El blues de la claria, Luis Cino

Me costó mucho creer a mi amigo Charlie Bravo, que reside en Washington desde hace varios años, cuando me aseguró que las clarias, esos feos bichos que han roto el equilibrio biológico fluvial en Cuba, habían llegado también al río Potomac y sus afluentes en Maryland y Virginia. Y lo que es más increíble todavía: a las aguas salobres de la bahía de Chesapeake.

Como casi todos, yo estaba convencido que las clarias eran exclusivas de los ríos, presas y lagunas cubanas, donde después que las introdujeron y se pusieron a hacer irresponsables experimentos para aumentar su tamaño y acelerar su ritmo reproductivo,  casi han acabado con las demás especies. Otra de las tantas consecuencias indeseables del Periodo Especial.

Al principio pensé que Charlie confundía a la claria con alguna de las 2 200 especies de peces más o menos parecidos que están diseminadas por casi todo el mundo (la mitad de ellas en el continente americano) y que se conocen por los nombres de pez gato o bagres.

Pero mi amigo, que además de excelente guitarrista, es un tipo muy bien informado, me explica que las llamadas frankenfish (de Frankestein) y snake heads son las mismas clarias de acá y están causando los mismos problemas a las especies fluviales de allá. O sea, se las están jamando a todas.

La solución que propone John Rorapaugh, director de Pro Fish, es pescarlas, venderlas a los restaurantes –en Manhattan consideran que es un pescado delicioso- y comérselas a todas antes que acabe con  los demás peces de los ríos, lagunas y pantanos del este de los Estados Unidos. Una solución muy pragmática y capitalista, pero que no es tan fácil como parece, si se tiene en cuenta la velocidad con que las clarias se reproducen -a pesar de ser una especie monógama- y que son bichos capaces de sobrevivir hasta cinco horas fuera del agua, de reptar por el fango y nadar de lo más campantes en el agua más pútrida y contaminada. Han logrado resistir  hasta a los hambrientos cubanos que las pescan en las presas y mojoneras castristas, no porque encuentren su carne particularmente exquisita, sino porque “no hay más ná…”

Así, el enfrentamiento de las clarias a Pro Fish pudiera a la larga resultar, para tanto indignado que anda por ahí, un buen ejemplo de resistencia anti-capitalista. ¡Clarias globalizadas en la anti-globalización, uníos!

De tanto hablar de clarias -además de hablar de blues y clásicos del rock, y de lamentarnos por la sarna bugarrona que le ha caído a nuestra patria-, Charlie y yo nos hemos convertido, si no en ictiólogos, en especialistas en bagres.

Así, cuando Charlie se ha puesto a contarme de sus experimentos en los años 70 en Cuba para lograr que su guitarra sonara como la de Jimmy Page pasando un cepillo de dientes por las cuerdas y luego para conseguir el sonido pantanoso de los blues y el rock sureño a lo Duane Alman con un tubo de ensayo, me ha hecho recordar las escuelas al campo, los chapuzones en las turbinas y en el fondo de ellas, aquellos feos y prietos bichos de enorme boca redonda que llamábamos limpia-peceras. “¡Qué maneras más curiosas de recordar tiene uno!”, diría el zoquete de Silvio.

Recuerdo que de niño tuve uno en mi pecera. Me lo trajo mi padre del río de La Chorrera, un día que fue de pesca, allá por 1969. Por entonces, abundaban allí. Poco después, el Comandante se antojó de hacer una presa, y con bulldózers y dinamita descojonaron el río, el pueblo de La Chorrera y todas las fincas adyacentes que lograron sobrevivir a la absurda descojonación que significó el Cordón de La Habana. Total, para casi nada, porque igual que el café Caturra no prosperó, el agua represada no fue tanta como se esperaba, entre otras cosas, porque se filtraba por el suelo, tal y como  advirtieron los especialistas al que más meaba y sabía. Una parte del área que sobró la ocupa hoy el Parque Lenin, otro monumento a otro de los fracasos del infalible Comandante.

Tuve el limpiapecera hasta que me lo encontré un día, mudado, del cristal de la pecera, donde habitualmente estaba pegado, a la barriga de mi gold fish preferido. Como mi amigo Eduardo Bouza, el muchacho que más sabía de pececitos en el barrio, trató de convencerme de la inocencia del bicho en la muerte del gold fish, se lo regalé inmediatamente y así me evité –tanto como amo a los animales- la crueldad de despingarlo contra el piso.

No sé si todavía hay aquellos enormes limpiapeceras en la pecera de la Manzana de Gómez. En la presa en que convirtieron el río de La Chorrera ya no quedan. Seguramente los devoraron  sus parientes traídas de Asia Oriental, las clariasbatrachus, alias las clarias.  Igual acabaron con las biajacas, las tencas, las tilapias y hasta una buena parte de las ranas, que tanto les gustan.

Dicen que esa misma claria, a la que también llaman pez gato caminante, y que no es la que siempre hubo en el Missisipi y sus afluentes, apareció, mucho antes que en el Potomac, en Orlando, Florida, hace más de 40 años. O sea, llegó primero a USA que a Cuba. Aunque no acabo de estar seguro, digan lo que digan, de que es la misma claria, porque de serlo,  ya hubiese acabado en los ríos de Norteamérica y estarían pitando duro los biólogos y ecologistas yanquis.

A propósito, también a través de Charlie que me envió la información, supe que recientemente hubo un concierto de blues en la Casa Blanca, donde estuvieron entre otros Mick Jagger, B.B King y Budy Guy y en el que el mismísimo presidente Obama cantó nada más y nada menos que Cat Fish Blues. ¿Estará advertido Mr. President del peligro de que la claria se disemine por los ríos norteamericanos?

Hablando como los locos, ¡qué clase de loco ha salido este Obama! ¡Y todavía alguien duda que pueda vencer en las elecciones presidenciales  a los cavernícolas republicanos de Newt Gingrich y Mit Romney! No habrá podido acabar con la crisis económica, tendrá más buenas intenciones que resultados concretos, entre otras cosas porque los republicanos no lo dejan gobernar como Dios manda, pero envidio tener un presidente que  cante blues. O cualquier cosa que no sea un viejo himno maoísta. Me sería más fácil esforzarme en perdonarlo por aquello de que todos los humanos cometemos errores…y horrores.

¿Pueden imaginar al general-presidente cantando “El blues de la claria”? O mejor aun, ahora que está en pose de aperturista a ver si nos estamos tranquilos, se la dejamos pasar y logra meternos por la cabeza, como si tal cosa, los remiendos al socialismo verde olivo, ¿se lo imaginan, tan simpático él, micrófono en mano, a lo Al Green –da igual si es en plan de reverendo o de cantante de soul-, con el coro de gospel de la Asamblea Nacional del Poder Popular, interpretando Let¨s stay togheter?
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Las 10 Caballerías, Luis Cino

Le llaman las 10 Caballerías. Nadie sabe  por qué. No fue por su extensión. Sus casas, pequeñas y más que humildes, rodeadas por el marabú, se alzan a un lado de la carretera del Globo, cerca del poblado de Las Guásimas, en los confines del municipio Arroyo Naranjo.

Pertenece a Ciudad de La Habana sólo porque algún funcionario administrativo así lo determinó. Sus moradores afirman con orgullo que viven en La Habana. El ómnibus de la ruta 473, el único que los puede transportar a la urbe, pasa dos o tres veces al día, si no se rompe por el camino.

Hasta hace poco más de 10 años, las 10 Caballerías era una unidad de paracaidismo de las DAAFAR. Cuando se llevaron a los paracaidistas, empezaron a llegar los orientales.

Venían a buscar una vida mejor. Aprovecharon las rústicas instalaciones militares que quedaban en pie. Los vecinos los llamaron “los sin tierra”.

Primero, arrancaron el marabú. Levantaron sus precarias casas con los más disímiles materiales. La tierra no era buena, pero entre las piedras lograron sembrar maíz y plátanos. Criaron cerdos, chivos y gallinas. Pescaban tencas y tilapias, para alimentarse y para vender. Nadie dijo que sería fácil. Pero nunca se quedaron cruzados de brazos. Eran gentes acostumbradas a trabajar duro.

Tras los primeros, vinieron sus parientes, luego los amigos. Todos con penurias e ilusiones, en pos del sueño habanero.

Mientras el marabú se replegaba, el caserío crecía. Los vecinos de los alrededores vencieron la desconfianza inicial y empezaron a aceptarlos. Son muy trabajadores, admitían. Si aquí la cosa estaba mala, todos se imaginaban como sería allá en su tierra.

Vivían con las leyes que regulan la inmigración interna pendiendo sobre sus cabezas. Como si fueran extranjeros en su propio país. Cual si de veras fueran palestinos, en Gaza o Cisjordania, temerosos del brazo de Israel. Como espaldas mojadas en perenne fuga de la Migra. Pero ellos estaban en Cuba, y eso les daba confianza.

Desde el principio, el presidente del Poder Popular trató de sacarlos de las Diez Caballerías. Les dijo que quería ayudarlos. Es un ex_- pelotero y diputado, con fama de buena persona. Le llaman Pupy El Alcalde.

Les entregó a varias familias apartamentos construidos por microbrigadistas a sólo unos kilómetros de allí. Después se cansó: no pudo o no había más. Por mucho que se hable en las asambleas, uno nunca sabe como funcionan las cosas en los altos estratos.

Siguieron llegando familiares y amigos. Las Diez Caballerías siguieron creciendo.  Y entonces llegaron “ellos”:  los inspectores y los policías.

Apenas amanecía. Vinieron con camiones de la Brigada Especial, varios ómnibus, una ambulancia, una brigada de demolición y un buldózer. Traían documentos en que lo único que estaba claro era que ellos eran ilegales y tenían que irse. La Operación Escoba había llegado a las Diez Caballerías.

Desalojo. La palabra sonaba muy fea. Ni los funcionarios ni los agentes policiales la usaron. Sonaba a cosas del pasado, capitalistas, de las que se supone que no pasen en Cuba.

Decenas de policías acordonaron el caserío. No permitían entrar ni salir. El ambiente se caldeó por minutos. Se oían llantos, gritos y palabrotas. Los amenazaron con elevadas multas si no obedecían.

Cuando el buldózer inició su labor, alguien habló de llamar a la prensa extranjera y a “la gente de los derechos humanos”. Entonces les pidieron que tuvieran confianza en Fidel y la revolución.

Las familias con menos de tres años en las Diez Caballerías fueron forzadas a montar en los ómnibus. Los condujeron a la estación ferroviaria. El tren los llevaría a sus provincias de origen. Las leyes y los que las hacen cumplir no saben de sueños ni esperanzas.

Las familias con más tiempo en el lugar permanecen en sus casas. Esperan que El Alcalde regrese de su viaje a Jamaica. Entonces decidirán qué hacer con ellos. Tendrán que responder también por la desactivación de un soterrado refugio bélico. Arrancaron los bloques para fabricar sus viviendas. Nadie sabe quien fue, que mas da, total, la guerra nunca llegaba…

Los moradores de las Diez Caballerías se sienten muy disgustados y frustrados, justo ahora que volvía a parecer que todo iba a mejorar en el país. Confían en que El Alcalde los ayudará. De lo contrario, volverán la policía y los inspectores con sus papeles.

En lugar de las casas derribadas, a ras del suelo, sólo quedaron montones de escombros y las hierbas y el marabú que regresan. Un triste panorama desde la carretera.

Ocurrió el 8 de abril de 2005. En Ginebra, discutían de derechos humanos. A la hora del desalojo, en Roma,  sepultaban al Santo Padre.
luicino2004@yahoo.com
(Publicado en Cubanet, abril de 2005).

Ichikawa no sabe qué es un chivato, Luis Cino

No dejo de asombrarme cuando leo ciertos blogs: Emilio Ichikawa no sabe qué es un chivato.

Será que filósofo como es, no le bastan las representaciones a las que tanto recurrimos los cubanos, y depende demasiado de los conceptos, las definiciones. Debe ser eso, porque no hace más de 20 años que se fue de Cuba. Quedadito, para más detalles. No debe ser suficiente tiempo para olvidar, por ejemplo a los responsables de vigilancia de los CDR, o a los viejitos chivatones que hay en cada barrio.   En sus tiempos en la Universidad de La Habana, supongo no deben haber faltado los que medían el entusiasmo y la participación en las actividades político-ideológicas y los que vigilaban lo que se comentaba –incluso de libros leídos y películas vistas- en las aulas, los pasillos y un poco más allá. Mala memoria que tienen algunos…

Los académicos se supone no  hagan mucho caso a los mitos y las representaciones. No obstante, Ichikawa se remite a la chivatería de los que en Miami son más anticastristas que Posada Carriles o simulan serlo para quedar bien y creen ver infiltrados, agentes de influencia y segurosos en Suzuki por todo el condado de Dade y parte de Broward. Lo cual no quiere decir que no los haya, a tutiplén, en la vida real, por toda la Unión…

Tal rollo se forma Ichikawa con el tema de los chivatos,  que hace poco incurrió en un acto de chivatería, jaranera, indirecta, pero chivatería al fin, y para colmo post-mortem, al sacarle a Guillermo Cabrera Infante el trapo sucio de que a principios de 1959, cuando el escritor comía candela por la revolución, apoyó los juicios sumarísimos y fusilamientos de militares y policías del anterior régimen acusados de crímenes de guerra. Casualmente, con ese trapo sucio,  Ichikawa se sumó a los comisarios y alabarderos del régimen que frustrados por no poder saquear a sus anchas el patrimonio de Don Guillermo, velado con uñas, dientes y amor a prueba de todo por su viuda, Miriam Gómez, no se cansan de denigrar de todos los modos posibles al autor de Tres tristes tigres.

Claro, la intención de Ichikawa no es denigrar a Cabrera Infante. Su tesis es que en aquellas convulsas décadas, no se andaba como La Jardinera, regando flores, sino balas y metralla. De ambos bandos. Por tanto, hay que perdonar a los fusiladores y a los que pedían paredón, y con los perdonados y sus tracatanes desmerengados, armar la nueva sociedad civil en Cuba. Porque la que hay ahora mismo a Ichikawa no le gusta. Le disgusta tanto que ni siquiera le concede a la oposición la capacidad de “diseñar mártires consistentes que apuntalen la inconformidad nacional”.  Por ende, Ichikawa propone inventar esa sociedad civil a base de funcionarios arrepentidos, hijitos de papá pasados a la oposición inteligente -la otra, la de verdad, no le sirve para su gozadera- , peloteros, músicos, artistas e intelectuales contestatarios pero con carnet de la UNEAC.

Y ahí incurre en otra chivatería, esta vez diplomática, porque aconseja se reúnan, como si no hubiese otro lugar más discreto, nada menos que en la residencia en La Habana del jefe de la Sección de Intereses Norteamericana. Que sonrían a las cámaras de los segurosos del KJ y esperen la próxima acusación de “mercenarios del Imperio.”

De veras que Ichikawa me desconcierta. Y les juro que no es que para mí la filosofía carezca de prestigio social. ¡Platón me libre y Marcuse me coja confesado! Al menos, no me disgusta   tanto como parece disgustar al general Raúl Castro, a quien Ichikawa reprocha el “degradar aun más el espíritu metafísico nacional” cuando dijo en su discurso de clausura de la Conferencia Nacional del Partido Comunista que hay que dejarse de tanta filosofía.  Dice que el general  ha dado pruebas de ser un político más sagaz  de lo que se pensaba. Ichikawa sabrá por qué lo dice. Espero entonces que filosóficamente entienda mi desconcierto con sus criterios y no  confunda esa actitud con chivatería de tipo alguno. Digo, como no sabe a ciencia cierta qué es un chivato…
luicino2004@yahoo.com
(Publicado en Primavera Digital)

Escribir en los 70, Luis Cino

Nunca hablé con Reinaldo Arenas. Varias veces, lo vi por Marianao, allá por los 70. Como la Garota de Ipanema, la Tétrica Mofeta pasaba camino del mar acompañado de Petula y Troya, las damas de compañía de  su regio séquito de locas de carroza.

Recuerdo, alguna vez, haberlo oído, en la playa del Cubanaleco, dar un escándalo por unas patas de rana que le robó un efebo que creía conquistado.

Nosotros no reparábamos mucho en los gays. Su mundo, paralelo al nuestro, era parte del paisaje de la playa. Como los erizos, las rocas y las botellas vacías.

Estábamos demasiado ocupados en exhibir las melenas al compás de la WQAM que sonaba en pesados radios rusos de batería, y en competir por las  mejores pepillas para llevárnoslas a nado hacia lo hondo, “adonde nadie  nos viera”. Y estar siempre atentos a la llegada de los agentes de la corrección político- ideológica que no renunciaban a inculcarnos los valores del hombre nuevo.

Años después, me enteré que Reinaldo Arenas era un autor premiado. “Celestino antes del alba” había sido recogido de las librerías por los inquisidores. Cuando leí “Antes que anochezca”, su delirante ajuste de cuentas con el castrismo machista-leninista, ya Arenas había muerto en el exilio.

En uno de sus libros, que en Cuba pasan de mano en mano, y hay que leer de prisa porque siempre hay alguien esperando, me sorprendió leer el nombre de Nelson Rodríguez. Siete años antes de que lo mataran, había publicado un libro de relatos titulado “El Regalo”. Fue en 1964, en Ediciones R, que entonces dirigía Virgilio Piñera.

Conocí a Nelson allá por 1970. Era varios años mayor, pero parecía tan adolescente como yo. Era delgado, pequeño de estatura, melenudo y tenía granos en la cara.

Había nacido en Las Villas y participado en la alfabetización. Hablaba inglés y francés y escribía cuentos y poemas. Nunca hablaba de su libro. Su padre era un tipo de confianza del MININT, pero no impidió que en 1965, internaran a Nelson en un campamento agrícola de “rehabilitación para lacras sociales” en Camaguey. Cuando lo conocí, decía estar preparando un libro sobre sus vivencias en las UMAP.

Ambos frecuentábamos la casa del pintor Waldo y su musa,  Bárbara Fernández, una de las muchachas más bellas del underground habanero. Allí confluían aspirantes a pintores y escritores –recuerdo a Carlos Victoria- y hasta algún futuro alto personaje de la Nomenclatura –en aquella época, sólo un melenudo hijito de papá que deliraba con las canciones de Janis Joplin.

Para los atentos vigilantes del CDR, todos éramos sospechosos hippies.

A todos nos unía el entusiasmo por escribir y la desesperanza por el medio tan hostil en que lo intentábamos. Pese a nuestra juventud, todos teníamos amargas experiencias que narrar. Lo que escribíamos reflejaba nuestro mundo de prohibiciones y redadas. Era una respuesta a la disciplina paralizante de plazas y campamentos. La rebelión contra “la triste monotonía de las dictaduras”, que decía Borges.

Angustias y esperanzas calamitosas volcadas en libretas escolares se ocultaban entre una improvisada tertulia  semi-clandestina y la próxima.  Desconfiábamos de los vecinos, los amigos y hasta de la familia. Cualquiera podía delatarnos a la policía política.

Alguno de aquellos manuscritos sirvió de carta de despedida de algún suicida que no soportó el miedo y tanta mierda.
1971 fue un año terrible. Los 10 Millones no fueron. En lugar de las bonanzas prometidas, lo que hubo fue más penurias y represión.
Fue el año del Caso Padilla, el parametraje y la ley seca.

En el discurso de clausura del Primer Congreso de Educación y Cultura, el Máximo Líder retiró el derecho –si es que alguna vez lo tuvieron- a “las dos o tres ovejas descarriadas a seguir sembrando el veneno, la insidia y la intriga en la revolución”. Lo dejó “más claro que el agua”.

El futuro de la literatura cubana parecía irremediablemente condenado al realismo socialista de los escribas dóciles.

El grupo no se reunió más. Waldo fue apuñaleado en una parada de ómnibus de El Vedado por un guaposo borracho. Carlos Victoria regresó a Camaguey. Bárbara se quejaba de que la policía la chantajeaba por su relación amorosa con un diplomático extranjero. Cumplió 5 años en la prisión de mujeres Nuevo Amanecer.

Nelson corrió peor destino. Desesperado por escapar del paraíso,  con una granada trató de desviar una avioneta de fumigación de Sancti Spíritus a Miami. Un escolta murió en la refriega. Herido, Nelson saltó de la nave durante el aterrizaje. Varias decenas de guardias, armados hasta los dientes, le apuntaban en la pista del aeropuerto de Rancho Boyeros.

A Nelson Rodríguez lo fusilaron una noche de verano  en la fortaleza de La Cabaña. Tenía 27 años y soñaba con ser un escritor famoso. El paredón le ahorró el asco de vivir esclavo y el dolor del exilio. Le permitió, al fin, ser libre.
luicino2004@yahoo.com
(Publicado en Cubanet en el año 2004)

Yohandry se quedó con las ganas

Yohandry, el bloguero oficialista –y seguramente seguroso, por lo bien informado y lo autorizado a opinar que está- se quedó con las ganas en el asunto de la huelga de hambre de los diez cubanos en la base naval norteamericana de Guantánamo. La protesta de los refugiados duró menos de 48 horas. No hubo que alimentar a los huelguistas por la fuerza, como esperaba Yohandry. Los militares norteamericanos sólo tuvieron  que convencerlos de que aquello, si no algo peor, era un disparate.

El escándalo en la base naval de Guantánamo le hubiera venido como anillo al dedo al gobierno cubano. Sólo unos días antes había muerto en una huelga de hambre Wilman Villar Mendoza, el segundo opositor preso muerto en circunstancias similares en menos de dos años. Y los medios oficiales, a costa de cualquier indignidad, se empeñaban en afirmar que “ni era un disidente ni estaba en huelga de hambre”.

Al respecto, Yohandry se apresuró en hacer comparaciones y retó a la bloguera Yoani Sánchez a pronunciarse sobre los huelguistas en la base naval norteamericana. Como, hasta donde sé, Yoani no ha respondido, recojo el guante  tirado por Yohandry –en el fango, ¿dónde si no?

Tengo ciertos derechos. Primero, porque me da la gana –esa, la más convincente de todas las razones. Segunda, porque como no tengo amos ni recibo órdenes de nadie, soy totalmente libre de opinar, privilegios que el disciplinado Yohandry no disfruta. Y tercero, porque fui colega y amigo de uno de los huelguistas, el periodista independiente Adolfo Pablo Borrazá, quien me llamó  por teléfono durante la huelga y después de terminada. En ambas ocasiones, le expresé mis puntos de vista sobre el asunto, que por demás él sabía perfectamente cuáles eran.

Adolfo Pablo admitió que fue un error.  Se sumó a la protesta fundamentalmente por solidaridad con los demás cubanos, porque “todo se podía resolver conversando”. Declarar que “los trataban como terroristas” fue una metáfora desafortunada. En todo caso, los islamistas prisioneros estaban bien cerca para comparar. Pero Yohandry no debe hacer demasiado caso al símil, total, si los medios oficiales le cuelgan la etiqueta de terrorista a cualquiera, incluso a periodistas independientes y blogueros (ver EcuRed).

Eso, si como piensan algunos mal pensados, la huelga de hambre y el uso de la palabra terrorista no fue inducida por la Inteligencia cubana a través de algún  infiltrado -¿alguien duda que están hasta en la sopa?-  para crear problemas a los yanquis y desviar la atención de la muerte de Wilman Villar. Con lo apasionados que solemos ser  y lo desesperados que deben estar los cubanos en Guantánamo por salir del limbo en que permanecen mientras se los rifan a terceros países a ver quien se digna a recogerlos, sólo basta que a alguien se le ocurra una idea, cualquiera, por muy descabellada que sea y aunque sólo convenga a Satanás. Menos mal que no se les ocurrió secuestrar una fragata yanqui y enrumbarla a sabe Dios dónde.

En estas actitudes, tiene mucho que ver -y bastante daño ha hecho y hace-  la mentalidad que desde los primeros años creó la revolución de Fidel Castro en los cubanos: la mentalidad de los méritos adquiridos en la lucha, y sobre todo, la de los mártires y los martirologios, y la consiguiente  atención a las familias de los mártires y de los veteranos en las guerras africanas por las Casas del Combatiente, aun a costa de que estas -y el Partido en el caso de los militantes- se arrogaran el derecho de decidir con quién podían conversar, velar por la fidelidad de las esposas y decidir con quién y cuándo se podían acostar las viudas.

Reina Luisa Tamayo, por ser madre de un mártir de la oposición, cuyas cenizas se llevó con ella de Banes, se cree con todo el derecho a quejarse porque la ayuda monetaria del gobierno norteamericano no le alcanza para mantener, en un país en crisis económica, a los once familiares que marcharon con ella al exilio. Granma, Cuba Debate y sus servidores apostados en Miami oportunistamente sacaron provecho de las declaraciones de Reina Luisa y de paso, intentar rematar  a Orlando Zapata Tamayo.

Debido a la persistencia de tal mentalidad, alguien que se oponga al régimen  cree firmemente que debe  ser acogido como un héroe de la libertad en los Estados Unidos, aún si para llegar a su costa viola las leyes norteamericanas. Olvidados de que el Programa de Refugiados y la Ley de Ajuste Cubano constituyen verdaderas sangrías para la oposición pro-democrática. Por no decir que lo de “los pies secos y los pies mojados”, más que  absurdo, es criminal.

Al respecto, hablamos bastante los de Primavera Digital con Adolfo Pablo, un joven con el que trabajamos bastante e invertimos recursos en su formación como periodista. Evidentemente, fue tiempo y trabajo perdido. Lo más triste no es que perdimos a uno del equipo, sino que ahora debe lamentar haberse embarcado  tras el sueño americano.

Si la huelga de hambre de los 10 cubanos en la base naval de Guantánamo hubiera continuado y los yanquis hubiesen alimentado a la fuerza a los huelguistas, como han hecho a veces con los islamistas prisioneros que han protestado por sus condiciones de confinamiento, imagino cómo defenderían Yohandry y otros blogueros oficialistas el respeto a los derechos de los huelguistas. Quiero decir, su derecho a morirse de hambre. Ese derecho que respetan religiosamente en las cárceles cubanas, donde tanto se preocupan por los derechos humanos. Aunque indudablemente, para Granma, Cuba Debate y Yohandry, lo ideal era que la huelga se prolongara, montar un buen show y si moría uno de los huelguistas, mejor. A lo mejor hasta hubiera tenido funeral oficial en Cuba. ¿No se acuerdan del homenaje a los dos camilitos que murieron cuando trataron de escapar de Cuba en el tren de aterrizaje de un avión?

Todos conocen mi postura ante las huelgas de hambre. No voy a abundar sobre eso. Pero creo que es necesario advertir que en Cuba, las huelgas de hambre corren el riesgo de banalizarse y convertirse en algo casi folklórico y fácil de contrarrestar, acaben como acaben, con un editorial de Granma o un simple post de Yohandry o cualquier otro bloguero oficialista, con tildes de menos y faltas ortográficas y todo.  De tan conveniente a los intereses del régimen,  sería tan trágico como las muertes que ya se han producido. Así que, cuidado antes de empezar la próxima huelga de hambre. No hay por qué complacer a Yohandry y sus jefes.
luicino2004@yahoo.com
(Publicado en Primavera Digital)

Los dictadores y la música Luis cino

Es sabido que los dictadores, entre otras cosas, tienen el oído duro para la música. Los hay que sólo gustan de las marchas

militares. Su falta de ritmo y musicalidad, amén de su malhumor, los incapacitan como bailadores. Su  andar suele ser

pesado y rígido, como si amenazaran con aplastarnos.

Tacho Somoza, el fundador de la dinastía sangrienta que rigió con puño de hierro a Nicaragua durante casi 43 años, herido

de muerte mientras bailaba, fue una excepción de las que confirman la regla.

Bailaba mambo el 21 de septiembre de 1956, en la ciudad de León, en una fiesta que celebraba su nominación para un nuevo

período presidencial, cuando el poeta Rigoberto López le disparó una bala de plata, envenenada con ferrocianuro. Esa noche,

debido al calor, Tacho se negó a usar su habitual chaleco antibalas. Murió varias horas después en un hospital militar

norteamericano  del Canal de Panamá.

Del hecho se sacan dos lecciones. Una, que los poetas son peligrosos para los dictadores, eso nadie lo discute. La otra,

los chalecos antibalas son adminículos esenciales para los tiranos, aunque alguno fanfarronee acerca de no usarlo.

No obstante, de nada le habría servido dicha protección a su hijo Tachito. El continuador de la dinastía, unos años

después de su derrocamiento, como si lo siguiera una maldición familiar, fue ultimado de un bazucazo en Asunción, Paraguay.

Lo dispararon terroristas argentinos de oscuros vínculos con Managua y La Habana. La casa en que se alojaron y dieron los

toques finales al plan homicida la alquilaron utilizando el nombre de Julio Iglesias.

Otro ejemplo de la fatalidad que la música trae a los dictadores es Rafael Leónidas Trujillo. El sátrapa dominicano solía

elegir las víctimas de su lascivia mientras se deslizaba torpe por la pista de baile. En guerra con Fidel Castro, los

Estados Unidos, la Iglesia Católica y los dominicanos, acabó baleado en una carretera desierta. Sus hijos, de nombres

operáticos, se encargaron de vengarlo con saña antes de darle paso a Balaguer en lo que aún no llamaban “un proceso de

transición”.

Dicen que Adolf Hitler en los últimos días, en su bunker berlinés, escuchaba óperas de Wagner mientras las tropas

soviéticas y la aviación anglo-norteamericana reducían a escombros el Tercer Reich. Para decepción de los amantes de los

finales apocalípticos con soundtrack wagneriano, ahora hay un aguafiestas que asegura que el Fuhrer murió de viejo, oculto

con otra identidad, en Paraguay, casi 40 años después.

Peor fue el destino de Mussolini.  Fue ejecutado y su cadáver, colgado por los pies, estuvo expuesto a los vejámenes de

las turbas. Cuenta el escritor italiano Curzio Malaparte que mientras esperaban la llegada del cirujano forense que

concluiría la autopsia del Duce, iniciada la noche anterior, junto al cuerpo, abierto del pecho a las ingles y tendido

sobre el mármol de una mesa de la morgue de Milán, dos enfermeros jugaban ping-pong, entre carcajadas, con las vísceras del

dictador italiano. A Mussolini le gustaba bailar la tarantela y las canciones napolitanas.

Sin embargo, los dictadores que no fueron muy musicales, como Stalin, Franco, Mao y Kim Il Sung han muerto ancianos,

gobernando desde su lecho de agonizantes.

Es probable que disfrutar la música no sea saludable ni traiga buenos augurios para los dictadores, con independencia de su

signo ideológico. Ellos se la pierden. Ese es uno de los desquites que tenemos los que nos vemos obligados a sufrirlos

durante muchos años, con el oído bendecido con la música por Dios.
Publicado en cubanet.org en 2003

¿Y así pretenden acabar con el secretismo oficial?

 

En la Conferencia Nacional del Partido Comunista, que nadie acierta a explicarse para qué coño la convocaron los vejetes si no fue para verse las caras y hablar un poco más de mierda, se pidió estimular un periodismo objetivo que “permita desterrar la autocensura, el lenguaje burocrático y edulcorado, el facilismo, la retórica, el triunfalismo y la banalidad”.

¿Pueden imaginar la prensa oficial sin esas características? Porque yo les doy mi palabra de que, por más que me esfuerzo por imaginarla, no puedo.  ¿Acaso habrá el régimen encontrado la fórmula definitiva para acabar con los molestos periodistas independientes sin tener que meterlos en la cárcel? ¿Irán los papagayos del Granma a robarnos el discurso y decir exactamente lo mismo que nosotros pero con menos ácido?  Eso sería algo así la libertad de prensa, pero nos tememos que ni remotamente es de eso  que hablan los Jefes.

Así, los periodistas oficiales, sin saber exactamente qué cojones le piden Los Jefes y mucho menos cómo dejar de ser los obedientes propagandistas que siempre fueron sin pasarse de la raya, están  como San Agustín: al borde de la esquizofrenia. Y ese puede ser el mejor de los estados de ánimo para escribir cuentos –incluso cuentos de camino- pero evidentemente no para hacer un periodismo serio y digno. Quiero decir, periodismo. Así, sin apellidos.

Ahora mismo, los periodistas oficiales, asaeteados a diestra y siniestra, son obligados a caminar por un campo minado, sin hoja de ruta y con los ojos vendados. Las exhortaciones a la transformación que les llegan “de arriba” sólo contribuyen más a la confusión…y al peligro.

Una muestra de ello es el caso de José Antonio Torres, el periodista del Granma que está preso  desde marzo de 2011. Acusado de corrupción,  puede ser condenado a más de 10 años de cárcel.

El reportaje de Torres donde criticaba las deficiencias en los trabajos de rehabilitación del acueducto de Santiago de Cuba, que eran supervisados personalmente por el comandante Ramiro Valdés, mereció una resurrección de la coletilla, escrita por el mismísimo general Raúl Castro, quien le hacía llegar a Torres un reconocimiento y señalaba: “Este es el espíritu que debe caracterizar a la prensa del Partido”.

Pero unos meses después, José Antonio Torres cayó preso, diz que por corrupción. Y uno se pregunta: ¿Qué delito de corrupción pudo haber cometido un periodista del más oficial de los periódicos oficiales? ¿Qué pudo haber robado? ¿Unos pesitos de la dieta? ¿La gasolina asignada al Lada para desplazarse en sus funciones de trabajo? ¿Habrá aceptado sobornos de algún peje gordo para que se callara la boca y luego el peje cayó en desgracia y cantó? ¿Una vendetta?  ¿Será Torres una víctima colateral de una  guerrita en las alturas?

Porque el rumor -echado a rodar sabe Dios por quién- de que Torres era agente de la CIA no  lo cree ni  Wejebe Cobo, el de la Calle del Medio, con su manía de los espías. Es más, no se lo cree ni el  zoquete de Jean Guy Allard, que es de los pocos periodistas oficiales que sigue encarnado en los planes siniestros de la Inteligencia yanqui contra Cuba…

Evidentemente, el caso de José Antonio Torres, sean cuáles sean sus culpas, no contribuye a la transparencia. Mucho menos al fin del secretismo oficial. Todo lo contrario. El mensaje está claro: ciertos funcionarios estatales, además de con doble llave, pueden cerrar con candado sus archivos, que seguirán inaccesibles, a prueba de periodistas indiscretos, por muy del periódico Granma que sean.
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