Conversaciones equivocadas, Luis Cino

Es muy interesante un trabajo de Pedro Monreal González aparecido el pasado 8 de febrero en Cuba Posible con el título   “¿Estamos teniendo en Cuba una conversación equivocada sobre la desigualdad?”
https://cubaposible.com/estamos-cuba-una-conversacion-equivocada-la-desigualdad/

Pero no hay que hacer grandes análisis académicos, disponer de indicadores confiables sobre la distribución del ingreso y de la riqueza,  recurrir a los índices Gini y Palma ni mucho menos  esperar por el improbable reconocimiento oficial del problema,  para afirmar que a partir del Periodo Especial la desigualdad social ha crecido en Cuba y se ha agudizado todavía más con las medidas de la llamada “actualización del sistema”: estas medidas, en la búsqueda de un crecimiento económico artificial, sin  sustento real, lo que han conseguido es generar más desigualdades y descontento.

Basta con salir a la calle, mirar alrededor, conversar con la gente, mirarse uno mismo y –política aparte- recordar cómo vivía, digamos, hace 30 años, antes que a Fidel Castro se le ocurriera darle contracandela a la Perestroika con aquella muy desafortunada Rectificación de Errores y de Tendencias Negativas, cuando afirmó que “ahora sí vamos a construir el socialismo”.

Lo peor es que el régimen, que conceptualiza lo que es  inconceptualizable,   hace planes para el año 2030 y habla de lograr un “socialismo próspero y sustentable”,  no da señales de que tenga interés en  una distribución más equitativa de los resultados del muy bajo crecimiento económico que logra.

Y como bien dice Monreal: “…La igualdad social –incluyendo una distribución relativamente equitativa de la riqueza y del ingreso, aunque no limitándose a ello- pudiera ser más importante para el futuro socialista del país, que otras de las características de la visión de la nación que oficialmente se han identificado. Un país puede ser soberano, independiente, próspero, democrático y sostenible, pero si genera creciente desigualdad, de una cosa pudiera estarse seguro: su sistema no sería socialista.”

Acerca del silencio oficial sobre la creciente  inequidad social, como si esta no existiera o no importara, dice Monreal: “Hacer un debate político sobre un modelo socialista y sus políticas públicas sin medir la desigualdad es un ejercicio raro, para decirlo amablemente”.

Demasiado amablemente, digo yo, que detesto los subterfugios.

¿De qué debate político habla Monreal?

Los tanques pensantes  agrupados en Cuba Posible, con tanto academicismo  y objetividad, tan dentro de los márgenes de la disidencia leal (al régimen), más allá de algunas sensateces  que dicen, suelen irse por las ramas.

Al régimen no le preocupa que su discurso político de retórica socialista sea cada vez más ajeno a la realidad cotidiana de los cubanos de a pie.

En Cuba, donde no ha dejado de regir una dictadura que se inició en 1959, no hay debate ni discusión. Lo que hay es simulacros, balbuceos apenas permitidos en restringidos espacios que los mandamases no permiten que se abran.

Bajo la égida oficial, todas las conversaciones sobre los problemas de nuestra sociedad son conversaciones equivocadas de principio a fin.  Como las de la merienda de locos de Alicia. Y siempre son manipuladas a favor de los intereses del régimen. Da lo mismo si versan sobre el problema racial, los derechos humanos,  la propiedad sobre los medios de producción, el periodismo,  la institucionalidad,  la libertad de la creación artística, la igualdad de género, la diversidad sexual, etc.

Ahí están la Comisión Aponte, el CENESEX con sus congas de gays revolucionarios, los congresos de la UNEAC y de la UPEC, los encuentros de jóvenes periodistas, los jueves de la revista Temas, la propia Cuba Posible… Ejemplos sobran de cómo lo que se supongan sean conversaciones, lejos de convertirse en debates, se tornan  monólogos de dirigentes. Eso, si no degeneran antes  en  blablablá insustancial  y pachanga chusma y sumisa…
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La burocracia y el funcionariado, Luis Cino

En los años 60, Fidel Castro y Che Guevara hablaban del burocratismo como un mal heredado del estado burgués que había que combatir y erradicar, aunque según aseguraban, ya estaba en vías de extinción.

Por entonces, proliferaban los organismos del Estado nombrados -como el partido único, la Juventud Comunista,  las organizaciones de masas, los ministerios, las fuerzas armadas y los órganos represivos-   por sus muy sonoras siglas o las combinaciones de ellas ( la Oficoda, la JUCEI, la JUCEPLAN, la ENMIU)   el papeleo, las planillas, los cuños, las firmas  y las reuniones por cualquier causa, las disposiciones absurdas,  las orientaciones y las contra-orientaciones, siempre venidas de arriba.

Las personas, para cualquier trámite, aun el más sencillo e intrascendente, como cambiar la dirección de su casa o mudarse de bodega,  tenían que hacer largas colas y ser peloteados de oficina en oficina, de un compañero burócrata encargado de atender un asunto a otro, con igual mala cara y desinterés en solucionar algo.

Si ha cambiado la burocracia desde entonces, en estas décadas que se nos han hecho tan largas a los que hemos tenido que vivirlas a puro sufrimiento,  ha sido para hacerse más fuerte y poderosa.  Es lógico.  La burocracia es inherente al socialismo real, que es el que ha imperado y aun impera en Cuba, por mucho que se hable del liderazgo carismático de Fidel Castro, del legado guevarista  y de  la excepcionalidad de la revolución cubana, que bajó de las lomas y no llegó con los tanques del Ejército Rojo, ni falta que le hizo para calcar entusiastamente  las recetas de Lenin y Stalin…

En Cuba, como ocurrió en los demás países del nunca bien vituperado socialismo real, el aparato burocrático acumuló poder,  se hizo gigantesco, inamovible y se ha fundido y confundido con el funcionariado. Y cada vez está no solo más alejado de los intereses populares, sino frontalmente contrapuesto a ellos. Es quien ejerce, a nombre del jefazo, la dictadura sobre el proletariado.

La burocracia-funcionariado, testaruda, egoísta, mezquina,  corrupta,  reacia a todo cambio que no redunde en su provecho, pone trabas a los intentos de reformar el sistema para intentar la sobrevida –la llamada actualización del modelo económico y los Lineamientos del VI Congreso del Partido Comunista, que se implementan a paso de tortuga, con muchas más pausas que prisa.

La burocracia- funcionariado se ha convertido en el más peligroso de los gérmenes que amenazan la supervivencia de eso que todavía se empeñan en llamar la revolución. Y la dirigencia del Estado-Partido-Gobierno  está advertida del peligro, sabe que son pirañas, enloquecidas y voraces,  pero no puede prescindir de ellas.

Los gobernantes dicen combatir la corrupción, pero no le causa daños ni bajas a los adversarios. Es una paternalista y regañona  guerra, que solo quita el sueño a algún que otro imprudente que exageró y se sabe caído en desgracia.

Y así, siguen los desfalcos. Los resultados de una investigación realizada el pasado año  por la Contraloría General de la República revelaron que solamente  las empresas estatales habaneras tuvieron pérdidas ascendentes a más de 51 millones de pesos convertibles. Explicaron que se debió al descontrol, la falta de vigilancia, “la ineficiencia en la gestión y falta de integralidad en la planificación”. No se habló de responsables, y menos aún, de sanciones.

La burocracia-funcionariado es el reservorio de los ortodoxos, de los retranqueros que no quieren cambien las cosas de lugar, se pone paranoica,  recela de todo y de todos, estrecha el embudo, censura y prohíbe,  se niega a ceder espacios, a desatar las fuerzas productivas,  se opone y obstaculiza el desempeño económico autónomo, tanto de los llamados cuentapropistas (que no sean de la elite, de los suyos) como de las cooperativas.

Es la burocracia-funcionariado y no los emprendedores privados, como insisten en hacer ver, la que se opone denodadamente a la socialización y redistribución de la riqueza, como se supone sea en el socialismo. Atrincherada en los ministerios,  le interesa más mantener su poder,  sus privilegios, sus ganancias, que la implementación de medidas efectivas  que conduzcan a un desarrollo que permita se beneficien equitativamente  todos los miembros de la sociedad.

Y así, las instituciones del estado y el gobierno se hacen cada vez más disfuncionales e incapaces. Darían risa si no dieran grima…

La burocracia-funcionariado, hablando en los términos de la jerga oficialista, podría  ser calificada de   contrarrevolucionaria y anti-socialista.  Solo que ya resulta bastante hiperbólico llamar  revolución y socialismo a lo que va quedando del castrismo. Entonces, la burocracia-funcionariado  es la guardiana en el fondo de la gruta, más que de la llama, de los rescoldos del castro-socialismo verde olivo.
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Más con el corazón que con los pies, Luis Cino

Una colega que mucho admiro y respeto, Miriam Celaya, opinaba hace unos días que los que  lamentan y critican  la decisión del presidente Obama de eliminar la llamada política de pies secos, pies mojados, por considerarla un favor a la dictadura, hemos acabado pensando con los pies.
En mi caso particular, no pienso con los pies (nunca me ha pasado por la mente emigrar)  sino con el corazón, un órgano que tampoco es el más apropiado para pensar.  Reconozco que suelo pasarme de la raya en la pasión al condolerme de la mala suerte de mi pueblo.
Estoy  consciente de que otros, como los sirios, la pasan incomparablemente  peor. Sé que los contribuyentes norteamericanos no tienen por qué pagar los platos rotos y encima tener que  presenciar como muchos aprovechados abusan luego descaradamente  de su generosidad. Pero, mala o regular, es mi gente.  La culpa no es de ellos, sino de un sistema perverso que los deformó y los convirtió en una piara, y no quiero verla humillada, perseguida por la Migra, discriminada,  como muy pronto  sucederá.
No me cuento entre los  enemigos del acercamiento entre  Cuba y los Estados Unidos, pero hubiese preferido que fuese en otras condiciones.  Para que tuviese  sentido, era preciso  exigir que el gobierno cubano hubiera cedido algo  en el tema del respeto a  los derechos humanos y las libertades políticas. Al no haber nada en este sentido y por el contrario,  vanagloriarse el régimen castrista de que no ha hecho concesiones, el más mínimo gesto de los Estados Unidos que lo beneficie, es un regalo inmerecido que se le ha hecho y que solo reforzará su intransigencia guapetona.
Duele  este regalo de Obama, paralizador de pies, porque corta las alas a millares de compatriotas ansiosos por escapar de la opresión y la miseria, que será ahora mucha más en el caso de los varados en Panamá, Colombia y México, que quemaron sus naves al partir.
Es cierto que los cubanos debemos dejar de creernos que somos el ombligo del mundo, y que nos merecemos todo y más.  Más que eso, debemos dejar de huir y quedarnos  a recomponer la patria, y más aun, no esperar que se encarguen otros gobiernos  de resolver nuestros problemas.
Tampoco tiene el gobierno de otro país  que  encargarse de apretarnos las clavijas,  para que este pueblo,   por el hambre y  la miseria, no aguante más,  estalle y acabe con la dictadura.
Tanto si ese es el objetivo final que busca la eliminación de la política de pies secos, pies mojados, como si es solo otro rejuego de la politiquería de republicanos vs demócratas, una zancadilla de Obama  a Trump,  es algo bastante cruel  e inmoral.
Es deplorable la actitud de ciertos opositores que esperan se nutran sus filas ahora  porque la desesperanza de saber el corral cerrado con candado,  hizo con este  pueblo lo que ellos no fueron capaces de hacer: sacarlo del cinismo, la apatía y la indefensión y convencerlo de luchar por sus derechos y su libertad.
Qué se puede esperar si muchos de  esos personajes abochornan de tan entusiastas   al confiar en que un tipo como Donald Trump será el que  traiga la democracia a Cuba. ¡Precisamente él, con esa retórica retrógrada y esos gestos a lo Mussolini!
¡Trump! Por lo pronto, es de esperar, que el rubicundo y disparatado nuevo presidente norteamericano,  tan anti-inmigrante como se pinta, acabe de rematar a la Ley de Ajuste Cubano, luego  que Obama la dejó tambaleándose, colgada de un hilo.
No sigamos lamentándonos. En lo malo, e incluso en lo peor, siempre  hay algo  que se puede aprovechar. Coincido  con la colega Miriam Celaya: ahora que los inmigrantes cubanos no gozarán de privilegios y serán tratados igual que  los de cualquier país del mundo, reclamemos que tengan los mismos derechos que ellos  a la hora de entrar en la tierra donde nacieron, que puedan regresar  absolutamente todos, sin tener que pedir permiso, que no los chantajeen,  que no se arrogue una embajada   el derecho de no habilitarles el pasaporte, que no los  viren en el aeropuerto,  que no los esquilmen,  que puedan invertir y participar en la política nacional, que ningún zoquete se atreva a llamarlos ex -cubanos por residir fuera de la isla.
No hay duda: ya es tiempo  de que los cubanos recuperemos la vergüenza.
luicino2012@gmail.com
(Una versión similar fue publicada en Cubanet).                       M

La olla-ratonera, Luis Cino

El presidente Obama, a solo unos días de terminar  su mandato,  ha vuelto a complacer otra petición del  régimen castrista: la eliminación de la  política de pies secos y pies mojados  y del programa de parole para médicos cubanos en el exterior.
Así,  ha cerrado el paso a los cientos de cubanos varados en Panamá, Colombia, México y Ecuador, y  ha privado de escapatoria a los millares de cubanos desesperados por huir de la tiranía  y que no pueden emigrar de forma legal por no tener dinero ni familiares en los Estados Unidos que los reclamen y que no clasifican para el programa de las 20 000 visas anuales para Cuba que concede el gobierno norteamericano.
La dictadura  reclamaba con ahínco el cese de la política de pies secos  y pies mojados, vigente desde 1994, a la que culpa por las muertes en el Estrecho de la Florida, los secuestros de aviones y embarcaciones y el tráfico de personas. Pero no están del todo satisfecho los mandamases verde olivo, siempre tan roñosos con los súbditos que se le escapan:   querían también que Obama en vez de dejarla tambaleándose, hubiese   derogado  la Ley de Ajuste Cubano. Según su versión, dicha ley, que califican de asesina, incentiva la inmigración ilegal. Como si no fuera su régimen de oprobio y miserias que no cesan,  el culpable de la estampida de los cubanos durante los últimos 58 años.
Es comprensible el regocijo de los mandamases por el fin del sistema de parole para los médicos cubanos: ahora puede contar con que todos los mal pagados galenos  regresarán disciplinadamente al corral, cuando terminen sus misiones en el exterior que tantos miles de dólares reportan al estado cubano, para poder seguir alquilándolos  y esquilmándolos miserablemente.
Más difícil es entender los beneficios para el régimen del fin de la política de pies secos, pies mojados. Tal vez Obama les ha hecho un flaco favor.  Un regalo envenenado a mediano plazo.
El éxodo de cubanos  le ha servido al régimen de válvula de escape para librarse de los descontentos y evitar un estallido social. Ahora los deportados, que quemaron las naves antes de partir, se sumarán a los miles de desesperados por emigrar que se verán  encerrados con llave y candado y custodiados, para que no escapen por mar, por los guardacostas estadounidenses.     ¿Qué pasará  en esta olla-ratonera con ese vapor acumulado, en momentos en que empeora la situación económica?
Lo que podemos esperar, lo que ya se ve venir, es más represión. Y un recrudecimiento de la retórica  anti-yanqui y patriotera. Donald Trump, que se pinta hostil,  le servirá de pretexto al régimen para atrincherarse. Será el tipo idóneo como contrincante. Con lo que esta dictadura cerril y zafia no sabe lidiar es con el poder blando.  Lástima que con Obama, tan complaciente, la blandura  haya sido excesiva.
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Fidel Castro sigue dando de qué hablar, Luis Cino

Se rumora que las cenizas de Fidel Castro no son las que están en el monolito del  cementerio Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, sino que las tienen  celosamente guardadas sus legatarios,  y que serán las que   depositarán  en la Cripta del Mambí, en el remozado Capitolio,  sede de la domesticada Asamblea Nacional.
Otros dicen que  una parte de las cenizas está en Santa Ifigenia y que la otra será la que reposará en la Cripta del Mambí.
Y hay hasta quienes dudan que el cuerpo haya sido realmente cremado.
La bola, el chisme, se apoya en explicaciones basadas en el Palo de Monte, la magia negra y otras prácticas ocultistas, pero más que todo, se debe a la proverbial  desconfianza  hacia un régimen que desde sus mismos inicios, hace 58 años,  se  especializó en la conspiración, el ocultamiento y el secretismo.
Mientras,  no cesa el culto a la personalidad del desaparecido Comandante y el saturador  bombardeo  con su imagen y la letanía de sus hechos y sus palabras en la prensa, la radio y la TV, que se inició meses antes de su muerte, cuando se aproximaba su 90 cumpleaños.
Lo cierto es que a más de un mes de su fallecimiento, el pasado 25 de noviembre, Fidel Castro sigue dando de qué hablar, tanto a sus seguidores como a sus enemigos. Más que cuando vivía.  Hoy  se habla y se escribe  mucho más de él que cuando desde su bunker en Punto Cero escribía confusas reflexiones donde divagaba y hacía predicciones apocalípticas, y recibía a visitantes extranjeros que invariablemente daban luego fe de que estaba vivo al comentar lo lúcido y saludable que lo encontraron.
Como pasó antes con el caso de Che Guevara,  la muerte dio a Fidel Castro el segundo – o tercer, habida cuenta las reflexiones que aparecían en Granma y Cuba Debate- aire que necesitaba su mito.
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¿Sobrevivirá el castrismo a Fidel Castro?, Luis Cino

 

El mito de Fidel Castro, lejos de acabar con su muerte, puede que más bien se refuerce, que coja cuerda. Puede que estos funerales, a lo Corea del Norte, con el recuento-letanía de sus hechos y discursos, sea lo que necesitaba para oxigenarse.

En realidad, no le hacía mucho favor la imagen de un anciano testarudo que escribía confusos editoriales en los que hacía predicciones apocalípticas. La muerte puede ser el segundo aire que necesitaba.

Tal vez consigan los deudos del Comandante, como hizo Don Jimena al montar en su caballo el cadáver de su marido, el Cid Campeador, con la lanza en ristre, que salga a dar batalla aun después de muerto.

Ya hay quienes creen que se inició el post-castrismo. Se apresuran demasiado: lo más probable es que el castrismo sobreviva por mucho tiempo a Fidel Castro.

Puede que incluso el castrismo sin Fidel ni Raúl Castro triunfe un día en las urnas. Aún en unas elecciones democráticas, si es que algún día hay democracia en Cuba. Me refiero a una democracia de verdad, no al modelo de democracia dirigida, como la putineska o como fue la del PRI, que nos tienen reservada, bajo varias llaves y sellos, para el día que no tengan más movida que hacer, cuando no les quede más remedio, ciertos aparatchiks y generales que sueñan ser los herederos pero por ahora no se atreven a destaparse como reformistas.

¿Creen ustedes que habremos escarmentado definitivamente y que para entonces no habrá suficientes ancianitos nostálgicos, masoquistas, confundidos, desilusionados de ida y vuelta de todo e idealistas incorregibles y siempre insatisfechos, dispuestos a votar por dar marcha atrás?

Ojala logremos librarnos algún día de la sombra del Comandante. Pero me temo que eso demorará muchos años. Casi tantos como duró su régimen.

Por lo pronto, ya repiten, en unidades militares y centros laborales, una nueva consigna: “Prohibido olvidar a Fidel”.

Señalaba hace unos años Carlos Alberto Montaner que “en América Latina nadie jamás desaparece del todo, haga lo que haga, ni siquiera tras la muerte”.

Para corroborarlo, ahí están las reencarnaciones del peronismo, el chavismo, el sandinismo y el aprismo, entre otros.

Los latinoamericanos tenemos una rara manía por revivir las pesadillas. O meternos de cabeza en una por huir de otra…

Los caudillos que más daño hicieron a sus naciones son los más persistentes en los retornos.

Más desconcertantes que las momias de Perón y Evita son sus legiones de seguidores en Argentina, los ex–montoneros y los kishneristas entre ellos, sin una clara definición ideológica, sino más bien con una mescolanza de varias ideologías contradictorias, pero testarudamente aferrados al mito.

¿Duda alguien que en Cuba aparezcan quienes quieran enrumbar el castrismo –o la revolución, como aun se empecinan en llamarla- en nombre de Fidel Castro? Y puede que retomen el programa del Moncada o los primeros discursos de 1959.

Pero esto es pura divagación. Es sólo por si acaso…Dicen que cuando uno habla de sus temores, eso ayuda a que no se corporicen. Ojala.
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¿Lograremos librarnos de su sombra?, Luis Cino

 

La noche del 31 de julio de 2006, cuando Carlos Valenciaga leyó la proclama que anunciaba que Fidel Castro dejaba el poder provisionalmente por enfermedad, había apagón en mi barrio. Como desde por la tarde habían anunciado que a las ocho de la noche harían un anuncio muy importante, en cuanto vino la luz, alrededor de las 9, encendí el televisor, justo a tiempo para escuchar la parte final de la proclama, que ya no era leída por Valenciaga, sino por un bigotudo y peripatético locutor del NTV. Tan pronto acabó de leerla, se vio en la pantalla un grupo de gente que bailaba frenéticamente en una discoteca, al compás de la música techno-house. De momento, pensé que estaban celebrando, en Miami o en La Habana, pero no: era la telenovela brasileña, que se había reanudado en el punto donde la habían interrumpido para volver a leer el comunicado.
Luego, pasaron diez años en los que lo que las noticias que llegaban del Comandante, mientras sus sucesores parcheaban lo que iba quedando de su proyecto, eran las reflexiones apocalípticas que aparecían en el periódico Granma y en Cuba Debate y lo que comentaba alguno de los visitantes extranjeros que recibía.
Me enteré de la muerte de Fidel Castro, la medianoche del pasado 25 de noviembre, por un cintillo noticioso de Telesur, que corría, al pie de la pantalla del televisor, tan raudo que apenas daba tiempo para leer. No esperé que ampliaran la noticia ni atiné a buscar en los canales nacionales: estaba demasiado cansado, somnoliento y con demasiados problemas encima. Apagué el televisor –y también el teléfono, porque ya empezaban a llamarme para avisarme- y me acosté a dormir.
Aunque tuviera 90 años y llevara más de 10 retirado del poder, nunca imaginé que tomaría con tanta parsimonia la noticia de la muerte de Fidel Castro. No soy un tipo rencoroso, me esfuerzo por no serlo, así que no me alegré, a pesar de que su revolución, si se mira bien, de una forma u otra, es la responsable de absolutamente todo lo malo que me ha pasado en la vida, y lo que aun me falta, que no dudo pueda ser peor.
Tampoco la mayoría de mis paisanos se impresionó demasiado. Al día siguiente del anuncio, a las siete de la mañana, monté en una guagua atestada y nadie hablaba del asunto. En la calle tampoco. No se notaba tristeza. Era cual si no pasara nada. Como si todos disimularan y no quisieran darse por enterados. Asustaba tanta tranquilidad…
Supongo que cuando avance el luto, se haga más riguroso y bajen las orientaciones pertinentes, empezarán a verse las muestras de pesar a lo norcoreano. Y durarán meses, no lo dudo.
Fidel Castro ha muerto y resucitado muchas veces. Mejor dicho, lo han matado y resucitado muchas veces. Tantas como han querido sus enemigos y como él quiso, solo por el placer de ver el entierro que le hacían.
¿Para qué negarlo? Lo hayamos querido o no, todos estuvimos en su película, siquiera como extras mal pagados. En Cuba o fuera de ella, no conseguimos librarnos. Fungimos de víctimas o victimarios, de adversarios o cómplices, de maestros o de discípulos más o menos aplicados, de delatores y delatados, de represores y reprimidos, de gritones y silenciados.
Fuimos clavos, tornillos y tuercas. Y el Máximo Líder, poseedor del yunque, manejaba a su antojo el martillo y el destornillador.
Pasarán años del gran funeral y su sombra nos seguirá. Tal vez muchos no podamos zafarnos de ella. Tal vez nunca logremos una existencia normal. Los malos recuerdos nos acecharán, lo mismo en las gavetas que al doblar cualquier esquina. Lo más probable es que no consigamos olvidar. Estamos condenados. No nos fue dada la posibilidad de escoger otro puñetero tiempo y lugar para vivir.
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A 50 años de la Revolución Cultural, Luis Cino

Este año la Revolución Cultural china, una de las más espeluznantes empresas de Mao Zedong, su reino del terror rojo, cumplió medio siglo.
Una circular secreta de Mao, en mayo de 1966, donde declaraba la guerra contra “los representantes de la burguesía infiltrados en el Partido Comunista, el gobierno, el ejército y la cultura”, originó diez años de barbarie. En la súper purga de Mao para deshacerse de sus rivales y destruir las viejas ideas, costumbres y hábitos del pueblo cino  –“el desorden para crear más orden”, que decía- más de un millón de personas fueron asesinadas por los Guardias Rojos  y decenas de millones más fueron torturadas, expulsadas de las ciudades y obligadas a realizar trabajos forzados durante años  en las comunas agrícolas.
Si se suma el más de un millón de muertos de la Revolución Cultural con las decenas de millones de personas que murieron producto de la hambruna ocasionada por los disparates del Gran Salto Adelante, a finales de los años 50, el saldo es horripilante, comparable solo al de  Hitler y Stalin.
Pero no es un secreto que Mao fue un tirano  sicópata y asesino. Lo fue  desde los tiempos en que era un cabecilla guerrillero oculto en su madriguera de Yenan.  Lo sorprendente es que en los años 60 y 70 hubiera tanto zoquete en Occidente que reverenciaran al Chairman Mao. Lo indignante es que cuarenta años después de su descenso al infierno, la China oficial trate de preservar la figura de Mao, de escamotear sus crímenes, haciendo recaer las culpas en su viuda, Jiang Quing,,  y la llamada banda de los Cuatro.
Un inmenso retrato del tirano  aun se alza, en Beijing, sobre la Plaza Tiananmen, donde fueron masacrados, en junio de 1989, varios  centenares de jóvenes manifestantes  que reclamaban la democratización del país.
Los actuales mandarines chinos, siempre prestos a las conmemoraciones por todo lo alto, con desfiles militares a paso de ganso, han concedido muy poco relieve al aniversario 50 de la Revolución Cultural. Es como si quisieran que aquella  pesadilla sea olvidada, que no se hable más de ella. Y es lógico, de acuerdo a su mentalidad. Desde Deng Xiao Ping en los años 80  hasta el actual mandatario Xi Jing Ping, quien es presentado como “el núcleo verdadero del Comité Centarl”,  y cada vez está más tentado por un culto a la personalidad de proporciones ridículas, se han pronunciado en contra de lo que llaman “nihilismo histórico” y  han advertido que “desacreditar al camarada Mao significaría desacreditar a nuestro Partido y nuestro Estado”.
Veleidades capitalistas aparte, los camaradas de Beijing  están en lo cierto.
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Trump sigue dando sustos, Luis Cino

A solo días del fin de la campaña para las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, se perfila una hasta ahora insólita probabilidad: una versión yanqui de Manuel López Obrador. Sería, quién si no, el inefable candidato Donald Trump, que ya anunció que solo reconocerá los resultados de los comicios si el vencedor es él. (“only if I win”,  dijo). Lo cual resulta poco probable: luego de tanto desplante, papelazo y mierda como ha hablado, las encuestas dan ventaja a su rival, la demócrata Hilary Clinton. Así que ya podemos ir preparándonos para el show que dará Trump. Hará mucho daño a la democracia estadounidense, tanto o más del que ya ha hecho al Partido Republicano, pero será un mal menor si se compara con el que hará a su país y al mundo si llegara a ocupar la presidencia.
Por muy mal que se hable de Hilary Clinton, por muchas evidencias en su contra que aparezcan –la mayoría aportadas por los servicios de inteligencia rusos y Wikileaks-, no logro concebir como presidente de los Estados Unidos a un tipo como Donald Trump.
Ya sé que luego de Putin, Hugo Chávez y Berlusconi se han puesto de moda, en este mundo tan jodido como está, los políticos populistas, de bravatas, que presumen de no tener pelos en la lengua. Como Trump, que no puede contenerse para soltar de sopetón  lo primero que le venga a la mente.  Generalmente son balandronadas y promesas irrealizables. O peor aún: insultos, lo mismo contra los latinos, los musulmanes, las mujeres o los negros.
Pero  siempre habrá suficientes desencantados con el stablishment y los políticos tradicionales, que se dejen impresionar, les crean sus promesas y voten por ellos. Así, los peores siguen llegando al poder.
Hace unos meses, en Filipinas, ganó la presidencia uno de estos populistas, Rodrigo Duterte,  quien  ha llamado hijos de puta a Obama y al Papa Francisco y promete acabar con la delincuencia  y la corrupción en su país matando a 100 000 criminales y arrojando luego sus cadáveres a la bahía de Manila, para engordar a los peces. Lo dijo así. Les recuerda a Trump, ¿verdad?  En lugar de espantar a los votantes, Duterte ganó las elecciones. Como mismo pudiera ganarlas Trump. Solo que Filipinas ni remotamente tiene un peso similar al de los Estados Unidos, la primera potencia mundial.
En estas elecciones norteamericanas  las opciones han sido las peores, se sabe,  pero ojala no gane Trump. Por el bien de todos, incluso de los incautos que están hoy dispuestos a votar por él. Ojala pierda, aunque tengamos que soportar su atorrante show a lo López Obrador, sus piquetes  frente al Congreso y la Casa Blanca,  o cualquier otra barrabasada. Por suerte, la democracia norteamericana ha resistido cosas peores. Hasta una guerra civil. Como la que no conseguirá provocar  Trump, por mucho que apele al odio.
luicino2012@gmail.com

¿Una ley de prensa en Cuba?, Luis Cino

Luego que el régimen les apretó todavía más las tuercas para evitar que se salgan del plato, a algunos periodistas de la prensa oficial y blogueros de los medios oficialistas y semioficialistas -cada vez se hace más difícil diferenciarlos, de tan socialistas y dentro de la revolución como aclaran ser- les ha dado por reclamar una ley de prensa. Alegan que así tendrían un marco legal en el que desempeñar su trabajo, tendrían garantías y conocerían los derechos de que gozan, entre ellos el de tener acceso a la información pública.

¿Será ingenuidad o una movida inducida por el régimen para institucionalizar la censura y el control (des)informativo? Malpensado que soy y advertido por experiencia de que en Cuba no quedan ingenuos sino que se fingen, me inclino más por la segunda posibilidad.

Solo al régimen convendría tal ley. En cuanto a los comunicadores, los encerraría en un marco -hecho por los carpinteros del corta y clava del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista- mucho más estrecho y rígido del que hoy disponen. Y con clavijas, para estrecharlo en caso  de necesidad. Y sería perfectamente legal, inobjetable. Irreversible, como el socialismo en la Constitución.

Sería soga para su pescuezo. Pero aun así, hay periodistas que reclaman la dichosa ley de prensa. Como si con ella se fuera a acabar el secretismo y la censura y se fuera a democratizar la información, cual tocada por una varita mágica.

Si en algo ganarían los periodistas es que estarían  más protegidos. Un poco, solo un poco. ¿De qué? Va y logran evitar, gracias a dicha ley, que cualquier funcionario les cuelgue el teléfono o le cierre la puerta en sus narices, que un administrador les impida tomar fotos en una TRD o un pelotero le suene una trompada porque le molestó la forma como reflejó su modo de jugar y la derrota de su equipo.

Una periodista de uno de los medios alternativos recién aparecidos, a diferencia de la mayoría de sus ilusos compañeros, ha tenido la suficiente lucidez para oponerse a una ley de prensa porque considera que es preferible “el marasmo legal” -el término es suyo- que hoy existe,  que es en definitiva, el que ha posibilitado la supervivencia tanto de esos medios como de los periodistas independientes. Supongo que los segundos seríamos las primeras bajas -y no precisamente colaterales- de dicha ley: todos iríamos a parar a la cárcel.

¿Qué ley de prensa podríamos esperar de un régimen que limita la libertad de expresión y de prensa con el pretexto de defender la soberanía y la seguridad nacional? ¿Qué se puede esperar de una dictadura cerril que considera que Internet es un arma de subversión ideológica?

Antes de aprobar una ley de prensa habría que derogar la ley 88 y sacar del código penal cubano figuras delictivas como la propaganda enemiga, el desacato, etc, que son castigados con penas de cárcel de entre 8 y 20 años de cárcel. Y lo que es más importante: habría que  reformar la Constitución, que plantea en su artículo 53 que los medios masivos son propiedad del Estado y no pueden ir en contra de los intereses de la sociedad socialista.

Esos jóvenes comunicadores alternativos, oficialistas, paraestatales, semioficialistas, como se les llame, que cándidamente hoy reclaman desenvolverse dentro de una ley de medios, si son sinceros, si no son otra jugada con trampa del régimen, al final terminarán en las filas del periodismo independiente. No les quedará otro camino sino quieren ser meros propagandistas de una dictadura decrépita y roñosa. Hasta que ya en democracia haya un periodismo que no lleve etiquetas.
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Publicado en Cubanet