¿Qué pasó con mis discos?, Luis Cino

 

A muchos, principalmente en el exterior, les asombra que   esté tan empapado del tema del rock, los blues y la música soul de las últimas cuatro décadas.  En especial de los años 60 y los 70, que fue precisamente cuando los Jefes  se empeñaron en que las canciones en el idioma del enemigo no se escuchara en Cuba. Sucede que soy  testarudo. Fíjense si lo soy, que a pesar de la Ley 88, de los segurosos y sus chivatos, escribo lo que me sale de los timbales. ¿Se imaginan cuán testarudo sería con 16 ó 17 años, digamos, en la época de “Sweet home Alabama”?  ¡Si me planté en siete y medio de que ni pinga iba a ir al servicio militar, y por poco me muero para que me dieran la puñetera baja del ejército, no iba a escuchar música y a tener el pelo del largo que me diera la gana!

Ya a mediados de los años 70 había logrado reunir una nada desdeñable colección de discos de acetato, que incluía casi todos los de los Beatles, y bastantes de Dylan, los Stones, Led Zeppelin, Cat Stevens, Elton John, Santana y Chicago. Pasé literalmente hambre para reunirla. En el mercado negro, los discos, de uso, se vendían  entre 20 y 40 pesos. El precio  dependía de la fama del artista y el grado de conservación del disco. Para que tenga una idea, en 1975, cuando me botaron de Educación y empecé a trabajar en la construcción, me pagaban 106 pesos al mes. Demoré un par de años en que me aumentaran a 148 pesos, luego que me evaluaron de albañil, sin importar lo tosco y chapucero que era poniendo ladrillos y tirando mezcla más al piso que a la pared.

Los primeros discos que tuve  –antes siempre eran prestados- fueron “England newest hit makers. The Rolling Stones”, y el Hard day’s night, de los Beatles. Ambos  de 1964. Los conseguí con más de seis años de retraso, pero me parecía que los habían grabado la semana anterior. Como estaban bastante trajinados, pedían cuarenta pesos por los dos. Yo rabiaba por comprarlos, pero no tenía dinero (por entonces estaba en la secundaria básica). Finalmente logré que me los cambiaran por una vara de pescar que me había dejado mi tío Raúl cuando se fue para Estados Unidos.

Recuerdo aquellos, que fueron los primeros, pero no los que vinieron después o en qué orden. Tal vez no fueron precisamente de rock, pero igual los gasté de tanto escucharlos: creo que fueron “Mediterráneo”, de Joan Manuel Serrat, un disco que todavía me mata; uno de Otis Redding, de la firma Supraphon, que compré en la Casa de la Cultura Checoslovaca,  y  de Roberto Carlos (adivinaron, el de “Un gato en la oscuridad” y “Detalles”). Y después vino la avalancha rockera. Porque aunque no lo crean, en pleno decenio gris, y con la policía que te los quitaba si te cogía en la calle con ellos, los discos de rock ingleses o americanos, al menos en La Víbora y Lawton, hacían olas. Sólo había que saber  buscarlos.

Para 1978, cuando me casé con Leyda y se unieron los discos míos con los de ella –ELO, Pink Floyd, Steely Dan y más Led Zeppelin- nos convertimos, durante los cuatro años que duró nuestro matrimonio, en un emporio discográfico que era tenido en cuenta hasta por el mismísimo Juanito Camacho, nuestro socito en aquellos tiempos, y una buena parte del jet-set ondífero habanero.

Había varios negociantes o coleccionistas –no sé cómo calificarlos, porque brincaban continuamente el límite entre una y otra categoría- que tenían el monopolio de los mejores discos. Sus firmas e incluso cuños aparecían en las carátulas y los sellos de discos que circulaban por toda la ciudad y un poco más allá: Pedro F, Carlos Andux, Roberto Trompo Loco. Y también estaban Vitico, Natilla, Omar La Cebra y Manolo.

¡Qué personaje  Manolo! Mi socio Manolo. Es uno de mis más antiguos amigos. De los pocos que me quedan en Cuba. Mi hermano mulato y gordo, protegido por todos los orishas,  en su castillo en lo más alto de La Víbora, desde cuya azotea se ve toda La Habana. “Y parte del Ecuador”,  diría él. Siempre jodedor y a la viva en cuanto a la música que está en onda, cualquier música, siempre que no sea el puñetero reguetón. Aunque a veces tiene sus deslices. Como cuando me propuso un disco de Beethoven, y yo le pregunté si era moderno, y  me respondió: “No, asere, cómo va a ser moderno, es de su época, con su orquesta… Sale  en la portada, con su melenita tipo Barry White o James Brown. Es de esa época, de esa onda, instrumental pero más suave. Si no lo quieres, avísame y no resingues más, para llamar a mi socio Formell a ver si le interesa”.

Pero no todos los discos los compré. Desgraciadamente, siempre había amigos que se iban y te legaban sus discos (y más gorrión): Carlos Ubieta, Mayito, Gordillo, Peyi, Fidelito…Y también  cambiaba discos. Al mismo Manolo. O a cualquiera. Por otros discos o por cualquier otra cosa. Una vez, allá por los 80,  le cambié a un tipo nada menos que “Songs of Leonard Cohen” por un destornillador.

Y así, hasta que aparecieron los discos compactos. Llegaron con más de diez años de retraso. Y primero, para los privilegiados. Como casi todo en Cuba. Por mí, mejor no hubieran llegado. Constituyeron un verdadero cataclismo para los coleccionistas de discos. No tanto por los de vinilo -que los que nos interesaban todavía  aparecían-, como por las agujas, las unidades y hasta los  tocadiscos, que se perdieron junto con las latas de carne rusa, el vodka Stolishnaya todo lo demás que desapareció con el imperio soviético.

Fui de los últimos que se aferraron a las placas de vinilo y  los viejos tocadiscos –aún  Blackmore, allá por Lawton, y Manolo, siguen en eso, con más discos de los casi 200 que alguna vez llegué a tener. Después de un Akkord ruso del cual por malo no quiero acordarme, conseguí un Radio Técnica, también ruso, que todavía utilizo como amplificador  y del cual no tengo demasiadas quejas: se escucha como un cañón…del Ejército Rojo. Pero como dicen los aseres de mi barrio, “no hay más ná”.

Vine a conseguir un reproductor de CD japonés, Sony, hace siete años, cuando se fue Oscarito El Turco, mi peludísimo –ahora calvo-, bluesero y curda  hermanito de Lawton, cuya ausencia aun no paro de lamentar. El aparato me lo vendió  regalado -¿les gustó el oxímoron?- y en dos plazos.  Le dio pena no regalármelo, pero necesitaba  completar la suma de dinero que exige la dictadura a sus súbditos para permitirles salir y dejarlos sin país.

El Turco me dejó también, además del perro Tareco y una bandera confederada, su colección de compactos de  monstruos del rock, y en especial, del rock sureño. Y eso me forzó a conseguir en CD, no solo los discos que me faltaban, que eran muchos,  sino también los que ya tenía en vinilo, porque ya no había agujas y el plato se jodía a cada rato.  Y he llegado a digitalizar casi toda la música  que tenía  y mucha más. Cuesta trabajo encontrar quien venda discos quemados de la música que  me gusta, pero siempre aparecen. Ahora los copio de memorias flash, de mp3 o de los que me prestan. Mas los que me envían mis amigos del exterior, los viejos y los más nuevos. Por ejemplo, entre otros, Carlos me ha conseguido los últimos de Cat Stevens –que ahora se llama Yusuf-; El Turco el Four Ways Street, de Crosby, Stills, Nash and Young y  Long way out of Eden, de The Eagles; Ángela el Songs of Leonard Cohen, Víctor, el Beggars banquet de los Stones y las primeras cosas de Fleetwood Mac, cuando todos eran hombres, ingleses y tocaban blues;  recientemente Charlie Bravo me copió en mp3, entre otras joyas, nada menos que a Derek and the Dominos, que fue un disco que siempre ambicioné tener.

Hace poco me comentaban que ahora de nuevo están en boga los discos de vinilo. Dicen que han descubierto que en definitiva se escuchaban mejor que los CD. Que ahora hay platos que vienen preparados para digitalizar las viejas placas de acetato. El tema salió porque averiguaba como puedo hacer que alguien me digitalice el Memphis’menu, un disco bellísimo de José Feliciano que he encargado a las once mil vírgenes y unas cuantas huríes, pero que no sé por qué  no aparece ni en los círculos espirituales, y si apareciese en  vinilo, de todos modos no tendría cómo escucharlo.

No sé decirles si ahora escucho mejor la música. Soy demasiado nostálgico, ¿saben? A veces, la música de los CD me suena como si escuchara un Atari y echo de menos el scratch de los viejos discos que ya no tengo. Pero estoy obligado a reconocer que si no fuese por la tecnología digital, no pudiese disfrutar hoy, por ejemplo, de la música de Billie Holiday, Robert Johnson y Django Reinhardt.

Hoy solo conservo por puro gorrión –repito que no tengo ya cómo escucharlos- el par de discos del álbum “Anyday now”, de 1968, donde Joan Baez canta como nadie los temas de Dylan, los cinco de Serrat que sacó la EGREM entre 1973 y 1981, algunos de jazz y los Conciertos de Brandemburgo.  ¿Qué pasó con mis discos de vinilo? Pues los vendí, los regalé, los cambié por CDs. Por ahí andan, regados por La Habana y tal vez más allá, con sus portadas manoseadas, sus ruidos y sus ralladuras. Y ahora mismo los echo de menos.
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Un capítulo de una novela a medias, Luís Cino

Tengo  dos novelas a medias: “Siempre huele a quemado” y “Casa con puntales”.  Las dos llevan años guardadas. Más de seis. Casi que he renunciado a terminarlas.   Las he saqueado de punta a cabo para conformar cuentos. Las he molido y rehecho, y ya no me quedan ganas  de volverlas a armar. Aunque Faulkner, García Márquez,  Cabrera Infante, Rushdie y otros, hayan hecho más o menos eso hasta la saciedad: contar una y otra vez las mismas historias, con los mismos personajes. Solo que cada vez lo hacían mejor. ¡Bendita sea la intertextualidad! Pero yo temo repetirme. Cuando escribo ficción todo se parece demasiado a mis vivencias. Y aunque pudiese, no las cambiaría.  Las circunstancias, sí. Pero eso es mucho más difícil que rearmar una novela. Aquí va un fragmento de “Siempre huele a quemado”.

“Cuando salí al portal del pabellón, sentí el olor a hierba quemada. Últimamente siempre olía a quemado. No como el olor a café mezclado con chícharos que se siente en mi barrio por las mañanas bien temprano. Quiero decir a quemado. A comida quemada, a hierba quemada, a trapo quemado, a perro muerto quemado en la cuneta.

Eran más de las ocho de la noche. Casi todos estaban en el portal. Sentados en las sillas o en los muros. A la vista del guardia y del enfermero. Cogían fresco. Hablaban mierda. La mirada perdida  no sé donde. Como cada noche después de comer y antes de las pastillas.

Tuve que salir a buscar aire. No pude leer. Me dolía la muela. En el dormitorio había mucho calor y demasiados mosquitos. Farruco, en la cama de enfrente, con el sube y baja de la sábana, no podía disimular que se hacía una paja. ¿Quién cojones puede leer así? El libro tampoco me interesaba mucho: El Tábano. Se le quedó a alguien en el comedor. Nadie lo reclamó. Aquí nadie tiene cabeza para leer. Pero yo tengo que leer. Cualquier cosa, los periódicos viejos, lo que sea. Tengo que mantener mi cabeza sana. Es lo único que me puede salvar.

Afuera es lo mismo cada noche. Los mismos chistes, los mismos cuentos de mujeres. Míster Cowley   canta Pretty Baby y ensaya un pasillo. Cuando se tostó, le dio por las películas americanas “de antes”. Se cree Fred Astaire. Ladea la cabeza con gracia y estira  el brazo derecho para tomar la mano de Ginger Rogers. Se supone que con la otra mano sostiene el bombín. O un elegante bastón, como el de Cab Calloway. Es un viejo alto y flaco, pelado al cepillo. Su pelo gris pincha de mirarlo. Baila con una agilidad que sorprende en alguien tan viejo. Fuma como un condenado. Con el mismo estilo de Bogart, que es uno de sus dioses.

Aquí todos fuman como si el mundo se fuera a acabar ahora mismo y quisieran esperar el Armagedón envueltos en humo. Lo que más jode es que hay que esconder los cigarros y fumar escondido. Hay que esconderse para todo.  Para comer  la mierda que te traen de la casa, para pajearse, para hablar mal de “esto”.

Higinio se ve bien hoy. Hace días no cae en las crisis que coge cuando le falta la insulina. Entonces lo amarran a la cama y lo inyectan. Lo ponen a dormir enseguida. Pero hoy está bien. Está tan bien que tiene a Bertón dándole vueltas y babeándose de ganas. Mejor. Así me deja tranquilo a mí. No estoy para maricones.

Sentado en el suelo, en un rincón, Bernardo trata de sacar acordes a la guitarra. Siempre los mismos acordes. Algo de Los Brincos (¿o de Juan y Junior?). O Smoke on the water. O Stairway to heaven. Pero  se le olvida que sabe tocar guitarra cuando le piden que cante en los actos políticos.  ¿Qué coño va a montar algo de Silvio si se le borró de la mente hasta como van los dedos en los trastes de la guitarra? “No voy a tocar para ellos. Ni pinga”, me dice. Sólo en mí confía. Yo en él, un poco. Lo suficiente para compartir los cigarros, hablar un poco de mierda, y responderle acerca de la fiesta ñángara: “Seguro, man, ni pinga”. Luego, vuelvo a confirmarle: “Sí, brother, claro que me acuerdo de los Grand Funk”.

Pero esta noche no estoy para él. Me levanto y me alejo cuando empieza a cantar con una voz que da ganas de cagar aquello del sorbito de champán o lo otro de “me vine sin decirte nada”.

Tengo más ganas de largarme de aquí que nunca. Trato de no pensar. Es peor. Y me está apretando el dolor de muela. Camino hasta la enfermería a pedir una aspirina. Si hay aspirinas. Nunca hay nada y es de pinga para que te den alguna medicina. Sólo las  pastillas que te ponen bobo. Si no te las tragas,  te muelen a palos. Tengo experiencia.

Por suerte, esta noche está de guardia el Cordobés. El enfermero es un  jodedor, el tipo me cae bien. Me manda a entrar, me brinda cigarros y nos sentamos a hablar. Es con la única gente que -si no está borracho- se puede conversar de algo que valga la pena.

-Guarda la aspirina para después y échate un trago-me dice y saca un pomo de un alcohol teñido de rosado. Le echan timerosal para que no se pueda beber, pero igual se lo toman.  Empezamos a hablar de historia. Siempre empieza por ahí para caer suave en lo que le gusta: hablar mal del gobierno. Nunca empieza él. Sólo te da cuerda. Despacito, como quien no quiere las cosas.

Se  interesa en lo que yo escribía antes que me trajeran para acá. No sé cuantas veces le he dicho  que escribía cuentos y poesías y cualquier mierda que se me ocurriera. Pero él siempre vuelve a preguntar lo mismo. No creo que sea un chivato. De cualquier modo, no me importa. Ya no tengo nada que perder.

-Tú estás loco, asere- me dice.

-Bueno, eso mismo dicen estos singados. Por eso estoy aquí. Sólo un loco es capaz de  no estar con Fidel y su revolución…

Y empezamos a “hablar mal de esto”. Una vez más.
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La crisálida y los reproches, Luis Cino

Suelo últimamente escuchar demasiados reproches dirigidos contra la disidencia interna. Merecidos o totalmente injustos, llueven de  de todos lados y por cualquier motivo.  Por lo que hace y por lo que deja de hacer. Incluso por lo que suponen que debían hacer los opositores  mucha gente que no tiene la más puta idea de lo que habla. O que hablan cualquier cantidad de mierda por el placer de hablarla o para complacer determinados intereses. Vaya usted a saber. Tal vez simplemente dicen algo por no seguir callados, para tratar de quedar bien con sus conciencias. Si es que les queda, si hay algún modo de componer los ripios que quedan.

Particularmente me molestan algunos personajillos que han aparecido en ciertos medios intelectuales a los que les ha dado por posar de abiertos y contestatarios ahora que suponen sea inocuo hacerlo, y hasta de buen gusto, siempre que no se traspase ciertos límites. Critican a diestra y siniestra, hasta al gobierno, pero sobre todo a los disidentes.  Atribuyen y reprochan a los disidentes el apasionamiento y la pataleta. ¿Por qué tanto resentimiento?, se preguntan los que se desmerengaron por hambre o porque les pisaron los callos y les quitaron un día sus privilegios, los que simulaban fidelidad. Ellos nunca estuvieron en prisión o fueron despedidos de las escuelas y los trabajos  por discrepar de la línea oficial. O por problemas ideológicos, como entonces decían. Pero aun así se sienten con derecho a exigir que no tengamos resquemores y seamos comprensivos e indulgentes con los verdugos de ayer y de ahora mismo.

Ahora que ya no están agachados –al menos no tanto como antes-, y se atreven a decir ji y un poco más, los oportunistas recién salidos del capullo, quieren dictar pautas acerca de cómo hay que hacer para ganar espacios y la confianza de  las masas, para engatusarlas y presionar por los cambios. Esas masas de las que tanto hablan y de las que solo conocen el rumor, la bulla lejana, de segunda mano…

Pero lo que más me jode es cuando oigo decir a ciertos pendejos que no vale la pena oponerse al gobierno y correr los riesgos de la disidencia al uso, total, porque casi todos al final se van y los que se quedan,  están penetrados hasta la médula por la Seguridad del Estado. Son la misma mierda que el gobierno, dicen. Y que no quieren saber nada de política, porque la política los tiene hasta los mismísimos cojones…que no tienen.

Me jode mucho, pero al final comprendo que uno se inventa cualquier excusa  para justificar su inacción, su apatía y sus pendejadas de tantos años. Y dejar que otros hagan: los disidentes, las Damas de Blanco, los reformistas trapiñados que no acaban de dar la cara, el tiempo… A ver que pasa…Supongo no sea fácil reconocer francamente: “Caballeros, a mí no me hablen de disidencia, yo no hago nada porque tengo un miedo que me cago…”

Y así, la disidencia se va repoblando de caras nuevas, casi siempre más amables.  Y el aire se llena de labia fácil.  Están colonizando la disidencia, dicen algunos suspicaces, como hicieron los ingleses con las Malvinas y los yanquis con Texas. A tal punto es la colonización que pronto los disidentes de verdad se van a sentir desorientados y ajenos en medio de tantos documentos, eventos y conferencias. Y, sin entender bien la lengua que se habla,  no van a saber entonces donde están o por qué senda tomar.  Que es lo que en definitiva quiere la dictadura para poder hacer sus cambalaches e ir aterrizando suavecito, suavecito…
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