Un año de más a su cuenta, Luis Cino

Los mandarines verde olivo decidieron nombrar el 2013 como “Año del 55 aniversario de la Revolución”. Así, se anotan un año de más a su larga cuenta dictatorial. Como si les resultara corta y no les bastara…

Si los números, pese a todo, siguen en su lugar, entre 1959 y 2013 median 54 años y no 55. Y uno se pregunta de qué vale esa inexplicable manía aritmética que han cogido los mandarines  por anotarse,  cada 31 de diciembre, un aniversario de más  a su cuenta.

Supongo sea otra de sus supercherías, como esa de empeñarse en llamar  revolución a esta cosa que lenta pero inexorablemente se apaga y se desinfla, con más penas que glorias.

Lo que todavía llaman, más por costumbre o por inercia que por otra cosa, “la revolución”, todos sabemos que  terminó hace décadas, aunque nadie puede asegurar exactamente en qué momento, si cuando se unció a la Unión Soviética y se convirtió en otro de los aburridos países del socialismo real o cuando pretendió haberse institucionalizado -con una constitución plagiada y un parlamento unánime- aunque  primaran  invariablemente  la voluntad y los caprichos del Máximo Líder.
En definitiva, lo normal era aceptar que terminara o se transformara. ¿Se imaginan a Brezhnev, o a cualquiera de las momias que le sucedieron, como la revolución?
En todo caso, la revolución cubana, ahora, más que a la revolución francesa o a la bolchevique, se parece a la mexicana, por aquello de los generales nombrados a trocha y mocha por Pancho Villa y por la dictadura maquillada, como la del PRI, a la que aspiran para el aterrizaje suave.  Apenas quedan -si es que alguna vez hubo- jacobinos. Lo que hay es una elite sin clase, pero astuta, que habla más de marketing que de ideología.
Ahora, la revolución que ya no es, pero que quieren seguir llamándola así,  aunque ya nadie sepa cómo coño nombrarla que no sea con una palabrota, es como un funeral que no termina…

Y en el velorio interminable estamos todos, los dolientes y los que no, por compromiso, para que no digan, por inercia, conveniencia, o porque no queda otro remedio. Pero estamos…

Y  echamos pestañazos y damos cabezazos, ansiosos por volver a la normalidad de nuestras pequeñas vidas que nunca nos permitieron vivir porque había que subordinarlas al sueño colectivo que un solo hombre  soñaba por todos nosotros, los míseros y prosaicos mortales que no supimos estar a la altura de sus muy elevadas expectativas, para las que Cuba les resultaba demasiado angosta.

De nada valen los esfuerzos de los mandantes por retenernos en la vigilia-pesadilla. Siempre nos vence el hastío, aunque bebamos el café amargo y con sabor a rayos de los timbiriches, uno en cada cuadra, como los CDR. Por mucho que lloren las plañideras, por muchas chapas que muevan aquí o allá los pillos del trapaleo, por muchas piruetas que hagan  payasos y bufones,  siempre nos vencen el cansancio y el aburrimiento…

Resulta impronunciable la palabra revolución para designar un régimen de recambio de generales y tecnócratas que no consiguen que algo les salga bien.

Es  más humillante el yugo desde que Fidel Castro no está al mando. Las dictaduras carismáticas, si no se veneran, al menos con su mística terrible, salvan un poco la honra de los sometidos. Y eso que el estalinismo castrista, para  bochorno de sus víctimas -que  somos todos, también los victimarios-,  de tan cheo y cursi, resultó  ridículo.  Por eso apena más que dure tanto esta dictadura cirquera y maniguera.

Es peor el bochorno desde que somos rehenes de un régimen de militares, tecnócratas y aparatchiks  que abusan de la  institucionalidad de utilería mientras apuestan por el socialismo de mercado, ponen caras de chinos y juegan a la ruleta rusa con pistolita de agua. ¡Vaya merienda de locos!

Lo que vino es otra cosa, no la revolución. Y tampoco es bueno. Para nada. Allá quien se conforme con los timbiriches, los arrendamientos de marabusales y los  puestos con viandas y verduras para quien pueda pagarlos.

La revolución -llamémosla así para no contradecir las rutinas y tener el consuelo de ser las víctimas de toda la vida de un cataclismo histórico y no de una pandilla de patanes- se acaba triste, ronca y desolada, como una canción de Chavela Vargas. Solo no se la merecen Ellos (que se vayan al carajo en el último trago), sino nosotros…
luicino2012@gmail.com

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Necesitamos muchísimo más, Luis Cino

Me gustaría pensar con el periodista Fernando Ravsberg, de BBC Mundo, que la unanimidad es cosa del pasado, que “el ejercicio de tantas voces que opinan por su cuenta” ayuda a fortalecer a la nación cubana. ¿Qué más quisiera! Pero no puedo…

Ojala fuese real el espejismo que ve o quiere ver Ravsberg. El desierto no se vuelve estepa porque haya un par de oasis más y a los camellos los sustituyan por dromedarios. Eso, si no  son los mismos camellos de siempre, pero disfrazados con nuevos pelajes.

Los que piensa Ravsberg que opinan por su cuenta –intelectuales, académicos, economistas, prelados- lo hacen en cenáculos y catacumbas, tienen un límite que por su propio bien, por su seguridad y la otra, la omnipresente Seguridad del Estado, jamás rebasan, y cuando lo hacen, se cercioran de haber dejado la puerta abierta tras ellos,  para tener hacia donde dar  marcha atrás cuando toquen retirada.

Esas opiniones son todas  bien serenas, prudentes y mesuradas. Y sobre todo, ahora que los mandamases corrieron un poquito más las cercas de la finca, dentro de la revolución.

¡Qué pena que a Ravsberg no le interese demasiado lo que la gente opina en las guaguas y las colas! Digo, por aquello del equilibrio.

Dice Ravsberg que le contaron que “durante los primeros años de la Revolución los debates políticos eran constantes”. A mí no me lo contaron. Soy cubano y he estado aquí a tiempo completo. Me ha resultado y todavía me resulta más que difícil, asfixiante, vivir en semejante uniformidad. Pero eso me da algunas ventajas, tales como poder aclararle a Ravsberg que los debates, luego de la euforia de 1959, no fueron precisamente como él se imagina que fueron.

En los años 60, los debates eran entre comisarios, mandamases y mandarines. Solo entre ellos. Debatían, por ejemplo, los deslumbrados con el maoísmo con los más ortodoxos pro-soviéticos,  cuál debía ser el régimen de propiedad sobre los medios de producción, si el estatista o el socializante, pero al final, el Árbitro en Jefe decidía lo que le salía de sus cojones, como hizo cuando la ofensiva revolucionaria de 1968, cuando intervino hasta el último chinchal, puesto de fritas o barbería y nos sumió en el más misérrimo comunismo de guerra.

La doctora Graziella Pogolotti  puede ilustrar a Ravsberg sobre el debate cultural en aquellos años, cuando los comisarios se mostraban tan escandalizados e inquisidores con las películas de Fellini, el Pato Donald y los Beatles,  como la pobre doctora se muestra atacada hoy con el abominable y despelotado reguetón.

Es cierto que ha cambiado la Cuba que se encontró Ravsberg  en los 90, “la del pensamiento único, la de los apoyos unánimes, la de los escrutinios del 99,99% y de Mesas Redondas en las que todos repiten lo mismo”. Pero básicamente sigue siendo la misma. Que si de las ganas de los mandarines dependiera…

Ahora mismo, la mayoría de los debates que  tanto  impresionan a Ravsberg  están salpicados de citas del Infalible en Jefe y el Sucesor, como aquello de “cambiar todo lo que deba ser cambiado”.
Hubo muchas expectativas en el año  2007 cuando Raúl Castro convocó  a un debate nacional sobre el presente y el futuro del país. Señala Ravsberg que “cinco millones de cubanos le respondieron con más de un millón de críticas, hiriendo de muerte a la unanimidad”. Pero el caso que hicieron a las críticas fue poco y lento. Como mismo se encendieron los bombillos rojos, los retranqueros del inmovilismo los apagaron o sustituyeron por otros rosaditos. O de cualquier color. Y lo más que hubo fue los dichosos Lineamientos del VI Congreso…

Que me disculpe Ravsberg, pero el réquiem es prematuro: la unanimidad dista mucho de estar muerta. Principalmente, en los lugares donde más debía estarlo,  donde no debía existir ni rastro de ella. En la prensa oficial, que sigue sorda, ciega y muda, silenciando las discrepancias, pintando un país que no se parece al real.  En la Asamblea Nacional, donde la unanimidad sigue tan viva y coleteando como siempre. Aquello es un coro más afinado que el de Digna Guerra. Allí no se debate,  se aplaude. Y se habla un poco de mierda. Solo por hablar no más. Ahora mismo que alguien me explique a qué coño se refirió  Marino Murillo -que de tan gordísimo como está pronto no cabrá en la pantalla del TV- cuando habló del “crecimiento biológico” de la población cubana durante el año que concluye.
Allá quien se conforme con los timbiriches, los tugurios y marabusales arrendados,  la muela bizca del socialismo democrático y participativo,   las cartas al Granma que parecen escritas por Teté Comité o Doris Day en sus buenos tiempos; los blogs que  se suicidan como presos en celda de castigo; las tormentas con comején de e-mails de escritores asustados por los fantasmas del pasado que no murió; los artistas que se preocupan porque el nuevo ministro de Cultura, con mentalidad de bodeguero –ay, Abel Prieto, nadie sabe lo que tiene hasta que no lo pierde-, quiere que el arte se autofinancie;  los debates del último jueves de la revista Temas, a los que la Seguridad del Estado cuando le viene en gana decide quien puede entrar y quien no; los chistes de Mente de Pollo en la televisión, las piruetas semántico-ideológicas de Alfredo Guevara, Esteban Morales y la revista Espacio Laical…

Todos sabemos que para que la nación se fortalezca y se salve, necesitamos mucho, pero muchísimo más…
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Sin doble fondo, Luis Cino

Siempre hablo a título personal. Definitivamente, las pertenencias y las militancias no se me dan bien. Y eso tiene sus inconvenientes. A veces me preocupa que otros disidentes puedan sentirse heridos por algo que escriba. Preferiría aguijonear solo a la dictadura, pero en esta disidencia nuestra de cada día, hay ocasiones en que hay que hablar claro.

Sé que suelo ponerme algo inadecuado en determinadas circunstancias. Nunca aprendí a posar y fingir. En todo caso, si no puedo ser totalmente sincero, lo más que puedo hacer es intentar alguna mentira piadosa. Siempre para bien. Mientras más ligera, mejor. Solo eso. Pero con gente sin doble fondo, es suficiente.

Hace unos días una vieja amiga cuyos consejos suelo tener muy en cuenta, la poetisa Tania Díaz Castro, me comentaba que percibe que me he vuelto ríspido cuando escribo, que me ha invadido el pesimismo. Y puede que tenga razón. Como quiera que sea, últimamente no hay muchos motivos, ni en Cuba ni en el mundo, para ser optimistas.

Díganme cómo se puede ser optimista en un país que se haitianiza y cae a pedazos. Cómo resignarse al inmovilismo perpetuo que simula transformaciones en las que nadie cree. Cómo aceptar este presente de mierda con la conciencia en paz. De qué sirve fingir que creemos que Cuba transita hacia otro lugar que no sea el abismo.

Con tantas naves quemadas y tanto terreno que nos han minado, que no me hablen de transiciones. ¿A qué? ¿Al peor y más salvaje de los capitalismos, el de Estado y Partido Único, sin derecho a nada que vaya mas allá de los timbiriches y las vendutas? ¿A una democracia putineska y putinera, administrada por corruptos, segurosos, chivatos, simuladores, payasos, timadores y sinvergüenzas? Porque, ustedes me perdonan, pero eso es lo que veo venir…

¿Hay que conformarse con que el infierno nos lo transformen en un purgatorio un poquito –solo un poquito- más civilizado y encima de eso mostrarse agradecidos y felices? Yo no puedo. Parafraseando a mi tocayo el poeta Camoes, cargo con “el gran dolor de las cosas que pasaron”. Sé bien todo lo que no pueden devolverme. Ya ni siquiera aspiro a ello. ¿Para qué? Pero no me pidan que sea optimista. Y discúlpenme si me pongo a veces demasiado áspero. No es esa mi intención. Y menos cuando se trata de personas que luchan por lo mismo que uno. Pero si tengo que pensar dos veces para escribir una frase y que no suene inconveniente, entonces es que he empezado a transformarme en otro tipo. Por cierto, uno que no me gusta para nada. Y me temo que a ustedes tampoco. Así que es mejor que siga como soy.
luicino2012@gmail.com

¡Oh, la CIA!, Luis Cino

De tan desquiciada que es la nueva andanada anti-disidente del blog del seguroso Yohandry, pareciera mejor prestarle el caso del  bagazo. O  mejor –que el bagazo suele tener muchos usos-, concederle la atención que se le presta a un mojón. Es lo que han hecho muchos  frente a los nuevos cargos presentados por el bloguero del DSE. Pero no. Es mejor hablar claro, que esto puede resultar mucho más serio de lo que parece.

Yohandry asegura que el pasado mes de marzo, en una reunión de Estado de Sats sobre las relaciones Cuba-Estados Unidos a la que asistió el por entonces número dos de la SINA en La Habana, Charles Barclay, este le habría entregado a Yoani Sánchez una lista de más de 10 periodistas independientes que serían dirigidos por la CIA bajo la pantalla de una agencia contratista, la Applied Memetics.

Siempre según Yohandry, Barclay le habría pedido a Yoani Sánchez que asumiera el papel de coordinadora del proyecto, a lo que la bloguera, que por entonces no era todavía vicepresidenta regional de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), habría accedido con la condición de que le permitiera hacer algunas modificaciones a la lista, porque en ella aparecían, según dice Yohandry que dijo Yoani, opositores políticamente desgastados,  arribistas, mentirosos y personas que no eran periodistas.

En su blog, Yohandry anexa las dos listas, cada una con doce nombres de periodistas independientes y blogueros. Y resulta que si la lista de Barclay era más o menos coherente, la que supuestamente confeccionó Yoani, de tan desigual y abigarrada, es un  disparate.

Y uno se pregunta, ¿adónde quieren ir a parar Yohandry y sus jefes con esto? Acusar a los periodistas independientes de “mercenarios” y “asalariados del imperialismo” no es nuevo. Vincular a varios de ellos, con nombres y apellidos, a la CIA, es más grave. Sabemos lo que puede costar de años de cárcel a cualquiera de los que estamos en la lista. ¡Y todavía hay zoquetes que están bravos porque no aparecen sus nombres en el listado! Pero precisamente, tan estúpidos como nos creen, ese puede ser uno de los objetivos de esta patraña: atizar las vanidades, los celos y recelos, para ponernos -una vez más- a chocar unos contra otros.

No se me ocurre otra cosa, porque  crear el ambiente propicio para una nueva ola represiva,  no parece aconsejable. ¿O es que ya se le olvidó al régimen lo que le costó meter en la cárcel a los 75?

Hace unos días, en la Mesa Redonda, habían anunciado que se referirían próximamente a “un nuevo plan de la CIA para preparar a los llamados periodistas independientes”. Pensábamos que se referían a los muy denostados cursos que brinda la SINA y que generalmente reportan más pérdidas, problemas y represión que beneficios al periodismo independiente. Pero ahora se ve que era este chisme de Yohandry lo que se traían entre manos.

¿Cuándo aceptará la dictadura que hay cubanos capaces de escribir lo que piensan sin que se lo oriente la CIA? ¿De verdad  creerán los jefes de Yohandry –porque él, su médium, solo pone los dedos en el teclado- que alguien, sea la CIA, Yoani Sánchez o el mismísimo Pipisigallo, sería capaz de conseguir que doce periodistas independientes, tan disciplinados y bien llevados como somos, cumplamos órdenes y nos subordinemos a alguien? ¡Oigan, qué daño les ha hecho el Partido Único!

Lo siento por Yohandry, pero no tengo fotos que mostrar de mi estancia en Langley ni un contrato firmado con Applied Memetics, que ni siquiera entiendo bien qué coño es. Por si acaso, reitero que mi independencia es de verdura. Es tanta, que más allá del consejo de redacción de Primavera Digital, soy casi anárquico. Los que me conocen lo saben. No estoy subordinado a la CIA, a la SINA, a la USAID,  a Yoani Sánchez ni a Jehová de los ciber-ejércitos, por muchas listas en que me pongan o dejen de ponerme  sin consultarme antes. ¡Vaya manía con las listas que tienen algunos!

A propósito, ¿por qué Yoani Sánchez no acaba de pronunciarse sobre este asunto? Debía hacerlo por aquello de que el que calla, otorga. En definitiva, Yoani es la principal perjudicada por la conexión CIA del embrollo de Yohandry De creer al bloguero seguroso, la lista sin pies ni cabeza que presuntamente ella hizo, los nombres que eliminó de la supuestamente presentada por Barclay, y las razones alegadas para ello, la pondrían a chocar con media disidencia. Y eso no es bueno para ninguno de los implicados. Solo es conveniente para los jefes de Yohandry.

Por muy delirante que parezca el chisme del bloguero seguroso, Yoani Sánchez debería explicar qué hay de cierto en todo esto de las listas y los contratistas de la CIA, si es que hay algo cierto. Porque en algo se debe basar Yohandry, además de  las novelas de espías de Graham Greene…
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¿Perfeccionar el Poder Popular?, Luis Cino

A un vecino, ex-militar y ex-militante del PCC, le ha dado últimamente por disertar acerca de “la necesidad de perfeccionar el funcionamiento y la estructura del Poder Popular”. Como no son muchos en el barrio los que tienen estómago para escuchar su descarga, suele recalar en mi portal. A pesar de todo y el miedo que tienen de que los vean hablando conmigo, tengo fama entre los vecinos de ser un tipo tolerante y comprensivo, algo que no abunda mucho por acá, ni siquiera cuando se habla de pelota, esa otra discordia nacional.

Hace unos días, el vecino ex-militar me comentaba, con dolor y desencanto, sobre las deslucidas votaciones –de ningún modo elecciones- de las que salieron a duras penas las 168 nuevas asambleas municipales del Poder Popular que quedaron instaladas en la más absoluta unanimidad  el domingo 25 de noviembre.

Cuando vine a darme de cuenta, el tipo  discurseaba acerca de la necesidad de “democratizar el socialismo, hacerlo más participativo y  salvar a la revolución”. Casi me pareció escuchar el tema de “Misión imposible”: tururí tururá pampam pampam…

Mi vecino no es al primero que escucho esa monserga. Ya no es solo buscarle apellidos a la democracia, que eso se hace desde los tiempos del ágora ateniense. Se trata de reinventarla en uno de los peores sitios posibles, uno donde no  hay ninguna desde hace más de medio siglo, y ya de paso, reinventar el socialismo, como proponen desde hace años el sociólogo Aurelio Alonso y otros ilustres inventores del agua tibia.

¿Se puede inventar lo que ya está inventado?  En cuanto a términos políticos, todo se inventó  en los dos siglos y pico que median entre el Iluminismo y la caída del Muro de Berlín (sin que se llegara al fin de la historia que decía Fukuyama). Todo. Lo regular, lo malo y lo peor. La democracia real que dicen, sigue sin aparecer. Y su hallazgo o invención  parece cada vez más improbable por mucho indignado que clame por ella.

En realidad, en Cuba nunca la democracia gozó de buena salud. Fue nuestro fracaso histórico. “La frustración nacional en lo esencial político”, que decía Lezama Lima, trajo estos lodos de revolución que se va a pique y que no la salva ni el médico chino con sus recetas de mercado y sus gatos multicolores.

Eso le comentaba al  vecino cuando me interrumpió para advertirme que el pluripartidismo no resolverá  los problemas que el sistema de partido único no ha resuelto. Y luego soltó una larga tirada acerca del error de importar modelos ajenos a nuestra cultura como el socialismo real o el socialismo de mercado chino, que tampoco le convence ni un poquito, con tanto corrupto como sigue generando y eso que los narras rojos los fusilan…

Estaba a punto de preguntarle si le parecía bien, para no importar fórmulas foráneas,  volver al  comunismo primitivo de los taínos, cuando aseguró con voz de iluminado: “Lo que necesitamos es que el  Poder Popular lo sea de verdad”.

Según creí entender, propone partir de las actuales premisas para hacer algunos cambios a las estructuras vigentes y democratizarlas  poniéndolas bajo el control popular. Entonces,  sobraría el Partido Comunista o cualquier otro partido.

Me explicó que unas elecciones a la Asamblea Nacional como las actuales serían perfectas sin que el Partido, que dice que no postula ni elije, tampoco tenga comisiones de candidatura ni representantes que controlen a cada comité de base de las organizaciones de masas. Nada. No estructuras políticas. Ningún poder al Partido o  los partidos. Todo el poder para el pueblo.  “Power to the people”, diría Lennon. Oh, yeah. Bien concentrado, ay Onán, y sin dejar de mover la mano y el cubilete, para que se venga pronto…la democracia socialista.

Pudiéramos crear la Jamahirya Socialista, le dije. Por lo de la jama. Para que no falte, podemos evacuar las ciudades y encaminarnos a las comunas agrícolas a sembrar boniato. O moringa.

Dicen que antes de 1959, votaban hasta los muertos. Ahora votan los bobos, los decrépitos, los moribundos y los que tienen miedo. Si reinventan y socializan la democracia, tal vez no vote nadie. ¿Para qué? Las ideas y corrientes de opinión de los electores estarán en Internet. Digo, si es que para entonces Internet es permitida para todos.

El tipo me miró con disgusto. Pero no mucho. Ya está acostumbrado a mis boutades, como dice él, que hasta suele usar palabras rebuscadas cuando discute con sus “adversarios ideológicos”. En definitiva, sabe que no soy tan acérrimo adversario como los que “por  hablar mierda” lo botaron del Partido,  “la fuerza dirigente y superior de la sociedad y el Estado”.

Solo se me ocurrió aconsejarle que no se desanime. Que espere su turno de hablar en las futuras asambleas de lamentaciones y catarsis. Va y hasta le hacen caso. Nunca es tarde si la dicha y las intenciones son buenas. O regularcitas.
luicino2012@gmail.com

Los convencidos, Luis Cino

Nunca se me dio bien simular la devoción fidelista. Siempre metía la pata. Hace muchos años,  cuando estaba en ambientes oficiales  y no me quedaba más remedio que hablar la jerga revolucionaria, emplear, por ejemplo, la palabra compañero para dirigirme a alguien que me caía como una patada en los huevos, o hacerme una autocrítica en un análisis de grupo estudiantil -aquellos repugnantes episodios masoquistas- parecía que no hablaba en serio, que me burlaba. Y en realidad era así, aunque la mayoría de las veces yo no estuviera muy conciente de ello. Soy burlón e irreverente por naturaleza. Siempre lo he sido, desde pequeño, y eso me ha costado no pocos tropezones.

El castrismo y sus rituales, de tan solemnes y absolutos, siempre  me  parecieron tremendamente ridículos. No ahora que ya todos nos quitamos la venda de los ojos –si es que alguna vez la tuvimos- y estamos hartos de ver  al emperador encuero, de descubrir sus trucos baratos y escucharlo hablar mierda hasta por los codos. Me pasaba incluso cuando era niño, y en la escuela y en mi casa todos los caminos llevaban a Fidel, la revolución y el socialismo, al que repetían a toda hora que pertenecía por entero el futuro de la humanidad. Y uno hasta se lo creía y se preguntaba si al final del camino, con los defectos, los errores, los horrores, los problemas y las dudas, no tendrían razón papá, los profesores y la presidenta del CDR.

Pero siempre algo me avisaba que no, que la vida estaba más allá de las consignas que hablaban de muerte y de los tipos con cara de estreñidos que querían de todas maneras y por encima de todo, hacerte parte de un colectivo  con una sola voz que imitaba siempre la del Comandante y no tenía otras metas que no fueran las de la revolución.

La liturgia fidelista que me metían por los ojos y los oídos me costaba tanto trabajo asimilarla como la religiosa, que nos prohibían porque era “el opio de los pueblos”. Al final -para qué estaba el altar de mi abuela-, me fue más asimilable la religiosa. No concibo vivir sin creer en algo, aunque sea sin demasiada convicción y ningún aspaviento (he dicho otras veces que, como la mayoría de los cubanos soy católico, ay Frank Sinatra y Santa Bárbara cuando truena, a mi manera). Y si de creer se trata, un partido o un líder, por muy máximo que sea, me quedan demasiado cortos…

Digo todo esto, no porque les vaya a hacer el cuento de cómo vine a parar a la disidencia, que tampoco es la maravilla que muchos creen, con tanto fidelismo trasplantado pero de signo contrario como hay en ella. Nada de eso. Sucede que no salgo de mi asombro cuando escucho, no precisamente a dirigentes, de los cuales se puede esperar cualquier  payasada, por no decir algo peor -no quiero emplear epítetos ni algunas de las malas palabras que tanto se me escapan últimamente- sino a gente común que dicen seguir siendo “revolucionarios”, hablar con una convicción que parece impermeable a todos los desencantos, las mentiras, las paranoias, los desastres y el país que se nos cae literalmente a pedazos.

No me refiero a los simuladores, sino a los convencidos, los incondicionales, que por increíble que parezca, todavía quedan. Son los que todavía hablan en un tono que me recuerda el que escuchaba en mi casa a papá con su uniforme de miliciano o se podía leer  en las cartas revolucionariamente firmadas de mi hermana, que había renunciado a ser una burguesita devota de la Virgen y de Elvis, cuando recogía café en las lomas orientales, comida por las santanillas,  en plena crisis de los misiles, y decía estar dispuesta a morir con Fidel en los labios y en el corazón.

La pregunta no es  cómo se podía ser tan comunista y tan cursi -¿picúo suena más cubano?- sino cómo se puede seguir siéndolo a estas alturas del campeonato. Porque se puede simpatizar con cualquier causa, tener las razones que sean para ello, más que ninguna otra, por no dar uno su brazo a torcer, que es bien difícil, lo sabemos, pero no hay que exagerar…

Cuando se habla con ellos, con los convencidos, los pocos que quedan, no escuchan lo que no les gusta escuchar, porque  flotan a kilómetros del suelo y la prosaica realidad signada por el dinero y la barriga. Tienen la versión de lo que ocurre en el mundo según el Granma, la Mesa Redonda y el expurgado Telesur que ponen por un canal de la TV cubana a la misma hora de la telenovela. No ven lo que ocurre a su alrededor porque miran desde una nube hecha de ingenuidad y fanatismo que desmiente cualquier otra razón que no sea la que les inculcaron. Hablan de la sangre derramada y los sacrificios hechos para construir una sociedad mejor, que dicen estar dispuestos a perfeccionar, aunque nos pasemos varias generaciones más en ese empeño.  Están convencidos de que tienen la razón de su lado. Les  duele y les resulta increíble que alguien pueda cometer el error de tener una opinión dos milímetros distinta.

Y uno no sabe si tenerles lástima o pegarles con un bate de aluminio, a ver si despiertan de una puñetera vez. Porque nunca habrá forma de hacerles comprender cuanto nos han jodido la vida,  y se la han jodido ellos, tan puros, tan ingenuos,  tan idealistas, tan desinformados, tan tontos…
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Barrio alto, Luis Cino

Una de las canciones más conocidas del folklorista norteamericano Pete Seeger es “Little Boxes”. La compuso Malvina Reynolds en 1963, inspirada en las interminables filas de casitas idénticas, todas como cajones, en los suburbios de San Francisco.

Pete Seeger explicaba al respecto: “Nos dicen a todos, capitalistas o comunistas, que si queremos casas baratas, tenemos que aceptarlas como  las hacen, rectangulares”.

En la Unión Soviética, a mediados de los años 60, “Little boxes” fue muy popular su versión en ruso, “Dachki dachki”. En Latinoamérica, Cuba incluida, fue conocida, varios años después, en la versión del cantautor chileno Víctor Jara,  titulada “Las casitas del barrio alto”. Era una irónica crónica sobre la vida en los barrios aristocráticos de Santiago de Chile, por aquellos días convertidos en un hervidero de subversión contra el gobierno socialista de Salvador Allende.

Quién quita que un día de estos a algún cantautor cubano le dé por versionar “Little boxes” y titularla “Los cajoncitos”. Pudiera inspirarse  en Alamar, San Agustín, Mulgova, el Reparto Eléctrico y otras varias decenas de feos e incómodos  barrios de edificios de micro-brigadas repartidos por todo el país.

Los humildes moradores de esos cajones amontonados tuvieron que esperar años, trabajando como esclavos, doce horas diarias y dos domingos al mes, amén de las horas de trabajo voluntario, para que el gobierno, previa asamblea de méritos, trapos sucios, chivatería y broncas entre compañeros que derivaban en rencillas perpetuas, les concediera la gracia de habitarlas, cobrándoles alquiler encima.

Esos edificios de micro-brigadas de Cuba, de inspiración soviética, son los mismos cajoncitos y palomares que florecieron bajo el socialismo real en Moscú, Varsovia o Bucarest.

Pero en Cuba no todo es edificios de micro-brigadas, cuarterías, llega y pon y viejos edificios apuntalados o en pie por estática milagrosa. Aquí también hay casonas y  barrio alto. Pete Seeger olvidó que bajo el comunismo algunos son más iguales que otros. Para comprobarlo, basta caminar por las calles de nuestros barrios altos, Miramar, Cubanacán, Biltmore, y observar sus mansiones. La nueva clase las heredó de la burguesía derrotada o sencillamente las tomó por asalto, a punta de pistola o metralleta.

Los barrios residenciales de la nueva clase,  convertidos en zonas congeladas para “los otros”, contrastan con el resto de la ciudad. En ellos no se acumula la basura, no hay salideros de aguas albañales, el césped es atendido, los jardines cuidados, las fachadas están  pintadas y por sus calles circulan carros modernos.

Sus habitantes, en su mutación burguesa,  visten ropas de marca, de boutique; compran sus alimentos y todo lo que puedan necesitar en Quinta y 70 o en Palco, en cuc;  en las mañanas corren por Quinta Avenida para mantenerse en forma y su piel no es cetrina.
No tienen buen gusto ni clase –muchos de los más viejos no han podido cortar del todo sus costumbres rurales-, pero se creen mejores que el resto de los mortales y miran de reojo, por encima del hombro, a los que no son del barrio, especialmente si son negros.

Las casas, amplias y con jardines cuidados, están protegidas por elevados muros, para que nadie atisbe en sus vidas privilegiadas y con aire acondicionado.

En algunas pocas casas de Miramar o Nuevo Vedado (los otros barrios son  inaccesibles) viven elementos extraños. Se nota en el deterioro de las viviendas. Las habitan rezagados del pasado y otros advenedizos. Son las moscas en la leche, pero cuidadosamente vigiladas para que no cometan indisciplinas sociales u otras conductas impropias de las que tanto disgustan a la nueva clase.

La elite está dispuesta a morir “por la gloria que se ha vivido”. Sus casonas y privilegios son también parte de esa gloria, y por cierto, no la menos importante.

Si el cantautor que se disponga a hacer la nueva versión de “Las casitas del barrio
alto” vive en un suburbio como el mío y alguna vez se ha sentido como una cucaracha en las calles de Miramar, de seguro no tendrá que esforzarse mucho para activar su musa.
luicino2012@gmail.com

Hora de cambiar, Luis Cino

Si no fuera repugnante, resultaría conmovedora la disposición de ciertos emigrados –ya dejaron claro que ellos no son para nada exiliados- de saltar y mover la cola, agradecidos como perrillos falderos por la golosina, ante la más mínima  pirueta que haga la dictadura.  Ovacionan al mago que los echó de su país a cajas destempladas antes de que haga el próximo truco: basta que lo anuncie y muestre la chistera. Si saca algo de ella, como es el caso últimamente, entonces es la apoteosis de la adulonería a larga distancia.

Es el caso del empresario artístico Hugo Cancio, que conmovido como  un flan de calabaza por la modificación de la ley migratoria cubana, con  sus trampas y limitaciones y todo,  anuncia que ya es hora de que el exilio cambie su actitud hacia la dictadura, que para él ya dejó de serlo. Digo, si es que alguna vez la consideró dictadura y no solo un mero accidente histórico que le hacía muy incómodo vivir en la hermosa Habana, y luego, más que nada por culpa de “la política agresiva de los gobiernos norteamericanos”, le impedía  ganarse unos cuantos dólares a costa de la miseria de los músicos cubanos.

Si personajes como Hugo Cancio cuando hablan de cambiar actitudes se refirieran  solo a condenar el embargo económico, las limitaciones a los viajes de los cubano-americanos y el envío de remesas a sus familiares en Cuba, si predicaran contra esa fea costumbre de revolver viejos chismes, aplastar discos y vociferar como energúmenos en la calle 8 contra los artistas de la isla que viajan a Miami, sería razonable. Pero ellos, en su afán por congraciarse y de que no haya dudas respecto a su condición de “emigrados buenos”, de los que son del agrado del régimen, piden ir mucho más allá en temas tales como exigir la libertad de los Cinco en lugar de la de los presos políticos en su país,  el cese de la represión contra los disidentes o las libertades políticas para sus compatriotas.

Da asco cuando los integrantes de Cuban Americans for Engagement (CAFE) se reúnen disciplinadamente, cual cederistas,  en la Sección de Intereses de Cuba en Washington a escuchar las orientaciones del MINREX. El pasado 28 de septiembre, con todo y el cubo de agua fría que les echó por encima el canciller Bruno Rodríguez cuando le imploraron  invertir en Cuba y   compatibilizar  la ley migratoria cubana con los estándares internacionales, ninguno de ellos tuvo  dignidad -¿se acordarán todavía de esa palabra?- para responder lo que se merecía el zoquete y emparrillado canciller de la dictadura, que por demás no parecía estar muy al tanto de lo que hablaba ni falta que hizo para que lo aplaudieran.

Hay otros que dan  más asco todavía, pero que  son más francos porque no dejan lugar a dudas. Como esos tracatanes del núcleo de militantes sin carnet del PCC en el exterior  (en cuanto a fidelidad  son un poco más que cederistas) pero con euros y pasaporte cubano –es el que le exigen, ahora al doble de su costo, para poder viajar a Cuba- que se reunió recientemente en Madrid bajo el lema “La emigración cubana con la revolución”.

En el encuentro madrileño aplaudieron más al castrismo que cuando chivateaban en Cuba. Ahora que están mejor alimentados, tienen más energías para hablar mierda. Imagínense que una compañera –entre ellos todavía se debe usar ese término ya arcaico en la Cuba no oficial- que reside en Italia hace 22 años, tuvo tripas para asegurar que en La Habana no se ven mendigos en las calles. Qué coño va a ver pordioseros la compañera Feliciana Wonder Tejedor si ella se largó –sabrá Dios si jineteando- justo cuando se iniciaba el periodo especial. Que venga, se ponga las gafas, salga a la calle y repare bien en la obra de la revolución. Y si quiere hacer algo bueno, que lleve bastante calderilla en chavitos para que les tire un salve a los muchos jodidos invisibles que descubrirá.

Pero esos son tracatanes nunca cortaron del todo la tripita: llevan en su alma la bayamesa fidelista. Peores son los súper-conciliatorios, los que una vez comían candela en contra y ahora conceden perdones sin que se los soliciten. Como Carlos Saladrigas. Ya no aspiran al diálogo, sino a ser espectadores del monólogo, sentados en segunda o tercera fila, en las sillitas plásticas compradas por el MINREX. Hablan de cambiar sin que la dictadura cambie. Basta con que mueva una ficha. O que haga el ademán de moverla. Aun si anuncia que va a meter un forro

Ahí están, listos a cambiar. Juntos y revueltos en la pachanga de los arrepentidos. Los  rehenes a gusto de los  diplomáticos-segurosos de las embajadas cubanas en el exterior, víctimas a gusto del síndrome de Estocolmo. Los impacientes por congraciarse y hacer carantoñas, con varias horas de adelanto en el reloj, prestos a la pesca en río revuelto, el colaboracionismo y la sumisión a cambio de que los dejen hacer negocios a costa de los cubanos. Sea con inversiones, agencias de viajes  o conciertos de timberos, raperos, troveros y reguetoneros de la Generación de los Aseres en Miami, como los que organiza Fuego Entertainment.  Porque de eso se trata: business as usual. ¿Para qué engañarnos?

Cancio,  Saladrigas, Fanjul,  Aruca y comparsa  se pueden prestar al cambalache y la estafa, OK, pero que no se disfracen de patriotas. A otro con ese cuento. Cubanos sinvergüenzas habrá muchos en ambas orillas, pero los bobos ya no son tantos.

luicino2012@gmail.com

El meridiano McCarthy, Luis Cino

Desde hace décadas, leer se ha convertido en un lujo. Pero  uno imprescindible.  Al menos yo, no puedo estar mucho tiempo sin leer un buen libro. No solo de pan vive el hombre. Soy de los que no concibe que se pueda vivir  ajeno a la lectura sin convertirse uno en un chancho.

Digo esto porque acabo de leer Meridiano de sangre (Blood meridian), del escritor norteamericano Cormac Mc Carthy, por el que hace unas semanas, en una librería en divisa de la calle Obispo pagué la astronómica –para Cuba- suma de 10.75 CUC. Ese es el equivalente de unos 275 pesos, que es un poco más de la mitad del salario mensual promedio de un cubano.

Discúlpenme si insisto en ese detalle que tanto molesta a personajes como Ricardo Alarcón y el zarevich Marino Murillo, pero es para que entiendan por qué califiqué de “astronómica” la cantidad que pagué por el libro.

Me dirán que en cualquier país del mundo eso y mucho más es lo que cuesta cualquier libro. OK, pero una persona de ese país -independientemente de que cada vez le rinda menos el dinero – gana varias veces lo que gana al mes un cubano sin bisnes ni timbiriche, unos 20 CUC, que para colmo ni siquiera  le pagan en los puñeteros CUC sino en una moneda súper-depreciada con la que tiene que comprar el cuc a 25 pesos para poder adquirir algunos de los productos más básicos para la higiene y la (mal) alimentación.

Así, se imaginan el sacrificio que es comprar un libro en una librería en CUC, donde las opciones son bastante más amplias  que en las librerías en moneda nacional, atestadas de reediciones, bodrios y panfletos ideologizados, que ni siquiera son tan baratos como en aquellos tiempos de las Ediciones Huracán y Cocuyo, sino diez  u once veces más caros.

En pesos cubanos solo excepcionalmente aparecen títulos interesantes. Pero en divisa tampoco se encuentra mucha literatura realmente buena. Últimamente hay mucho Stephen King, Danielle Steele y libros de autoayuda, pero muy poco Rushdie, Naipaul, Below y Roth. Faltan Bolaños, Carver, Bukovsky. Y por supuesto, nada de Vargas Llosa,  Zoé Valdés, Cabrera Infante o Kundera. Por eso me sofoqué como niño ante vidriera de juguetería cuando topé en una librería de la Habana Vieja con Meridiano de sangre (edición De Bolsillo, Random House Mondadori, México, 2008). También estaba, de Mc Carthy, esa joya que es “El guardián en el vergel” (The orchard keeper), pero costaba 7 CUC y ya lo había leído.

¿Saben una cosa? No me pesa lo que desembolsé por Meridiano de sangre. Todo lo contrario. Todavía no me recupero de la impresión que me causó. Es uno de los mejores libros que he leído en los últimos tiempos. Hacía años no me impactaba tanto un escritor como Cormac Mc Carthy.  Si tuviese que compararlo con otro autor, sería con mi adorado William Faulkner. Su sombra asoma en los libros de Mc Carthy. Pero su escritura  es muchísimo más descarnada y  cruel que la de Faulkner.

En Meridiano de sangre,  se me ocurre que un poco a la manera de un Bernal Díaz del Castillo posmoderno, Mc Carthy hace la crónica espeluznante de las malandanzas de la banda de Glanton, -un grupo paramilitar o escuadrón de la muerte,  diríamos hoy-  contratado por las autoridades mexicanas y tejanas en 1849 para exterminar  apaches, niños y mujeres incluidos. Los mercenarios cobran de acuerdo a la cantidad de cabelleras escalpadas y orejas cortadas que muestren.  En una orgía de sangre, en que indios y blancos compiten en crueldad, los de la banda de Glanton terminan también matando mexicanos, norteamericanos y cuanto ser vivo se les cruce por delante.

En medio del horror absoluto, está el juez Holden, uno de los más terribles personajes que me haya topado en un libro. Calvo, gordo, albino, sin pestañas ni cejas. Toca el violín, y baila con pies ligeros pese a su corpulencia. Lo mismo paga un dólar de oro por dos cachorros para luego arrojarlos a un torrente crecido, que viola y asesina a niñas y niños. Nunca duerme y asegura que es inmortal. Como Dios. O como cierto tipo que yo me sé, que dicen que tampoco morirá nunca.

Para los personajes de Mc Carthy, como para los de Faulkner o Melville, no hay absolución ni salvación posible. Por momentos, el juez Holden, una suerte de profeta del mal,  recuerda al capitán Ahab, de Melville. ¿O será  la ballena, pero mucho más maligno? ¿Y  el Kid de Meridiano de sangre no será el Ismael de Melville? Después de todo, Mc Carthy ha declarado: “Los libros están hechos de otros libros. La vida de una novela depende de las que han sido escritas antes”.

¿Se dan ustedes cuenta por qué no podía quedarme sin leer Meridiano de sangre con todo y los 10.75 CUC? Solo que les confieso que cuando leo a autores como Cormac Mc Carthy siento envidia y se me quitan las ganas de escribir. Pero supongo que le pase lo mismo a muchos por ahí. Y eso me consuela.
luicino2012@gmail.com

Otro fragmento de Casa con puntales, Luis Cino

No tengo ganas de escribir sobre la engañifa que es la modificación de la ley migratoria ni de las fotos del Comandante con sombrero -“como un cuadro del viejo Chagall”- que sacaron de la chistera para demostrar que no se ha muerto. Tampoco de los casi ocho millones de personas que dicen que votaron en las elecciones municipales del Poder Popular.  En mi barrio, donde tendrán que ir a segunda vuelta, son muchos los que no fueron a votar. Me cuentan que mucha gente aprovechó las boletas para exigir comida, agua o gas. Y como siempre, muchos las dejaron en blanco. Pero supongo que esos son los “errores humanos” a que se refiere el gobierno en estos casos…

De nada de eso voy a escribir. Hay que ser original.   Como sigo sin conseguir editor, aquí les va otro fragmento de mi novela “Casa con puntales”.

“Dicen que la venganza es un plato que se come frío y sabe dulce. ¡La gente habla tanta mierda! Mi turno de vengarme de La Loba llegó demasiado tarde y cuando ya no me hacía  falta porque se me había apagado todo el despecho y el rencor. En definitiva, no era para tanto. La mayor parte de los casi cuatro años que pasamos juntos fueron una dulce guerra contra las infidelidades mutuas. Los dos competimos a ver quien hacía más por joderlo todo más pronto.  Pero fueron más los buenos momentos que los malos. Y no todas las relaciones amorosas, cuando se acaban, dejan ese saldo.

El día que me avisaron que  habían metido presa a La Loba, me deprimí tanto que no pude templarme a Betty. Terminé hablándole de la Loba y confesándole que me sentía culpable por su mala suerte. Betty no entendió ni cojones y ni siquiera  pudo disimular que se alegraba. Me dijo que cada cual se busca lo que tiene y que yo no era Jesucristo ni un carajo para estar asumiendo las culpas de los demás. Luego, se viró en la cama y se quedó dormida.

¡Que sabía Betty que los platos rotos los pagaría ella! Por entonces, ya estaba casi viviendo en mi casa y hablaba de boda y de tener hijos. Tenía pánico que le pegara los tarros y mira tú lo que son las cosas, se los vine a pegar con una mujer que estaba presa por puta y que para colmo, me había dejado por otro hacía tres años. Por suerte, nunca lo supo, creo que me hubiera dado candela.

En realidad, los tarros que pegué a Betty fueron más sentimentales que  otra cosa. La Loba y yo  templamos pocas veces en el pabellón. Lo intentamos la primera vez, pero no pudimos. No es fácil templar en un cuarto enrejado de Manto Negro, ahogados de calor, con una machorra vestida de verde olivo parada en el pasillo, con las horas contadas y la aprensión de que te espían a través de las paredes.

Pasábamos el tiempo acariciándonos y haciendo planes en voz baja  para cuando pasaran los tres años que le habían echado por jinetear marineros griegos y filipinos y tener dólares en la época en que estaba prohibido tenerlos.

Hablábamos en voz baja para que no nos pudiera oír la machanga de guardia, con el tono de voz de los que hacen promesas que saben que no van a poder cumplir. Ella me decía que estaba arrepentida, que había cambiado. Yo, que todo sería como antes. Mejor aún… ¡Como en una novela de Corín Tellado! Como si las historias de amor –las verdaderas,  quiero decir- pudiesen tener un final feliz.  ¡Ni que fuera fácil cambiar la vida cuando se sale de curso!”
luicino2012@gmail.com