Un capítulo de una novela a medias, Luís Cino

Tengo  dos novelas a medias: “Siempre huele a quemado” y “Casa con puntales”.  Las dos llevan años guardadas. Más de seis. Casi que he renunciado a terminarlas.   Las he saqueado de punta a cabo para conformar cuentos. Las he molido y rehecho, y ya no me quedan ganas  de volverlas a armar. Aunque Faulkner, García Márquez,  Cabrera Infante, Rushdie y otros, hayan hecho más o menos eso hasta la saciedad: contar una y otra vez las mismas historias, con los mismos personajes. Solo que cada vez lo hacían mejor. ¡Bendita sea la intertextualidad! Pero yo temo repetirme. Cuando escribo ficción todo se parece demasiado a mis vivencias. Y aunque pudiese, no las cambiaría.  Las circunstancias, sí. Pero eso es mucho más difícil que rearmar una novela. Aquí va un fragmento de “Siempre huele a quemado”.

“Cuando salí al portal del pabellón, sentí el olor a hierba quemada. Últimamente siempre olía a quemado. No como el olor a café mezclado con chícharos que se siente en mi barrio por las mañanas bien temprano. Quiero decir a quemado. A comida quemada, a hierba quemada, a trapo quemado, a perro muerto quemado en la cuneta.

Eran más de las ocho de la noche. Casi todos estaban en el portal. Sentados en las sillas o en los muros. A la vista del guardia y del enfermero. Cogían fresco. Hablaban mierda. La mirada perdida  no sé donde. Como cada noche después de comer y antes de las pastillas.

Tuve que salir a buscar aire. No pude leer. Me dolía la muela. En el dormitorio había mucho calor y demasiados mosquitos. Farruco, en la cama de enfrente, con el sube y baja de la sábana, no podía disimular que se hacía una paja. ¿Quién cojones puede leer así? El libro tampoco me interesaba mucho: El Tábano. Se le quedó a alguien en el comedor. Nadie lo reclamó. Aquí nadie tiene cabeza para leer. Pero yo tengo que leer. Cualquier cosa, los periódicos viejos, lo que sea. Tengo que mantener mi cabeza sana. Es lo único que me puede salvar.

Afuera es lo mismo cada noche. Los mismos chistes, los mismos cuentos de mujeres. Míster Cowley   canta Pretty Baby y ensaya un pasillo. Cuando se tostó, le dio por las películas americanas “de antes”. Se cree Fred Astaire. Ladea la cabeza con gracia y estira  el brazo derecho para tomar la mano de Ginger Rogers. Se supone que con la otra mano sostiene el bombín. O un elegante bastón, como el de Cab Calloway. Es un viejo alto y flaco, pelado al cepillo. Su pelo gris pincha de mirarlo. Baila con una agilidad que sorprende en alguien tan viejo. Fuma como un condenado. Con el mismo estilo de Bogart, que es uno de sus dioses.

Aquí todos fuman como si el mundo se fuera a acabar ahora mismo y quisieran esperar el Armagedón envueltos en humo. Lo que más jode es que hay que esconder los cigarros y fumar escondido. Hay que esconderse para todo.  Para comer  la mierda que te traen de la casa, para pajearse, para hablar mal de “esto”.

Higinio se ve bien hoy. Hace días no cae en las crisis que coge cuando le falta la insulina. Entonces lo amarran a la cama y lo inyectan. Lo ponen a dormir enseguida. Pero hoy está bien. Está tan bien que tiene a Bertón dándole vueltas y babeándose de ganas. Mejor. Así me deja tranquilo a mí. No estoy para maricones.

Sentado en el suelo, en un rincón, Bernardo trata de sacar acordes a la guitarra. Siempre los mismos acordes. Algo de Los Brincos (¿o de Juan y Junior?). O Smoke on the water. O Stairway to heaven. Pero  se le olvida que sabe tocar guitarra cuando le piden que cante en los actos políticos.  ¿Qué coño va a montar algo de Silvio si se le borró de la mente hasta como van los dedos en los trastes de la guitarra? “No voy a tocar para ellos. Ni pinga”, me dice. Sólo en mí confía. Yo en él, un poco. Lo suficiente para compartir los cigarros, hablar un poco de mierda, y responderle acerca de la fiesta ñángara: “Seguro, man, ni pinga”. Luego, vuelvo a confirmarle: “Sí, brother, claro que me acuerdo de los Grand Funk”.

Pero esta noche no estoy para él. Me levanto y me alejo cuando empieza a cantar con una voz que da ganas de cagar aquello del sorbito de champán o lo otro de “me vine sin decirte nada”.

Tengo más ganas de largarme de aquí que nunca. Trato de no pensar. Es peor. Y me está apretando el dolor de muela. Camino hasta la enfermería a pedir una aspirina. Si hay aspirinas. Nunca hay nada y es de pinga para que te den alguna medicina. Sólo las  pastillas que te ponen bobo. Si no te las tragas,  te muelen a palos. Tengo experiencia.

Por suerte, esta noche está de guardia el Cordobés. El enfermero es un  jodedor, el tipo me cae bien. Me manda a entrar, me brinda cigarros y nos sentamos a hablar. Es con la única gente que -si no está borracho- se puede conversar de algo que valga la pena.

-Guarda la aspirina para después y échate un trago-me dice y saca un pomo de un alcohol teñido de rosado. Le echan timerosal para que no se pueda beber, pero igual se lo toman.  Empezamos a hablar de historia. Siempre empieza por ahí para caer suave en lo que le gusta: hablar mal del gobierno. Nunca empieza él. Sólo te da cuerda. Despacito, como quien no quiere las cosas.

Se  interesa en lo que yo escribía antes que me trajeran para acá. No sé cuantas veces le he dicho  que escribía cuentos y poesías y cualquier mierda que se me ocurriera. Pero él siempre vuelve a preguntar lo mismo. No creo que sea un chivato. De cualquier modo, no me importa. Ya no tengo nada que perder.

-Tú estás loco, asere- me dice.

-Bueno, eso mismo dicen estos singados. Por eso estoy aquí. Sólo un loco es capaz de  no estar con Fidel y su revolución…

Y empezamos a “hablar mal de esto”. Una vez más.
luicino2012@gmail.com

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