El blues de la claria, Luis Cino

Me costó mucho creer a mi amigo Charlie Bravo, que reside en Washington desde hace varios años, cuando me aseguró que las clarias, esos feos bichos que han roto el equilibrio biológico fluvial en Cuba, habían llegado también al río Potomac y sus afluentes en Maryland y Virginia. Y lo que es más increíble todavía: a las aguas salobres de la bahía de Chesapeake.

Como casi todos, yo estaba convencido que las clarias eran exclusivas de los ríos, presas y lagunas cubanas, donde después que las introdujeron y se pusieron a hacer irresponsables experimentos para aumentar su tamaño y acelerar su ritmo reproductivo,  casi han acabado con las demás especies. Otra de las tantas consecuencias indeseables del Periodo Especial.

Al principio pensé que Charlie confundía a la claria con alguna de las 2 200 especies de peces más o menos parecidos que están diseminadas por casi todo el mundo (la mitad de ellas en el continente americano) y que se conocen por los nombres de pez gato o bagres.

Pero mi amigo, que además de excelente guitarrista, es un tipo muy bien informado, me explica que las llamadas frankenfish (de Frankestein) y snake heads son las mismas clarias de acá y están causando los mismos problemas a las especies fluviales de allá. O sea, se las están jamando a todas.

La solución que propone John Rorapaugh, director de Pro Fish, es pescarlas, venderlas a los restaurantes –en Manhattan consideran que es un pescado delicioso- y comérselas a todas antes que acabe con  los demás peces de los ríos, lagunas y pantanos del este de los Estados Unidos. Una solución muy pragmática y capitalista, pero que no es tan fácil como parece, si se tiene en cuenta la velocidad con que las clarias se reproducen -a pesar de ser una especie monógama- y que son bichos capaces de sobrevivir hasta cinco horas fuera del agua, de reptar por el fango y nadar de lo más campantes en el agua más pútrida y contaminada. Han logrado resistir  hasta a los hambrientos cubanos que las pescan en las presas y mojoneras castristas, no porque encuentren su carne particularmente exquisita, sino porque “no hay más ná…”

Así, el enfrentamiento de las clarias a Pro Fish pudiera a la larga resultar, para tanto indignado que anda por ahí, un buen ejemplo de resistencia anti-capitalista. ¡Clarias globalizadas en la anti-globalización, uníos!

De tanto hablar de clarias -además de hablar de blues y clásicos del rock, y de lamentarnos por la sarna bugarrona que le ha caído a nuestra patria-, Charlie y yo nos hemos convertido, si no en ictiólogos, en especialistas en bagres.

Así, cuando Charlie se ha puesto a contarme de sus experimentos en los años 70 en Cuba para lograr que su guitarra sonara como la de Jimmy Page pasando un cepillo de dientes por las cuerdas y luego para conseguir el sonido pantanoso de los blues y el rock sureño a lo Duane Alman con un tubo de ensayo, me ha hecho recordar las escuelas al campo, los chapuzones en las turbinas y en el fondo de ellas, aquellos feos y prietos bichos de enorme boca redonda que llamábamos limpia-peceras. “¡Qué maneras más curiosas de recordar tiene uno!”, diría el zoquete de Silvio.

Recuerdo que de niño tuve uno en mi pecera. Me lo trajo mi padre del río de La Chorrera, un día que fue de pesca, allá por 1969. Por entonces, abundaban allí. Poco después, el Comandante se antojó de hacer una presa, y con bulldózers y dinamita descojonaron el río, el pueblo de La Chorrera y todas las fincas adyacentes que lograron sobrevivir a la absurda descojonación que significó el Cordón de La Habana. Total, para casi nada, porque igual que el café Caturra no prosperó, el agua represada no fue tanta como se esperaba, entre otras cosas, porque se filtraba por el suelo, tal y como  advirtieron los especialistas al que más meaba y sabía. Una parte del área que sobró la ocupa hoy el Parque Lenin, otro monumento a otro de los fracasos del infalible Comandante.

Tuve el limpiapecera hasta que me lo encontré un día, mudado, del cristal de la pecera, donde habitualmente estaba pegado, a la barriga de mi gold fish preferido. Como mi amigo Eduardo Bouza, el muchacho que más sabía de pececitos en el barrio, trató de convencerme de la inocencia del bicho en la muerte del gold fish, se lo regalé inmediatamente y así me evité –tanto como amo a los animales- la crueldad de despingarlo contra el piso.

No sé si todavía hay aquellos enormes limpiapeceras en la pecera de la Manzana de Gómez. En la presa en que convirtieron el río de La Chorrera ya no quedan. Seguramente los devoraron  sus parientes traídas de Asia Oriental, las clariasbatrachus, alias las clarias.  Igual acabaron con las biajacas, las tencas, las tilapias y hasta una buena parte de las ranas, que tanto les gustan.

Dicen que esa misma claria, a la que también llaman pez gato caminante, y que no es la que siempre hubo en el Missisipi y sus afluentes, apareció, mucho antes que en el Potomac, en Orlando, Florida, hace más de 40 años. O sea, llegó primero a USA que a Cuba. Aunque no acabo de estar seguro, digan lo que digan, de que es la misma claria, porque de serlo,  ya hubiese acabado en los ríos de Norteamérica y estarían pitando duro los biólogos y ecologistas yanquis.

A propósito, también a través de Charlie que me envió la información, supe que recientemente hubo un concierto de blues en la Casa Blanca, donde estuvieron entre otros Mick Jagger, B.B King y Budy Guy y en el que el mismísimo presidente Obama cantó nada más y nada menos que Cat Fish Blues. ¿Estará advertido Mr. President del peligro de que la claria se disemine por los ríos norteamericanos?

Hablando como los locos, ¡qué clase de loco ha salido este Obama! ¡Y todavía alguien duda que pueda vencer en las elecciones presidenciales  a los cavernícolas republicanos de Newt Gingrich y Mit Romney! No habrá podido acabar con la crisis económica, tendrá más buenas intenciones que resultados concretos, entre otras cosas porque los republicanos no lo dejan gobernar como Dios manda, pero envidio tener un presidente que  cante blues. O cualquier cosa que no sea un viejo himno maoísta. Me sería más fácil esforzarme en perdonarlo por aquello de que todos los humanos cometemos errores…y horrores.

¿Pueden imaginar al general-presidente cantando “El blues de la claria”? O mejor aun, ahora que está en pose de aperturista a ver si nos estamos tranquilos, se la dejamos pasar y logra meternos por la cabeza, como si tal cosa, los remiendos al socialismo verde olivo, ¿se lo imaginan, tan simpático él, micrófono en mano, a lo Al Green –da igual si es en plan de reverendo o de cantante de soul-, con el coro de gospel de la Asamblea Nacional del Poder Popular, interpretando Let¨s stay togheter?
luicino2004@yahoo.com
circulocinico@gmail.com

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7 thoughts on “El blues de la claria, Luis Cino

  1. No me apetece en lo absoluto ni siquiera ver una claria.
    Pero lo de cantar, olvidese, Fidel es incapaz de eso, una manifestacion de vida y alegria, jamas !!!! no elimino los carnavales, que tenia en contra de eso, ?la religion todavia seria un poco mas comprensible dado que es comunista y ateo, pero los carnavales !!!!! no puede ver a nadie disfrutar, reirse, bailar, divertirse, solo el tema de la revolucion, amargada, aburrida y obsoleta ademas.

    Despues abrio una ventanita a la iglesia y restituyo la celebracion del carnaval, TARDE, ya habia destruido el encanto y la espontaneidad
    Obama es un “clasico”, en casi todo, sabe hablar, tiene materia gris y ademas canta blues, tambien lo he visto tratar con la salsa en un concierto latino que hubo en la Casa Blanco, Perfecto ? claro que no.
    Los supuestamente perfectos son muy aburridos y amargados. Y lo peor que le amargan y desgracian la vida a todos los demas.

    Chavez y Correa payasean con sus canciones, distancia y categoria.

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