La Virgen se sabe el camino

No soy demasiado devoto de la Virgen del Cobre ni de ningún otro santo, aunque muchas veces me han dicho –no sé si por la barba o por mis perros- que soy hijo de San Lázaro.  En realidad, no soy exactamente un católico.  Sencillamente, creo.  A mi manera, que es el modo de creer de casi todos los cubanos.

Pero estuve la tarde del 21 de noviembre frente a la Virgen de la Caridad del Cobre, cuando la peregrinación, en ruta a los poblados de Las Guásimas  Managua, se detuvo en la iglesia de Parcelación Moderna,  la barriada sub-urbana de Arroyo Naranjo donde nací y donde vivo desde hace 13 años.

La iglesia de mi barrio, a la orilla de la calzada de Managua, es  pequeña y muy modesta.  Por décadas, cuando creer en Dios era muy mal visto y perjudicial, permanecía casi vacía. Ahora sólo abre las mañanas de domingos, cuando viene el cura que comparte  con el templo del vecino poblado El Calvario.

Con tantos militares, ex militares, santeros, evangélicos recién conversos y tipos que dicen que no creen ni en su madre como hay en mi barrio, nunca sospeché que la Caridad del Cobre tuviera  tantos devotos en mi barrio. ¿Será que truena duro y la necesidad aprieta?

Centenares de personas, con velas y flores, rodeaban la iglesia. Rezaban, cantaban, se empujaban para acercarse a la urna y que el sacerdote bendijera a sus niños. Muy emocionados, algunos lloraban.  La mayoría, parecían no saber qué hacer para demostrar su veneración por la Virgen. Ni falta que hacía. Sólo había que verlos.

Confieso que fui uno de los que no sabía qué hacer. Sólo recé en silencio. Como pude. Sentí algo muy raro cuando tuve frente a la Virgen. Una luz en los ojos, un nudo por dentro, las piernas flojas. Y mucha tristeza… Discúlpenme, pero no lo sé explicar mejor…

Nunca pensé que una imagen tan pequeña -que con todo lo que significa, no es la original, sino una réplica de la que está en el Santuario del Cobre-, pudiera impresionarme de tal forma. Tal vez sea por toda la carga de angustia y dolor que la virgen ha recogido en su recorrido por todo el país.

La peregrinación es “atendida” –¿suena muy feo monitoreada?- por la Seguridad del Estado, el Partido Comunista, sus llamadas organizaciones de masas y sus chivatos.  Algunos encuentran motivos para atacar a la iglesia y dicen  que la peregrinación es un modo de manipular la fe popular. Digan lo que digan, y haya las intenciones torcidas que haya por parte de algunos, la Virgen  se sabe bien los caminos de Cuba y conoce a su pueblo.

Me gusta el cartel que veo por estos días en La Habana: “La Caridad nos une”. Claro, a los buenos cubanos. De los otros, ¿para qué hablar?

Me alegra  haber podido estar a unos metros de la Virgen del Cobre. Aunque me temblaran las piernas y no supiera exactamente cómo orar. Como todos los cubanos, tengo mucho que pedir. Estoy seguro que, tanta es nuestra fe, que la Virgencita perdonará nuestros  pecados e impericia religiosa y  escuchará nuestros ruegos.
luicino2004@yahoo.com

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La Dirección de Vivienda sigue ahí, Luis Cino

Quisiera creer que no todo puede ser absolutamente malo. Pero no puedo. Cuando en los Decretos Leyes raulistas, que tanto ilusionan a los cubanólogos y a cierta prensa extranjera, encontramos algo positivo, en una segunda lectura siempre  afloran, entre otras cosas, las trampas y la maraña.

Y no me refiero a las ganancias que sacará ahora el Estado -que como Jalisco nunca pierde, ni a las escupidas- de los trapicheos con las casas que escapaban a su control, y que ahora, gracias al Decreto Ley 288, en lugar de ir a parar al bolsillo de funcionarios corruptos, se convertirán en impuestos.

Tampoco hablo -porque ya hablé de eso y no me gusta ni imaginarlo-, de los conflictos casi siempre violentos  que protagonizarán los que en este reacomodo -que resultará muy incómodo si el gobierno no se decide a construir casas para complementar la Ley de la Vivienda- se queden en la calle y sin llavín.

Como ya estoy casi resignado -¡qué remedio!- a que Cuba con el timbirichero capitalismo de estado que se nos vino encima, se acerque cada vez más al lado feo de lo que llaman “la normalidad” -claro que pienso en las villas miserias latinoamericanas, Fernando Ravsberg-, tampoco hablaré demasiado de  la agudización de las diferencias sociales entre la mayoría que vive en pocilgas en equilibrio milagroso y los privilegiados proto-capitalistas que morarán los barrios de nuevos ricos o se mudarán  (venia mediante) a las zonas congeladas de la capital para hacer causa común con la elite en el vacilón proto-burguesón.

Me jode  haber creído que  nos íbamos a quitar de encima los abusos, robos y extorsiones de la mafia burocrática de la Dirección de Vivienda. De eso nada, monada. Antes de cantar victoria, debí haber sospechado que los burócratas mafiosos no iban a quedar abandonados, sin tener cómo ni a quién robar.

Resulta que para vender o comprar casas en los municipios capitalinos más densamente poblados (10 de Octubre, Centro Habana, Habana Vieja, El Cerro) se requiere el visto bueno de la Dirección de Vivienda. Todavía peor: cualquier trámite domiciliario en la capital que realicen personas del interior del país sin residencia legal en La Habana -recordemos la existencia de la discriminatoria ley 217, reminiscente del estalinismo, el apartheid y otras barbaridades- requerirá también de la autorización de la corrupta Dirección.

Y ahí mismo está el filón de los corruptos: siguen, porque nunca se acabaron,  los robos y las extorsiones de la Dirección de Vivienda. ¿Quién dijo que se acabó el abuso? Que se preparen, para el chantaje y los sobornos, los palestinos de los llega y pon y los habitantes de las cuarterías y los solares habaneros. Los funcionarios de las direcciones municipales y provinciales, tan mafiosos y chupópteros como siempre, que se cagan en la cruzada anticorrupción y se limpian con la nueva Ley de la Vivienda, ya inventarán su maquinaria para robar en las nuevas circunstancias. Y apretarán las tuercas para exprimirnos.

Como los Van Van, la Dirección de Vivienda sigue ahí. ¡Allá los bobos que nos creímos que íbamos a salir tan fácil de los mafiosos!
luicino2004@yahoo.com

Un país de machos remachos

 
Es proverbial la competencia entre  México y Cuba, además de por la paternidad del bolero, por ver cuál de las dos sociedades  es más machista. Se podría suponer que con tanta propaganda acerca de la emancipación de la mujer en más de  medio siglo de socialismo, Cuba quedaba en desventaja, casi de fuera de competencia, en cuanto a machismo. Pero no.

La lid sigue apretada. Allá los machos remachan a golpes a sus mujeres por cualquier motivo; aquí también, a pesar del Código de la Familia, la Federación de Mujeres Cubanas, el CENESEX y de “las iguales oportunidades para todos sin distinción de género” de que se habla. Las golpean porque los contradicen, no hay comida,  el dinero no alcanza, son muchos en la casa,  porque están borrachos, porque todo es una mierda…

En Ciudad Juárez aparecen mujeres asesinadas y no atrapan a los asesinos. En La Habana, Santa Clara y Santiago de Cuba, a las opositoras no las matan, pero corpulentos agentes de la policía política y sus porristas disfrazados de “pueblo indignado” las zurran a la vista de todos, en plena vía pública.

Supongo sea un trago demasiado amargo para los dirigentes que hicieron a tiros y bombazos una revolución de machos, que no aceptaba a melenudos, maricones ni blandengues pequeño-burgueses con problemas ideológicos, que a las féminas vistió de milicianas o con toscas ropas de caki y sombreros de guano o pañuelos de koljosiana en la cabeza y las montó en camiones rumbo a los cañaverales o las construcciones a hacer trabajo voluntario,  admitir que sean precisamente mujeres, casi todas nacidas después de la revolución, las que para reclamar libertad, les tomen las calles -llenas de baches, escombros,  basura y aguas albañales- que dicen  son de Fidel y los revolucionarios.        

De ahí la saña con que tratan a las Damas de Blanco  las periodistas independientes y las activistas de la oposición que se atreven a desafiar al régimen de las puertas de sus casas para afuera, que es donde más le duele. Curiosamente, a ellas las reprimen más fuerte que a los hombres. Y estoy seguro que no es porque sean físicamente más débiles, sino porque les temen y les irritan más.

A propósito, ¿por qué será que desde los tiempos del yate Granma y la guerrilla en la Sierra Maestra a los jefes de los que dan las órdenes de apalear a las opositoras, les gustan tanto las canciones mexicanas? Quiero decir las de charros bien machos, de bigotón y revólver, no las de  Juan Gabriel, como creyó hace años cierto despistado ibérico que quiso agasajar al Comandante durante una Cumbre Iberoamericana.

En Cuba, un país tan excepcional, el machismo viste nuevos ropajes. Y no lo digo sólo por los muchachos que con el mismo desenfado que se tatúan un eribanga en la espalda o se clavan un piercing en la lengua, se depilan el pecho, usan aretes, saludan con un beso a sus aseres, ponen a jinetear a sus novias -que tratan como perras y ellas tan contentas- o le meten una puñalada a cualquiera para demostrar que son hombres a todo.

 También el machismo recupera el terreno que nunca perdió del todo entre las mujeres, que se ven obligadas a renunciar a su independencia y su dignidad porque la economía aprieta. Así, tienen que aceptar que los machos las pongan en el papel de objeto sexual, desde que las piropean en las aceras, las acosan en la oficina o la fábrica o se la llevan a la cama por mucho menos de lo que cuesta un par de zapatos o un almuerzo en La Cecilia.

Por algo dijo lo que dijo la Princesa Mariela, tan frívolamente risueña, cuando fue a Ámsterdam -no a comprar marihuana de la buena, la que no ligan con yerba de parque, sino al barrio de las putas- acerca de las cubanas que se prostituyen  para que les arreglen el baño. Igual que con el plomero pudo decir con el carnicero, que sabemos -¡ay Juan Formell!- que es un cancha, el director de la empresa, el jefe de sector o el maceta que le dé para comprar comida para sus hijos. Pero no sabemos si la princesa conoce esas historias, porque la del plomero se la debe haber contado alguna loquita de su séquito y a lo mejor hasta creyó que era un chiste.  

Sólo nos queda esperar por los bayuses de cuentapropistas  con licencia e impuestos de la ONAT. Como se supone que las putas sean las más instruidas del planeta, sólo les hará falta exhibir, además del certificado de salud, una carta del Comité de Defensa de la Revolución que las avale como políticamente confiables.

Anunció el cardenal Jaime Ortega en la TV – ¿vieron como la  complacencia cardenalicia con el régimen sirvió para ganar espacios a la Iglesia Católica?- que la procesión de la Virgen del Cobre llega a La Habana. Hasta el 30 de diciembre recorrerá todos los municipios de la capital. Esperemos que no se repitan los abominables actos represivos contra las Damas de Blanco y las opositoras. Pero es poco probable. Las mujeres ponen muy nerviosos a este régimen. Incluso la Santa Patrona de Cuba, que para colmo  llaman la Virgen Mambisa. ¿Y si ahora que está de moda indignarse, la Virgen se indigna por la represión contra sus hijas y le da por empuñar el machete? 
luicino2004@yahoo.com

La generación Bolek y Lolek

Cuando en pleno quinquenio gris, Bernabé, aquel personaje humorístico que interpretaba Enrique Arredondo, impuso ver los muñequitos rusos como máximo castigo para los niños majaderos, costó al actor un periodo de separación de la televisión.

Entre los de mi generación, que alcanzamos en la niñez a ver siquiera algo de los dibujos animados norteamericanos antes de que el Pato Donald, Pluto, Porky y Mickey Mouse se convirtieran en los años 60 en peligrosos agentes imperialistas del diversionismo ideológico y por tanto fueran proscritos, la opinión generalizada es que los muñequitos rusos que los sustituyeron eran feos, toscos y aburridos.

En cambio, los cubanos nacidos a inicios de los años 70, cuando Cuba se unció al CAME, hoy se refieren con ternura a muchos títulos y personajes de la avalancha de animados soviéticos y de otros países de Europa Oriental (principalmente Checoslovaquia y Hungría).
Con sus nombres con la y al principio, al medio o al final en sus nombres rusos o que aparentan serlo (además de los consabidos Fidel, Ernesto, Raúl y Camilo), a los que hoy rondan entre los 35 y los 40 y tantos años,  muchos los llaman la generación de Bolek y Lolek.

Tengo un amigo pianista que acaba de cumplir los 40 años, que se siente totalmente identificado con dicha generación. Explica: “Haber visto en la niñez esos muñequitos rusos hizo de todos nosotros algo distinto. En mi caso, fue parte de mi educación estética. La música de esos dibujos animados era, por regla general, de clásicos rusos (Tchaikovsky, Borodin, Prokofiev), muy bien interpretada, y bien colocada en situación. El modo en que las historias se desarrollaban era como una fórmula distinta a la tradición nacional y al estándar occidental. Eso, lejos de traumatizarnos, creo yo, nos dio otro punto de vista, nos ayudó a usar otras formas de interpretar la realidad, una segunda opción, que creo siempre oportuna y válida”.

Puede que tenga razón. Sólo que no  todos los de su generación parecen saber cómo disponer adecuadamente de esa  opción alternativa que les aportaron el tío Stiopa y aquel lobo gamberro con camiseta a rayas.

De cualquier modo, aparte del reguero de chatarra, la añoranza por las latas de carne y los muñequitos rusos son  las únicas huellas  que perduran  hoy en Cuba de los casi 30 años de la alianza con la Unión Soviética que decían –incluso en la Constitución de 1976- que era indestructible.
luicino2004@yahoo.com