El meridiano McCarthy, Luis Cino

Desde hace décadas, leer se ha convertido en un lujo. Pero  uno imprescindible.  Al menos yo, no puedo estar mucho tiempo sin leer un buen libro. No solo de pan vive el hombre. Soy de los que no concibe que se pueda vivir  ajeno a la lectura sin convertirse uno en un chancho.

Digo esto porque acabo de leer Meridiano de sangre (Blood meridian), del escritor norteamericano Cormac Mc Carthy, por el que hace unas semanas, en una librería en divisa de la calle Obispo pagué la astronómica –para Cuba- suma de 10.75 CUC. Ese es el equivalente de unos 275 pesos, que es un poco más de la mitad del salario mensual promedio de un cubano.

Discúlpenme si insisto en ese detalle que tanto molesta a personajes como Ricardo Alarcón y el zarevich Marino Murillo, pero es para que entiendan por qué califiqué de “astronómica” la cantidad que pagué por el libro.

Me dirán que en cualquier país del mundo eso y mucho más es lo que cuesta cualquier libro. OK, pero una persona de ese país -independientemente de que cada vez le rinda menos el dinero – gana varias veces lo que gana al mes un cubano sin bisnes ni timbiriche, unos 20 CUC, que para colmo ni siquiera  le pagan en los puñeteros CUC sino en una moneda súper-depreciada con la que tiene que comprar el cuc a 25 pesos para poder adquirir algunos de los productos más básicos para la higiene y la (mal) alimentación.

Así, se imaginan el sacrificio que es comprar un libro en una librería en CUC, donde las opciones son bastante más amplias  que en las librerías en moneda nacional, atestadas de reediciones, bodrios y panfletos ideologizados, que ni siquiera son tan baratos como en aquellos tiempos de las Ediciones Huracán y Cocuyo, sino diez  u once veces más caros.

En pesos cubanos solo excepcionalmente aparecen títulos interesantes. Pero en divisa tampoco se encuentra mucha literatura realmente buena. Últimamente hay mucho Stephen King, Danielle Steele y libros de autoayuda, pero muy poco Rushdie, Naipaul, Below y Roth. Faltan Bolaños, Carver, Bukovsky. Y por supuesto, nada de Vargas Llosa,  Zoé Valdés, Cabrera Infante o Kundera. Por eso me sofoqué como niño ante vidriera de juguetería cuando topé en una librería de la Habana Vieja con Meridiano de sangre (edición De Bolsillo, Random House Mondadori, México, 2008). También estaba, de Mc Carthy, esa joya que es “El guardián en el vergel” (The orchard keeper), pero costaba 7 CUC y ya lo había leído.

¿Saben una cosa? No me pesa lo que desembolsé por Meridiano de sangre. Todo lo contrario. Todavía no me recupero de la impresión que me causó. Es uno de los mejores libros que he leído en los últimos tiempos. Hacía años no me impactaba tanto un escritor como Cormac Mc Carthy.  Si tuviese que compararlo con otro autor, sería con mi adorado William Faulkner. Su sombra asoma en los libros de Mc Carthy. Pero su escritura  es muchísimo más descarnada y  cruel que la de Faulkner.

En Meridiano de sangre,  se me ocurre que un poco a la manera de un Bernal Díaz del Castillo posmoderno, Mc Carthy hace la crónica espeluznante de las malandanzas de la banda de Glanton, -un grupo paramilitar o escuadrón de la muerte,  diríamos hoy-  contratado por las autoridades mexicanas y tejanas en 1849 para exterminar  apaches, niños y mujeres incluidos. Los mercenarios cobran de acuerdo a la cantidad de cabelleras escalpadas y orejas cortadas que muestren.  En una orgía de sangre, en que indios y blancos compiten en crueldad, los de la banda de Glanton terminan también matando mexicanos, norteamericanos y cuanto ser vivo se les cruce por delante.

En medio del horror absoluto, está el juez Holden, uno de los más terribles personajes que me haya topado en un libro. Calvo, gordo, albino, sin pestañas ni cejas. Toca el violín, y baila con pies ligeros pese a su corpulencia. Lo mismo paga un dólar de oro por dos cachorros para luego arrojarlos a un torrente crecido, que viola y asesina a niñas y niños. Nunca duerme y asegura que es inmortal. Como Dios. O como cierto tipo que yo me sé, que dicen que tampoco morirá nunca.

Para los personajes de Mc Carthy, como para los de Faulkner o Melville, no hay absolución ni salvación posible. Por momentos, el juez Holden, una suerte de profeta del mal,  recuerda al capitán Ahab, de Melville. ¿O será  la ballena, pero mucho más maligno? ¿Y  el Kid de Meridiano de sangre no será el Ismael de Melville? Después de todo, Mc Carthy ha declarado: “Los libros están hechos de otros libros. La vida de una novela depende de las que han sido escritas antes”.

¿Se dan ustedes cuenta por qué no podía quedarme sin leer Meridiano de sangre con todo y los 10.75 CUC? Solo que les confieso que cuando leo a autores como Cormac Mc Carthy siento envidia y se me quitan las ganas de escribir. Pero supongo que le pase lo mismo a muchos por ahí. Y eso me consuela.
luicino2012@gmail.com

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Otro fragmento de Casa con puntales, Luis Cino

No tengo ganas de escribir sobre la engañifa que es la modificación de la ley migratoria ni de las fotos del Comandante con sombrero -“como un cuadro del viejo Chagall”- que sacaron de la chistera para demostrar que no se ha muerto. Tampoco de los casi ocho millones de personas que dicen que votaron en las elecciones municipales del Poder Popular.  En mi barrio, donde tendrán que ir a segunda vuelta, son muchos los que no fueron a votar. Me cuentan que mucha gente aprovechó las boletas para exigir comida, agua o gas. Y como siempre, muchos las dejaron en blanco. Pero supongo que esos son los “errores humanos” a que se refiere el gobierno en estos casos…

De nada de eso voy a escribir. Hay que ser original.   Como sigo sin conseguir editor, aquí les va otro fragmento de mi novela “Casa con puntales”.

“Dicen que la venganza es un plato que se come frío y sabe dulce. ¡La gente habla tanta mierda! Mi turno de vengarme de La Loba llegó demasiado tarde y cuando ya no me hacía  falta porque se me había apagado todo el despecho y el rencor. En definitiva, no era para tanto. La mayor parte de los casi cuatro años que pasamos juntos fueron una dulce guerra contra las infidelidades mutuas. Los dos competimos a ver quien hacía más por joderlo todo más pronto.  Pero fueron más los buenos momentos que los malos. Y no todas las relaciones amorosas, cuando se acaban, dejan ese saldo.

El día que me avisaron que  habían metido presa a La Loba, me deprimí tanto que no pude templarme a Betty. Terminé hablándole de la Loba y confesándole que me sentía culpable por su mala suerte. Betty no entendió ni cojones y ni siquiera  pudo disimular que se alegraba. Me dijo que cada cual se busca lo que tiene y que yo no era Jesucristo ni un carajo para estar asumiendo las culpas de los demás. Luego, se viró en la cama y se quedó dormida.

¡Que sabía Betty que los platos rotos los pagaría ella! Por entonces, ya estaba casi viviendo en mi casa y hablaba de boda y de tener hijos. Tenía pánico que le pegara los tarros y mira tú lo que son las cosas, se los vine a pegar con una mujer que estaba presa por puta y que para colmo, me había dejado por otro hacía tres años. Por suerte, nunca lo supo, creo que me hubiera dado candela.

En realidad, los tarros que pegué a Betty fueron más sentimentales que  otra cosa. La Loba y yo  templamos pocas veces en el pabellón. Lo intentamos la primera vez, pero no pudimos. No es fácil templar en un cuarto enrejado de Manto Negro, ahogados de calor, con una machorra vestida de verde olivo parada en el pasillo, con las horas contadas y la aprensión de que te espían a través de las paredes.

Pasábamos el tiempo acariciándonos y haciendo planes en voz baja  para cuando pasaran los tres años que le habían echado por jinetear marineros griegos y filipinos y tener dólares en la época en que estaba prohibido tenerlos.

Hablábamos en voz baja para que no nos pudiera oír la machanga de guardia, con el tono de voz de los que hacen promesas que saben que no van a poder cumplir. Ella me decía que estaba arrepentida, que había cambiado. Yo, que todo sería como antes. Mejor aún… ¡Como en una novela de Corín Tellado! Como si las historias de amor –las verdaderas,  quiero decir- pudiesen tener un final feliz.  ¡Ni que fuera fácil cambiar la vida cuando se sale de curso!”
luicino2012@gmail.com

Y ahora quieren proscribir el reguetón, Luis Cino

Como desde hace más de seis  años el reguetón es casi la única ¿música? que se escucha en Cuba a toda hora y en cualquier lugar, llegué a temer que duraría tanto como el castrismo. Una de mis pesadillas llegó a ser que cuando  el heredero Castro de turno (¿Mariela, Alejandro, Fidelito?) decidiera encerrarnos a los disidentes en gulags con alambradas eléctricas -si es que para entonces todavía PDVESA  envía petróleo a Cuba- para que no estorbemos la lenta metamorfosis del sistema, por los altavoces del campo de prisioneros tronaría, también a toda hora, el ritmo del reguetón.

Pero  a juzgar por lo preocupados que andan por la UNEAC con las letras groseras, obscenas y machistas de los reguetoneros, parece que el reguetón se va a acabar -por decreto- un poco antes que el castrismo.

No tengo que decirles que detesto el reguetón,  pero, ¿saben una cosa?: para nada me alegra que vayamos a descansar de él porque así lo determine un puñado de comisarios  reminiscentes del Decenio Gris.

¿Quién coño son Esteban Lazo, Abel Prieto, Pedro de la Hoz y –con todo el respeto que se merece- la doctora Graziella Pogolotti, para decidir qué música escuchan o dejan de escuchar los cubanos?

Se quieren arrogar el derecho a  prohibir por motivos ideológicos determinados tipos de música, como hicieron en su momento con los Beatles, el rock y hasta con cantantes tan inocuos como José Feliciano y Roberto Carlos.

Para bien o para mal, las TIC han democratizado el consumo de la música: hoy cada cual recopila y escucha la música que le da la gana.  ¿Qué importa que los mandamases  hagan asquitos al reguetón y no lo pasen por la radio?  Los chicos oyen a todo volumen, en todos los barrios, las canciones tan zafias y groseras como ellos mismos, con letras con un  sentido tan  doble y triple como la moral –o falta de ella- de los fariseos que  pretenden educarles el gusto estético.

“¡Soy el animal!”, proclamaba hace un par de años Gente de Zona en uno de sus reguetones. Y exactamente como animales actúan los muchachos que los admiran. Van sin camisa por la calle, luciendo sus tatuajes y eribangas,  embisten al momento de abordar las guaguas, gritan pinga y cojones por cualquier motivo, tratan como perras a “sus jebitas”, que son tan mal habladas como ellos,  y mean despreocupadamente, a la vista de todos, en mitad de la avenida. Eso, cuando el alcohol y las pastillas no se les suben a la cabeza, y les da por fajarse y “formar lo desagradable”…

En la sociedad cubana finalmente se impusieron la vulgaridad, la chabacanería, el mal gusto y la marginalidad. No es que los patrones musicales refuercen estándares incongruentes con los valores de la sociedad cubana. Todo lo contrario: la realidad se parece a la música que más se escucha. Y viceversa. Es un perfecto círculo vicioso. Cuba vive la apoteosis de la chusmería. El reguetón cayó en su justo tiempo y en el lugar preciso: es el soundtrack ideal para el desmadre nacional.

Podrán  no difundirlo por la radio y la TV, prohibirlo oficialmente, pero así no van a poder acabar con el reguetón. Como mismo no pudieron acabar con el rock.  ¡Cuidado, no vaya a ser que dentro de veinte años le levanten una estatua a Daddy Yankee –o al Chacal – en un parque del Vedado!
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¿Por qué siempre la muerte?, Luis Cino

Hace unos meses, el candidato republicano Mitt Romney, de visita en Miami y en plan de hacerse el duro respecto a Cuba y Venezuela,  cometió la pifia –no sé si  porque se lo contó Sarah Palin o porque como de costumbre, no sabía bien de qué coño hablaba – de decir que Hugo Chávez había plagiado “de una Cuba libre” la consigna “¡Patria o muerte, venceremos!”

Se imaginarán como reaccionaron los exiliados que oyeron el disparate de atribuir a “una Cuba libre” la puñetera consiga, que fue pronunciada por primera vez por Fidel Castro en 1960, durante el sepelio de las víctimas de la explosión de La Coubre, un barco belga cargado de armamentos para el régimen cubano, que no se sabe bien si fue volado por la CIA o si lo volaron por carambola los rebeldes argelinos, que confundieron el destino de las armas y pensaron que iban destinadas al ejército francés.

El caso es que el ¡patria o muerte! fue sustituido -en los días en que con el derrumbe del imperio soviético, el color rojo se borraba de los mapas- por otra consigna más tremebunda todavía: ¡socialismo o muerte!

Resultaba escalofriante, además de una redundancia, condicionar la vida de una nación a la supervivencia de una ideología que  de todos modos  mata –y al final muere- de tanta miseria, frustración y desesperanza.

En lo personal, ambas consignas con la muerte al final siempre me evocaron aquella  canción – tan tenebrosa y picúa como el castrismo- del viejo enterrador de la comarca abrazado al rígido esqueleto de su amada.

Afortunadamente, luego de la sucesión,  las dos consignas ya casi no se escuchan. Y es un alivio, porque le ronca que nos machuquen a toda hora, tan gozadores de la vida como somos los cubanos, con frasecitas que tienen la muerte como única alternativa. ¡Dígame usted si la inmolación es por el enfermizo apego al poder de una elite intolerante y egoísta!

La reiteración durante demasiado tiempo de los himnos guerreros y las consignas terminadas en muerte han  provocado profundos daños sicológicos en los cubanos. Sólo eso puede explicar lo frecuentes que se han hecho, luego del martirologio de Orlando Zapata, las huelgas de hambre  entre  los opositores al régimen.

Lo digo una vez más: me parecen actos desesperados, absurdos, una barbaridad,  que en el mejor de los casos, dejarán secuelas irreversibles en la salud. En el caso de los presos, totalmente desamparados frente a una maquinaria monstruosa que los tritura, la huelga de hambre puede ser un recurso extremo para hacerse escuchar por los cancerberos.  Pero un opositor, aun en la precaria libertad que permite la vigilancia y el acoso de Seguridad del Estado, tiene muchas más opciones para hacerse sentir.

Alguien dijo una vez que lo  más importante en el triunfo de las ideas no es morir por ellas, sino haber logrado sobrevivirlas.

Los cubanos hemos acuñado frases como “primero muertos que desprestigiados”.  La honra nos es muy cara y la mantenemos a toda costa, pero agotamos todos los recursos antes de morir por ella.  El suicidio no es una vocación nacional, por mucho que haya aumentado en los últimos años el número de paisanos desesperados que se quitan la vida.

Con tanto recurrir a las huelgas de hambre puede que se  banalicen y  llegue un momento en que el mundo,  cínico como se ha vuelto, se resigne a aceptar que la muerte  de disidentes cubanos  es algo tan “natural” como los muertes por las inundaciones en Bangla Desh o por el hambre y las enfermedades en el África Sub-Sahariana.

Y eso, al final, será conveniente para el régimen. Es proverbial su intransigencia ante las huelgas de hambre. Cuando hacen algún caso a los huelguistas es solo para intentar doblegarlos y desacreditarlos. Entonces, ¿para qué insistir en las barbaridades?   ¿La genética castrista  logrará finalmente transformarnos en kamikazes?
luicino2012@gmail.com