Del modo que aprendieron

En una encuesta realizada hace varios meses a 110 asistentes a un debate de la revista Temas sobre el Periodo Especial, 80% de las respuestas consideraron que además de su desastroso impacto en la economía, constituyó “una crisis de valores éticos”.  La mayoría de los que opinaron así eran mayores de 35 años. El 50% de los menores de esa edad no tuvo en cuenta  la repercusión ética del Periodo Especial en la población cubana.

Es lógico que no hayan reparado demasiado en ello. Los que hoy son jóvenes,  nacieron o pasaron su niñez entre  las colas para conseguir comida, los apagones, las guaguas que no pasaban,  las jineteras que buscaban un “yuma” que las sacara del país, la gente que se lanzaba  al mar en cualquier artefacto que flotara .

Vieron a sus padres dejar sus trabajos porque lo que les pagaban no alcanzaba ni para mal comer y buscar otro empleo donde hubiera “búsqueda” -ese piadoso eufemismo para  el robo al estado.

Mientras buscaban la forma de mantener a su familia a como diera lugar, evadían al jefe de sector y los chivatos del CDR, jugaban números en la bolita que por obligación nunca salían, maldecían su suerte y buscaban refugio en los santos que no escuchaban y el alcohol que poco a poco los mataba.

Algunos muchachos tuvieron que virar la cara cuando vieron prostituirse a sus madres y sus hermanas. Comprendieron lo adecuado de no preguntar jamás de donde salía  lo que había en la mesa o la ropa de marca que le regalaban en su cumpleaños. Es duro saber que mamá puso a putear a su hija –que es tu hermana- o aceptó sin cuestionamientos su dinero para reparar la casa.

Pero entonces, piadosamente, putear dejó de ser eso para convertirse en “luchar”, que también podía ser sinónimo de carterear, estafar en el juego de las chapitas o vender marihuana. Y así muchos, convertidos en sinvergüenzas todo terreno, se ahorraron los complejos de todo tipo y los remordimientos.

Esas historias deprimentes se repetían entre los menos afortunados, que eran la mayoría. Los hijos de  papá sufrían  menos   experiencias desagradables. A ellos llegaban, si acaso,  sólo las anécdotas de sus compañeritos de la escuela, que andaban con los zapatos rotos y sólo tenían para merendar, a la hora del receso, pan con aceite (si había aceite) y agua con azúcar.

Como vivían rodeados de varias morales, los muchachos decidieron finalmente hacer lo mismo que sus papás: vivir sin ninguna.  Así, aprendieron temprano a simular y perder los escrúpulos. No tuvieron otra opción que sumarse  al sálvese el que pueda. Para ellos, fue natural hacer lo que observaron desde la cuna. Pero lo hicieron sin las limitaciones que frenaban a  sus padres, que tanto teque tuvieron que escuchar y apariencias que guardar.

A los jóvenes de ahora mismo, cínicos y descreídos como son, no se les puede venir con teques. No hace falta. Si no son buenos simuladores, basta con que obedezcan. Y si se atreven a chistar, que no sea demasiado alto.

En Cuba la nueva generación es cada vez más diversa y compleja. Una parte de ella es instruida y calificada. La otra vive al borde de la marginalidad o está de cabeza metida en ella.  Pero todos  tienen mayores expectativas que sus mayores y reclaman nuevos derechos –libertades públicas, trabajos mejor remunerados, más calidad de vida, más comunicación con el mundo- que el régimen es incapaz de concederles porque iría contra su propia supervivencia.

Ellos se las arreglan  para lograr  esos derechos: con una balsa o una visa norteamericana del bombo, un amante extranjero, un empleo en una empresa de capital mixto o en el turismo,  una carta de invitación, un trabajo por cuenta propia, una paladar, un pariente en el exterior que les envíe dólares, un libro o un disco bien editado, una obra de arte bien vendida…De cualquier forma que no implique un choque frontal con el régimen, porque le temen más a la llamada de los segurosos en la puerta que a los tiburones del Estrecho de la Florida.

Estos hijos y nietos de la revolución protagonizarán la transformación post-totalitaria de la sociedad cubana. Sólo que lo harán –de hecho, ya lo hacen- de la forma que aprendieron. Y eso no es exactamente una buena noticia. Digo, al menos para los que soñamos con un país decente.
luicino2004@yahoo.com

With a little help from my friends

Los amigos nunca se fueron. Ajenos a muros y distancias, ellos siguen ahí. En cartas, e mails o llamadas telefónicas cronometradas. Casi siempre sonrientes, ocultos por las gavetas, en desteñidas fotos con dedicatorias extravagantes. Asomados con terquedad al silencio desolador que queda cuando acaba un viejo disco.

Son la prueba tozuda, irrefutable y cotidiana de que las despedidas son un ejercicio inútil y falso.

Contra su voluntad y sin proponérselo, el castrismo dotó a los cubanos de mi generación de amigos duraderos. Hechos a prueba de hambre, prohibiciones, temores y delaciones. Resistentes a todo. Hasta al destierro, las guerras y la muerte. Eternos, ubicuos. Casi  como dioses.

Los ingenieros de almas de la pedagogía comunista no lograron convertirnos en asépticos hombres nuevos. De nada valieron piedras filosófales ni afanes doctrinarios. Obtuvieron raros seres, sentimentales, pecaminosos y libertarios. Tuvieron que expulsarnos de probetas y calderos por las puertas de emergencia del laboratorio demencial que creyeron paraíso.

Condenados a vagar sin esperanzas por los rincones del reino, aprendimos a golpes el valor de la amistad en tiempos que siempre fueron difíciles y donde todo era compartido: las penas,los gozos, la comida, la ropas, los libros, los discos y los cigarros…Creo que entonces, aunque no éramos precisamente felices, todo era mejor.

Casas apuntaladas,azoteas para escudriñar La Víbora, escuelas de rigores militares, jeans raídos por el uso, perros que no cesaban de ladrar cuando más se precisaba el silencio, novias inadecuadas, las madrugadas del Vedado, una fría barraca cañera de Matanzas, las tardes en la playita de 16, las putas que llegaban a salvarnos de los naufragios,la WQAM con estática, la FM que entraba en el radio ruso según estuviera la atmósfera,los conciertos de Serrat o Locomotive GT, en el Amadeo o el Parque Lenin…

Fue un tiempo de maravillas dulces y amargas, pero una pésima preparación para el futuro que nos esperaba. Después de todo, uno nunca está plenamente apto para el exilio, la prisión y la muerte de los amigos.

Para mi defensa, me censuro el riesgo al corazón de algunas viejas canciones  y me prohíbo transitar por ciertas calles de Lawton, La Guinera y Alta Habana. Sólo eso.

Prefiero que no se preocupen por mí. Que no hagan caso a las noticias o lo que les cuenten.A veces la gente exagera. Otras, habla sin saber. No hay problemas. Pese a todo, todavía soy el mismo. No hay otro modo posible de ser. ¿Qué pensarían si desafino? Me apoyo en todos y sigo andando. Como siempre. Como si nada. No importa que estén muertos, presos o desterrados. Siguen testarudamente ahí.No me asombra. Para eso son los amigos.
luicino2004@yahoo.com