Las 10 Caballerías, Luis Cino

Le llaman las 10 Caballerías. Nadie sabe  por qué. No fue por su extensión. Sus casas, pequeñas y más que humildes, rodeadas por el marabú, se alzan a un lado de la carretera del Globo, cerca del poblado de Las Guásimas, en los confines del municipio Arroyo Naranjo.

Pertenece a Ciudad de La Habana sólo porque algún funcionario administrativo así lo determinó. Sus moradores afirman con orgullo que viven en La Habana. El ómnibus de la ruta 473, el único que los puede transportar a la urbe, pasa dos o tres veces al día, si no se rompe por el camino.

Hasta hace poco más de 10 años, las 10 Caballerías era una unidad de paracaidismo de las DAAFAR. Cuando se llevaron a los paracaidistas, empezaron a llegar los orientales.

Venían a buscar una vida mejor. Aprovecharon las rústicas instalaciones militares que quedaban en pie. Los vecinos los llamaron “los sin tierra”.

Primero, arrancaron el marabú. Levantaron sus precarias casas con los más disímiles materiales. La tierra no era buena, pero entre las piedras lograron sembrar maíz y plátanos. Criaron cerdos, chivos y gallinas. Pescaban tencas y tilapias, para alimentarse y para vender. Nadie dijo que sería fácil. Pero nunca se quedaron cruzados de brazos. Eran gentes acostumbradas a trabajar duro.

Tras los primeros, vinieron sus parientes, luego los amigos. Todos con penurias e ilusiones, en pos del sueño habanero.

Mientras el marabú se replegaba, el caserío crecía. Los vecinos de los alrededores vencieron la desconfianza inicial y empezaron a aceptarlos. Son muy trabajadores, admitían. Si aquí la cosa estaba mala, todos se imaginaban como sería allá en su tierra.

Vivían con las leyes que regulan la inmigración interna pendiendo sobre sus cabezas. Como si fueran extranjeros en su propio país. Cual si de veras fueran palestinos, en Gaza o Cisjordania, temerosos del brazo de Israel. Como espaldas mojadas en perenne fuga de la Migra. Pero ellos estaban en Cuba, y eso les daba confianza.

Desde el principio, el presidente del Poder Popular trató de sacarlos de las Diez Caballerías. Les dijo que quería ayudarlos. Es un ex_- pelotero y diputado, con fama de buena persona. Le llaman Pupy El Alcalde.

Les entregó a varias familias apartamentos construidos por microbrigadistas a sólo unos kilómetros de allí. Después se cansó: no pudo o no había más. Por mucho que se hable en las asambleas, uno nunca sabe como funcionan las cosas en los altos estratos.

Siguieron llegando familiares y amigos. Las Diez Caballerías siguieron creciendo.  Y entonces llegaron “ellos”:  los inspectores y los policías.

Apenas amanecía. Vinieron con camiones de la Brigada Especial, varios ómnibus, una ambulancia, una brigada de demolición y un buldózer. Traían documentos en que lo único que estaba claro era que ellos eran ilegales y tenían que irse. La Operación Escoba había llegado a las Diez Caballerías.

Desalojo. La palabra sonaba muy fea. Ni los funcionarios ni los agentes policiales la usaron. Sonaba a cosas del pasado, capitalistas, de las que se supone que no pasen en Cuba.

Decenas de policías acordonaron el caserío. No permitían entrar ni salir. El ambiente se caldeó por minutos. Se oían llantos, gritos y palabrotas. Los amenazaron con elevadas multas si no obedecían.

Cuando el buldózer inició su labor, alguien habló de llamar a la prensa extranjera y a “la gente de los derechos humanos”. Entonces les pidieron que tuvieran confianza en Fidel y la revolución.

Las familias con menos de tres años en las Diez Caballerías fueron forzadas a montar en los ómnibus. Los condujeron a la estación ferroviaria. El tren los llevaría a sus provincias de origen. Las leyes y los que las hacen cumplir no saben de sueños ni esperanzas.

Las familias con más tiempo en el lugar permanecen en sus casas. Esperan que El Alcalde regrese de su viaje a Jamaica. Entonces decidirán qué hacer con ellos. Tendrán que responder también por la desactivación de un soterrado refugio bélico. Arrancaron los bloques para fabricar sus viviendas. Nadie sabe quien fue, que mas da, total, la guerra nunca llegaba…

Los moradores de las Diez Caballerías se sienten muy disgustados y frustrados, justo ahora que volvía a parecer que todo iba a mejorar en el país. Confían en que El Alcalde los ayudará. De lo contrario, volverán la policía y los inspectores con sus papeles.

En lugar de las casas derribadas, a ras del suelo, sólo quedaron montones de escombros y las hierbas y el marabú que regresan. Un triste panorama desde la carretera.

Ocurrió el 8 de abril de 2005. En Ginebra, discutían de derechos humanos. A la hora del desalojo, en Roma,  sepultaban al Santo Padre.
luicino2004@yahoo.com
(Publicado en Cubanet, abril de 2005).

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