Por qué no firmo, Luis Cino

Confieso que cuando leí el “Llamamiento urgente por una Cuba mejor y posible” estuve tentado a firmarlo. Aunque nadie me invitó. Supongo no sea necesario.  Hacer un país mejor debe ser tarea de todos. Pero cuando lo leí por segunda vez, ya no estuve tan seguro de querer poner mi firma. No tengo dudas de que sus redactores y la mayoría de los firmantes están animados de las mejores intenciones, pero el documento me pareció flojito, falto de sal, más reformista que rebelde. Muy poco para esta hora. Ya no se trata de sortear el abismo, sino de ver cómo salimos de él, porque hace rato que caímos, aunque muchos prefieran hacerse los despistados. O firmar o decir  cualquier cosa por no quedarse fuera del ajo.

Hay muchas firmas de personas que uno admira. Pero también está la de Carlos Saladrigas. Y no puedo evitar que me dé mala espina cualquier cosa que tenga que ver con ese mercachifle oportunista y conciliatorio, más interesado en los negocios que en las libertades.
No es que nos deleitemos en “la volupptuosidad del callejón sin salida” que dijera Emile Cioran, sino que es la dura realidad. Es perder el tiempo mendigar reformas y permisos de esto y de lo otro a los que no dan la menor señal de dar su brazo a torcer. Y menos de escuchar a la disidencia.  El régimen ha vuelto a reiterar su disposición  a dialogar –en igualdad de condiciones- con los Estados Unidos pero no con los  cubanos. Hasta la libertad de prensa está dispuesta a discutirla, pero con los yanquis, no con los periodistas de la UPEC, tan obedientes como son. Capaz  que la reforma de su aberrada política migratoria pretendan discutirla un día de estos  con la Migra o la mismísima Mrs. Hillary Clinton, en Washington o en El Paso, Texas.

Entonces, ¿vale la pena insistir en susurrarles que queremos dialogar a los que no nos escuchan ni aunque gritemos? Puede que sí. Principalmente, sería bueno que lo firmen muchos personajes, acurrucados  en nichos oficialistas, y que no acaban de vencer el temor de dar la cara para exigir sus derechos y sus libertades. Los demás, hace mucho que salimos al limpio, sin peto y sin guantes.

Pudiese firmar este documento, otro más. Pero ya estoy cansado de tanto firmar. Lo cual no quiere decir de ninguna manera que critique a los firmantes. Todo lo contrario.  Jamás me contaré en el bando de los come-candela. Repito, si casi que lo firmo…Pero no…

Ojala este llamamiento funcione…Que más quisiéramos todos. Quiero decir, todos los que de verdad queremos una Cuba mejor. Sin poses, dobles discursos ni trucos. De cualquier modo, y por si acaso, que me avisen cuando la dictadura esté dispuesta a dialogar, no con los yanquis, sino con el pueblo cubano.
luicino2012@gmail.com

El país del futuro, Luis Cino

Últimamente varios ilustres visitantes, incluso funcionarios de organismos internacionales, no han escatimado los elogios al parque temático en forma de finca-campamento militar-marabusal que un buen amigo  se empeña en llamar Castrolandia por no darle el gusto a tanto sinverguenza de confundir a Cuba con los rastrojos y las ruinas de una dictadura.

Han dicho que Cuba es el país más seguro del hemisferio, lo cual nadie duda. ¿Qué se puede esperar de un estado policial donde no se puede pescar una claria en una zanja mojonera o vender boniatos en una carretilla que no esté en continuo movimiento y debidamente identificada por la ONAT,  sin que lo sepa inmediatamente Seguridad del Estado?

Más rebatible resulta decir que  Cuba es el mejor país para tener hijos, cuando las cubanas no quieren parir en espera de que vengan tiempos mejores, lo cual  amenaza con convertirnos en un país de viejos.

Peor: aseguran que el mundo debía aprender y tomar ejemplo de la agricultura cubana.O que –y esto sí debía ocasionarles un patatús   por  desvergonzados-  el sistema judicial cubano, esa fábrica de presos y abusos, es un portento de  jurisprudencia, y las cárceles, que no dejan ver a los relatores de derechos humanos, paraísos de rehabilitación, son casi sanatorios.

Han llegado a decir algunos que cuando tratan de avizorar un país del futuro, a la medida de sus sueños, piensan en Cuba.  ¡Vaya  sueño!

Imaginen un futuro de   mugre, escaseces, apagones, chivatos y mítines de repudio. Un país de bajareques, llega y pones y edificios en estática milagrosa…hasta un día…Paradas de ómnibus atestadas de gente mal vestida, con  peste a grajo, hambreada, frustrada en todos y cada uno de sus planes,atemorizada, sin esperanzas.  Y con muchas ronchas y picazones: Cuba se ha convertido, a pesar de las fumigaciones con petróleo aguado y del insecticida Lomaté que fabrican los presos para la empresa PROVARI del MININT, en el reino de los mosquitos, las santanillas y los piojos.

Pero los camaradas solidarios siempre hallarán el lado positivo de lo que queda de la revolución: las escuelas y los hospitales, que siguen siendo gratis, aunque cada día den más grima.

Sedientos de democracia real, envidiarán la suerte de poder aplaudir como focas amaestradas en las reuniones de rendición de cuentas del Poder Popular, que nada resuelven. Y, ¿qué van a resolver si está el rollo del  bloqueo yanqui?, dirán los camaradas solidarios.

Hartos de la globalización capitalista, se regocijarán de vivir sin Internet –esa babélica confusión- ni libertades, pero también sin Publix, Mc Donalds,  Wall Marts o El Corte Inglés. Sólo vendutas y timbiriches. Sin lumínicos, sin comerciales de TV ni vallas publicitarias. Sólo las que exijan la libertad para Los Cinco, pregonen a los que no se han dado cuenta todavía que “vamos por el camino correcto”, o  expliquen que revolución es “cambiar todo lo que deba ser cambiado”…Aunque no cambie nada. O casi nada, que no es lo mismo, ay Silvio, pero es igual…

Qué pena que pasen tan poco tiempo en Cuba, que tengan que regresar a la despiadada sociedad de consumo y no puedan compartir nuestra cochambrosa  dicha. Pero siempre tendrán  abiertas las puertas del futuro, es decir, las de Castrolandia.  Sólo tienen que reservar pasaje en el primer vuelo.

Aquí lo acogeremos radiantemente pobres, pero solidarios. Compartiremos el vértigo de viajar apretujados  en una guagua china, sorteando los baches, al atronador ritmo del reguetón, a toda máquina hacia el desastre… Será feliz en una barbacoa de Centro Habana o un albergue de Cambute.Nos regocijaremos con él por seguir siendo eternamente miserables. Lanzaremos nuestras esperanzas a una fogata de basura sin recoger en una noche de apagón. O con las luces estrictamente necesarias de los bombillos ahorradores de 45 watts. Así recuperará lo que le robó la sociedad de consumo:la camaradería de la horda.

Brindaremos por tanta maravilla con chispa de tren. Por otro mundo mejor…Chin-chin….Como Cuba. El país del futuro.
luicino2012@gmail.com

Aquel 5 de agosto, Luis Cino

No supe del Maleconazo hasta  entrada la noche de aquel 5 de agosto de 1994, cuando mi amigo El Coqui llegó a mi casa a  ver si seguía vivo y no me había muerto de la depresión, como era de esperar en un tipo de 38 años a quien su esposa de 22 lo había dejado sin más explicaciones hacía poco más de de una semana, o me habían metido preso, lo que tampoco hubiera sido raro, habida cuenta de mis “graves problemas ideológicos” y las explosiones de rabia que tenía cada vez que quitaban la luz.

Pero ese no era el caso. Esa noche no quitaron la luz, para que la gente pudiera ver por la televisión como el Comandante se paseaba por el Malecón, horas después de que sus esbirros lo controlaran todo, a palos y tiros, pero sin muertos. De milagro. El Comandante fue aclamado por algunos de los mismos que minutos antes gritaban contra él y su gobierno.

En realidad, no vi la escenita. No sólo porque no tuve estómago para eso, sino porque no tenía entonces ni televisor. Unos días antes,  cuando estaba para el trabajo, mi mujer y mi suegra se  llevaron el televisor junto con la grabadora, todos los casettes excepto los míos de jazz, un ejemplar de la edición Casa de las Américas de Rayuela del año 1969, las sábanas, las toallas, los cacharros de cocina, etcétera. O sea, que estaba en la más completa desolación. Solo, con los discos y los libros que no había tenido que vender, y mi gato Freddie, que meses después devoraron ciertos hijos de puta hambrientos que nunca supe quienes fueron por suerte para ellos.

El Coqui aquella noche me rescató de la soledad  -“someone saved my life tonight”, hubiese cantado  Elton John-  y me avisó de lo que había pasado esa tarde en La Habana.  Mientras tomábamos un café recalentado que sabía a rayos, me contó mi amigo  de los cientos de gentes que tiraban piedras, rompían vidrieras y gritaban ¡libertad! y ¡abajo Fidel! por el Malecón, Galiano e Infanta.

“Parecía que se iba a caer el gobierno”, me dijo. Por mí, tan jodido como estaba,  como si se caía pal carajo, no sólo el puñetero gobierno, sino el mundo entero y parte de la Vía Láctea. Aunque para ser sincero, el fin de la dictadura me hubiese consolado bastante…

Esa noche, salimos a caminar por La Víbora a tomar un poco de fresco, pero tuvimos que regresar al poco rato. La policía andaba nerviosa  y pedía carnéts y registraba a los pocos que andaban por la calle.  Por la Calzada de Diez de Octubre pasaban, en uno y otro sentido, carros patrulleros, camiones y jeeps con militares armados.

Recuerdo que la mañana siguiente, cuando iba para el trabajo,  por la avenida de Porvenir pasaron rumbo a la Avenida del Puerto varios jeeps con ametralladoras y tripulantes  con uniformes de camuflaje y caras de pocos amigos.

Con el paso de los días supe de los cientos de heridos y detenidos. Pero la gente ya no quería o no se atrevía a hablar más del Maleconazo. Solo hablaban de irse del país. El Comandante había anunciado su decisión de no vigilar más las costas. Se veía en la calle gentes con tablones, tanques de acero, gomas de camiones. Todo lo que sirviera para hacer una balsa y lanzarse al mar. Hablando a gritos. Buscando un carro, un camión, que los llevara a alguna playa. A cualquiera.  Como si de repente, todos se hubieran vuelto locos  por largarse y no tuvieran que ocultarlo más de chivatos y policías. Y a mí me dolía, me daba asco y me deprimía más. Si es que era posible estar más deprimido.

He explicado otras veces que, casualidad o  mañas de Dios para ayudar a sobrevivir,  los momentos más duros de las últimas tres décadas  invariablemente los pasé tan inmerso en mis propios problemas, casi siempre borracho, saltando de cama en cama, de una decepción en otra, cansado como un perro de trabajar en la agricultura o la construcción,  que no pudieron provocarme más pesadillas de las habituales. Así estaba en agosto de 1994. No sé por qué me ha dado por escribir del Maleconazo. Será que por estos días se cumple otro aniversario de aquellos sucesos. Hoy que en cierta forma siento una atmósfera de desesperanza parecida a la de aquellos días, o peor, porque ha pasado más tiempo y barbaridades y nada, quise compartir mis recuerdos con ustedes. Siquiera por desahogarme y no reventar.
luicino2012@gmail.com