato. Porque se puede simpatizar con cualquier causa, tener las razones que sean para ello, más que ninguna otra, por no dar uno su brazo a torcer, que es bien difícil, lo sabemos, pero no hay que exagerar…

Cuando se habla con ellos, con los convencidos, los pocos que quedan, no escuchan lo que no les gusta escuchar, porque  flotan a kilómetros del suelo y la prosaica realidad signada por el dinero y la barriga. Tienen la versión de lo que ocurre en el mundo según el Granma, la Mesa Redonda y el expurgado Telesur que ponen por un canal de la TV cubana a la misma hora de la telenovela. No ven lo que ocurre a su alrededor porque miran desde una nube hecha de ingenuidad y fanatismo que desmiente cualquier otra razón que no sea la que les inculcaron. Hablan de la sangre derramada y los sacrificios hechos para construir una sociedad mejor, que dicen estar dispuestos a perfeccionar, aunque nos pasemos varias generaciones más en ese empeño.  Están convencidos de que tienen la razón de su lado. Les  duele y les resulta increíble que alguien pueda cometer el error de tener una opinión dos milímetros distinta.

Y uno no sabe si tenerles lástima o pegarles con un bate de aluminio, a ver si despiertan de una puñetera vez. Porque nunca habrá forma de hacerles comprender cuanto nos han jodido la vida,  y se la han jodido ellos, tan puros, tan ingenuos,  tan idealistas, tan desinformados, tan tontos…
luicino2012@gmail.com

Barrio alto, Luis Cino

Una de las canciones más conocidas del folklorista norteamericano Pete Seeger es “Little Boxes”. La compuso Malvina Reynolds en 1963, inspirada en las interminables filas de casitas idénticas, todas como cajones, en los suburbios de San Francisco.

Pete Seeger explicaba al respecto: “Nos dicen a todos, capitalistas o comunistas, que si queremos casas baratas, tenemos que aceptarlas como  las hacen, rectangulares”.

En la Unión Soviética, a mediados de los años 60, “Little boxes” fue muy popular su versión en ruso, “Dachki dachki”. En Latinoamérica, Cuba incluida, fue conocida, varios años después, en la versión del cantautor chileno Víctor Jara,  titulada “Las casitas del barrio alto”. Era una irónica crónica sobre la vida en los barrios aristocráticos de Santiago de Chile, por aquellos días convertidos en un hervidero de subversión contra el gobierno socialista de Salvador Allende.

Quién quita que un día de estos a algún cantautor cubano le dé por versionar “Little boxes” y titularla “Los cajoncitos”. Pudiera inspirarse  en Alamar, San Agustín, Mulgova, el Reparto Eléctrico y otras varias decenas de feos e incómodos  barrios de edificios de micro-brigadas repartidos por todo el país.

Los humildes moradores de esos cajones amontonados tuvieron que esperar años, trabajando como esclavos, doce horas diarias y dos domingos al mes, amén de las horas de trabajo voluntario, para que el gobierno, previa asamblea de méritos, trapos sucios, chivatería y broncas entre compañeros que derivaban en rencillas perpetuas, les concediera la gracia de habitarlas, cobrándoles alquiler encima.

Esos edificios de micro-brigadas de Cuba, de inspiración soviética, son los mismos cajoncitos y palomares que florecieron bajo el socialismo real en Moscú, Varsovia o Bucarest.

Pero en Cuba no todo es edificios de micro-brigadas, cuarterías, llega y pon y viejos edificios apuntalados o en pie por estática milagrosa. Aquí también hay casonas y  barrio alto. Pete Seeger olvidó que bajo el comunismo algunos son más iguales que otros. Para comprobarlo, basta caminar por las calles de nuestros barrios altos, Miramar, Cubanacán, Biltmore, y observar sus mansiones. La nueva clase las heredó de la burguesía derrotada o sencillamente las tomó por asalto, a punta de pistola o metralleta.

Los barrios residenciales de la nueva clase,  convertidos en zonas congeladas para “los otros”, contrastan con el resto de la ciudad. En ellos no se acumula la basura, no hay salideros de aguas albañales, el césped es atendido, los jardines cuidados, las fachadas están  pintadas y por sus calles circulan carros modernos.

Sus habitantes, en su mutación burguesa,  visten ropas de marca, de boutique; compran sus alimentos y todo lo que puedan necesitar en Quinta y 70 o en Palco, en cuc;  en las mañanas corren por Quinta Avenida para mantenerse en forma y su piel no es cetrina.
No tienen buen gusto ni clase –muchos de los más viejos no han podido cortar del todo sus costumbres rurales-, pero se creen mejores que el resto de los mortales y miran de reojo, por encima del hombro, a los que no son del barrio, especialmente si son negros.

Las casas, amplias y con jardines cuidados, están protegidas por elevados muros, para que nadie atisbe en sus vidas privilegiadas y con aire acondicionado.

En algunas pocas casas de Miramar o Nuevo Vedado (los otros barrios son  inaccesibles) viven elementos extraños. Se nota en el deterioro de las viviendas. Las habitan rezagados del pasado y otros advenedizos. Son las moscas en la leche, pero cuidadosamente vigiladas para que no cometan indisciplinas sociales u otras conductas impropias de las que tanto disgustan a la nueva clase.

La elite está dispuesta a morir “por la gloria que se ha vivido”. Sus casonas y privilegios son también parte de esa gloria, y por cierto, no la menos importante.

Si el cantautor que se disponga a hacer la nueva versión de “Las casitas del barrio
alto” vive en un suburbio como el mío y alguna vez se ha sentido como una cucaracha en las calles de Miramar, de seguro no tendrá que esforzarse mucho para activar su musa.
luicino2012@gmail.com

Hora de cambiar, Luis Cino

Si no fuera repugnante, resultaría conmovedora la disposición de ciertos emigrados –ya dejaron claro que ellos no son para nada exiliados- de saltar y mover la cola, agradecidos como perrillos falderos por la golosina, ante la más mínima  pirueta que haga la dictadura.  Ovacionan al mago que los echó de su país a cajas destempladas antes de que haga el próximo truco: basta que lo anuncie y muestre la chistera. Si saca algo de ella, como es el caso últimamente, entonces es la apoteosis de la adulonería a larga distancia.

Es el caso del empresario artístico Hugo Cancio, que conmovido como  un flan de calabaza por la modificación de la ley migratoria cubana, con  sus trampas y limitaciones y todo,  anuncia que ya es hora de que el exilio cambie su actitud hacia la dictadura, que para él ya dejó de serlo. Digo, si es que alguna vez la consideró dictadura y no solo un mero accidente histórico que le hacía muy incómodo vivir en la hermosa Habana, y luego, más que nada por culpa de “la política agresiva de los gobiernos norteamericanos”, le impedía  ganarse unos cuantos dólares a costa de la miseria de los músicos cubanos.

Si personajes como Hugo Cancio cuando hablan de cambiar actitudes se refirieran  solo a condenar el embargo económico, las limitaciones a los viajes de los cubano-americanos y el envío de remesas a sus familiares en Cuba, si predicaran contra esa fea costumbre de revolver viejos chismes, aplastar discos y vociferar como energúmenos en la calle 8 contra los artistas de la isla que viajan a Miami, sería razonable. Pero ellos, en su afán por congraciarse y de que no haya dudas respecto a su condición de “emigrados buenos”, de los que son del agrado del régimen, piden ir mucho más allá en temas tales como exigir la libertad de los Cinco en lugar de la de los presos políticos en su país,  el cese de la represión contra los disidentes o las libertades políticas para sus compatriotas.

Da asco cuando los integrantes de Cuban Americans for Engagement (CAFE) se reúnen disciplinadamente, cual cederistas,  en la Sección de Intereses de Cuba en Washington a escuchar las orientaciones del MINREX. El pasado 28 de septiembre, con todo y el cubo de agua fría que les echó por encima el canciller Bruno Rodríguez cuando le imploraron  invertir en Cuba y   compatibilizar  la ley migratoria cubana con los estándares internacionales, ninguno de ellos tuvo  dignidad -¿se acordarán todavía de esa palabra?- para responder lo que se merecía el zoquete y emparrillado canciller de la dictadura, que por demás no parecía estar muy al tanto de lo que hablaba ni falta que hizo para que lo aplaudieran.

Hay otros que dan  más asco todavía, pero que  son más francos porque no dejan lugar a dudas. Como esos tracatanes del núcleo de militantes sin carnet del PCC en el exterior  (en cuanto a fidelidad  son un poco más que cederistas) pero con euros y pasaporte cubano –es el que le exigen, ahora al doble de su costo, para poder viajar a Cuba- que se reunió recientemente en Madrid bajo el lema “La emigración cubana con la revolución”.

En el encuentro madrileño aplaudieron más al castrismo que cuando chivateaban en Cuba. Ahora que están mejor alimentados, tienen más energías para hablar mierda. Imagínense que una compañera –entre ellos todavía se debe usar ese término ya arcaico en la Cuba no oficial- que reside en Italia hace 22 años, tuvo tripas para asegurar que en La Habana no se ven mendigos en las calles. Qué coño va a ver pordioseros la compañera Feliciana Wonder Tejedor si ella se largó –sabrá Dios si jineteando- justo cuando se iniciaba el periodo especial. Que venga, se ponga las gafas, salga a la calle y repare bien en la obra de la revolución. Y si quiere hacer algo bueno, que lleve bastante calderilla en chavitos para que les tire un salve a los muchos jodidos invisibles que descubrirá.

Pero esos son tracatanes nunca cortaron del todo la tripita: llevan en su alma la bayamesa fidelista. Peores son los súper-conciliatorios, los que una vez comían candela en contra y ahora conceden perdones sin que se los soliciten. Como Carlos Saladrigas. Ya no aspiran al diálogo, sino a ser espectadores del monólogo, sentados en segunda o tercera fila, en las sillitas plásticas compradas por el MINREX. Hablan de cambiar sin que la dictadura cambie. Basta con que mueva una ficha. O que haga el ademán de moverla. Aun si anuncia que va a meter un forro

Ahí están, listos a cambiar. Juntos y revueltos en la pachanga de los arrepentidos. Los  rehenes a gusto de los  diplomáticos-segurosos de las embajadas cubanas en el exterior, víctimas a gusto del síndrome de Estocolmo. Los impacientes por congraciarse y hacer carantoñas, con varias horas de adelanto en el reloj, prestos a la pesca en río revuelto, el colaboracionismo y la sumisión a cambio de que los dejen hacer negocios a costa de los cubanos. Sea con inversiones, agencias de viajes  o conciertos de timberos, raperos, troveros y reguetoneros de la Generación de los Aseres en Miami, como los que organiza Fuego Entertainment.  Porque de eso se trata: business as usual. ¿Para qué engañarnos?

Cancio,  Saladrigas, Fanjul,  Aruca y comparsa  se pueden prestar al cambalache y la estafa, OK, pero que no se disfracen de patriotas. A otro con ese cuento. Cubanos sinvergüenzas habrá muchos en ambas orillas, pero los bobos ya no son tantos.

luicino2012@gmail.com