Ni carismáticos ni fotogénicos, Luis Cino

Ante la sordera y la indiferencia mundial, los disidentes cubanos vamos a terminar aquejados con el síndrome del patito feo. Nos falta una belleza como Camila Vallejo. No  somos espectaculares ni carismáticos como Hugo Chávez. Tampoco lo suficientemente exóticos para llamar la atención.

En Cuba, el carisma lo tiene Fidel Castro; lo verdaderamente exótico es su macondiana revolución convertida en dictadura de más de medio siglo, que sigue siendo de él, aunque ahora sólo escriba reflexiones casi siempre apocalípticas que firma como Compañero Fidel.

Los disidentes tenemos que admitir que no hemos sido  capaces de despertar el interés mundial como las tribus indígenas de la Amazonia,  el Dalai Lama, las Madres de la Plaza de Mayo.

Parece ser que nos vemos tan grises como las ballenas que amenazan a la vuelta de unos años en quedar convertidas “en imágenes de archivo de un programa vespertino de televisión”. Pero a ellas les dedican canciones. A nosotros no. No hay un cantante famoso que dedique una canción a las Damas de Blanco, como hizo Sting cuando vio bailar solas  a las esposas y las hijas de los asesinados por las dictaduras militares sudamericanas.

Tampoco nos dedican películas. ¿Será  la insistencia de la prensa internacional en repetir el estribillo de “la fragmentada oposición, penetrada por Seguridad del Estado” el motivo por el cual ningún director ha dedicado a la vida de nosotros una película como “La vida de los otros”? Y con tantas historias de espanto como hay, uno se pregunta si de veras creerán que  la Stassi era más aterradora que  el G-2.

El día que un disidente cubano se dé candela en la vía pública, como los bonzos de Saigón de los años 60, dirán que sólo un perturbado mental optaría por el suicidio en medio de tanta maravilla.  Adicionalmente, le reprocharán el feo manchón  que dejó en la calle –que es de Fidel- y haber utilizado para su propósito suicida el  petróleo que solidariamente envía Hugo Chávez.

Estropeando la  nostalgia revolucionaria y romántica de los eternos izquierdistas con boinas guerrilleras y camisetas de Che Guevara, enfrentamos a una dictadura parlanchina,  que se precia de desafiar a los Estados Unidos y que alguna vez  encarnó la utopía. No importa si ya no es para nada  fotogénica, sino todo lo contrario. Pero no importa. Quedan aquellas fotos hermosas de 1959. Con ellas basta para mantener el espejismo.

Así y todo, con lo poco fotogénicos e inconvenientes que somos los disidentes,  cuando la prensa internacional repara en nosotros, porque algún preso político murió en huelga de hambre o porque alguien logró retratar a  porristas que golpean mujeres en la calle, el régimen  pone cara de víctima y asegura que se trata de “una nueva campaña mediática contra la revolución”.

Debemos ser comprensivos con los visitantes extranjeros que acuden a lo que creen el paraíso revolucionario. Si los cubanos no logramos construir el tal paraíso, se supone que al menos debemos simularlo.

No nos perdonan que existamos. Que seamos disidentes. Ni siquiera aceptan que hayan disidentes u opositores. Por eso se muestran exigentes, escépticos y suspicaces. Prestos a sustituirnos por lo primero que aparezca. O que inventen. Lo que sea…

¿Qué derecho tenemos los disidentes  a estropear las vacaciones en Cuba de tantos camaradas solidarios, compañeros de viaje, académicos zurdos, viejos verdes y jamonas ninfómanas? ¿Por qué arruinar los negocitos en Cuba de Repsol y Meliá? ¿Cómo vamos a privarlos de  las cultas e instruidas jineteras, los esbeltos pingueros y  la mano de obra barata y sin derecho?

Tan jodido como anda el mundo, con tanto indignado como hay -y con razón-, es de pésimo gusto hablar a los visitantes extranjeros de las Damas de Blanco, los presos políticos, las cárceles dantescas que no permiten  inspeccionar  y los opositores asediados por las brigadas de respuesta rápida y sus coreógrafos de Seguridad del Estado. Una verdadera impertinencia nuestra majadería de reclamar democracia en vez de ponernos a bailar salsa.

¡Cuán desconsiderados somos en negarnos a sonreír a sus cámaras, parados ante los pintorescos escombros de La Habana,  sin decir todo lo que ellos esperan escuchar acerca  de nuestra felicidad!
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La Bienal de la insinuación y la pulla, Luis Cino

El reparto San Agustín, en la Lisa, no tendrá otras cosas, pero gracias a la XI Bienal de La Habana, ya tiene un Museo de Arte Contemporáneo. El MACSA, rodeado de edificios de microbrigadas, vendutas, aceras rotas y salideros de aguas albañales, está ahí. Los vecinos del barrio pueden relacionarse con  novedosas propuestas artísticas mientras piensan cómo cogerán la guagua para ir a trabajar, cómo se buscarán unos pesos para comprar los zapatos de sus hijos, lo que comerán o cómo resolverán una balita de gas para cocinar lo poco que puedan conseguir.

Los organizadores de la XI Bienal se han propuesto llevar el arte a las calles e incorporarlo a la vida cotidiana de la gente. ¡Qué bien!

“Detrás del muro”, una muestra de más de una veintena de artistas cubanos de la plástica, ha diseminado instalaciones a lo largo de una buena parte del malecón habanero. Las instalaciones se confunden con la vida real. Uno no sabe si los puntales y la basura y los escombros, como a veces están cercados,  son también una instalación.

Un enorme banco en forma de  S, de Inti Hernández, nos invita a sentarnos a mirarnos las caras y conversar. Los de aquí y los de allá, los de arriba y los de abajo. Buena falta que nos haría…si hubiese voluntad. Un avión atraviesa una reja y un mástil exhibe 16 pares de orejas (¿nadie escucha a los artistas o hay demasiados chivatos que los vigilan?)

Un cañón Parrot, de madera, a escala natural, hecho por Duvier del Dago, de frente al mar, apunta al norte. ¿O al muro? ¿Qué pretende? ¿Defendernos de los yanquis? ¿Con un cañón de palo? ¿O tumbar el muro a cañonazos? ¿Ese muro, para que podamos escapar mejor? ¿O todos los muros que han sido y son? Pero, ¿por qué tumbar  el del Malecón? ¿Y por qué tendríamos que escapar, y cargar con la catástrofe donde quiera que uno vaya, porque está visto que hay catástrofes de las que nunca se acaba de escapar?

El Malecón, según afirma Juan Delgado, el curador de “Detrás del muro”, es el  espacio más  democrático de Cuba. Lo es más o menos,  cuando a la policía no le da por pedir los documentos de identidad a las muchachas y los muchachos negros –esos eternos sospechosos-o  hacer redadas contra los travestis –ay, Mariela, la policía sigue rabiosamente homofóbica-  las putas, sus chulos, los pingueros, los marihuaneros, los pastilleros de la ketamina y los vendedores sin licencias.

Cerca de allí, policías y custodios vigilan que no se roben la madera y los tornillos de  un inmenso caballo -¿de Troya?- en cuyo interior se exhiben cuadros. Símbolos y más símbolos. El arte encierra dentro de sí las verdades que nos harán libres. Pero está celosamente vigilado, de  ladrones y libertarios, por censores, policías y guardias de seguridad. Cada vez más, Cuba es un país de rejas, muros, alambradas, policías, custodios y guardias de Seguridad…del Estado.

Esta es la Bienal de la insinuación y la pulla. Aunque no sea mucho lo que se insinúe y las pullas  no tengan demasiada acritud. Sólo la que se supone será tolerada. Y tal vez, porque siempre hay algunos osados, un poco de forcejeo por los espacios públicos y un poco de libertad de expresión. Nada para asustarse. Y si hay susto, ahí están los segurosos para amenazar a los artistas y confiscar las obras,  como hicieron con la exposición alternativa del pintor Luis Trápaga.

Se crearon expectativas porque expondría Ai Wei-Wei, un artista disidente chino. Pero  expone bicicletas. Chinas, marca Forever, para más detalles. De las que salvaban vidas o mataban –según como se mire- durante los años del hambre, los apagones y las guaguas que no pasaban del periodo especial. Las conocimos bien, más por desgracia que por suerte. Como ya quedan pocas por acá, uno no sabe si reírse, sentir la  morbosa nostalgia de los tiempos peores  o sentirse estafado por el amago de disidencia permitida.

Por si hay peligro,  para tupir a los censores y los comisarios o darles margen para que se hagan los bobos o posen de liberales y desprejuiciados,  bienvenidas sean  a la Bienal la irreverencia, el snobismo y la extravagancia, siempre tan de buen tono en estas ocasiones.

Aunque, por mucho que se esfuercen en ser extravagantes y epatar –que digan lo que digan,  es el mejor modo de disimular la falta de  talento-, no lograrán superar la Aktion número 135 del austriaco Herman Nitsh, el padre de las performances. La tituló “Jesús contra el universo” y se escenificó en los jardines del Instituto Superior de Arte (ISA). Dos horas en que se maceraron carnes y frutas, se chuparon sus jugos y se untaron de sangre de cerdo jóvenes desnudos. Más que un performance, aquello parecía una misa negra. Un aquelarre diurno, con un sol que rajaba las piedras y vísceras y sangre a tutiplén. Totalmente repugnante.

Dicen que esta XI Bienal es la más concurrida y mejor organizada. No sé. Por mi parte, más que las insinuaciones y las pullas que bien poco dicen, me quedo con los elefantes de Jeff  de la anterior Bienal. Y si de símbolos e insinuaciones se trata, con las cucarachas de Roberto Fabelo en los muros del Palacio de Bellas Artes. Que las cucarachas sabemos siguen ahí, jodiéndonos la vida, aunque ya casi no se vean. Y uno que revienta de ganas de verlas despatarradas por el piso. Como aquellas de Fabelo.
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Carapacho pa la jicotea, Luis Cino

Pedro Luis Ferrer nunca fue de los cantautores nacionales preferidos por mí, que eran –y siguen siendo, a pesar de todo- Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Era demasiado guarachero para mi gusto. Para guarachar y tirar un pasillo, antes que las pretensiones filosóficas y el empaque poético de un trovador, prefiero a Los Van Van. O mejor aun, las bachatas   de Juan Luis Guerra, que nadie negará que es un poeta, naif y todo como suele ponerse con tiradas tales como “total, las palmas son más altas y los puercos comen de ellas.”

Admito mi predisposición a no creer en los cantautores cubanos, especialmente cuando se muestran contestatarios. Como Carlos Varela,  Frank Delgado y Pedro Luis Ferrer. Suelen virarse en blanco y terminar aplaudiendo –o abrazando- lo mismo a Juana que a su hermana…o su hermano.

Entonces, como estoy curado de espanto con los cantautores, no les hago mucho caso: los oigo como quien oye llover.

Digo esto para que nadie vaya a creer que le paso la cuenta a Pedro Luis Ferrer por lo demasiado conciliatorio que se muestra ahora con la dictadura. No me sorprendieron demasiado las declaraciones que ha hecho recientemente en Miami, esa ciudad donde la gente, tan solo llega, da los más inesperados vuelcos, a favor o en contra del castrismo.

Ni Pedro Luis Ferrer ni Los Aldeanos  me sorprendieron con sus declaraciones en Miami. Supongo que algún precio hay que pagar para poder  participar en el intercambio cultural en un solo sentido.

Que no me guste la música de Pedro Luis Ferrer viene de atrás.  A inicios de los  90, precisamente cuando lo habían desaparecido de la radio y la TV, sus canciones me saturaron.  Penetraban a toda hora –cuando había luz, quiero decir- a través de las ventanas y las paredes de mi casa, en La Víbora.  Mi amigo, vecino y ex alumno, el promotor cultural Reinaldo Jaén, cuando no tenía a Barbra Streisand a todo meter  en su grabadora, escuchaba al mismo volumen los cassettes piratas del cantautor proscrito.

Así, uno que trabajaba hasta la madrugada,  no podía dormir unas horitas de la mañana  sin que la Streisand anunciara “somewhere we´ll find a new way of living”. Ni qué decir de intentar escribir o echar un palito en paz al mediodía, antes de volver al trabajo, sin que Pedro Luis Ferrer proclamara, como si  alguien  lo pusiera en duda: “Tengo un amigo palero, tengo un amigo abakuá, son más hombres y más amigos que otros que no están en ná.”

Por entonces, Pedro Luis Ferrer ya no cantaba a las milicianas artilleras “de plomo y aguacero” ni a la vaquita Pijirigua que quería seguir a la antigua, sino que se quejaba y advertía del abuelo Paco y  reclamaba que viniera el estado de derecho a reinar en la  isla.

Reinaldo Jaén y la que entonces era mi esposa, Litay Luna, fueron los organizadores  del concierto de Pedro Luís Ferrer en mayo de 1994, en el Palacio de Bellas Artes, durante la Bienal de La Habana. Estuve en primera fila en aquel concierto, que por entonces, de tan rebelde, parecía temerario.  La abarrotada sala estaba vigilada por varios nada discretos segurosos. El público aplaudía a la menor alusión políticamente picante y coreaba las canciones prohibidas. Especialmente el Abuelo Paco.

Pasaron quince años antes de que volviera a un concierto de Pedro Luis Ferrer, el 24 de julio de 2009, también en el Museo de Bellas Artes. Ya no me pude sentar en las primeras butacas porque a los organizadores del espectáculo ni siquiera los conocía de vista -Rey había muerto de cirrosis hacía años y Litay, luego de nuestro divorcio, se largó a Buenos Aires.

La cantidad de segurosos al acecho en la sala era más o menos la misma que en 1994. Sólo que ahora vestían  pullovers –casi siempre rojos en vez de camisas de cuadros. En realidad, no era ya muy necesaria la vigilancia. El trovador no clamó por la venida del estado de derecho ni cantó El abuelo Paco. El público tampoco se la pidió, tal vez porque no conocía la canción, ya la había olvidado o porque había demasiados segurosos -y con ellos, por muy aburridos o indiferentes que parezcan, nunca se sabe…

En aquel concierto, Pedro Luís Ferrer cantó canciones de amor. Las de antes (Mariposa, Si no fuera por ti)  y las más nuevas. Y guarachas, mucha guaracha. Solo hizo levísimas  alusiones sociales. El público no coreaba las canciones. Tampoco reía mucho. Menos gritaba cuando criticaba algo, porque el cantor -¡pobre del cantor!- sencillamente no criticaba. Sólo reía, como el que de sus maldades se acuerda. Tal vez se acordaba que el día antes, en el mismo escenario, habían actuado los payasos Barquillo y Bombón…

Parece que  Pedro Luis Ferrer descubrió la conveniencia  de no ser demasiado contestatario. Máxime que ya los cubanos pueden entrar en los hoteles si tienen bastantes cuc, Mariela Castro y el CENESEX defienden los derechos de los que tienen “delirio de amar varones” -siempre que sean revolucionarios, faltaba más- y ya el Partido Único  permite ser palero, abakuá o cualquier otra cosa que se les antoje, excepto  disidente. Y Pedro Luis Ferrer parece conformarse con poquito más que eso  y los timbiriches.

¿Quién lo diría? Ahora  niega haber estado tan prohibido como nosotros suponíamos.  Qué digo nosotros, si hasta su ya difunto tío, Raúl Ferrer, con todo lo viceministro de Educación que era,  cuando lo oía cantar “El romance de la niña mala” de su autoría, en el patio de su casa, en la calle Luis Estévez, que era donde único podía hacer, muy de rato en rato, una especie de peña, donde más que otra cosa,  no podía contener la rabia por la mierda que le habían hecho a su sobrino del alma.

Pero ahora el cantautor  dice que nunca trabajó tanto como en ese tiempo que suponíamos de ostracismo.  Sólo que trabajaba y aun trabaja en su estudio casero, donde graba, no para la EGREM o Bis Music, sino para una disquera extranjera. Yanqui, por más señas. Los dólares que gana y sus viajes al exterior le ayudan, si no a olvidar, a sobrellevar del mejor modo posible que en su país todo se haya convertido, más que en espuma y arena, en agua y sal…

Pedro Luis Ferrer  evita ser “pendenciero”. En vez de llamar las cosas por su nombre, dice que “hubo políticas y decisiones desacertadas” y “un manojo de errores colectivos”.

¿Cómo que colectivos? ¿En qué fallamos nosotros? Pues en esperar lo que no debíamos. Explica Pedro Luis Ferrer, casi igual que lo haría Ricardo Alarcón, Bruno Rodríguez Parrilla o algún oficial de Seguridad del Estado: “En situación de asedio no cabe esperar normalidad”. Por supuesto que  el asedio es el de los yanquis,  la Unión Europea y cualquiera que critique al régimen, no el de la policía política y los porristas de las brigadas de respuesta rápida contra los ciudadanos que se atrevan a discrepar. Así que ya saben, mientras los yanquis no aflojen, podemos olvidarnos de las libertades políticas. Aunque no lo dijo a las claras, faltó poco para que Pedro Luis Ferrer dijera: “Compañeros, no jodan, que con lo bloqueada y agredida  que está la revolución, bastantes libertades tenemos”.

Pedro Luis Ferrer, que asegura  estar en contra de la anarquía y la  desobediencia social, dice que manteniéndose dentro de las fronteras del arte y la moderación institucional,  ha encontrado “un ilimitado y potable margen para expresar la discrepancia”.

El cantautor solo lamenta “ciertas restricciones”, tales como la ausencia de leyes que protejan las protestas públicas. Pero los artistas como Pedro Luis Ferrer no precisan enarbolar pancartas ni dar escándalos en la calle. Les basta con tener un discurso inteligente y respetuoso.  Allá los que no estén a su altura, no lo supieron interpretar y creyeron lo que no era. Allá los irresponsables que no encuentran la fórmula adecuada para disentir. Que se busquen un carapacho. Como las jicoteas. O Pedro Luis Ferrer.
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Los naguitos de la embajada cubana en Paris vs. Yoyi, Luis Cino

Mi amigo Jorge Luis Morales, el Yoyi, un villaclareño que vive en Francia desde finales de los años 90, recibió la siguiente comunicación firmada por el cónsul de Cuba, José A. García: “Se requiere conocer quién es propietario de una vivienda  vacía en Cuba durante el censo y no tiene a nadie que declare, que vive en el exterior. Requerimos la información a la mayor brevedad posible.”

Así, como lo leen. No conformes con haberles despojado de todas sus propiedades cuando salieron de Cuba, de exigirles renovar la prórroga del pasaporte cada dos años para poder entrar en su patria si las autoridades se lo permiten, si consideran que se portan bien, los funcionarios diplomáticos también se creen con el derecho de reclamarles  que les sirvan como informantes a larga distancia acerca de hipotéticas y poco probables casas desocupadas en Cuba. Igualito que cualquier cederista lengüilargo de los que todavía quedan.

Es  mucho el descaro de estos diplomáticos-segurosos al servicio de la dictadura que pretenden mangonear y chantajear a los cubanos residentes en el exterior como si todavía vivieran, indefensos, a  merced de Seguridad del Estado, en Guanabacoa o Bayamo.

Morales,  un hombre decente y razonable, pero que ama a Cuba y no tiene horchata en las venas,  contestó como es debido a la perentoria comunicación consular. Advirtió a los funcionarios de la embajada: “Yo no vivo en Cuba, por lo tanto no tengo amo ni recibo órdenes de nadie…Cuantas veces les tengo que decir que a nosotros aquí no pueden hablarnos igual que a los cubanos en la isla, embrutecidos, adoctrinados, y aterrorizados por la tiranía…”

Yoyi  fue enviado a pelear a Angola con menos de 20 años de edad,  cuando pasaba el servicio militar obligatorio. Graduado de lengua francesa en la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana, trabajó durante seis años en Varadero como guía turístico de Gaviota Tur. Desde que llegó a Francia, trabaja como un esclavo para enviar dinero a su anciana madre en Cuba y que no se muera de hambre con el retiro miserable que le paga el estado.

Pero  es tratado como un enemigo por los funcionarios de la embajada de su país que supuestamente debían representarlo. Sus problemas se iniciaron hace años, cuando intentó hacer los trámites para adoptar la ciudadanía francesa.  Que la carta no fuera en español –su esposa, que era quien hacía los trámites, es francesa-  motivó una ofensiva respuesta de Ana María Chongo, la por entonces cónsul cubana en Paris.

A partir del encontronazo con la despótica Chongo, el vice-cónsul cubano, Joel Hernández, que más que un diplomático  parece el jefe de una brigada de respuesta rápida,  ha enviado mensajes, que casi siempre terminan con vivas a Fidel, cada vez más insultantes y amenazantes a Morales.

No obstante, las amenazas del vice-cónsul  Hernández son veladas y hasta “civilizadas” en comparación con las que recibió en marzo de  2010 de un energúmeno que firmaba sus mensajes  como Rafael  El Niche,  que aunque se identificaba como un cubano que se había ido hacía poco a París por razones económicas –“pa buscar dinero”, decía él-, no lograba ocultar su  aliento fétido de esbirro.

Por aquellos días, Yoyi, que estaba indignado y deprimido por la muerte de Orlando Zapata Tamayo, envió un mensaje de protesta a la embajada. En consecuencia, le azuzaron  al socotroco del Niche, quien advirtió a Yoyi: “Acá entre los nagues que vivimos en Paris te pasamos por arriba si te cogemos…”

El último mensaje del Niche, en el mejor estilo de matón presidiario, concluía: “Deja la ofendedera que tú no eres guapo, si no te hubieses quedado allá… y si quieres batirte, avisa, que aquí tenemos un piquete chévere. Loco,  nada más tienes que decir cuando y donde…Cuídate, man, y coge la ruta…”

Lo más probable es que a Jorge Luis Morales las autoridades cubanas  no le permitan más venir a su país, ni siquiera ahora que hablan de flexibilizar la aberrada política migratoria. En un mensaje del pasado 23 de abril, el vice-cónsul Yoel Hernández no dejaba lugar a dudas: “Le recuerdo que Cuba libre y soberana se toma el derecho de permitir la entrada por sus fronteras a quien considere una persona honorable, respetuosa y decente…No queremos en nuestra tierra, ni siquiera de paso, a provocadores, lacayos, mercenarios y difamadores…”

Solo que Yoyi sabe que  a los naguitos de la embajada cubana en Paris y a sus jefes solo les queda una afeitada con el monopolio de la patria y el habla de los cubanos mudos.
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Ni tan virtuosos ni tan tontos, Luis Cino

El artículo “Una conspiración de bellas personas”, de Néstor Díaz de Villegas (Diario de Cuba, 25 de abril) me deja totalmente desconcertado: no sé si es en serio o una broma.

En caso de ser lo segundo – ojala no haya  empezado  a perder el sentido del humor-, me parece que el tema no da mucho para chistes, cuando ahora mismo hay decenas de compatriotas como José Daniel Ferrer no solo en peligro de podrirse en la cárcel, sino de muerte. Y no me refiero solo a los presos políticos. Hablo también de todos y cada uno de los disidentes que en Cuba somos rehenes de una dictadura proverbialmente tozuda y soberbia, que suele ser sumamente peligrosa cuando se asusta.

No quiero sonar dramático. Los que me conocen saben bien que no lo soy. Prefiero la chanza y la jodedera antes que la pompa, el almidón y los discursos grandilocuentes. Eso me ha traído algunos encontronazos con ciertas figuras de la oposición que no son tan razonables y virtuosas como Díaz de Villegas supone.

Tan dañino resultan para la disidencia el ninguneo, la desconfianza y los ataques paranoicos de los que debían ser sus amigos  como ir al otro extremo para idealizarla  y atribuirle virtudes en demasía, con tantos defectos como tenemos.

¿Quién le dijo a Néstor Díaz de Villegas que ahora mismo en la oposición pacífica en Cuba no hay bribones, timadores, antisociales y demagogos? No son mayoría, pero los hay. Los conocemos. ¿Para qué caernos a mentiras?

¿Y cómo no iba a haberlos? ¿Acaso no está llena de ellos la sociedad cubana actual? Después de todo, bastante buenos hemos salido los disidentes.

Somos pacíficos, razonables y para nada fanáticos, pero, ¿quién le dijo a Díaz de Villegas que muchas veces no hemos tenido que vencer la tentación de partirle la cabeza a algún chivato y ponerles un carnaval de piedras y botellazos a los porristas en un mitin de repudio?

¿Cuántas veces  hemos advertido la tendencia de trasplantar al campo opositor los vicios y las taras del oficialismo, de donde provienen muchos de los líderes opositores?

Y lo peor de todo, la intolerancia con todo el que discrepe un milímetro de nuestras opiniones, el que enseguida es acusado de “trabajar para Seguridad del Estado”. Pero lo más triste es que muchas veces es verdad.

Las dictaduras son pródigas en crear, además de (a)seres sumisos y desmoralizados, personalidades  sicóticas y paranoicas.

Con esos bueyes hemos tenido que arar. Y hemos arado, aunque los surcos no sean un prodigio  de rectitud.

Como todos los disidentes no son absolutamente virtuosos, tampoco sus actitudes redundan en la esterilidad. Qué va a ser improductiva la disidencia, si hasta los marabusales puestos en arriendo por el raulismo, producen. Poco y malo, pero producen…

Casi puedo aceptar la afirmación de Néstor Díaz de Villegas de que a pesar de sus abismales diferencias, el castrismo y su oposición juegan en el mismo bando: “operan en el mismo terreno,  se emiten y se absorben en un mismo campo dinámico, y han llegado a una especie de equilibrio.”

Aceptación que hago con una salvedad: el hecho de que los que solo tienen el cuerpo para recibir los golpes logren empatar a cero el juego con una dictadura omnipotente que no se mide demasiado a la hora de ser cruel, es casi una proeza.

¿A qué carajo  se refiere Díaz de Villegas cuando afirma que “el castrismo tardío, el castrismo replicante, se presenta como el producto de la hibridación contrarrevolucionaria.”

¿Será que todo este tiempo no ha sido suficiente para la depuración y aun se nos nota una cierta carga de castrismo residual? Avísenme para correr a flagelarme.

Pero resulta que luego de meternos el diablo en el cuerpo con esa tesis de la disidencia estéril por virtuosa, y de dejarnos en la intriga con eso del “castrismo replicante” y la “hibridación contrarrevolucionaria”, Díaz de Villegas aconseja para romper el equilibrio “un dispositivo de duplicación reversa por el que la disidencia llegara a apropiarse de los contenidos del fidelismo, de sus ingredientes activos (léase: agresivos).”

¡Apaga y vámonos! Dígame usted si para salir del castrismo no tuviésemos otro camino que  reproducir sus células y duplicar la acción encubierta castrista.

Como rechazo de plano los  remedios peores que la enfermedad –si segundas partes nunca fueron buenas, imagine como sería la tercera parte del castrismo  y por otros medios- me niego rotundamente a que la oposición deje de ser “la conspiración de bellas personas” que dice Díaz de Villegas y que realmente no es de ninguna manera. Ojala lo fuera. Aunque tuviéramos que seguir en el equilibrio perpetuo. Eternamente Yolanda. For ever and ever. Pero a mucha honra.

En la disidencia tenemos  degenerados, inescrupulosos, frustrados,  acomplejados. No son muchos, pero hay. Que no vengan nuevos. No los necesitamos para hacer bulto y traer más oscuridad. Es mejor que se queden, con los fanáticos,   los pandilleros y los chivatones, en las brigadas de respuesta rápida.

Debe ser un chiste cuando Díaz de Villegas aconseja a la disidencia  que   “la decencia deberá subordinarse a la bajeza”. ¿Por qué renunciar a nuestra única superioridad sobre la dictadura, la superioridad moral? Es cierto que de bajeza tenemos en Cuba canteras inagotables, pero a riesgo de que me acusen de terrorista o de lo que le dé la gana a las autoridades, siempre tan mal pensadas, no temo declarar que por el bien de todos, esas canteras habrá que volarlas con dinamita e inundarlas luego con agua bendita –siempre que la bendición no venga del cardenal Ortega.

Cito a Néstor Díaz de Villegas en un fragmento de su artículo que, por pintarnos como un puñado de inútiles buenazos en medio de una tribu de aseres desalmados, no tiene desperdicio: “La chusma sin principios —es decir: la creación suprema del fidelismo— está llamada a convertirse en la sepulturera de los ideales revolucionarios. Es entre la canalla que prosperará cualquier iniciativa de caos. Con ella ha de contar, tarde o temprano, la empresa liberadora. La disidencia le ha vuelto las espaldas, desafortunadamente, al trápala, al delincuente y al parásito, pero es en ese medio, en ese caldo de cultivo, donde abundan la intriga y la conspiración, que son los elementos claves del modelo castrista a duplicar. Creer que la revolución fue hecha por personas decentes es haberse tragado, completo, el cuento castrista. Los que así piensan, conciben su anticastrismo desde la falsa conciencia castrista. Son víctimas inocentes del peor tipo de diversionismo ideológico.”

Se pregunta Néstor  Díaz de Villegas, “¿qué pasaría si la oposición imitara al castrismo, si la disidencia aprendiera del castrismo tanto como el castrismo ha aprendido de la disidencia?” Pues supongo que el acabóse. Creo que sería buen momento para el suicidio colectivo de los disidentes. Quiero decir, de los honestos y decentes, que son bastantes, muchos, aunque no tantos ni tan tontos  como piensa Díaz de Villegas.
(Publicado en Primavera Digital)
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