Demasiado horror

 

Ha muerto Wilman Villar Mendoza, un opositor preso que estaba  en huelga de hambre. Como Orlando Zapata Tamayo, no hace todavía dos años. Ambos murieron por culpa de cancerberos demasiado crueles y soberbios, no digamos para negociar, ni siquiera para escuchar  las demandas de un preso, que para ellos es menos que una alimaña. Máxime si está en la cárcel “por contrarrevolucionario”.

Pero a Wilman ni siquiera lo quieren reconocer como eso. Ni siquiera después que llevó hasta el fin su protesta. Granma, el más oficial de los periódicos oficiales, dijo el 20 de enero en una nota informativa que no firma nadie, que “no era preso político ni estaba en huelga de hambre”. Según la infame nota del órgano oficial del Comité Central del Partido Único, estaba preso porque golpeó a su esposa –la misma que ahora llora porque quedó viuda con dos niños pequeños- y agredió a un policía que vino a poner fin a la reyerta conyugal.

Sería ridícula la versión del Granma  si no fuera sencillamente monstruoso constatar cuan poco vale la vida de una persona –especialmente si es un opositor- en una prisión cubana.

No hay dudas que los médicos hicieron lo posible por salvar la vida del preso en huelga de hambre, sólo que, como es habitual en estos casos, lo hicieron demasiado tarde. Las autoridades esperan siempre doblegar al preso y hacerlo deponer la huelga. Si no lo consiguen, cuando está ya casi muerto, grave,  lo envían a un hospital civil. Y quedan satisfechos porque “no cedieron un ápice y no se dejaron chantajear”.

Continuamente llegan informaciones desde las cárceles de presos que ante su total indefensión, como recurso extremo para reclamar sus derechos, se declaran en huelga de hambre.  Algunos  se cosen la boca con alambres. Enseguida los encierran en celdas de castigo. Solamente a los 10 días es que los carceleros empiezan a reparar en que sus vidas peligran. Entonces, pueden decidir alimentarlos a la fuerza. O convencerlos a golpes de tonfa y palos de marabú para que abandonen la protesta. Si tienen la boca cosida,  se la descosen a la fuerza, entre golpes y patadas.

Pero a veces, como sucedió con Zapata Tamayo y ahora con Villar Mendoza, los carceleros llegan hasta las últimas consecuencias, para que sea el preso el que ceda y quede escarmentado. O muera.

¿Qué resuelve Granma con sus descaradas mentiras? ¿Acaso no hay otro modo de evitar el escándalo internacional que mentir y buscar violaciones de los derechos humanos en otros países? Si descriminalizar la disidencia es demasiado, ¿no pudieran al menos  humanizar el trato a los reclusos? Y cuando digo humanizar, no me refiero precisamente a llevar a las cárceles a Silvio Rodríguez y su troupé.

En el caso de Orlando Zapata Tamayo, el régimen trató de presentarlo como un delincuente devenido en disidente. Con Wilman Villar también quieren hacerlo. Pretenden hacer ver que “los contrarrevolucionarios” lo captaron  con sus promesas dentro de la cárcel. Y cualquiera con dos dedos de frente se pregunta qué poder secreto tendrá “la contrarrevolución” para lograr  conversos dispuestos  al martirio hasta la muerte.

A cambio de -cómo diría Granma- “fabricarse mártires,”¿qué ofrecerá la contrarrevolución? ¿Huríes?

¿O será que para un hombre digno y convencido de sus ideas es más fácil morir en una huelga de hambre que soportar las humillaciones y los abusos de los esbirros en las cárceles cubanas?

Dos presos políticos muertos en huelgas de hambre es demasiado para cualquier persona con un mínimo de decencia. Es hora de que el gobierno cubano haga algo más que inventar mentiras y coartadas absurdas. Ojala no vayamos aun mas lejos en el horror. (Publicado en Primavera Digital)
luicino2004@yahoo.com

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