Casa con puntales

Durante los 40 años que transcurrieron entre el momento en que con poco más de dos años mis abuelos paternos me llevaron a vivir con ellos porque había muerto mi madre y la tarde de junio de 1998 en que me mudé al garaje a duras penas convertido en apartamento  que actualmente habito, viví en una vieja y ruinosa casa de La Víbora que hacía esquina con la calzada de 10 de Octubre.

Digamos que casi la cuarta parte de ese tiempo, lo pasé con la casa apuntalada y el temor de que los puñeteros palos no bastaran para evitar que el techo nos cayera encima. Eso fue hasta que me cansé de tanta fealdad y tropezones y al verme sin dinero para la comida de mis hijos, vendí los puntales –a 10 pesos cada uno y eran más de 20- a una familia que los quería para fabricar una barbacoa y aliviar el hacinamiento de cinco personas en una habitación de un solar.

Los puntales para sujetar el techo los trajo, en un camión ruso, una brigada de cuatro hombres de la ENMIU. Una semana antes, tras varios días de aguacero, se había desplomado la pared del fondo del baño. El techo de viga y losa quedó milagrosamente suspendido en el aire, apoyado en los mochos de la pared que quedaron en pie. Era de madrugada y el estruendo fue como si hubieran llegado los bombarderos americanos (por aquellos días llenaban el país de huecos para hacer refugios porque decían que Reagan estaba a punto -ahora sí- de ordenar que bombardearan a Cuba, Nicaragua y a todo el que se metiera por el medio).

Los escombros cayeron en el patio de la casa de los bajos.  Los vecinos gritaban aterrorizados. Bajé a la carrera porque pensé que habían aplastado a alguien. En cuanto amaneció, los ayudé a sacar los escombros para la acera. Luego nos fajamos  por repartirnos los ladrillos que quedaron enteros. Ellos los querían para venderlos, yo para volver a levantar la pared. Fue la primera de las broncas que tendríamos en lo adelante. Las próximas fueron porque cuando llovía, de tantas goteras, si no secaba enseguida, goteaba a mares en casa de ellos. Una vez que llovió duro y no estaba en casa para sacar el agua y secar el piso, cuando llegué el tipo de los bajos me partió para arriba con un cuchillo y tuvieron que aguantarlo y yo forcejear duro porque me quería matar.

Después que se cayó la pared, desde el baño se veía, a sólo unos metros, las azoteas  de los solares aledaños.  Y desde ellas, el baño. Para no  bañarnos a la vista del vecindario, hubo que colgar una sábana y una manta de nylon.  Todo tiene sus ventajas: en el baño hubo más fresco y claridad, al menos hasta que volví a levantar la pared. Pero para entonces ya habían traído y colocado los puntales.

La casa fue declarada “inhabitable no reparable”. Nos llenaron los papeles para el albergue, pero nunca fuimos.  Sabíamos que como no éramos gente “integrada” no podíamos ni soñar con que nos dieran casa. Y no estábamos dispuestos a podrirnos en un albergue apestoso y lleno de piojos hasta el día del juicio final.

Los puntales que colocaron en el comedor, la cocina, el baño y uno de los cuartos,  lucían horribles, daban una sensación de miseria que partía el alma, acumulaban polvo y robaban espacio, pero lo peor fue cuando los Viejos Difuntos empezaron a tropezar. A medianoche se sentían los topetazos. Cómo coño no iban a tropezar con lo torpes que son los difuntos, por muy con los pies levantados del suelo que anden, si nosotros los vivos no podíamos movernos por la casa sin enredarnos con los puñeteros palos.

Todavía recuerdo una noche que me levanté a mear y cuando volvía del baño al cuarto, el comedor no era tal, sino un barracón de madera. Vagué desorientado en la oscuridad, tropezando con las hamacas, ahogado por el polvo que levantaban mis pies. Cuando llegué a la cama, mi amada Loba me dijo que seguro había pasado a otra dimensión, o había tenido una visión de una anterior encarnación en la que fui un esclavo negro, y de ahí, además de mi pelo indomeñable, mi afición por el jazz, los blues y la música soul.

El caso es que los Viejos Difuntos, enredados en los recovecos de sus recuerdos, averiguando por sus cosas y por otros muertos, tropezaban con los puntales y hacían un ruido del carajo por la madrugada. Los muertos, que se aferran a las rutinas y los trillos de cuando estaban vivos, tienen serios problemas para orientarse.  Cuando me botaron del trabajo la primera vez y tuve que vender los sillones porque no había para comer,  el Abuelo, muerto 10 años atrás, cuando no los encontró y casi se cae de culo al intentar sentarse, empezó a maldecir en italiano y español  y a patear y dar con el bastón en el piso de tal forma que los vecinos subieron a quejarse porque pensaron que era una bronca con extranjeros. De milagro, con la mala fama que me habían adjudicado, el CDR no llamó a la policía (otras veces la llamaron por menos bulla que aquella). Total, por la mierda que  pagaron por los sillones con la rejilla rota y el barniz desgastado, no valía la pena disgustar al Difunto. Fue tanto su encabronamiento que no volví  a sentirlo merodear por la casa.

Y muchos se preguntarán, ¿qué coño es esta descarga de los espíritus? Tómenlo como una licencia literaria. En realidad no creo mucho en espíritus. Ojala creyera. Es sólo un pretexto para evocar a mis Viejos, a los que nunca he dejado de echar de menos. Un simple ejercicio de nostalgia, también (¿por qué no?) por una casa con puntales donde me hice hombre, conocí el amor, nacieron mis hijos, adquirí todos los hábitos que hoy son vicios e increíblemente era feliz con más frecuencia  de lo que aconsejaban  para un hombre nuevo la sensatez y las buenas costumbres.

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Los muros de Facebook

Me sirve de consuelo que no soy el único torpe en Facebook. Muchos amigos me confiesan que están tan perdidos como yo en la famosa red social. Ni qué decir de Twitter. El terco subdesarrollo nos muerde rabiosamente. No me da pena admitirlo. En todo caso, que se avergüencen de sus prohibiciones y su ridícula dictadura los mandarines comunistas, que asustadizos como son, consideran las NTI  tan peligrosas –para su poder absoluto, está claro- como las armas de destrucción masiva. Seguir leyendo