Firmas y opiniones, Luis Cino

Hace un año, en medio de una avalancha de cartas y contracartas, aconsejé a algunos  opositores que quiero y respeto que tuvieran mucho cuidado con lo que firmaran.  Desde entonces, son pocos los que se me acercan con documentos para recabar mi firma. Parece que he cogido fama de paranoico y de tipo difícil a la hora de poner mi nombre en un papel, con la mala letra que tengo y la fea firmita que me sale. ¿Saben? Después de todo eso es bueno. Me ahorra inconvenientes y disgustos.

Sin embargo, son varios los que me han pedido últimamente mi opinión sobre “El camino del pueblo”, el más reciente documento opositor. No sé  por qué algunos se empeñan siempre en preguntarme mi opinión, si saben que no aspiro a ser  analista político ni mucho menos líder de opinión. ¡Líbreme Dios! Siempre he dejado claro –especialmente a ciertos personajes que permanentemente sienten amenazado su protagonismo por cualquiera que piense con cabeza propia y comulgue cuando y cómo le dé la gana- que soy sólo un tipo que escribe y punto.

OK. Eso no quiere decir que no tenga derecho a opinar. Ni la Seguridad del Estado ha logrado privarme de ese derecho. ¡Y miren que lo han intentado! Tal vez, si no viviera bajo una dictadura, no haría periodismo, sino que escribiría ficción y entonces nadie tendría necesariamente que conocer lo que pienso acerca de ciertos asuntos políticos.  Desgraciadamente, la vida es como es y no como uno quisiera que fuera. Por tanto, por si a alguien le interesa, aquí va mi opinión.

“El camino del pueblo” me inspira ciertas reservas por su lenguaje populista como para complacer a todos y la excesiva ingenuidad respecto a la posibilidad de desmontar la dictadura desde sus mismas leyes. Lo cual no quiere decir de ningún modo que uno renuncie a la posibilidad de la lucha por los mínimos resquicios legales que deja “la legalidad revolucionaria”. Pero no es como para hacerse demasiadas ilusiones y creernos que la disidencia interna, aun sin acabar de salir del ghetto, está en posición de dictar condiciones al régimen.

Por mucho que en el documento se esmeren en dorarles la píldora, no veo el motivo por el que los mandamases del régimen estuvieran desesperados por morder el anzuelo y unirse a los opositores en una comisión nacional para cambiar las leyes que les han permitido el control totalitario de la sociedad y gestionar la transición a la democracia. No creo que estén tan desesperados por suicidarse como clase política con poderes absolutos mientras no sientan al pueblo rugir en las calles.  Y no es este el caso.

No obstante, es muy alentador que “El camino del pueblo”  haya logrado reunir a muchos de los más importantes  opositores cubanos. Ojala sea un paso decisivo en el camino de la unidad de la oposición civilista. Pero como conozco bien a muchos de los firmantes, me temo que algunos pronto empiecen a disentir de algunos puntos y hasta de las comas, o a decir que no leyeron bien el texto o no están conformes con que su firma aparezca más arriba, más abajo o junto a la de fulano o mengana.

Ojala no se repita la película que hemos visto tantas veces y “El camino del pueblo” no se convierta en otro documento opositor más para los anales de la lucha por la democracia.

Aunque nadie me ha invitado, no tendría inconveniente en firmar. No estoy seguro si para hacerlo basta entrar a info@contodosloscubanos.com o si es requisito imprescindible ser líder político. Si no firmo, no me muero por eso. Parafraseando a aquel viejo bolerón, total, ya yo estoy cansado de tanto firmar.
luicino2004@yahoo.com

Anuncios

Sin Tweeter y sin Alá, Luis Cino

Junto a las esperanzas de que las reformas económicas raulistas lleven derechito al capitalismo, otro de los asuntos que generan que se hablen más boberías en el exterior-y hasta en Cuba entre algunos que parecen venidos de otro planeta- es la posibilidad de que Tweeter se convierta en el factor decisivo para movilizar a los cubanos en la lucha por la democracia.

Para ello, se basaban en las revoluciones árabes, pero luego que degeneraran en las actuales carnicerías en Libia, Siria y Yemen, han echado mano al argumento del poder de convocatoria de las redes sociales en el caso del movimiento de los indignados en España.

Evidentemente, en esto, además de snobismo y wishful thinking, hay mucho desconocimiento de la realidad cubana. Comparar a Cuba con el mundo árabe, España o Grecia, es bastante forzado. Casi como comparar la gimnasia con la magnesia. O la loma de Ariguanabo con la punta del nabo.

Efectivamente, las revueltas contra los tiranos árabes y la dictadura de la banca y las grandes empresas en Europa son consecuencia de las nuevas tecnologías de la información tanto como de la apabullante exclusión económica, política y social de la mayoría de la población.

Por ejemplo, en Egipto y Túnez, donde estalló la chispa de las revueltas árabes, fundamentalmente por la subida en el precio de los alimentos, la mayoría de las familias tienen acceso a la TV satelital, se calcula que hay 96 teléfonos móviles por cada 100 habitantes y un alto número de jóvenes tienen abiertos sus perfiles en las redes sociales.

¿Para qué citar datos de España y Grecia, los parientes pobres de la Unión Europea, pero, al fin y al cabo, países del Primer Mundo?

En cambio, en Cuba, la inclusión de las nuevas tecnologías de la información no ha sido para nada masiva. Todo lo contrario. Perdónenme si abuso de su paciencia con una historia harto conocida, pero no puedo dejar de mencionar que el gobierno limita el acceso a Internet, persigue las antenas satelitales y fue apenas hace más de dos años que autorizó la telefonía móvil y la venta de computadoras para los nacionales. Los que tienen acceso a Intranet, la caricatura nacional de la red de redes, la utilizan fundamentalmente para enviar y recibir mensajes electrónicos.

Enviar un mensaje de tweet cuesta 1 cuc. Si explico que equivale a 24 pesos y eso no le dice mucho, le puede preguntar si es caro a cualquier cubano que no sea hijo de papá. Eso, por no decir que no todos los móviles en Cuba sirven para tuitear y que la mayoría de los cubanos, si es que saben qué es, no tienen la más puñetera idea de cómo se hace para enviar los mensajes con los dichosos 140 caracteres.

Que alguien me convenza de que la mayoría de los que abren perfiles en Facebook no lo hacen para “estar en la última”, localizar amigos que se fueron del país o ligar un novio o una novia en el exterior.

Los jóvenes cubanos están tan imposibilitados de influir en su dura realidad como de acceder a los circuitos globales de intercambio de datos e imágenes. Sus privaciones materiales son proporcionales a su lejanía de “las tecnologías de la representación” que decía hace más de medio siglo el filósofo alemán Gunter Anders. Tal vez no sea casual que el régimen cubano restrinja estrictamente lo que pueden tecnológicamente imaginar.

Así y todo, sin Tweeter ni Alá, hay quienes siguen apostando por los 140 caracteres para la indignación de los cubanos. Por si acaso, que no pierdan el tiempo en enviarme un tweet para convocarme a protestar, el día que sea -si es que alguna vez es-, en la Plaza de la Revolución. Es mejor que me toquen la puerta. Mi móvil suele estar sin saldo y no sirve para tuitear. Es más, soy de los que no sabe tuitear. Temo aprender y de tanto economizar el número de caracteres, quedarme luego sin palabras para escribir. Tengo que admitir con bochorno que yo que siempre fui “un tipo tan alante”, últimamente me vuelto bastante anticuado. Y escéptico, que es peor.

luicino2004@yahoo.com

Las clarias y las bolas

clarias de alguna parte que no es el rio Almendares

A menudo oigo bolas descabelladas sobre las clarias. Además de lo que cuentan acerca de animales de corral devoradospor ellas no sé de qué modo, algunos afirman que hay que tener cuidado al comerlas no vayan a estar contaminadas con el cólera o la bacteria e. coli. Para colmo, últimamente, de forma misteriosa, empezaron a llegar -no se sabe enviado por quién- correos electrónicos que hablan de ataques de feroces clarias a bañistas en el río Almendares.

Según estas versiones que nadie ha podido confirmar, el pasado 17 de abril, dos niños de la barriada de Los Chorritos, sufrieron el ataque de enormes peces cuando se bañaban en el río. Yosvani,de 11 años, perdió parte del pie izquierdo y fue mordido en la pierna derecha y en una nalga. El cadáver de Yusier, de 14 años, fue encontrado dos días después, semienterrado en el fango del fondo del río y mordido por los peces.

Personalmente, no creo para nada en esta información. Generalmente no confío en lo que aparece en Internet si no aclara con exactitud las fuentes. ¡Y cuidado! Ni siquiera confío en los famosos cables de Wikileaks. Imagínese en esto de las clarias asesinas.

Que el cadáver de un ahogado esté mordisqueado por los peces no es noticia. En estos tiempos en que tanto se puede hacer con Photo-shop, no creo ni siquiera en la foto de las descomunales clarias exhibidas por pescadores en el río

Almendares. Si el peje es tan grande y gordo, ¿cómo es que dos hombres nada robustos la sostienen sin demasiado esfuerzo?

La claria se ha convertido en un culpable totí acuático. En realidad, la única culpa del pobre bicho, aparte de su aspecto repulsivo, es su voracidad. Las clarias casi han exterminado las demás especies (biajacas, tilapias, tencas, carpas) en presas, ríos y lagunas. Pero mucha más culpa tienen los que introdujeron la especie en Cuba y se pusieron a hacer irresponsables experimentos para aumentar su tamaño y acelerar su ritmo reproductivo.

Entonces, ¿habrán ido a parar cocodrilos al Almendares? ¿O serán pirañas de la Amazonía traídas por los solidarios camaradas del ALBA?

Como si no tuviéramos ya suficientes pesadillas, parece que ahora nos ha dado por inventarnos monstruos fluviales. Por suerte, ya estamos acostumbrados a las bolas más desmesuradas. Por disparatadas que parezcan, el muy exagerado secretismo oficial hace que rueden y crezcan como si fueran de nieve. Después de todo, dice un refrán que “cuando el río suena es porque piedras trae”.

Recuerdo que en mayo de 2007 una inmensa ola de más de 8 metros de altura, se abatió sobre las playas del este de La Habana. Los rumores cifraban los muertos entre 8 y 12. Sólo se sabía lo que decía la gente en la calle, porque oficialmente nada se decía. Al parecer, no querían espantar al turismo extranjero. Más de una semana después, los periódicos Granma y Juventud Rebelde informaron, con reluctancia y escuetamente, acerca de 8 ahogados. No quedó más remedio que informar del hecho para salir al paso a los rumores.

La bola más truculenta que se recuerda fue la de los primeros años del régimen revolucionario que aseguraba que iban a quitar la patria potestad a los padres para enviar los niños a la Unión Soviética y hacer carne enlatada con ellos. El gobierno, aunque a veces es el que las riega para crear determinadas atmósferas favorables a sus intereses, culpa siempre de las bolas a “la contrarrevolución. Lo cierto es que los cubanos nos enteramos de lo que pasa mayormente parte por “la antena”, Radio Martí o las bolas.

El gobierno informa, si lo hace, cuando ya no tiene otra opción. Generalmente, como los medios oficiales no gozan de mucha credibilidad, es tarde para evitar que se disparen los rumores. Aún los más absurdos.

¿Para qué negarlo? Los cubanos somos exagerados y nos entretiene el chisme. Es nuestro defecto nacional. Sólo que el secretismo oficial agrava el asunto. En Cuba todo es secreto de estado, pero a los cubanos, los secretos nos dan picazón. Y lo que no lo sabemos, lo imaginamos. O lo que es peor: lo inventamos.

En la prensa cubana no hay prensa amarilla. Cual si fuera el mejor de los mundos, tampoco hay crónica roja. Como si en esta sociedad no existieran asaltantes, violadores, sicópatas y nadie matara por celos o porque le pegaron los tarros.

Pero sucede que ocurren cosas malas y peores. Y siempre nos enteramos de todo. O casi todo. Sólo que con las distorsiones, truculencias, exageraciones de los que juran ser testigos de los hechos o “saberlo de buena tinta”.

Las bolas llenan el vacío que crea la falta de información. Son tan antiguas como la revolución castrista y amenazan tener mayor longevidad que ella. Cuando haya libertad de prensa, puede que se nos quede la desconfianza hacia los medios. También la costumbre de regar y creer las bolas. Como esta de las clarias asesinas.

luicino2004@yahoo.com

El entierro que les hacen…

La enfermedad de Hugo Chávez ha disparado los rumores. Luego de tanto secretismo de estado, mientras más tratan de “aclarar” oficialmente, todo se oscurece más. Es sabido lo que pasa cuando uno se ve obligado a tratar durante demasiados años con conspiradores natos. Al final -o en la segunda temporada del culebrón, que ya no se sabe- no crees ni en la madre de los tomates.

 Oigo muchos rumores al respecto. Últimamente, en todo y para todo, es la apoteosis de la teoría de la conspiración. Así, escucho entre otras barbaridades –al menos para mis oídos, que no se adaptan a tanta truculencia y perfidia- que a Chávez le inocularon el cáncer (¿la CIA, el Mossad,  María Corina Machado?).

  No podía creer  las versiones que aseguran  todo es un numerito de Chávez que le aconsejó el compañero Fidel para subir su popularidad con vistas a las elecciones del próximo año. Luego de su rittorna vincitore, también del cáncer como antes fue de los golpistas, no sé qué pensar.

 No es que dude de las trastadas de Chávez y del Compañero Fidel, que siempre corre hacia delante. Pero, ¿estaría Chávez tan loco como para jugar tan demasiado al pegado, precisamente en estos momentos?

 De todos modos, siguen los rumores. Hay quienes aseguran que ni por los médicos cubanos y porque hizo iyabó en La Habana Chávez se salvará, que está a punto de morir, que lo enterrarán en un mausoleo -otro más- en Cuba, que habrá guerra no tan civil en Venezuela, a la que enviarán soldados cubanos; que lo que nos espera con los apagones cuando se acabe el petróleo venezolano va a ser de pinga y cepillo, y que ahora sí que se joderá la castro-revolución y todo lo que cuelga de ella, que ya es poco más que ripios…   

 Resulta realmente cruel  alegrarse de los sufrimientos de alguien que lucha contra el cáncer.  Deprime tener que cifrar todas las esperanzas de triunfo en la muerte por enfermedad de dos hombres, sean quienes sean.  No hablo encender velas, orar y tocar tambores para que resulten los ebbo y los cambios de cabeza que dicen que les han hecho a Fidel Castro y a Hugo Chávez. Para eso sobra gente: el cardenal Jaime Ortega, los pastores del Consejo de Iglesias, los babalaos oficialistas y hasta dicen que un chamán de un caño perdido de la Amazonía venezolana. Y parece que son bastante efectivos.  Es preferible y más limpio vencer al Comandante o a Chávez en las urnas, a través de la resistencia cívica, de una huelga general,  pero no por mediación de la Parca y un cangrejo. De todos modos, como dice un buen amigo, todos le debemos siempre una vida al Creador…           

 Bueno, todo es posible… Si hay por ahí quien asegura que la enfermedad y el deterioro del Compañero Fidel también es un número para coger un diez, unas vacaciones luego de medio siglo en el poder. De ser así, seguro que García Márquez lo entendería perfectamente. Dicen que el comandante se hace el casi-muerto  para mientras desesperan por el Versailles y la Calle 8,  escribir sus memorias y cuando la cosa se ponga bien mala, más todavía, recuperar el poder -que nunca  perdió- y  salvar a su revolución de un timonazo. ¡Como si fuera Jehová de los ejércitos! Los que riegan esta teoría, se desilusionaron cuando lo vieron callado y tomando nota en el VI Congreso del Partido Comunista, que pudo haber sido el Anti-Termidor o cualquier otra cosa antes que la mierda que fue. Pero ahora esperan por la Conferencia Nacional del Partido Único. Vamos a ver…

luicino2004@yahoo.com

Alfredito, una buena persona

Para  ser sincero, Alfredo Rodríguez no me disgustaba tanto por ser bastante kish y cheo, sino porque hace muchos años, allá por 1972, estuve enamorado de una trigueña de ojos enormes que ni siquiera se enteró de mi amor porque había sido novia de Alfredito y sólo atinaba a lamentar que el cantante la hubiera dejado por otra.

Tengo que admitir, que por mucha onda que tuviera este servidor, la competencia era mucha. Sólo tenía 16 años, estudiaba en un instituto pre-universitario de rigores casi militares,  pasaba más hambre que una piraña en una palangana y Alfredito era una estrella pop.

Por entonces, en Buenas Tardes, lo más parecido a un programa televisivo de música pop que nos estaba permitido, estaba siempre Alfredito, sólo o con Leonor Zamora (que era un sueño) y con Mirta y Raúl, en aquellos dúos a lo Sonny and Cher, y Los Barbas, con patas de elefante y las melenas podadas hasta donde se las permitían los comisarios de la corrección ideológica, tocaban como Chicago y cantaban -en español, cómo si no- Honky tonk women.

Alfredito titiritaba y se retorcía emocionado, y con él sus admiradoras, Migdalia entre ellas, cuando cantaba, a la manera de Dyango, aquellas canciones de Sergio Endrigo,  Éramos y Lejos de ti.

Alfredito Rodríguez, cuyas canciones romanticotas y pegajosas   le gustaban tanto a los pioneritos por el socialismo, a sus abuelitas jubiladas, las amas de casa deprimidas y  las cederistas extenuadas por la  construcción del socialismo,  siempre me recordó más a Karel Gott que a Julio Iglesias, por mucho que el cubano se pusiera la mano en la barriga para cantar.

Aunque fue José Valladares  quien  se adjudicó con tremenda cara dura la autoría de aquello de “yo quiero tener un millón de amigos”,  me asustó  la posibilidad de que Alfredito Rodríguez, a fuerza de tantos premios Girasol en los años 80, se creyera el equivalente cubano de  Roberto Carlos. ¡Vamos, que no hay que exagerar!  ¿Se imaginan ustedes si  me diera por creerme que escribo como Tom Wolfe?

Pero Alfredito no es tan presumido. Lo que quiso decir cuando lo entrevistaron para Diario de Cuba en Miami es  que para ser cubano no necesita cantar congas  ni vestir de guarachero, como mismo Roberto Carlos no precisa cantar sambas para demostrar que es brasileño.

Entonces, podemos respirar aliviados y desearle mucha buena suerte ahora que es libre de cantar fáciles canciones de amor y hablar y vestirse como le dé la gana. Porque Alfredito Rodríguez  hace casi dos  años que está quedadito en México. Y por eso ya puede quejarse de cuando le censuraban canciones en la radio, le impedían dejarse el pelo largo y usar sacos cruzados (para ahorrar tela) y encima de todo eso, lo acusaban en la prensa oficial de deformarle el gusto al público.

Imagínense que una vez le quisieron censurar una canción, que por demás no había escrito él, que va, sino el español Danny Daniel, porque confesaba  “por el amor de una mujer, dejé mis venas desangrar”. Quién ha visto un hombre cortarse las venas por una mujer, le dijo un machista-leninista. Y menos mal, con tanta homofobia como había por esos años, en que todavía Mariela era chiquita y del mamey, que no le dio a Alfredito por cantar del mismo Danny Daniel, El vals de las mariposas. En todo caso, si no quedaba más remedio que bailar el vals, los comisarios te invitaban a bailarlo, con las botas rusas puestas, “donde la hierba era más alta”…aunque hubiera santanillas.

Allá los que  pensamos que las sociedades totalitarias permitían y necesitaban los estrellatos racionados,  mansos e inocuos, para adormecer a las masas.  Ni eso. No todas las estrellas pop del socialismo real tuvieron la suerte de que los mimaran como a Karel Gott para que no se fuera de Checoslovaquia cuando estuvo a punto de aceptar un contrato en Munich y dejársela en los callos a los camaradas comunistas .Que les cuente Alfredito Rodríguez cómo tratan los mandamases a los que se niegan a cantarle a la revolución.

Alfredito Rodríguez, que nunca comulgó con la Nueva Trova, no se oculta  para declararse  más cerca de Marco Antonio Muñiz  que de Bob Dylan. ¡Como si hiciera falta decirlo! Pero eso no era razón suficiente para que le hicieran la vida imposible.

No puedo evitar sentir solidaridad con él, aunque no soporte las canciones almibaradas, y  ahora mismo, aparte de Leonard Cohen después que envejeció, no logre recordar un cantante de cuello y corbata entre mis preferidos.

De haberlo sabido con tiempo, cuando Alfredito fue con un bate  a Radio Progreso a fajarse por una canción que le prohibieron, capaz que hubiera ido a apoyarlo con un piquete de activistas pro derechos humanos.

¿Quieren que les diga una cosa? Luego de leer la entrevista de Alfredito Rodríguez a Diario de Cuba,  siento pena con él por haber sido yo de los primeros que abrieron fuego contra el  programa televisivo “La diferencia” que conducía el cantante, cuando en diciembre de 2006 invitó al ex comandante, ex fiscal sumarísimo y censor Papito Serguera. Fue demasiado ver a aquel represor de marca mayor, rodeado de velas y haciéndose el bueno, diciendo que le gustaba el caviar, las canciones de Elvis y McCartney y que sólo lamentaba no haberse “equivocado mejor” en el cumplimiento de sus deberes revolucionarios.

Salté por la desfachatez de presentar a Serguera y por lo que ello podía augurar. Contra el programa, no tenía nada. Contra Alfredito, tampoco. Después de todo, por muy kish que se pusiera, Alfredo Rodríguez -como Amaury Pérez, que compone bellos textos de los que les gustan a los comisarios culturales, pero da ganas de suicidarse cuando canta-,  es mucho mejor presentador que cantante.

Por si se me fue la mano con La Diferencia en aquella ocasión, más de cuatro años después declaro que no tengo nada personal contra el cantante: los hay peores y hasta con el Jefe tatuado en el brazo. Luego de tantos reguetoneros de espanto,  de veras que se echa de menos a Alfredito. Gustos musicales aparte, nunca he dudado que sea una buena persona.

luicino2004@yahoo.com