Los dictadores y la música Luis cino

Es sabido que los dictadores, entre otras cosas, tienen el oído duro para la música. Los hay que sólo gustan de las marchas

militares. Su falta de ritmo y musicalidad, amén de su malhumor, los incapacitan como bailadores. Su  andar suele ser

pesado y rígido, como si amenazaran con aplastarnos.

Tacho Somoza, el fundador de la dinastía sangrienta que rigió con puño de hierro a Nicaragua durante casi 43 años, herido

de muerte mientras bailaba, fue una excepción de las que confirman la regla.

Bailaba mambo el 21 de septiembre de 1956, en la ciudad de León, en una fiesta que celebraba su nominación para un nuevo

período presidencial, cuando el poeta Rigoberto López le disparó una bala de plata, envenenada con ferrocianuro. Esa noche,

debido al calor, Tacho se negó a usar su habitual chaleco antibalas. Murió varias horas después en un hospital militar

norteamericano  del Canal de Panamá.

Del hecho se sacan dos lecciones. Una, que los poetas son peligrosos para los dictadores, eso nadie lo discute. La otra,

los chalecos antibalas son adminículos esenciales para los tiranos, aunque alguno fanfarronee acerca de no usarlo.

No obstante, de nada le habría servido dicha protección a su hijo Tachito. El continuador de la dinastía, unos años

después de su derrocamiento, como si lo siguiera una maldición familiar, fue ultimado de un bazucazo en Asunción, Paraguay.

Lo dispararon terroristas argentinos de oscuros vínculos con Managua y La Habana. La casa en que se alojaron y dieron los

toques finales al plan homicida la alquilaron utilizando el nombre de Julio Iglesias.

Otro ejemplo de la fatalidad que la música trae a los dictadores es Rafael Leónidas Trujillo. El sátrapa dominicano solía

elegir las víctimas de su lascivia mientras se deslizaba torpe por la pista de baile. En guerra con Fidel Castro, los

Estados Unidos, la Iglesia Católica y los dominicanos, acabó baleado en una carretera desierta. Sus hijos, de nombres

operáticos, se encargaron de vengarlo con saña antes de darle paso a Balaguer en lo que aún no llamaban “un proceso de

transición”.

Dicen que Adolf Hitler en los últimos días, en su bunker berlinés, escuchaba óperas de Wagner mientras las tropas

soviéticas y la aviación anglo-norteamericana reducían a escombros el Tercer Reich. Para decepción de los amantes de los

finales apocalípticos con soundtrack wagneriano, ahora hay un aguafiestas que asegura que el Fuhrer murió de viejo, oculto

con otra identidad, en Paraguay, casi 40 años después.

Peor fue el destino de Mussolini.  Fue ejecutado y su cadáver, colgado por los pies, estuvo expuesto a los vejámenes de

las turbas. Cuenta el escritor italiano Curzio Malaparte que mientras esperaban la llegada del cirujano forense que

concluiría la autopsia del Duce, iniciada la noche anterior, junto al cuerpo, abierto del pecho a las ingles y tendido

sobre el mármol de una mesa de la morgue de Milán, dos enfermeros jugaban ping-pong, entre carcajadas, con las vísceras del

dictador italiano. A Mussolini le gustaba bailar la tarantela y las canciones napolitanas.

Sin embargo, los dictadores que no fueron muy musicales, como Stalin, Franco, Mao y Kim Il Sung han muerto ancianos,

gobernando desde su lecho de agonizantes.

Es probable que disfrutar la música no sea saludable ni traiga buenos augurios para los dictadores, con independencia de su

signo ideológico. Ellos se la pierden. Ese es uno de los desquites que tenemos los que nos vemos obligados a sufrirlos

durante muchos años, con el oído bendecido con la música por Dios.
Publicado en cubanet.org en 2003

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One thought on “Los dictadores y la música Luis cino

  1. De hecho ser cubanos y no gustar de la música, ni el baile ya era un síntoma de deficiencia mental que debieron tener en cuenta la generación que nos dejó embarcados con estos Castro HP que son sordos no sólo para la música. Agrego lo que algo que leí, dicen que Napoleón al ser preguntado dijo que la música era el ruido menos desagradable que existía.

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