Y ahora quieren proscribir el reguetón, Luis Cino

Como desde hace más de seis  años el reguetón es casi la única ¿música? que se escucha en Cuba a toda hora y en cualquier lugar, llegué a temer que duraría tanto como el castrismo. Una de mis pesadillas llegó a ser que cuando  el heredero Castro de turno (¿Mariela, Alejandro, Fidelito?) decidiera encerrarnos a los disidentes en gulags con alambradas eléctricas -si es que para entonces todavía PDVESA  envía petróleo a Cuba- para que no estorbemos la lenta metamorfosis del sistema, por los altavoces del campo de prisioneros tronaría, también a toda hora, el ritmo del reguetón.

Pero  a juzgar por lo preocupados que andan por la UNEAC con las letras groseras, obscenas y machistas de los reguetoneros, parece que el reguetón se va a acabar -por decreto- un poco antes que el castrismo.

No tengo que decirles que detesto el reguetón,  pero, ¿saben una cosa?: para nada me alegra que vayamos a descansar de él porque así lo determine un puñado de comisarios  reminiscentes del Decenio Gris.

¿Quién coño son Esteban Lazo, Abel Prieto, Pedro de la Hoz y –con todo el respeto que se merece- la doctora Graziella Pogolotti, para decidir qué música escuchan o dejan de escuchar los cubanos?

Se quieren arrogar el derecho a  prohibir por motivos ideológicos determinados tipos de música, como hicieron en su momento con los Beatles, el rock y hasta con cantantes tan inocuos como José Feliciano y Roberto Carlos.

Para bien o para mal, las TIC han democratizado el consumo de la música: hoy cada cual recopila y escucha la música que le da la gana.  ¿Qué importa que los mandamases  hagan asquitos al reguetón y no lo pasen por la radio?  Los chicos oyen a todo volumen, en todos los barrios, las canciones tan zafias y groseras como ellos mismos, con letras con un  sentido tan  doble y triple como la moral –o falta de ella- de los fariseos que  pretenden educarles el gusto estético.

“¡Soy el animal!”, proclamaba hace un par de años Gente de Zona en uno de sus reguetones. Y exactamente como animales actúan los muchachos que los admiran. Van sin camisa por la calle, luciendo sus tatuajes y eribangas,  embisten al momento de abordar las guaguas, gritan pinga y cojones por cualquier motivo, tratan como perras a “sus jebitas”, que son tan mal habladas como ellos,  y mean despreocupadamente, a la vista de todos, en mitad de la avenida. Eso, cuando el alcohol y las pastillas no se les suben a la cabeza, y les da por fajarse y “formar lo desagradable”…

En la sociedad cubana finalmente se impusieron la vulgaridad, la chabacanería, el mal gusto y la marginalidad. No es que los patrones musicales refuercen estándares incongruentes con los valores de la sociedad cubana. Todo lo contrario: la realidad se parece a la música que más se escucha. Y viceversa. Es un perfecto círculo vicioso. Cuba vive la apoteosis de la chusmería. El reguetón cayó en su justo tiempo y en el lugar preciso: es el soundtrack ideal para el desmadre nacional.

Podrán  no difundirlo por la radio y la TV, prohibirlo oficialmente, pero así no van a poder acabar con el reguetón. Como mismo no pudieron acabar con el rock.  ¡Cuidado, no vaya a ser que dentro de veinte años le levanten una estatua a Daddy Yankee –o al Chacal – en un parque del Vedado!
luicino2012@gmail.com

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