Los muros de Facebook

Me sirve de consuelo que no soy el único torpe en Facebook. Muchos amigos me confiesan que están tan perdidos como yo en la famosa red social. Ni qué decir de Twitter. El terco subdesarrollo nos muerde rabiosamente. No me da pena admitirlo. En todo caso, que se avergüencen de sus prohibiciones y su ridícula dictadura los mandarines comunistas, que asustadizos como son, consideran las NTI  tan peligrosas –para su poder absoluto, está claro- como las armas de destrucción masiva.

Tal vez soy más conservador de lo que pensaba. A decir verdad, más allá de la dichosa foto –en la que no soy muy favorecido porque indudablemente mi tiempo mejor ya pasó-, no acabo de entender la utilidad de que un periodista, además de tener un blog, esté en Facebook. ¿No será exageración? Digo, porque el que quiera escribirme, puede hacerlo  a la dirección electrónica con que firmo mis trabajos en Primavera Digital y Cubanet. ¿Para qué preocupar más a los tipos de la Seguridad del Estado que me vigilan a toda hora, también en la red?

Tan acostumbrado estaba a los e-mails y tan poco tiempo de conexión de Internet dispongo, que varios meses después de que me crearon una cuenta en Facebook, parecía que no hubiera  modo de que aprendiera cómo carajo contestar los mensajes que me enviaban. Y sufría de impotencia y  mudez cuando quería comunicarme con amigos, colegas, antiguos condiscípulos del Pre “Cepero Bonilla”, viejos amores, tipos originales,  mujeres bellísimas que no sé en qué país viven, a qué se dedican ni qué les interesa.

Recientemente fue que aprendí a tropezones a responder los mensajes que me enviaban por Facebook. Al fin he podido aceptar la amistad de tantas personas que quiero y otras que no conozco personalmente, pero ni falta que hace para que sean mis amigos.

Así, por ejemplo, he podido decir a David, el hijo del poeta y periodista Ricardo González Alfonso, desterrado en España, que le diga al cabrón de su padre que lo extraño y que por qué coño no me escribe; preguntarle a Hansel, un muchacho del barrio que  vi crecer, cómo le va en Ecuador y si no ha tenido más problema en el brazo que le fracturaron los pandilleros que lo asaltaron; decirle a José  Alonso que claro que me acuerdo de él, que vivía en Luyanó, las canciones que nos gustaban (de Cat Stevens, Neil Young, Serrat), las ampollas que nos hacían en las manos los machetes y del hambre sudanesa que pasamos en aquella zafra en 1972 en Matanzas.

Pero resulta que también en Facebook he empezado a chocar con  muros en los que no puedo escribir. Parece que las prohibiciones y los muros me persiguen.

He recibido un mensaje de una muchacha de Barcelona, que me dejó desconcertado. Quise responderle, pero una y otra vez chocaba con un muro que me repetía que los mensajes estaban bloqueados para impedir el envío de spam. Y yo que reventaba de ganas de decirle no sólo cuánto valoraba su mensaje precisamente en ese momento, sino para que supiera que también yo acampaba de todo corazón con ella y sus compañeros en la Plaza Catalunya, donde horas antes de escribir su mensaje, émulos de la policía franquista cargaron contra los manifestantes.

No es exactamente que me haya quedado con las ganas de tener mi mayo parisino. ¿Acaso el hecho de que mi pueblo no pueda disfrutar de democracia impide que me solidarice, sin exigir a cambio firmas contra la dictadura de acá,  con los que en España, frente a la desfachatez de la banca y el politiqueo al uso,  reclaman democracia real?

Hay ciertas tentaciones que no sé resistir. Que me perdone la muchacha de Barcelona si hago pública  mi respuesta. De momento, no tengo otro modo de responder. Acabo de chocar también con los muros de Facebook.  Espero no se disguste, vengan las mariposas y ojala  podamos comunicarnos pronto.

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