All of me, Luis Cino

Dicen que casi todo el mundo recuerda qué estaba haciendo el  11 de septiembre de 2001, cuando supo la noticia del  ataque terrorista al World Trade Center. Por mi parte, vi por la TV las primeras imágenes del hecho mientras  ayudaba a un albañil, que me pagaba 20 pesos diarios, a  remendar el techo de una vieja casa en Santos Suárez.

Hasta una semana antes, trabajaba en una UBPC cerca de mi casa. Me pagaban 350 pesos mensuales por hacer de celador  de la vaquería en noches alternas y de vaquero todos los días,  a partir de que amanecía y hasta que me relevaban después del mediodía. El trabajo tenía sus compensaciones. Al menor de mis hijos, que  tenía entonces siete años, y acababan de quitarle la leche de la libreta de abastecimiento,  no le faltaba la leche de vaca acabada de ordeñar.  En nuestra mesa, no faltaba el ají, el quimbombó y las frutas  que  ¿resolvía, robaba? en la granja.

Además, siempre me ha gustado la vida al aire libre. Recuerdo que aquel trabajo me abría el apetito. Me encantaba nadar en la presa, vestido solo con un jean cortado por las rodillas, mientras las vacas pastaban en la orilla. Luego me tendía a leer mientras me secaba al sol y vigilaba a las vacas. Malagradecido que es mi cuerpo, no estaba  tan flaco como ahora, sino musculoso y con la piel tan tostada como un indio.

Me botaron de aquel trabajo porque un día cuando recogí las reses, yo que soy cegato y distraído, y que por  tan poco dormir, no sabía ya cuando soñaba o estaba despierto, no descubrí que una vaca preñada se escondió y se quedó regada en el campo hasta la mañana siguiente.  La encontré parida, con su ternerito, oculta entre los matorrales. Por suerte ningún matarife dio con ella esa madrugada, porque todavía  estaría preso. Habría sido una jugada perfecta para Seguridad del Estado, porque como ya era periodista independiente desde hacía más de tres años, me hubieran podido enviar a prisión, no por motivos políticos, sino acusado de  “hurto y sacrificio de ganado mayor”.  De hecho, el jefe de la granja amenazó con acusarme e impulsivo y mal hablado que soy  a veces, lo mandé para la pinga y le pedí la baja.

Después de reparar el techo  donde me sorprendió el 11-S,  me fui  a  cortar  marabú y a chapear  las orillas de la carretera de Managua. Estuve en eso hasta hace menos de siete años.

Desde que me echaron de la universidad para los revolucionarios, casi ningún trabajo me asusta. Como he pasado casi toda mi vida adulta en trabajos rudos –a los 19 años ya trabajaba en la construcción, allá por 1987 trabajaba demoliendo casas a mandarriazos en la Habana Vieja y diez años después, luego de un intermedio como cartero, en el bacheo de las calles del municipio Diez de Octubre- deben suponer que físicamente soy cualquier cosa menos escuálido, que es el término que empleó mi amigo y colega Iván García para describirme en una reciente crónica que me dedicó. Soy introvertido y tímido, de acuerdo.  Bajito y flaco siempre he sido, pero bastante fuerte y saludable. Mejor que escuálido sería enjuto, fibroso, nervudo, etc. Pero a veces uno no halla las palabras precisas para describir a los demás.

Trabajé en la vaquería desde marzo hasta los primeros días de septiembre de 2001: menos de seis meses. No obstante, que haya trabajado como vaquero  llama todavía la atención de muchas personas. Algunos amigos que me conocen bastante bien, en Cuba y en el exilio, siguen enclochados en que trabajé como celador de una vaquería. También pudieran decir que alguna vez fui profesor de inglés y que puedo leer, casi tan bien como a García Márquez y a Vargas Llosa en español, a Faulkner y a Hemingway en su lengua original.  Pero supongo sea más romántica la imagen del escritor-cowboy con pinta de junkie o de freakie (¿de hippie sería más exacto?).

A propósito de los detalles románticos, lamento contradecir a mi amigo Iván, pero en mis noches en la vaquería, no escribía cuentos y crónicas junto a una vela,  sino a la luz  más prosaica de un bombillo ahorrador de 60 watts, con el machete al lado, siempre atento a que no me sorprendieran los matarifes y me descojonaran todo para robarse las vacas.

Con la escualidez, la vela y la pinta de junkie y todo, agradezco el inmerecido honor que me hace Iván García al elogiar mis mañas al escribir. Lo atribuyo  a nuestra vieja amistad, que se remonta a los tiempos en que teníamos  como mentor al poeta Raúl Rivero, al que nunca tendremos cómo agradecerle sus consejos y enseñanzas. Pero si se trata de los mejores en el periodismo independiente que se hace ahora mismo en Cuba, también se puede hablar de  Tania Díaz Castro, Juan González Febles o el mismo Iván – al que le viene de casta, por algo es hijo de Tania Quintero-, que es uno de los más agudos, ágiles y originales de los observadores de la realidad  nacional.

Con González Febles, que desde noviembre de 2007 dirige Primavera Digital y es un excelente narrador,  tengo mucho en común, aparte de una amistad -en las buenas y en las malas- de más de 20 años. Nos iniciamos juntos en el periodismo independiente en 1998, en Nueva Prensa, una pequeña agencia independiente que había creado y dirigía  la ex comentarista deportiva de la TV Mercedes Moreno, a quien debemos lo muy en serio que tomamos el periodismo desde el principio.

Creo que fue Mercedes quien nos trajo una tarde un libro, Los periodistas literarios, donde aparecían crónicas de Wolfe, Didion, McPhee y otros. Ella pensó que nos interesaría. Acertó.  Aquel libro cambió definitivamente nuestro modo de escribir. En aquella época, insaciables lectores como éramos, ya conocíamos  a Tom Wolfe, Truman Capote y Gay Talese.  Desde entonces,  con esos referentes y otros más que hemos ido hallando, eso es lo que tratamos de hacer con más o menos suerte, cuando podemos y viene al caso: periodismo literario.

Es algo que llama la atención de muchos, porque aunque lo literario siempre estuvo presente en el periodismo cubano -desde  José Martí y Julián del Casal, pasando por Bohemia y toda la prensa de la República, hasta Lunes de Revolución y la Revista Cuba-,  los experimentos formales de los periodistas cubanos de los años 60  fueron barridos por la chatura y la mediocridad del decenio gris, y hasta hoy, salvo contadas excepciones –Leonardo Padura, Luis Sexto, Ciro Bianchi- no ha logrado levantar cabeza en la prensa oficialista. Si  hemos logrado traerlo como algo novedoso  a la prensa independiente, particularmente en Primavera Digital, ese sería nuestro principal mérito.
luicino2012@gmail.com

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Malaparte que nos toca, Luis Cino

Siempre he pensado que el italiano Curzio Malaparte (1898-1957) fue uno de los escritores más sinceros que tuvo el siglo XX. Aunque ahora vuelven a estar de moda los inconformistas, no habría tenido cabida en estos tiempos de escritores “políticamente correctos”. En su mayoría son considerados así precisamente porque pasan de una pose a otra sin mostrar nunca su verdadero ser. Pero cuando alguna vez lo sugieren, causan espanto…

Aunque atacó por igual a fascistas que a comunistas, muchos insisten en  acusar a Malaparte por haber sido fascista. En realidad, apoyó al fascismo muy poco tiempo, apenas un par de años. Italia –como  toda Europa-  iba tan mal en aquellos años, que no era extraño que los intelectuales se inclinaran por el fascismo o por el comunismo. Ya en 1925, Malaparte había roto con el régimen de Mussolini y unos años después (1933) fue enviado a la cárcel. Desde entonces fue el más acérrimo antifascista.

Con ánimo de atenuar lo culposo de mi preferencia por un escritor casi olvidado y que alguna vez simpatizó con el fascismo, les recuerdo a mis lectores ultra-izquierdistas, siempre tan severos a la hora de juzgarme y de ciber-chancletear, que Curzio Malaparte fue uno de los autores preferidos de Fidel Castro. Claro que el libro que gustaba al Comandante era “La técnica del golpe de estado”, mientras que yo prefiero “Kapput” –uno de los libros que más me han impresionado- y “La piel”. Y no puedo dejar de mencionar “Dos años de Battibecco” –en español significa “batiburrillo”-, la recopilación de las columnas publicadas por el escritor pratense, entre 1953 y 1955, en la revista Tempo.

De releerlo tantas veces, el ejemplar de “Battibecco” que conservo (Editora Latinoamericana, S.A, México, 1956) está que se deshace entre las manos. Malaparte hacía un tipo de periodismo que más que fascinarme, confieso que me hace rabiar de envidia.

Estoy convencido de que  todo lo que uno ha leído y releído en cierta forma influye en lo que escribe. Así, podría culpar, o mejor, agradecer, a Malaparte, cuando escribo ciertas cosas que de tan apasionadas bordean el libelo.

Llegado a este punto, ante la agresividad de ciertos ciber-enemigos que me he buscado últimamente y que se creen más patriotas que patrioterón, no puedo resistir la tentación de citar varios párrafos de la introducción que escribió Malaparte para “Due anni di Battibecco”, en mayo de 1955:

“Hay dos maneras de amar al propio país: la de decir la verdad abiertamente, sin miedo, sobre los males, sobre la miseria, sobre la desverguenza que sufrimos, y la de esconder la realidad bajo el manto de la hipocresía, negando llagas, miserias y desvergüenzas, o bien exaltándolas como virtudes nacionales. Entre las dos maneras, prefiero la primera, no solo porque me parece la justa, sino porque la peor forma de amor patrio es la de cerrar los ojos ante la realidad y abrir de par en par la boca con himnos e hipócritas elogios que no sirven de nada, ni siquiera para esconder, a uno mismo y a los demás, los males.”

“No vale la excusa de que los trapos sucios se lavan en familia. Mísera excusa: un pueblo sano y libre, si gusta de la limpieza, los trapos sucios los lava en la plaza. Y es inútil e hipócrita invocar el amor patrio. El amor patrio se le hace cómodo  solamente a los responsables de nuestras miserias y vergüenzas, y a sus cómplices y siervos; se le hace cómodo a quien nos oprime, humilla, defrauda y corrompe…La Italia de los siervos y los amos es una Italia despreciable que no merece piedad ni respeto. No tiene nada que ver con la Italia verdadera, humillada, encadenada, hambrienta, traicionada. Y no se diga que Italia está ahora ya hasta tal punto envilecida que no puede soportar la verdad y que necesita de la mentira para vivir y para sobrevivir. Si no soporta la verdad, reviente pues. Yo no sé que hacer con una patria que no soporta la verdad.”

luicino2012@gmail.com

circulocinico@gmail.com

 

¿Dejamos quieto a Martí?, Luis Cino

Resultaron predecibles los comentarios de algunos lectores acerca de “Martí: el mito y la culpa”,  publicado en mayo en Cubanet  (anteriormente  abordé  el tema varias veces en Primavera Digital). Algunos me agradecieron por decir lo que ellos hubiesen dicho pero –por distintas razones- no se atrevieron a decir. Y ya de paso, como quien no quiere la cosa, lo dejaron dicho en el comentario.  Pero en la mayoría de los comentarios estaba implícito el “a Martí me lo dejas quieto ahí”.  Y la verdad es que no sé si alegrarme porque la figura de José Martí sea una de las pocas cosas verdaderamente serias que nos quedan a los cubanos. Sólo que cada cual lo interpreta y  utiliza de acuerdo a sus intereses. Y eso, para qué engañarnos, ha hecho y hace más daño que bien. Pero mucho peor sería deshacerse de Martí, como proponen ciertos perretosos.

Exactamente eso es lo que quería decir. Parece que no supe explicarme. O algunos no quisieron entenderme. Y a esos, de tan prejuiciosos y atrincherados, de ningún modo los iba a convencer. Fíjense si es así, que recientemente porque me referí a los capitalistas tiburones que quieren sacar lascas del raulismo, comentó  alguien que yo parecía un escritor del realismo socialista. Bueno, no creo serlo, dios me libre, pero en todo caso, ojala que fuese  como Mijail Sholojov –quiero decir, en “El Don apacible”, porque “Campos roturados” no hay quien se lo empuje. Y al respecto, lo que dije de Saladrigas, Fanjul y otras hierbas,  bien dicho está: que no piensen tanto en sus ganancias y tengan más consideración por las libertades y los derechos de su pueblo, digo, si todavía nos consideran su pueblo.

Hubo un lector que se puso demasiado puntilloso y me reprochó la inexactitud de la cita martiana del vino agrio. Sucede que en ningún momento dije  que la cita  fuese textual. No quise destacar el plátano, sino la acritud. ¿Por qué tenemos que aceptar lo agrio como ineludible solo porque es nuestro? ¿Acaso no habló también Martí del aldeano vanidoso?  ¿Por qué hacer vino precisamente de plátano si se puede hacer de otra cosa y seguro sale mejor? ¡Esa insistencia con el dichoso plátano! Luego nos acusan, si no de simios, de vivir en repúblicas bananeras y nos ponemos latinoamericanamente bravos. A propósito, sin United Fruit ni nada de eso, ¡ay Eduardo Galeano!,  el socialismo del siglo XXI ya demostró con creces no estar exento de su carácter bananero. Como las ranitas del platanal de Bartolo. Así que aguántense…

Saco a colación el socialismo del siglo XXI no tanto por las payasadas y papelazos  que ya apenas son noticia de los compañeros Chávez, Evo, Correa y Ortega, sino porque espero que pronto algunos gaznápiros ilustrados empiecen a asociar  el anti-panamericanismo de José Martí -tan deslumbrado por Norteamérica como reluctante a ella- con la tierra que tiran a la OEA por estos días los gobiernos de la Alianza Bolivariana.

¿Se dan cuenta de que Martí, de tanto que escribió y a veces con tanta ambigüedad,  sirve a los propósitos de cualquiera que se antoje de apropiárselo? Por eso, amante del periodismo literario de Martí como soy, antes que opinando de política,  lo prefiero como poeta. Y de su poesía, los Versos Sencillos, que son inmensos.

A propósito, no hay muchos cubanos dispuestos a aceptar que en el modernismo la poesía de Martí no supera a la de Julian del Casal, su contemporáneo, que dicho sea de paso, también hacía un excelente periodismo literario en La Habana Elegante. Pero sé que decir esto disgustará a muchos. Julián del Casal no murió en combate, sino que se murió de risa dos años antes de que empezara la guerra de independencia de 1895. Era maricón, afrancesado, tuberculoso, aficionado al hachís y para colmo, no le interesaba demasiado la política. ¡Qué coño iba a ser nuestro poeta nacional!

Y digo más sobre Martí, para que me acaben de excomulgar  los que gustan de idealizarlo y actualizarlo constantemente, cual antivirus.  Para Martí, las mujeres debían estar  apartadas de la vida política. Y los negros, que no se atrevieran a reclamar otra identidad que no fuera la de cubanos. En esto último, sus intenciones fueron las mejores, en pos de la unidad y de evitar odios, pero contribuyó al  arraigado hábito de los cubanos blancos –o que pasan por blancos- de negar que en Cuba haya racismo, aunque para probarlo no tengan más remedio que  –de los muchos que se saben- hacer algún chistecito sobre los negros.

Es sabido que Martí no fue, no podía ser, un  hombre de suerte. Luego de enfrentar a tantos caudillos militaristas,  su muerte en Dos Ríos lo convirtió en el mártir definitivo de la civilidad. Pero de poco valió. Bien lejos del tantas veces invocado en vano “con todos y para el bien de todos”, la república fue un desastre en sus primeras tres décadas, se jodió cuando empezaba a arreglarse y  es gobernada desde hace más medio siglo como si fuese un campamento militar. O, rurales como son nuestros gobernantes, como una finca de vacas, cebúes y  marabú, mucho marabú…

No piensen que soy anti-martiano. En todo caso, más que cínico o escéptico, soy  pudoroso con el abuso que demasiada gente hace de Martí.

Permítanme contarles un recuerdo feliz. Como si fuera hoy, me veo una fría tarde  de enero de 1967, con apenas once años, en El Laguito, orgulloso por haber recibido el primer  premio en un concurso literario sobre Martí. A mi lado, tan orgulloso como yo, estaba Jorge Félix, mi maestro Makarenko de sexto grado en la escuela primaria “Andrés Torres”, a quien agradezco me haya enseñado a leer a Martí y también  a declarármele a una chiquita y a escuchar a los Beatles. Todavía no logro entender cómo nos la arreglamos entre el profe y yo, tan bajitos y flacos, para trasladar el premio, los 27 tomos de las Obras Completas de José Martí, de la Editora Nacional de Cuba, desde El Laguito hasta mi casa, en La Víbora, no sé cuantas guaguas llenas mediante. Atesoré aquellos libros hasta bien entrado el Periodo Especial, cuando por hambre tuve que deshacerme de ellos. Fueron a parar a Caracas. Una historia  que siempre lamentaré.

Y por fin, ¿dejamos quieto a Martí? No me parece oportuno. El Martí de las estatuas, hiperprotegido, perfecto, sobre el que ya está dicho todo lo bueno posible,  nos dejaría sin arriesgar opciones, sin margen para equivocarnos. Y obviamente, no podemos darnos ese lujo. Todavía no.
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